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Relatos Ardientes

La confesión de la desconocida del tren nocturno

El tren de medianoche cruzaba la llanura con ese traqueteo monótono que invita al sueño o a la locura. Yo iba en un asiento de ventanilla, mirando cómo el campo negro se deslizaba afuera como una película sin argumento. Habíamos salido de la estación de Las Lomas pasada la medianoche y todavía faltaban horas para llegar a la capital.

A mi lado, un hombre viejo dormitaba con la boca entreabierta, roncando suave como un motor cansado. Pero lo que me tenía despierto era la mujer del asiento de enfrente. Tendría unos cincuenta y tantos, con el pelo teñido de un rubio que ya empezaba a apagarse y un vestido oscuro que se le había subido por encima de las rodillas. Estaba cruzada de piernas, y cada vez que el vagón daba un salto, la tela cedía un poco más.

No era una belleza de revista. Era otra cosa: una mujer que había vivido mucho y que llevaba esa vida escrita en la cara, en la sonrisa torcida, en la manera de mirarme sin ninguna vergüenza. Tenía los labios pintados de un rojo que se le corría apenas en las comisuras, y unos ojos que, cuando se posaban en mí, no preguntaban nada. Solo confirmaban.

El vagón estaba casi vacío. Más adelante dormían un par de pasajeros y nadie más. Ella lo sabía. Por eso, cuando descubrió que yo la miraba, no apartó la vista. Al contrario: descruzó las piernas despacio, las volvió a cruzar del otro lado y dejó que la falda quedara más arriba todavía.

No me está provocando por accidente.

Se inclinó hacia adelante, como si se le hubiera caído algo al piso. El escote del vestido se abrió y vi el peso de sus pechos colgando libres, sin sostén. Cuando se enderezó, tenía una sonrisa nueva.

—Hace calor acá, ¿no? —dijo con una voz ronca, de fumadora de años.

—Bastante —contesté, y fue lo único que pude decir.

Se levantó con un movimiento torpe por el vaivén del tren, dio dos pasos y se sentó a mi lado, apretando su muslo contra el mío. El viejo no se inmutó. Ella me miró de costado, divertida, y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo.

—Vos sos de los que miran y no hacen nada, ¿verdad?

—Depende —dije.

—¿De qué?

—De si la otra persona quiere que haga algo.

Soltó una risa baja, gutural, y puso la mano sobre mi rodilla. Subió despacio, sin disimulo, hasta que sus dedos encontraron el bulto que ya presionaba contra la tela del pantalón. Me apretó con calma, como quien comprueba algo que ya sabía.

—Mirá vos —susurró, relamiéndose—. Y yo que pensé que ibas a quedarte ahí, quietito, todo el viaje.

No dije nada. Le agarré la mano y la apreté contra mí, y ella entendió que el juego de las miradas se había terminado. Echó una ojeada al viejo, después al pasillo vacío, y se inclinó sobre mi regazo.

***

El ronquido del hombre nos tapaba como una manta. Ella me abrió el pantalón con dedos rápidos y expertos, de mujer que había hecho eso muchas veces, y bajó la cabeza. Sentí el calor húmedo de su boca cerrarse sobre mi verga con una naturalidad obscena, como si la tuviera hecha a medida. No probó ni un segundo. Me chupó lento primero, con la lengua recorriéndome el glande, lamiendo la punta, saboreándome como si quisiera arrancarme de golpe toda la paciencia que me quedaba. Después bajó más, tragándose el largo entero hasta que la nariz casi me rozó el pubis, y volvió a subir con una succión que me aflojó la espalda.

No tenía nada de apurado. Me mamaba como si tuviera toda la noche, deteniéndose cuando me notaba cerca, volviendo a empezar con la boca húmeda, con un ruido sucio que el traqueteo del tren no alcanzaba a tapar. Le sostuve la cabeza un instante, sintiendo el pelo teñido entre los dedos, y ella respondió apretando más los labios, metiéndome y sacándome con la lengua dura, humedeciéndome los huevos con una mano mientras la otra me masajeaba la base, como si supiera exactamente dónde tocar para volverme loco.

Cerré los ojos. El traqueteo del tren marcaba el ritmo, y por un momento perdí del todo la noción de dónde estábamos. La vi abrir apenas la boca para tomar aire, con la saliva brillándole en el mentón, y volver a hundirme entre sus labios con una avidez que ya no tenía nada de juego. Tuve que tirarle suave del pelo para frenarla.

—Acá no —le dije al oído, con la voz rota—. Vení.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió. Tenía una marca húmeda en la comisura y los ojos encendidos, como si el calor le hubiera subido al cuerpo entero. Se levantó tambaleándose por el movimiento del vagón y caminó delante de mí hacia el fondo, con un balanceo de caderas que no tenía nada de inocente. Entramos al baño del tren, un cubículo estrecho que olía a desinfectante y a metal frío. Cerré el pestillo.

Antes de que dijera nada, la giré contra el lavabo. En el espejo manchado vi su cara, los ojos entrecerrados, la boca abierta esperando. Le subí el vestido hasta la cintura y encontré el coño empapado, caliente, abierto ya para mí, con los labios brillando por la humedad. Pasé dos dedos por ahí, hundiéndolos apenas para sentir cómo me tragaba, y ella arqueó la espalda con un jadeo áspero, mordiéndose el antebrazo para no gritar.

—Dale —jadeó—. No me hagas esperar, que esperé bastante en mi vida.

Le aparté las piernas con la rodilla, me acomodé detrás de ella y la tomé de las caderas. La punta de mi verga empujó contra su entrada y entré despacio, sintiendo cómo cedía centímetro a centímetro, apretada, caliente, temblando alrededor de mí. Ella empujó hacia atrás, impaciente, buscándome más hondo, tragándome con esa ansia de mujer que ya sabía exactamente cómo recibir. El tren saltaba en cada junta de las vías y cada sacudida nos hacía el trabajo, profundizando el movimiento sin que ninguno de los dos tuviera que hacer demasiado. El baño era tan chico que el espejo me devolvía la imagen de sus tetas rebotando con cada embestida, del vestido arrugado en su cintura, de mi mano cerrada en su cadera.

Le tapé la boca con una mano cuando se le escapó un gemido demasiado alto, y con la otra le sostuve un pecho, amasándolo, haciendo rodar el pezón entre mis dedos hasta que se puso duro como una piedra. Ella me clavó las uñas en el muslo, temblando, y empezó a moverse sola, empujando el culo contra mí en un ritmo desesperado, reclamando más, más fuerte, más adentro. Cada golpe de mi cadera contra sus nalgas sonaba húmedo, breve, brutal, mezclado con el chirrido de los rieles y con su respiración rota.

Me incliné sobre su espalda, le corrí el pelo hacia un costado y le mordí el hombro, sintiendo el sabor salado de la piel. Ella respondió echando una de sus manos hacia atrás, buscando mi cara a ciegas, como si quisiera tocarme la boca, obligarme a mirarla incluso con la cara pegada al lavabo. Le di más rápido, hundiéndome hasta el fondo, sintiendo cómo su coño me abrazaba con espasmos cortos, ya a punto de venirse. El vapor tibio de nuestros cuerpos empañó el espejo. Afuera seguía el traqueteo del tren, indiferente, mientras adentro todo era el sonido de la carne chocando, del respirarla, del chapoteo húmedo de su sexo abriéndose y cerrándose alrededor de mí.

Se vino primero, mordiéndome los dedos, con todo el cuerpo sacudido por un espasmo largo que le hizo doblar las rodillas. La sentí apretar adentro, palpitando, estrujándome la verga con convulsiones calientes mientras la sostenía para que no se me escurriera. Ella se quebró en un gemido ronco, casi un ladrido, y el orgasmo le dejó la espalda tensa, los hombros arriba, las uñas arañándome la piel. Yo aguanté un poco más, mirándola en el espejo, viendo su cara desarmada, el sudor brillándole en el cuello, hasta que no pude más. Salí en el último segundo y terminé sobre la curva de su espalda, marcándole la piel con una corrida espesa que le resbaló entre los omóplatos y se enfrió enseguida en el aire del cubículo.

Nos quedamos un momento así, recuperando el aire entre el olor a sexo y el chirrido de los rieles. Ella respiraba hondo, con las piernas todavía temblándole, y yo sentía el pulso martillándome en la garganta. Después se acomodó el vestido, se pasó una mano por el pelo frente al espejo y me miró por encima del hombro.

—Hacía mucho que no me cogían en un tren —dijo, y lo dijo casi con ternura.

***

Volvimos al vagón como si nada. El viejo seguía durmiendo. Ella se sentó otra vez enfrente, pero más cerca, con las piernas separadas y esa serenidad de quien ya no tiene nada que esconder. El tren había dejado atrás las últimas luces de las ciudades intermedias y ahora avanzaba por la oscuridad pura, iluminado apenas por los focos tenues del techo y por el resplandor intermitente de los postes que pasaban como relámpagos.

Fue entonces cuando el viejo se removió. Abrió los ojos legañosos, se acomodó los anteojos torcidos y la miró con una mezcla de costumbre y resignación.

—¿Y? ¿Te divertiste? —murmuró con voz pastosa.

Ella soltó una risa ronca, de las que salen del fondo de una garganta llena de años.

—Más que vos en mucho tiempo —respondió, y le dio una palmada suave en la rodilla—. Pero no te hagas el ofendido. Vos sabés cómo soy.

El viejo suspiró. No había enojo en su cara, solo el cansancio de quien ya escuchó la misma historia mil veces.

—Contame, dale —dijo—. Siempre contás lo mismo cuando te ponés así.

La mujer se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y me miró a mí, no a él. Como si la confesión fuera para el desconocido y no para el marido.

—Toda mi vida me dijeron de todo —empezó, en voz baja, sabiendo que el ruido del tren la cubría—. Y al principio me dolía. Después me dejó de doler. Y al final me terminó gustando, porque era verdad y yo no pensaba pedir perdón por eso.

Hizo una pausa, se pasó la lengua por los labios y siguió.

—De joven me escapaba de noche. Me iba con el primero que me gustara, sin preguntarle el nombre. Una vez fue el muchacho que repartía el pan; me llevó atrás del galpón y no volvimos hasta que amaneció. Otra vez fue un viajante que paró en el pueblo una sola noche. Me subí a su auto, lo hicimos en una ruta vacía con las luces apagadas, y a la mañana se fue y nunca lo volví a ver. Yo nunca quise que volvieran. Me gustaba así: el deseo, el rato, y después cada uno a su vida.

El viejo asentía despacio, como quien reconoce cada capítulo.

—Después vino la época de los camiones —siguió ella, y ahora sonreía—. Me subía en la estación de servicio de la ruta y me iba kilómetros con ellos. Algunos solo querían compañía. Otros me pedían más, y yo se los daba en la cabina, con el campo pasando por la ventanilla a toda velocidad. Uno me bajó al amanecer en un pueblo que ni sé cómo se llamaba, y caminé hasta la terminal sintiéndome la mujer más libre del mundo. Libre, ¿entendés? Esa es la palabra que nunca usan los que te insultan.

Se quedó callada un rato, mirando por la ventanilla el campo negro. Cuando volvió a hablar, lo hizo más bajo.

—Y vos sabés cómo seguí —le dijo al viejo—. Maridos, novios, amantes. Algunos buenos, otros no tanto. Pero nunca dejé de ser la misma. Nunca dejé de querer lo que quería. La gente cree que una mujer así está rota. Y es al revés. Yo elegí cada cosa que hice. Cada una.

Miró al hombre con los ojos brillantes, casi desafiantes.

—Y hoy, en este tren, con este muchacho, lo mismo. Yo quise. Yo busqué. Y volvería a hacerlo.

El viejo la miró un rato largo, sin reproche, con esa resignación de quien aceptó todo hace décadas. Le puso una mano arrugada en el muslo.

—Sos imposible —dijo al fin.

Ella sonrió y le apretó la mano contra la pierna.

—Y vos seguís conmigo. A pesar de todo.

***

Se hizo un silencio entre los tres. El tren seguía avanzando hacia la capital, cargando esa confesión cruda que flotaba en el aire como el olor que todavía nos impregnaba la ropa. La mujer cerró los ojos, satisfecha. El viejo volvió a roncar bajito. Y yo, desde mi asiento, me di cuenta de que había escuchado cada palabra, y de que algo no terminaba de encajar.

Porque ella le había hablado al viejo de mí. Le había contado lo del baño, lo del tren, este muchacho. Pero en ningún momento, ni una sola vez, me había mirado a mí mientras lo decía. Como si yo no estuviera ahí. Como si hablara de un recuerdo, no de algo que acababa de pasar.

Sentí un frío que no venía del aire acondicionado. Me volví hacia la ventanilla buscando mi cara en el vidrio, ese reflejo que devuelve siempre la noche cuando afuera está todo oscuro.

No había nadie.

El cristal me devolvía el asiento vacío, el viejo dormido, la mujer con los ojos cerrados. Pero en el lugar donde yo estaba sentado no había ningún reflejo. Ningún hombre. Nada.

Algo se quebró en mi interior, como una certeza que llega tarde. Miré mis propias manos sobre las rodillas. Las veía. Las sentía. Y sin embargo el vidrio insistía: ahí no había nadie. Un viejo y una mujer durmiendo, el campo negro, los postes pasando como relámpagos. Pero nada, absolutamente nada más.

***

Llegando a la terminal, pasadas las diez de la mañana, las vías se multiplicaron bajo el tren como las líneas de una mano abierta. Otra historia se había tejido, destejido y vuelto a tejer en un vagón cualquiera, entre dos desconocidos que tal vez nunca existieron del mismo modo.

La mujer se despertó, se acomodó el vestido y bajó del brazo del viejo sin mirar atrás. Yo me quedé sentado, mirando cómo se alejaban por el andén entre la gente, cada vez más chicos, hasta que se perdieron. Quise levantarme y no supe si lo hice. Las sombras, lo que pesa y lo que alivia, se difuminaban en una mañana más, entre los espectros y los purgatorios de una estación de ferrocarril.

Y entonces el vagón quedó vacío del todo, y por primera vez en mucho tiempo entendí que esa confesión que ella le hizo al viejo, en realidad, sin saberlo, me la había hecho a mí.

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Comentarios(8)

Rafa_Sur

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

PasajeroNoc77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas. Me dejó re intrigado!!

NocturnaLeerR

Me recordó un viaje que hize hace años en tren de noche, uno nunca sabe con quién se puede topar. Muy bien logrado.

MaribelR

excelente relato!!! no pude parar de leerlo

TrenNocC

Hay algo en los trenes de noche que invita a confesar cosas... acertaste perfecto con ese ambiente. Genial.

Fausto_Lect

jaja ahora cada vez que me suba a un tren voy a estar mirando a todos los pasajeros con otros ojos. Muy bueno!

CarmenSG

Me encanto como lo contaste, se siente real y eso es lo que mas me atrae de la categoria confesiones. Seguí publicando!

GabrielMDQ

Increible la atmósfera que lograste crear. Se nota que sabés escribir, esperando con ansias el proximo relato.

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