Perdí la apuesta y esa tarde fui su juguete
Me miro en el espejo del dormitorio y, para ser una cuarentona, reconozco que estoy bien. No soy alta, pero tengo un cuerpo que todavía pide guerra: unos pechos que aguantaron los años y los dos hijos que crié, un culo respingón, muslos firmes que se afinan camino del tobillo. Desnuda, con liguero, medias negras de rejilla y unos botines de tacón imposible, sonrío pensando en que toca pagar. Perdí la partida de cartas contra mi marido, y en esta casa las apuestas se cobran.
Él es mi hombre y yo soy su mujer. Esta tarde, además, soy su juguete. Salgo al salón y me lo encuentro de pie, esperándome. Me mira de arriba abajo, se pasa la punta de la lengua por los labios y sonríe con esa calma que me derrite.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —dice.
—Sí, cariño.
Voy a la cocina, saco el vaso ancho de cristal tallado y le pongo hielo. Cuando vuelvo, noto que la cosa ya empieza a animarse bajo su pantalón.
—¿Cómo sigo? —pregunto, mimosa.
—Trae una toalla para el sillón. No me gusta manchar.
Dejo el vaso en la mesita y voy rápido a por la toalla, moviendo el culo como una perra que busca caricias. La extiendo sobre el cuero del sillón mientras él se sirve un buen trago de whisky y elige un puro de los caros, de los que reserva para las tardes largas.
Cuando veo cuál ha escogido, entiendo que la sesión va a durar. Esto va para rato.
—Si quieres usar al Negro, ve por él y luego ponme cómodo —me ordena.
El Negro es como llamamos a un consolador enorme, de un tono oscuro brillante, que me regaló una amiga en broma y que terminó siendo de la familia. Voy por él y lo dejo en la mesita, al lado de la botella. Después me planto delante de mi macho. Le suelto el cinturón, le abro el pantalón, se lo bajo junto con el bóxer y le ayudo a sacar los pies. Se quita los mocasines y se queda desnudo de cintura para abajo, con los calcetines puestos y la verga medio en alto.
Me gusta su polla. No es la más larga que he disfrutado, pero sí una de las más gruesas. Le viene de familia, según me confesó una vez entre risas.
—¿Quieres encender el puro? —pregunta, porque sabe que la primera calada me encanta.
Lo enciendo despacio. Sé que verme desnuda cortar la punta, acercar la llama, dejar que prenda y dar la primera bocanada lo pone a cien. Su sexo se endurece a ojos vista. Me inclino, le doy un beso dejando que el humo entre en su boca, le paso el puro y me separo. Él se acomoda en el sillón con las piernas abiertas. Yo me arrodillo entre ellas. Antes de empezar, me meto el consolador y me apoyo sobre los talones, clavándomelo hasta el fondo.
Me coloca un antifaz de esos de avión, de los que tapan los ojos por completo. Toca mamada a ciegas, sin más guía que lo que siento. Agarro su miembro y lo lamo como una gata lame la leche del cuenco. Se pone duro de verdad, y entonces me lo meto en la boca. Toca chupar durante un buen rato, lo que tarde en fumarse el puro entero.
Enciende la tele sin sonido. No sé qué estará viendo mientras se la trabajo. Yo me muevo despacio, sintiendo cómo el tronco oscuro me perfora y me regala placer.
Me gusta mamar. Lo he hecho muchas veces, aunque no con muchas pollas distintas: siete en total. Las de mis novios de juventud, la de mi marido y un par más de cuando intercambiamos pareja con otra gente. Creo que lo hago bien. Sé que soy buena masturbando a un hombre, y eso me encanta, porque me da una sensación de poder que me enciende: soy yo la que mando. Con la boca es distinto. Muchas veces soy el juguete del macho, y también me va.
Tengo tiempo. No puedo acelerar; es él quien decide el ritmo. Voy lenta. Lamo, chupo, lamo, chupo. Sé que tiene que durar.
***
Reconozco que la primera vez que la chupé no me gustó nada. Éramos los dos primerizos, me la metió demasiado de golpe, no estaba acostumbrada y me dieron arcadas. Por suerte él se corrió enseguida y pude evitar el desastre.
Al día siguiente acudí al consejo de mis íntimas: Marina, una muñeca preciosa que con el tiempo fue mi primera amante, y Cristina, un pedazo de mujer, grande, tetona, lo que mi marido llamaría «una hembra de las buenas». Éramos amigas desde el jardín de infancia y nos contábamos absolutamente todo. Cuando les hablé de las arcadas, las dos sonrieron con cara de expertas y me dieron clase.
Lo primero, practicar. Marina me aconsejó usar polos helados de palo para acostumbrar la garganta y aprender a controlar las náuseas. Cristina me explicó lo básico: agarrar la base con la mano y dosificar cuánto te metes en la boca. En lo único en que coincidíamos las tres era en que lo más cómodo es tragar; a ellos les vuelve locos, no te manchas y, como decía Marina muerta de risa, «tendrá muchas proteínas y no engorda».
Seguí sus consejos al pie de la letra y lamí, chupé y mamé las pollas de mis novios. A ellos les encantaba, y a mí también.
Cuando empecé con el que terminó siendo mi marido, supe que tenía que mejorar. Era una joya, un hombre mayor que yo, experto, que lo tenía todo y al que yo le gustaba de verdad. Comprendí que debía aprender la garganta profunda, meterme la polla entera hasta el fondo. Practiqué a solas con un molde de látex, una y otra vez, hasta que dejé de sentir la arcada. El día que estuve segura, decidí que era mi regalo para él.
Llegado el momento, le hice una mamada profunda, completa. Le encantó. Se dio cuenta, y además se lo dije, de que era mi primera vez haciéndolo así. Son esas pequeñas entregas las que unen a una pareja. Cuando me sujetó la cabeza y movió mis labios hasta el fondo para vaciarse, sentí que me hacía más suya, más su mujer.
***
Sigo chupando, lamiendo, mientras mi macho bebe su whisky y fuma el puro como un patrón. Me deja caer un poco de ceniza en la espalda. No quema, solo da un calorcito que me eriza la piel y me excita. Un día me contó que es una fantasía muy común: que la secretaria les coma la polla bajo la mesa de la oficina mientras ellos siguen «trabajando». Es justo lo que estoy haciendo ahora, siendo su juguete, su muñeca de boca obediente.
El consolador que tengo dentro me empuja hacia el orgasmo, pero sé que me toca aguantar. Es él quien dirige, no yo.
Me vienen recuerdos de mamadas especiales. Una fue la noche en que le conté lo que le había pasado a Cristina, que chupando a un chico con un poco de fimosis le rompió el frenillo y se le llenó la boca de sangre. Nos lo narró a Marina y a mí entre carcajadas, diciendo que se había sentido como una vampira. A mi hombre se le metió la idea entre ceja y ceja. Una noche, con unas copas de más, me pidió que me desnudara y me masturbara delante de él. Eso me enciende como pocas cosas: verlo cómo se la menea porque yo lo pongo a mil. Y cuando la tuvo bien dura, se pinchó un dedo y se untó la punta con su propia sangre. Me ordenó que se la limpiara con la boca y sacara hasta la última gota. Lo hice, y reconozco que me sentí una vampira de verdad.
Me echa otra vez la ceniza en la espalda. El calorcito me baja directo al sexo. Estoy empapada, y el consolador se desliza dentro de mí llenándome por completo, haciéndome disfrutar como una gata viciosa.
Las únicas mamadas que no repetiré son las de la época en que amamantaba a mis hijos. Se convirtió en costumbre. Tuve leche en abundancia, y a mi hombre le fascinaba mamar de mí cuando el bebé ya se había saciado. Debo admitir que a mí me gustaba; me hacía sentir muy suya y me ponía caliente. A los pocos días me propuso intercambiar: que yo también mamara de él. Una siempre está dispuesta a las propuestas de su hombre, sobre todo cuando son tan gratificantes, así que se la agarré, me la metí en la boca y la mamé tragándome todo. La primera vez se rió y comentó: «Leche por leche». No se repetirá, porque ya no habrá más embarazos. Somos mayores y con dos hijos vamos bien servidos.
***
Llevo un largo rato chupando. No veo nada, no hay ruido, la tele sigue muda y no sé qué estará mirando. De vez en cuando me acaricia la cabeza como si fuera su perra mimosa. Yo estoy ardiendo, el tronco que tengo metido me tiene al borde, pero me cuesta romper en el orgasmo. Me toca ser su chupadora, y si me corro pierdo la concentración y dejo de darle gusto, que es lo que debo hacer por haber perdido.
Mi macho aguanta lo suyo, es capaz de alargar una mamada como esta sin prisa. Pero es humano, y entre el whisky, el puro y tanta lengua llega a su punto de no retorno. Me sujeta la cabeza con las dos manos y empieza a entrar y salir hasta el fondo. Me concentro, cierro los labios para apretar bien, y casi me hace daño con la presión cuando suelta su descarga.
Me quita el antifaz. Nos miramos con cariño y con humor; sabemos jugar a pesar de los años. Me ayuda a levantarme y nos besamos despacio. Yo sigo con el consolador metido.
—Tú no te has corrido —observa.
—No, cariño. Me tocaba concentrarme en darte gusto.
—Y lo has hecho. Una mamada imperial.
—De esclava a emperador —me río—. ¿Y ahora qué quieres que hagamos?
—Me apetece ver cómo te haces una paja.
—Eres malo. Sabes que me encanta ponerte caliente cuando me ves tocarme. Lo que pasa es que ya no tienes treinta años y…
—Como sabía que íbamos a tener la tarde libre, solos, me he tomado una pastillita. Me parece que la fiesta puede seguir.
—Eres un cabrón… pero te quiero.
Empiezo a masturbarme. Sé que no voy a durar mucho, estoy demasiado encendida. Con una mano muevo el enorme consolador oscuro, con la otra juego con mis pezones, y viendo cómo él se acaricia para mantenerla tiesa, me corro en una mojada total. Me saco el aparato, lo dejo sobre la mesa junto al vaso vacío y la colilla del puro, y lo beso mientras le abro la camisa. Lamo su pecho, muerdo sus pezones; sigo caliente. Vuelvo a besarlo, más bien le como la boca, pegada a él. Me acaricia el clítoris endurecido. Necesito más.
—Métemela por detrás —le ruego, entregada.
Me pongo a cuatro patas, me unto el ojete con mi propio flujo y lo espero. Sé que será una sesión larga, que tardará en volver a correrse. Tal vez termine de nuevo en mi boca, pero da igual: lo que necesito es sentirme su juguete, su hembra, su zorra. Sonrío cuando noto cómo su sexo me abre el esfínter para entrar. Me encanta.
Y entonces, mientras él avanza despacio, pienso que voy a contar todo esto y publicarlo. Me doy cuenta de que, además de su juguete, soy una cuentacuentos un poco puta para mis lectores.





