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Relatos Ardientes

Lo que mi inquilino me hizo la noche de mi cumpleaños

Todos mis clientes me conocen como doña Lore. Soy rubia, bajita, de cabello largo, y desde mi divorcio vivo de la venta de comida a domicilio. Quien me trataba en el día me habría jurado que era una mujer recatada, conservadora, de las que solo se sueltan en la intimidad. Yo misma lo creía. Hasta esa madrugada.

Tenía rentado un departamento que no usaba para dormir: vivía con mi hija en casa de mi madre, y el departamento me servía para cocinar los pedidos en las mañanas y, de vez en cuando, para alguna reunión con amigas o con Aníbal, mi novio de aquel entonces. Llevábamos cosa de un año. Era celoso, pero al principio eso me gustaba.

Por necesidad le había rentado el cuarto sobrante a Damián, un taxista alto, moreno, de cabeza rapada. No era guapo y a veces me parecía un poco tosco, pero siempre me trató con respeto y hasta me llevaba pedidos en su taxi cuando andaba apurada. Por eso nunca desconfié de él. Cuando coincidíamos en las mañanas yo procuraba estar sin maquillar y con ropa holgada; él salía a trabajar justo cuando yo llegaba a cocinar. Aníbal, en cambio, se puso celoso desde el día que supo que vivía un hombre bajo el mismo techo, aunque fuera en otro cuarto.

***

La noche de mi cumpleaños salí con Aníbal a bailar. Me había puesto un vestido blanco, corto y escotado, unas pantimedias y unas sandalias de plataforma con tiras transparentes que compré para la ocasión. Quería una noche especial. Después de varias copas, sin embargo, empezamos a discutir otra vez por Damián. Y para colmo, en mitad de la pelea, sonó mi teléfono.

—Buenas noches, solo le hablaba para avisarle que hoy no llego al departamento. Si se le ofrece algo, estoy a sus órdenes —era él.

—¿Quién es? ¿El calvo del taxista? —casi gritó Aníbal.

Le di las gracias a Damián y colgué rápido, pero ya era tarde. Aníbal se levantó, aventó unos billetes sobre la mesa y se fue del lugar sin mí. Me quedé sola, mareada y furiosa, con un vestido pensado para una noche que se había arruinado.

No conocía a los taxistas de esa zona y no me daba confianza subirme con un desconocido a esa hora. Así que, sintiéndome más asustada de lo que quería admitir, marqué el único número seguro que tenía.

—Señor Damián, ¿puede pasar por mí? Le mando la ubicación por mensaje.

—Claro que sí, ¿pasó algo?

—Nada, luego le cuento.

Por suerte traía un abrigo largo. Así no verá cómo vengo vestida, pensé, porque hasta esa noche el pudor no me dejaba mostrarme delante de mi inquilino. Cuando llegó, le pedí que me llevara primero al departamento a cambiarme y de ahí a casa de mi madre, que quedaba a unas cuadras. Durante todo el camino noté que no despegaba los ojos de mis piernas; al sentarme, el abrigo se había abierto y no las cubría del todo. Me preguntó por Aníbal y yo respondí seca, con la esperanza de que cualquier intención se le pasara.

***

En el estacionamiento se apresuró a abrirme la puerta y a ayudarme a bajar, alegando que me veía algo tomada. Ahora creo que lo hizo para mirarme mejor. Para subir había que tomar las escaleras.

—Suba usted primero, no se vaya a resbalar —dijo, y se quedó detrás.

Arriba, mientras él entraba al baño, saqué una botella de vino y me serví una copa. Me senté en una silla del comedor sin quitarme el abrigo y encendí un cigarro. No pensaba en nada, solo quería que se me bajara el coraje.

—¿Se siente bien? —preguntó al salir.

—Sí, solo se me antojó una copa. En cuanto la termine me cambio y nos vamos.

—¿Le molesta si me sirvo uno para acompañarla?

—Para nada. Sírvase de la cantina.

Se sirvió un poco de vodka y se sentó frente a mí. Me pidió un cigarro, yo se lo di, y al rato, sin preguntarme, volvió a llenar mi copa.

—Quiero que brindemos por el cumpleaños de una mujer tan bella como usted —dijo.

—Gracias —respondí, sorprendida y apenada por el piropo.

Bebimos de un trago. Entre el alcohol y el humo me mareé más. Él lo notó y, sin darme tiempo, encendió el estéreo y puso un disco de bachata que estaba sobre el librero. Subió el volumen y me propuso bailar para que se me bajara el efecto. No sé si por la rabia que aún sentía contra Aníbal o por las copas, acepté. Total, es un baile, y él nunca se va a enterar. Damián se apresuró a quitarme el abrigo.

Sentí su mirada recorrerme entera. Quise echarme para atrás, pero ya me había tomado entre sus brazos y a los pocos compases me hacía girar al ritmo de la música.

—Qué bien baila —dijo, y bajó la voz—. Y qué bonitos se ven sus pies siguiendo el ritmo.

A pesar de las plataformas, mi cabeza apenas le llegaba a la barbilla. Cuando terminó la canción me solté.

—Voy a cambiarme. Espero que todavía quiera llevarme con mi mamá.

—Claro. ¿Pero qué le parece un último vaso de vino, sentados en la sala?

—Está bien, aunque es tarde y mañana usted trabaja.

—No se preocupe, ya estoy acostumbrado.

***

Nos sentamos en el sofá. Al servir, derramó vino sobre mis muslos y, antes de que reclamara, tomó una servilleta y empezó a secarme. Sentí que le temblaban las manos sobre mi piel.

—No se preocupe, luego lavo las medias —dije.

Llenó las copas otra vez y propuso un nuevo brindis. Al alzar el vaso volvió a derramar, ahora sobre mis pies, por encima de las sandalias. Las pantimedias se tiñeron de rojo. Se agachó con otra servilleta y, esta vez, cuando sus manos ásperas rodearon mis pies, un escalofrío me subió por las piernas. De pronto los levantó y los apoyó sobre el sillón.

—Perdón, así me es más fácil secarlos —su cara enrojecía mientras acariciaba la lycra mojada—. Tiene unos pies preciosos. Se ven hermosos así, con las medias húmedas y las uñas pintadas de rojo.

Sus manos apretaban sin querer soltar. Me reí de nervios, en parte por las cosquillas.

—Ay, señor Damián, no es necesario, de verdad. Mejor fumemos un cigarro.

Aproveché que se levantó por la cajetilla para bajar las piernas. Pero no dejaba de mirarme, y cuando empezó otra bachata más movida me invitó «la última». Tomada y, debo confesarlo, encendida por lo que sus manos me habían hecho sentir, no me negué.

Esta vez Damián no escondió el deseo. Me acarició por encima del vestido, me tomó de las caderas, y al elogiar de nuevo mi forma de bailar le di, sin pensarlo, un beso en la mejilla. Él respondió besándome en la boca. Sus manos bajaron despacio por mi espalda y luego soltaron los tirantes del escote. El frío y la situación me tenían los pezones duros. Intenté subirme el vestido, pero él me llevó las manos a su cuello sin dejar de besarme.

—Señor Damián, hace frío, las medias están manchadas y mi novio puede venir. Es muy celoso. Mejor vámonos.

No me hizo caso. Su boca descendió por mi cuello hasta mis pechos mientras me conducía de regreso al sillón. Me sentó, se inclinó sobre mí y empezó a succionar mis pezones, ya endurecidos por algo que ya no era el frío.

—Qué lindas pecas tiene en los hombros. Y ese perfume huele tan rico —su voz era pura lujuria.

—Ay, no tan fuerte. ¿Qué hace? Tengo novio, por favor.

—¿No le gusta cómo le beso los pechos?

—Suélteme, qué tal si llega Aníbal —repetía, aunque yo sabía que nadie vendría.

***

Se hincó en la alfombra y me abrió las piernas. Traté de resistirme y de taparme con el vestido, pero al sentir sus manos sujetándome los muslos terminé cediendo. Esa noche llevaba una tanga diminuta por encima de las pantimedias. Puso la boca sobre la tela, ya húmeda, y su lengua empujó hasta hacerla a un lado.

—Las que no usan tanga son las más cachondas —dijo, deslizándomela por los muslos.

—No, por favor, no me la quite.

La tanga cayó a la alfombra. Me subió las piernas a sus hombros y volvió a apretarme los pezones con una mano mientras su boca trabajaba sobre la lycra que apenas separaba su lengua de mi clítoris.

—Qué sensual se te ve, apenas cubierto por la costura de las medias.

Yo seguía gimiendo, intentando, cada vez con menos fuerza, apartar sus manos. Eso parecía encenderlo más. Acariciaba mis piernas de la cadera a los pies, y mis dedos se estiraban y contraían dentro de las sandalias al ritmo de su lengua.

Entonces se levantó, se bajó el pantalón y acercó su miembro a mi sexo, intentando frotarse por encima de la tela.

—Va a romperme las medias, son un regalo de mi novio —protesté.

—Tienes razón, mejor lo hacemos sin estorbos.

—No me las quite. Vámonos, es tarde, mi mamá me espera.

—Está bien, no te las quito.

Y cumplió a su manera: con las manos hizo un agujero en la lycra para dejarme al descubierto. Entre gemidos le pedí que no, pero ya tenía la boca pegada otra vez a mí, la lengua entrando y saliendo, frotando y mordiendo suave. Mi cuerpo temblaba. Después de varios minutos, sin bajarme las piernas, acercó el miembro y, aprovechando un momento en que alcé las manos para apartarle la cabeza, empujó. Lo sentí entrar entero de una vez.

—Ay, ay, sáquelo, está muy grande —jadeé. Nunca había sentido algo así.

Tan grueso estaba que se atoraba cada vez que entraba y salía, y se oía el golpe de su cadera contra mis nalgas. Me apretaba un pezón con una mano y con la otra me frotaba el clítoris. Quise apartarlas y no pude. Luego me tomó de los tobillos, que desaparecían entre sus dedos enormes, y los besó.

—No imaginé que doña Lore fuera tan cachonda. Qué cuerpo tienes.

—Solo quería que me llevara con mi mamá —respondí, sin convicción.

—Y te llevo. Pero antes voy a disfrutar las piernas de mi casera.

***

Quiso terminar dentro, y al ver que yo seguía repitiendo «tengo novio» pareció excitarse más. En un giro me dobló sobre la mesa del comedor, me abrió las nalgas y deslizó los dedos, primero por mi sexo y después, despacio, hacia el otro lado. Yo me sujetaba del borde, mordiéndome los labios para no gritar.

—¿Qué me vas a hacer? Ya estoy demasiado mojada.

Sentí la punta de su miembro buscando un lugar nuevo.

—Por ahí no. Todavía soy virgen de ahí, nunca me lo han hecho.

—Pues hoy vas a saber lo rico que se siente.

Intenté incorporarme, pero ya entraba, lento, abriéndose paso. Mi cuerpo temblaba entre el dolor y el placer mientras sus dedos seguían en mi clítoris. Me puse de puntas, los dedos de los pies contraídos, las manos clavadas en la mesa. Y aunque me oía a mí misma decir que no, una parte de mí no quería que parara. Tomó la botella, vertió un chorro de vino sobre mis nalgas y se rió.

—Por ser el primero —dijo.

En eso sonó mi celular. Era Aníbal.

—Espera, no se vaya a dar cuenta —le pedí. Damián se detuvo, pero sin salir de mi cuerpo.

—Tú fuiste el que se enojó —le decía a Aníbal por el teléfono—. Ya estoy en casa de mi mamá, ya me cambié, no voy a salir otra vez.

Mientras yo discutía, Damián volvió a moverse, despacio, mirándome con una sonrisa, sabiendo perfectamente con quién hablaba. Tuve que apretar los dientes para que no se me quebrara la voz.

—Tú tienes la culpa, ya estaba dormida y tu llamada me espantó. Mañana hablamos.

Colgué. Volvió a sonar. Otra vez él.

—Ya, déjame dormir, mañana te marco —corté, casi sin aire.

Al fin colgó de verdad. No voy a mentir: saber que Damián estaba dentro de mí mientras hablaba con mi novio me tenía más excitada de lo que jamás reconocería en voz alta.

***

Sonó una bachata más lenta. Me puso de pie y volvimos a bailar, yo temblando de frío y de placer, sus manos por todo mi cuerpo. Después sonó el teléfono una vez más; ahora era mi madre, preguntando si seguía en la fiesta.

—Ya salí, paso a cambiarme al departamento y llego en un par de horas —dije.

Mientras hablaba, Damián me abrazaba por la espalda, besándome la nuca. Lo sentí endurecerse aún más y, de golpe, derramarse, lo que me arrancó un gemido que tuve que disfrazar.

—Ay, ahhh, no pasa nada, mamá, solo me machuqué un dedo con la puerta. Todo bien. Al rato llego.

Cuando colgué, le dije que necesitaba bañarme antes de salir. Aceptó, pero al verme recoger el vestido del sofá me abrazó otra vez y se metió al baño conmigo. Abrí la regadera y, mientras él cerraba con seguro, me senté para quitarme las sandalias.

—Yo te las quito —dijo, apoyando mis pies en su pecho.

Aprovechó para acariciarme las piernas, la lycra húmeda de sudor, y al sacarme las sandalias empezó a besarme y morderme los pies. Eso bastó para que volviera a endurecerse.

—Eres un goloso —le dije, riéndome.

Me metí bajo el agua y cerré con seguro la puerta de vidrio. El cristal no era del todo transparente; solo se adivinaba mi silueta. Pegué la boca y los pechos al vidrio, jugando.

—¿Me dejas entrar? —preguntó.

—Solo puedes ver, no tocar —contesté, y le pegué las nalgas al cristal con las medias todavía puestas, sabiendo que eso lo prendía.

Al bajar una pierna, sin querer, mi pie quitó el seguro. Él abrió antes de que pudiera ponerlo otra vez. Me abrazó por la espalda, me apretó los pechos y me inclinó.

—Te voy a dar un correctivo por andar de traviesa.

Volvió a entrar por detrás. Esta vez no escondí nada y gemí con todas mis ganas. El agua me caía por la espalda llena de pecas mientras él me jalaba el cabello y me daba palmadas.

—Ay, papi, me encanta. ¿Me das un premio? —le dije entre gemidos.

Me hincó frente a él y se lo tomé con la boca, lamiéndolo, frotándolo entre mis pechos. Gemía mirándome con las piernas aún cubiertas por la lycra mojada. Luego me levantó, me besó hondo, me cargó por los muslos y me apoyó contra la pared. Buscó el agujero de las medias y entró hasta el fondo de mi sexo.

—Nunca me habían cogido así, ni mi novio —confesé sin pensar.

—Yo tampoco he tenido una mujer tan caliente. Tus piernas me vuelven loco, sobre todo con medias.

—¿Sabes qué? —le dije, encendida—. Me las voy a poner todos los días que estemos juntos aquí.

No sé si fue por eso, pero volvió a vaciarse dentro de mí. Lo abracé con fuerza hasta que terminó. Cuando por fin se relajó, me bajó las piernas y, sin dejar de besarme, me quitó las pantimedias.

—Qué lindas son tus piernas, hasta sin medias —dijo.

***

Mientras nos secábamos, junté valor.

—¿Podrás guardar el secreto? Es que todavía quiero a mi novio.

—Está bien. Aunque no me gustaría tener que compartirte.

Sonreí, me envolví en una toalla y cada quien se vistió en su cuarto. Después me llevó a casa de mi madre. Antes de salir dejé las pantimedias sobre la lavadora y le pedí que, cuando se secaran, las guardara como recuerdo de nuestra primera vez. Y, ya en la puerta, le solté lo último con una sonrisa que ni yo me reconocía:

—No olvides comprarme otras iguales. Si no, mi novio se va a dar cuenta de lo que pasó entre nosotros.

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Comentarios(6)

NocheEnVela

No pude soltar el celular hasta terminar de leerlo. Que manera de contar las cosas, se siente todo muy real. Gracias por compartirlo!!

Sandra_T

El comienzo con el vestido blanco me atrapó desde el primer momento. Muy buen relato, espero que sigas escribiendo.

Carlitos_uy

Buenisimo!!! quede con ganas de mas

Gaston_VC

Tremendo relato, me recordo a una noche parecida que tuve yo hace tiempo. Muy bien escrito

CuriosaLect22

Y el novio nunca supo nada? jaja pregunta obvia pero me dejo picada la curiosidad. Muy buen relato!

MartaEnCasa

excelente!!

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