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Relatos Ardientes

Lo que mi marido dejó escrito en la pantalla esa noche

Soy una mujer de unos cuarenta y tantos. No diré exactamente cuántos para no dar pistas, pero la juventud me queda ya un poco lejos. Me considero del montón en muchas cosas: ni delgada ni con sobrepeso, quizá dos kilos de más que nunca acabo de perder. Castaña, con el pelo a media espalda que casi siempre llevo recogido en una coleta, ojos oscuros, estudios universitarios y un trabajo de cara al público de lo más corriente.

Vivo con mi marido y nuestras hijas en un pueblo de unos cinco mil habitantes no muy lejos de Zaragoza, de esos donde casi todos se conocen y se saludan por la calle. Nada que ver con una ciudad grande, donde una puede ser invisible.

Llevo más de veinte años casada con Marcos y nunca le he sido infiel, salvo de vez en cuando en mi cabeza, como supongo que hace todo el mundo y nadie confiesa.

Me cuido. Voy al gimnasio y nado tres o cuatro veces por semana, controlo lo que como y tengo buena genética. Aun así no me veo especialmente guapa, aunque Marcos me regala los oídos a todas horas, repitiéndome que me encuentra sexy, morbosa y deseable. Yo no me veo como él me ve, pero mentiría si dijera que no me gusta oírlo. ¿A qué mujer no le gusta sentirse deseada, y más cuando el espejo empieza a contar los años?

Marcos es algo mayor que yo y bastante más fogoso. Tiene mucha imaginación y, desde hace tiempo, comparte conmigo su mayor fantasía cuando hacemos el amor. Al principio me parecía casi una perversión que me la contara al oído con todo lujo de detalles. Después, a fuerza de repetírmela mientras estábamos juntos, dejó de ser solo suya. Terminó por gustarme. Terminó por ser también mía.

Su fantasía, según me jura, es verme en la cama con otro hombre mientras él observa desde un rincón, en silencio, cómo yo le doy placer y ese desconocido me lo da a mí. Le gustaría verme arrodillada, con los ojos vendados y un conjunto interior negro como única ropa, esperando a oír el sonido de una puerta que se abre.

Yo, que en la realidad soy bastante clásica en el sexo, me estremecía solo de imaginar la escena. Estar de rodillas, casi desnuda, a ciegas, con la boca entreabierta y húmeda, aguardando a sentir algo distinto a lo que conozco. Sentirme objeto de deseo, deseada de verdad, mientras el hombre que amo lo contempla todo. Confieso que más de una vez esa imagen me llevó al orgasmo sin que nadie me tocara.

Siempre pensé que nunca pasaría del plano de la imaginación. Primero, porque no me creía capaz de dar el paso. Y segundo, porque aunque quisiéramos, no sabríamos con quién hacerlo, ni cómo, por miedo a enfermedades y a las consecuencias de algo así en un pueblo donde todos hablan.

***

El caso es que hace poco nos fuimos unos días de viaje, los dos solos, sin las niñas. Y supongo que la calma y el no tener responsabilidades encima nos soltaron. Tuvimos más sexo en esa semana que en mucho tiempo, con fantasías incluidas en las que yo participaba casi con más ganas que él.

Lo curioso es que, de vuelta a casa y a la rutina, con el bajón anímico que trae el final de las vacaciones, a mí no se me pasaron las ganas. Marcos lo notó enseguida. Lo veía más contento que nunca, y eso me confirmó algo que a veces olvidamos: que en una pareja el amor y el respeto son la base, sí, pero el deseo también sostiene.

Un día me dijo, medio en serio medio en broma, que si alguna vez queríamos cumplir una de nuestras fantasías, no convenía esperar demasiado, porque ya no éramos dos críos.

—Lo que no hagamos en esta vida no lo haremos en la otra —repetía. Y tenía razón.

El viernes pasado, cuando me marchaba a trabajar, le confesé que estaba con ganas. Me miró con una sonrisa rara, entre divertida y misteriosa.

—Cuando vuelvas habrá una sorpresa esperándote —dijo—. Confía en mí.

Por mucho que insistí, no soltó prenda. Solo me adelantó que al llegar encontraría un texto escrito en la pantalla del ordenador, describiendo lo que esperaba que ocurriera esa noche.

***

Por la noche, al entrar en casa, Marcos no estaba. Fui directa al escritorio. Junto al teclado, con la pantalla encendida, había una copa de vino blanco y un antifaz negro, de esos que reparten en los aviones para dormir.

Me senté. Mojé los labios en el vino y leí con calma lo que me había preparado. Cada línea me dejaba más excitada, con una humedad que crecía sin que pudiera evitarlo.

El texto contaba una de sus fantasías de siempre, pero con una diferencia: esta vez sonaba a plan, no a juego. Decía que había encontrado a alguien dispuesto a participar. Alguien que yo conocía, pero que por vergüenza no quería que supiera quién era. Por eso no hablaría en ningún momento, para no ser reconocido, y por eso me pedía que mantuviera la venda puesta pasara lo que pasara.

Siguiendo las instrucciones, fui al dormitorio y elegí un conjunto negro con un sujetador que se desabrocha por delante, el que tanto le gusta a Marcos porque le deja recorrerme sin tener que quitármelo del todo. Me serví un poco más de vino y, vestida solo con esa ropa interior y con el antifaz cubriéndome los ojos, me senté en el sofá del salón, tal y como pedía el papel.

Marcos había encendido la chimenea. El calor envolvía la habitación, la leña crujía, y el aire olía a humo y a vino blanco. Aunque no veía nada, sentía los reflejos del fuego cambiando detrás de la venda. Esto va en serio, pensé. Esta vez va en serio.

Esperé, recostada, dando sorbos lentos. Suponía que Marcos andaba escondido por la casa, listo para entrar en escena. De pronto oí la puerta del salón.

—¿Quién anda ahí? —pregunté con voz baja, siguiéndole el juego.

Nadie respondió. Claro, recordé, el invitado no puede hablar.

Noté unos pasos acercándose despacio y me llegó el rastro de una colonia suave que no reconocí. Sin una palabra, alguien empezó a besarme y a mordisquearme el cuello y el lóbulo de la oreja, mientras me acariciaba la cara y la espalda. La boca fue bajando hasta mis pechos, besándolos por encima de la tela, y luego una mano se coló bajo el sujetador y rozó mis pezones, que se endurecieron de inmediato.

Me empujó con suavidad hacia atrás y desabrochó el corchete delantero. Cuando su boca se cerró sobre uno de mis pechos, una idea me cruzó la mente y me dejó sin aire: esa boca no era la de Marcos. Mientras tanto, unos dedos apartaron la braga y se deslizaron despacio dentro de mí, dibujando círculos lentos sobre mi sexo cada vez más mojado.

El desconocido me besó en la boca, sin prisa, con pasión contenida. Olía limpio, si es que eso es un olor. Su lengua buscó la mía y jugó con ella antes de volver a bajar hacia mis pechos. Lo hacía como lo hacían los chicos con los que estuve de joven, mucho antes de Marcos, en otra vida.

***

Fue descendiendo. Apartó la braga con cuidado y empezó a lamer, primero muy lento, después con más hambre, hundiendo la lengua y sacándola, arriba y abajo. Yo ardía. La piel me quemaba. Sabía que Marcos, esta vez sí, había decidido convertir el deseo en algo real.

También sabía, porque lo había leído en la pantalla, que el trato incluía una condición: el invitado no me penetraría. Todo el placer sería con las manos y la boca, para reducir riesgos. Conociendo lo precavido que es mi marido, no me cabía duda de que se habría asegurado de que ese hombre estuviera sano antes de dejarlo entrar en nuestra casa.

En algún momento sentí que llenaba mi copa. Oí el vino caer y la mano me la acercó. La cogí a tientas, rozando esos dedos desconocidos, y bebí mientras él seguía lamiéndome con una destreza que me hacía morderme el labio para no gritar. Una parte de mí estaba segura de que Marcos lo observaba todo, desde un rincón o detrás de una cámara, tan excitado como yo.

Cuando estaba a punto de llegar, el invitado se tumbó boca arriba y guió mi cuerpo con las manos hasta colocarme sobre él, en la posición del sesenta y nueve. Me retorcía de gusto, sintiéndome una viciosa, llena de una lujuria que no recordaba. Y me encantaba serlo.

Cogí su miembro, más grueso que el de Marcos, duro como una piedra, y lo guié despacio hasta el fondo de mi boca. Lo sentía latir entre mis labios, caliente. Lo introducía hasta la garganta, como sé que a mi marido le vuelve loco, y luego lo sacaba para recorrerlo entero con la lengua, como si fuera un helado a punto de derretirse. A ratos lo soltaba para acariciarlo con la mano y jugar con sus testículos, antes de volver a empezar.

Nunca me había sentido así. Era como haber rejuvenecido veinte años de golpe, desbordada de deseo, gracias a un extraño y, sobre todo, gracias a Marcos, que lo había orquestado todo.

***

Al cabo de un rato que no sabría medir, unas manos que esta vez sí reconocí me agarraron de las caderas y me pidieron, sin palabras, que me pusiera a cuatro patas sobre el sofá. Marcos.

El invitado se arrodilló frente a mí y volvió a hundir su miembro en mi boca, mientras mi marido me penetraba desde atrás, sujetándome con fuerza. El desconocido, en cambio, me acariciaba la cara, el pelo y la espalda con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás, y se le escapaban gemidos ahogados que intentaba tragarse para que no lo descubriera.

Los dos acompasaron el ritmo durante unos minutos en los que solo puedo decir que estuve fuera del mundo. Lo imaginado mil veces se había hecho carne. Ser deseada y poseída al mismo tiempo por dos hombres, con mi marido disfrutando de cada segundo, es probablemente una de las fantasías secretas de muchas mujeres. En ese momento entendí por qué.

Noté que el invitado no aguantaría mucho más. Sus embestidas en mi boca se volvieron más urgentes, sus gemidos más difíciles de contener. Quise regalarle a Marcos la imagen que tantas veces me había dicho que lo enloquecería. Cuando mi marido se hundió hasta el fondo y se vació entre gemidos, sentí también la inminencia del otro. Hundí su miembro hasta el final mientras le acariciaba con suavidad, y noté cómo varios chorros espesos, de un sabor distinto al de Marcos, me llenaban la boca.

Creo que los tres nos corrimos casi a la vez, fundidos en un orgasmo que me recorrió la columna como una descarga, extendiéndose por cada centímetro de mi cuerpo hasta hacerme temblar de puro placer.

Sin sacar todavía aquel miembro de mi boca, lo tragué casi entero. Entonces el invitado, ahora sí, dejó escapar un gemido franco, sin disimulo. Y en ese sonido, para mi inmensa sorpresa, creí reconocerlo.

Era alguien en quien jamás habría pensado, alguien con quien probablemente nunca habría aceptado nada si Marcos me lo hubiera propuesto a cara descubierta. Ni feo ni viejo, pero tampoco un hombre que me llamara la atención. Y sin embargo, el placer que me había dado, ayudado por la situación, fue de los más intensos de mi vida.

Sin perder tiempo, se levantó y se marchó, dejándonos solos. Yo seguía con el sabor de otro hombre en la lengua, las comisuras manchadas y la cara interna de los muslos convertida en un camino por el que resbalaba, despacio, una parte de mi marido.

No sé si volveremos a hacerlo. Pero sé que Marcos tenía razón: lo que no hicimos esa noche, quizá no lo habríamos hecho nunca.

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Comentarios(6)

NochesDeRei

que relato mas lindo!!! me dejo sin palabras de verdad

PatriciaRdz

Por favor seguila, quede totalmente enganchada y quiero saber como termino todo jaja

Marinela_77

Me encanto como esta escrito, se siente muy real y nada forzado. De las Confesiones que mas disfrute leyendo ultimamente

LoreHV

¿Escribis mas seguido? espero con ansias el proximo relato

PabloM_Cba

tremendo!!! la imagen de la pantalla encendida me erizo la piel entera. Muy bien logrado

Vero_Mendoza

Se hizo corto :( queria mas. Pero muy bien escrito, autentico

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