La tarde libre que terminó con él en mi boca
Esto pasó hace siete u ocho años, cuando todavía estábamos en el secundario. Salíamos con Martín desde los dieciocho y ya llevábamos casi un año de novios. Íbamos a la misma división, en un colegio de una localidad tranquila de zona norte, cerca del río, y nos sentábamos siempre juntos en el fondo del aula.
Era común que faltara algún profesor y nos quedáramos con una o dos horas libres. La mayoría de las veces matábamos el tiempo en el patio y después seguíamos con las materias como si nada. Pero esa tarde fue distinta.
Había faltado la profesora de literatura, que tenía las tres últimas horas, de las dos a las cinco. A nuestra edad ya nos dejaban firmar la salida anticipada cuando no había clases después. Así que aprovechamos.
Lo nuestro estaba completamente aprobado en casa. Nos conocíamos desde chicos, nuestras familias se llevaban bien, las dos de clase media, gente trabajadora. A los dos nos iba bien en el colegio, aunque a él muchísimo mejor que a mí. Yo aprobaba todo, algunas materias con notas altas y otras arañando el mínimo. No había motivo para que nos pusieran trabas.
Los dos nos habíamos dado cuenta, cada uno por su lado, de algo muy simple: si nuestros padres confiaban en nosotros, podíamos hacer prácticamente lo que quisiéramos, siempre que no nos pasáramos de la raya. Y esa confianza yo la cuidaba como un tesoro.
Le mandé un mensaje a mi mamá por WhatsApp avisándole que salíamos antes. Le dije que iba a merendar a lo de Martín y que él me iba a ayudar con un trabajo práctico de matemática, que era la materia que más me costaba. Lo de la materia era cierto, pero la verdad es que no necesitaba ayuda: me arreglaba sola. Era la excusa perfecta para pasar la tarde con él, coger tranquilos por primera vez.
Hice bien las cuentas. Mi mamá salía del trabajo a las cinco, pasaba a buscar a mi hermana menor al colegio y no llegaba a casa antes de las seis y veinte. Mi papá volvía recién a las siete y media. Tenía toda la tarde por delante.
***
La casa de Martín estaba a unas pocas cuadras, en una zona linda cerca de la costa. También estaba vacía, porque sus padres trabajaban hasta tarde y él era hijo único. Nos servimos algo para tomar, picamos cualquier cosa de la heladera y subimos a su cuarto, en la planta alta.
Esa parte de la casa era nuestro refugio. Pusimos música y nos tiramos en la cama a besarnos, como tantas otras veces. Lo de siempre: yo le pasaba la mano por encima del pantalón, él me tocaba las tetas por arriba del corpiño, nos prometíamos amor eterno entre beso y beso. Le había apretado el bulto sobre la tela del pantalón del colegio varias veces, sintiendo cómo se le ponía dura debajo de mi mano, pero nunca habíamos pasado de ahí.
En medio de esos manoseos me pidió quedarse en bóxer. Roja de vergüenza, le dije que sí. Se sacó el pantalón gris del uniforme y se quedó así, con la camisa del colegio puesta y nada más abajo. La tela del bóxer estaba estirada por una erección que se marcaba entera, con la punta empujando hacia arriba y una manchita húmeda donde apretaba el glande. Seguimos besándonos un rato y, casi en un susurro, me preguntó si se la podía tocar.
Lo miré a los ojos. Estaba muerta de ganas, pero también de nervios.
—Bueno, pero enseñame, que no sé —le dije, y me reí para disimular.
Para ese momento yo ya estaba empapada. Sentía la bombacha pegada al coño, la tela transparente de tan mojada, y cada vez que juntaba los muslos me daban corrientazos que me subían por el vientre. Estábamos los dos en su cama, yo todavía vestida con el uniforme entero y él en bóxer. Se lo bajó despacio, y ahí vi mi primera verga en vivo. Saltó hacia afuera de un tirón cuando la liberó del elástico, dura, apuntando al techo, con las venas gruesas marcadas a lo largo del tronco y el glande hinchado, colorado, brillante por una gota de líquido preseminal que le colgaba de la punta. Me pareció enorme. Después me enteré de que medía unos dieciséis centímetros, y era gruesa, mucho más de lo que me había imaginado.
Apoyé la mano sobre ella y la envolví con los dedos. Ni siquiera me la abarcaban del todo. La piel era suave, caliente, pero por debajo se sentía dura como un fierro. Empecé a moverla arriba y abajo, despacio, corriéndole el prepucio y dejando ese glande brillante al descubierto en cada bajada. Sus gemidos me confirmaron que iba por buen camino. Cuando pasaba el pulgar por la punta se le escapaba otra gota transparente que yo esparcía por todo el capullo, y él pegaba pequeños respingos de cadera, buscando más presión.
—Así, como lo estás haciendo, no pares —me susurró.
Pasaron unos minutos —no sé si fueron dos o diez, perdí la noción del tiempo por completo— y entonces me dijo, con una mezcla de amor y deseo en la mirada:
—Tengo muchas ganas de que me la chupes.
***
Me quedé un segundo en silencio. Tenía un miedo enorme a hacerlo mal, pero a la vez una curiosidad que me quemaba por dentro. Quería saber cómo se sentía tener en la boca la polla de la persona que amaba.
Bajé por la cama y me acomodé entre sus piernas abiertas. La tenía ahí adelante, latiendo sola, dura, apuntándome a la cara. Acerqué los labios despacio y le di un beso en la punta. Al hacerlo, él pegó un respingo, como si una corriente le hubiera recorrido el cuerpo entero. Me quedé quieta un instante, mirándolo, y respiré hondo. El olor me golpeó de lleno: olía a él, a piel caliente, a algo espeso y macho que jamás había olido antes. No sé cómo explicar lo que sentí: ese olor me puso más mojada de lo que creía posible. Fue algo instantáneo, casi animal. Se me contrajo el coño solo, como pidiendo que algo lo llenara.
Empecé a lamerla de a poco, como si fuera un helado, mientras la sostenía con la mano derecha. Le pasé la lengua por toda la vena gruesa que le recorría el tronco, desde la base hasta la punta, y ahí me detuve para lamerle el glande en círculos. Después le agarré las bolas con la otra mano, se las hice rebotar suavecito en la palma, y él soltó un gemido largo. Hasta que me animé y me la metí en la boca. El sabor me estremeció. Salado, un poco amargo, con esa gota espesa que se me deshacía sobre la lengua. No se parecía a nada que hubiera probado antes ni a nada que probara después, pero me provocaba una sensación de deseo que jamás había imaginado.
Empecé a chupársela de verdad. Bajaba la cabeza todo lo que podía, cerraba los labios apretándola, y volvía a subir chupando fuerte. La lengua se me movía sola contra la parte de abajo del glande, buscando ese punto que lo hacía retorcerse. Mientras la tenía adentro escuchaba sus gemidos, sentía sus dedos acariciándome el pelo y cómo me decía bajito que me amaba, que no parara, que le encantaba mi boca. Era demasiada emoción concentrada en unos pocos segundos. Me sentía deseada de una forma nueva.
—Mirame mientras me la chupás —me pidió, con la voz ronca.
Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Él se mordía el labio, con la cara roja y los ojos apenas entreabiertos. Verlo así, tan entregado, hizo que se me escapara un gemido con la polla adentro, y esa vibración lo hizo estremecerse entero.
Para ser honesta, apenas me entraban unos centímetros. No me cabía entera —me costó varios meses aprender a garganteársela hasta la base— así que compensaba con la mano, envolviéndola y moviéndola al ritmo de la boca, tal como había visto en algún video porno que espié alguna noche con el celular bajo las sábanas. La saliva empezó a bajarme por el mentón y por el tronco, y toda esa humedad hacía que la mano se deslizara mejor. La verga me quedaba entera brillante, mojada, resbaladiza.
Sin darme cuenta, con la mano libre me metí los dedos por debajo de la pollera y por adentro de la bombacha. Estaba empapada, chorreando literalmente, y cuando me toqué el clítoris tuve que soltar un gemido apagado contra la polla de Martín. Me tocaba mientras se la chupaba, y él lo notó y me dijo, casi sin aire:
—¿Te estás tocando? Dios, sos lo más caliente que vi en mi vida.
***
Y mientras lo hacía, no podía frenar los pensamientos que me cruzaban la cabeza. ¿Cómo puede ser que yo, una chica de casa, esté con esta pija en la boca, mamándosela como una puta y tocándome el coño a la vez? Todas mis amigas eran vírgenes, y a las pocas de cursos más grandes que ya habían hecho cosas las llamaban de mil maneras feas. ¿Era yo una de esas ahora?
Pero, en lugar de avergonzarme, esa idea me prendía todavía más. En ese instante me sentía libre, deseada, poderosa. Me daba cuenta de que con la boca lo tenía completamente rendido. Y pensé: si con esto, que es la primera vez y lo hago como puedo, ya tiembla así, imaginate cuando sea una experta chupando pijas. Va a estar pegado a mí para siempre.
A los pocos minutos me empecé a cansar. Eran músculos que una no entrena nunca, así que paraba cada tanto, se la seguía con la mano —envolviéndola bien fuerte, cerrando el puño y girándolo apenas en cada subida— y después volvía a metérmela en la boca. En una de esas pausas, mientras yo le lamía las bolas y le pasaba la lengua por la base, Martín hizo algo que todavía hoy recuerdo con el corazón apretado: me agarró la cara, me acercó a la suya y me dio un beso largo, apasionado, con lengua, sin importarle que yo tuviera todavía el sabor de su verga en la boca, como si nada de lo anterior lo hubiera ensuciado.
Yo siempre había pensado que los varones no besaban después de algo así. Supongo que era una idea que me había quedado de esos videos donde tratan a las mujeres como un objeto. Que él me besara de esa manera me derritió. Volví a bajar, muerta de amor, y le metí la polla hasta donde pude, más profundo que antes, hasta que la punta me tocó el fondo del paladar y se me escaparon las lágrimas. Aguanté unos segundos así, tragando saliva alrededor del tronco, sintiendo cómo latía dentro de mi boca. Él soltó un "la puta madre" ahogado y me clavó los dedos en el pelo.
Empecé a subir y bajar más rápido, chupando con hambre, girando la mano en la base al compás de la boca. La cama entera olía a nosotros: a saliva, a semen todavía por venir, al perfume del uniforme mezclado con mi transpiración. Yo seguía tocándome, y cada vez que le pasaba la lengua por el frenillo apretaba el clítoris con dos dedos y me daba un cimbronazo entre las piernas.
***
Al rato empezó a avisarme que estaba por terminar, que no aguantaba más. Y acá viene lo raro: aunque entendía perfectamente las palabras, no me caía la ficha de lo que iba a pasar. Él seguía repitiéndolo —"me voy a correr, nena, me voy a correr en tu boca"—, creo que para darme tiempo a apartarme, pero yo no me moví. Al contrario, la chupé más fuerte, la mano moviéndose rápida en la base, los labios apretados contra el tronco.
Sentí cómo la polla se hinchaba todavía más adentro de mi boca, cómo latía contra mi lengua, y eso me excitó muchísimo. Un segundo después llegó la primera oleada: un chorro tibio, espeso, que me golpeó contra el paladar. Después vino otra, y otra, y otra. Cuatro o cinco oleadas de semen caliente que me llenaron la boca por completo. Sorprendida, tragué casi todo, sintiendo cómo bajaba espeso por la garganta; un poco se me escapó por la comisura, me bajó por el mentón hilo abajo y cayó sobre la remera del uniforme. Él seguía gimiendo, con la cadera empujando solita, y yo lo seguía chupando despacio, ordeñándole las últimas gotas hasta que se le fue vaciando adentro de mi boca.
Cuando saqué la polla, todavía dura pero ya más tranquila, se la besé en la punta y limpié con la lengua una gota blanca que le quedaba. Él temblaba entero, con los muslos tensos y la piel erizada.
El sabor no me desagradó, pero tampoco me volvió loca. Espeso, salado, con algo dulzón por atrás. Igual lo viví como algo positivo, casi como una conquista. Me gustó haber llegado hasta el final, haberme tragado su corrida entera en mi primera mamada.
Martín me miró, sonrió y me dijo:
—Te queda hermosa así, con mi leche en la cara.
Muerta de vergüenza me limpié con la mano, me chupé los dedos sin pensarlo, y disimulé la mancha en la remera.
***
Nos quedamos abrazados, besándonos, con su mano metida por debajo de mi pollera acariciándome despacio sobre la bombacha empapada, hasta que se me hizo la hora. Quería llegar a casa antes que mi mamá, sobre todo para que no tuviera que llamarme y todo siguiera tranquilo. Martín me acompañó caminando; eran apenas unas cuadras que se hacían en quince minutos. Me besó en la puerta y se volvió.
Un rato después llegó mi mamá con mi hermana. Le preparó una chocolatada a la chica y un café con leche a mí, y se puso a organizar la cena. Yo estaba en otra parte, con el sabor de la corrida de Martín todavía en el fondo de la boca, repasando la tarde en la cabeza, cuando mi hermana me señaló:
—Te manchaste la remera, tonta.
Miré para abajo y casi me muero. Ahí estaba la marca, blanquecina, ya seca. Me reí con todos los nervios del mundo y le dije que era café con leche. Por suerte se lo creyó.
Esa noche, antes de dormir, me llegó un último mensaje de él: «Sos la mejor, das los mejores besos». Lo leí tres veces, sonriendo sola en la oscuridad.
Después apagué la luz, me bajé la bombacha debajo de las sábanas y dejé que los recuerdos de esa tarde me llevaran. Me metí dos dedos en el coño mientras me acariciaba el clítoris con la otra mano, pensando en cómo se me había hinchado la polla adentro de la boca, en el sabor del semen bajándome por la garganta, en cómo me miraba mientras se la chupaba. Tuve un orgasmo enorme, mordiendo la almohada para no gritar, de esos que te dejan temblando y con el coño chorreando sobre la sábana, y me dormí con una sonrisa que me duró hasta el día siguiente.
Fue mi primera vez. Y, aunque pasaron tantos años, todavía la recuerdo como uno de los momentos más intensos de mi vida.