La tarde libre que terminó con él en mi boca
Esto pasó hace siete u ocho años, cuando todavía estábamos en el secundario. Salíamos con Martín desde los catorce y ya llevábamos casi un año de novios. Íbamos a la misma división, en un colegio de una localidad tranquila de zona norte, cerca del río, y nos sentábamos siempre juntos en el fondo del aula.
Era común que faltara algún profesor y nos quedáramos con una o dos horas libres. La mayoría de las veces matábamos el tiempo en el patio y después seguíamos con las materias como si nada. Pero esa tarde fue distinta.
Había faltado la profesora de literatura, que tenía las tres últimas horas, de las dos a las cinco. A nuestra edad ya nos dejaban firmar la salida anticipada cuando no había clases después. Así que aprovechamos.
Lo nuestro estaba completamente aprobado en casa. Nos conocíamos desde chicos, nuestras familias se llevaban bien, las dos de clase media, gente trabajadora. A los dos nos iba bien en el colegio, aunque a él muchísimo mejor que a mí. Yo aprobaba todo, algunas materias con notas altas y otras arañando el mínimo. No había motivo para que nos pusieran trabas.
Los dos nos habíamos dado cuenta, cada uno por su lado, de algo muy simple: si nuestros padres confiaban en nosotros, podíamos hacer prácticamente lo que quisiéramos, siempre que no nos pasáramos de la raya. Y esa confianza yo la cuidaba como un tesoro.
Le mandé un mensaje a mi mamá por WhatsApp avisándole que salíamos antes. Le dije que iba a merendar a lo de Martín y que él me iba a ayudar con un trabajo práctico de matemática, que era la materia que más me costaba. Lo de la materia era cierto, pero la verdad es que no necesitaba ayuda: me arreglaba sola. Era la excusa perfecta para pasar la tarde con él, darnos unos besos y estar tranquilos.
Hice bien las cuentas. Mi mamá salía del trabajo a las cinco, pasaba a buscar a mi hermana menor al colegio y no llegaba a casa antes de las seis y veinte. Mi papá volvía recién a las siete y media. Tenía toda la tarde por delante.
***
La casa de Martín estaba a unas pocas cuadras, en una zona linda cerca de la costa. También estaba vacía, porque sus padres trabajaban hasta tarde y él era hijo único. Nos servimos algo para tomar, picamos cualquier cosa de la heladera y subimos a su cuarto, en la planta alta.
Esa parte de la casa era nuestro refugio. Pusimos música y nos tiramos en la cama a besarnos, como tantas otras veces. Lo de siempre: yo le pasaba la mano por encima del pantalón, él me tocaba por arriba de la ropa interior, nos prometíamos amor eterno entre beso y beso. Le había tocado el bulto sobre la tela del pantalón del colegio varias veces, pero nunca habíamos pasado de ahí.
En medio de esos manoseos me pidió quedarse en bóxer. Roja de vergüenza, le dije que sí. Se sacó el pantalón gris del uniforme y se quedó así, con la camisa del colegio puesta y nada más abajo. Seguimos besándonos un rato y, casi en un susurro, me preguntó si se la podía tocar.
Lo miré a los ojos. Estaba muerta de ganas, pero también de nervios.
—Bueno, pero enseñame, que no sé —le dije, y me reí para disimular.
Para ese momento yo ya estaba mojada. Estábamos los dos en su cama, yo todavía vestida con el uniforme entero y él en bóxer. Se lo bajó despacio, y ahí vi mi primer pene en vivo. Me pareció grande. Después me enteré de que medía unos dieciséis centímetros, y era grueso, mucho más de lo que me había imaginado.
Apoyé la mano sobre él y empecé a moverla, sin saber bien si lo hacía bien o mal. Sus gemidos me confirmaron que iba por buen camino. Pasaron unos minutos —no sé si fueron dos o diez, perdí la noción del tiempo por completo— y entonces me dijo, con una mezcla de amor y deseo en la mirada:
—Tengo muchas ganas de que me la chupes.
***
Me quedé un segundo en silencio. Tenía un miedo enorme a hacerlo mal, pero a la vez una curiosidad que me quemaba por dentro. Quería saber cómo se sentía tener en la boca el sexo de la persona que amaba.
Acerqué la cara despacio y le di un beso en la punta. Al hacerlo, él pegó un respingo, como si una corriente le hubiera recorrido el cuerpo entero. Me quedé quieta un instante, mirándolo, y respiré hondo. No sé cómo explicar lo que sentí: ese olor me puso más mojada de lo que creía posible. Fue algo instantáneo, casi animal.
Empecé a lamerlo de a poco, como si fuera un helado, mientras lo sostenía con la mano derecha. Hasta que me animé y me lo metí en la boca. El sabor me estremeció. No se parecía a nada que hubiera probado antes ni a nada que probara después, pero me provocaba una sensación de deseo que jamás había imaginado.
Mientras lo tenía adentro escuchaba sus gemidos, sentía sus dedos acariciándome el pelo y cómo me decía bajito que me amaba. Era demasiada emoción concentrada en unos pocos segundos. Me sentía deseada de una forma nueva.
Para ser honesta, apenas le entraban unos centímetros. No me cabía entero —me costó varios meses aprender a llegar más profundo— así que compensaba con la mano, envolviéndolo y moviéndola al ritmo de la boca, tal como había visto en algún video que espié alguna noche con el celular bajo las sábanas.
***
Y mientras lo hacía, no podía frenar los pensamientos que me cruzaban la cabeza. ¿Cómo puede ser que yo, una chica de casa, esté con esto en la boca? Todas mis amigas eran vírgenes, y a las pocas de cursos más grandes que ya habían hecho cosas las llamaban de mil maneras feas. ¿Era yo una de esas ahora?
Pero, en lugar de avergonzarme, esa idea me prendía todavía más. En ese instante me sentía libre, deseada, poderosa. Me daba cuenta de que con la boca lo tenía completamente rendido. Y pensé: si con esto, que es la primera vez y lo hago como puedo, ya tiembla así, imaginate cuando sea una experta. Va a estar pegado a mí para siempre.
A los pocos minutos me empecé a cansar. Eran músculos que una no entrena nunca, así que paraba cada tanto, lo seguía con la mano y después volvía. En una de esas pausas, Martín hizo algo que todavía hoy recuerdo con el corazón apretado: me agarró la cara, me acercó a la suya y me dio un beso largo, apasionado, como si nada de lo anterior lo hubiera ensuciado.
Yo siempre había pensado que los varones no besaban después de algo así. Supongo que era una idea que me había quedado de esos videos donde tratan a las mujeres como un objeto. Que él me besara de esa manera me derritió. Volví a bajar, muerta de amor, y seguí.
***
Al rato empezó a avisarme que estaba por terminar, que no aguantaba más. Y acá viene lo raro: aunque entendía perfectamente las palabras, no me caía la ficha de lo que iba a pasar. Él seguía repitiéndolo, creo que para darme tiempo a apartarme, pero yo no me moví.
Sentí cómo latía dentro de mi boca, y eso me excitó muchísimo. Un segundo después llegaron tres o cuatro oleadas tibias. Sorprendida, tragué casi todo; un poco se me escapó por la comisura, me bajó por el mentón y cayó sobre la remera del uniforme.
El sabor no me desagradó, pero tampoco me volvió loca. Igual lo viví como algo positivo, casi como una conquista. Me gustó haber llegado hasta el final.
Martín me miró, sonrió y me dijo:
—Te queda hermosa así.
Muerta de vergüenza me limpié con la mano y disimulé la mancha en el pantalón.
***
Nos quedamos abrazados, besándonos, hasta que se me hizo la hora. Quería llegar a casa antes que mi mamá, sobre todo para que no tuviera que llamarme y todo siguiera tranquilo. Martín me acompañó caminando; eran apenas unas cuadras que se hacían en quince minutos. Me besó en la puerta y se volvió.
Un rato después llegó mi mamá con mi hermana. Le preparó una chocolatada a la chica y un café con leche a mí, y se puso a organizar la cena. Yo estaba en otra parte, repasando la tarde en la cabeza, cuando mi hermana me señaló:
—Te manchaste la remera, tonta.
Miré para abajo y casi me muero. Ahí estaba la marca. Me reí con todos los nervios del mundo y le dije que era café con leche. Por suerte se lo creyó.
Esa noche, antes de dormir, me llegó un último mensaje de él: «Sos la mejor, das los mejores besos». Lo leí tres veces, sonriendo sola en la oscuridad.
Después apagué la luz, cerré los ojos y dejé que los recuerdos de esa tarde me llevaran. Tuve un orgasmo enorme, de esos que te dejan temblando, y me dormí con una sonrisa que me duró hasta el día siguiente.
Fue mi primera vez. Y, aunque pasaron tantos años, todavía la recuerdo como uno de los momentos más intensos de mi vida.