El viernes que interrumpí a mi mujer mientras pintaba
El viaje de vuelta en tren se me hizo eterno. Llevaba en la mochila el mismo libro que arrastro desde hace semanas, lo abrí tres o cuatro veces y no pasé de la misma página. No era culpa del autor. Era que mi cabeza estaba en otra parte, mucho antes de llegar a casa, imaginando lo que iba a hacer en cuanto cruzara la puerta. Tengo treinta y cuatro años, mido algo más de uno ochenta y llevo el pelo lo bastante largo como para que se me ondule en la nuca cuando hace calor. Y ese viernes hacía calor, aunque sospecho que buena parte venía de dentro.
Subí los escalones de dos en dos. En el rellano respiré hondo antes de meter la llave, como quien se prepara para algo que ha decidido de antemano. Cuando abrí, solté el clásico «hola, ya estoy aquí», mientras me quitaba la chaqueta y aflojaba el nudo de la corbata con dos dedos. Me remangué la camisa hasta los codos. El piso olía a aguarrás y a café frío, ese olor que para mí significa que es viernes y que ella ha tenido la tarde para sí misma.
La encontré donde sabía que estaría. Marina pinta los viernes por la tarde, siempre, desde que la conozco. Es su manera de soltar lastre después de la semana, de dejar volar todo eso que durante cinco días tiene que guardarse. Estaba de pie frente al caballete, en pantalón corto y una camiseta vieja manchada de óleo, con un pincel fino entre los dientes y otro en la mano. Tiene treinta y un años y una concentración que la hace parecer ausente del mundo. Cada vez que la veo así me acuerdo de la suerte que tengo. Aquella tarde, además, pensaba recordárselo a ella.
—Qué pronto —dijo, girándose, con esa sonrisa de quien ha perdido la noción del tiempo.
—El de las seis venía vacío —contesté, aunque no era verdad. Me había escapado antes.
Me acerqué y la besé. No fue un beso de saludo. Duró más de la cuenta, lo suficiente para que ella entendiera por dónde iban a ir las cosas. Cuando me separé, me miraba con una ceja levantada y la boca todavía entreabierta. Me conoce demasiado bien.
—¿Así que esas tenemos? —murmuró.
—Esas tenemos —dije, y me agaché a quitarme los zapatos sin dejar de mirarla.
Ella dejó el pincel en el bote de cristal, despacio, casi a regañadientes, como si una parte de ella todavía quisiera terminar esa esquina del cuadro. Se apartó del caballete y empezó a preguntarme por el trabajo, por la reunión de la mañana, por si había hablado con no sé quién. Y yo no contesté. En vez de eso me arrodillé delante de ella.
Le besé los muslos primero, por encima de la tela del pantalón. Subí hasta la cadera, bajé otra vez, dejé que mis labios recorrieran la cara interna de la pierna. Le besé el brazo, el codo, la muñeca, cada centímetro de piel que tenía a mano. Quería que entendiera, sin necesidad de decirlo, que pensaba ocuparme de ella entera. No de una parte. De toda.
—Tenía que terminar el fondo —dijo, en un intento débil de protesta.
El fondo puede esperar.
No le contesté con palabras. Le contesté separándole un poco las piernas con la mano, y ella, casi sin darse cuenta, abrió un poco más la postura. Fue un gesto involuntario, instintivo, de esos que delatan lo que el cuerpo quiere antes de que la cabeza dé permiso. Le bajé el pantalón corto hasta los tobillos y ella levantó un pie, luego el otro, para librarse de él.
Llevaba unas bragas normales, de las de cualquier día, de algodón claro y sin pretensiones. Y me parecieron lo más excitante que había visto en toda la semana. No hay nada de la lencería de catálogo que pueda competir con eso: con ella en su casa, sin esperar nada, descubierta en mitad de una tarde común. Le di un beso por encima de la tela y noté el calor a través del algodón. Levanté la vista. Marina me miraba desde arriba con los ojos entornados, mordiéndose el labio, pidiéndome con esa cara que dejara de jugar y empezara de una vez.
—No me hagas esperar —susurró.
Aparté la tela hacia un lado, sin quitarle las bragas todavía, y dejé que mi lengua hiciera el primer contacto. Suave. Apenas un roce sobre el clítoris, lo justo para que sintiera que ya estaba donde tenía que estar. La oí tomar aire de golpe. Repetí el gesto, despacio, dibujando recorridos lentos, sin prisa, mientras una de mis manos le sujetaba la cadera para que no se escapara.
Cuando la sentí temblar, me incorporé un instante para terminar de bajarle las bragas. Ella se apoyó con una mano en el respaldo del taburete y separó bien las piernas, esta vez sin disimulo, sin la timidez de antes. Volví a arrodillarme y ahora sí, sin barreras de tela, empecé a saborearla de verdad. No hay nada en el mundo que me guste más, y ella lo sabe. Sabe que adoro su sabor, que me pierdo ahí abajo, que podría quedarme una hora entera sin levantar la cabeza.
Le lamí el clítoris en círculos, alternando la presión, leyendo cada respuesta de su cuerpo. Cuando le subía la respiración, frenaba. Cuando se relajaba, apretaba. La llevé hasta el borde una vez, y otra, hasta que sus dos manos bajaron a mi pelo y me agarraron con fuerza, pegando mi cabeza contra ella. Ahí dejé la lengua quieta, plana, firme, sin moverme, dejando que fuera ella la que marcara el ritmo contra mí. Sentí cómo se tensaba entera, cómo contenía el aire y lo soltaba en un gemido largo que no se molestó en disimular.
Cuando aflojó las manos, poco a poco, bajé un punto más y hundí la lengua dentro de ella para no perderme nada. Tenía los labios, parte de las mejillas y la barbilla húmedos, y no recuerdo haberme sentido nunca mejor que en ese momento. La miré desde abajo, con la cara empapada, y subí otra vez al clítoris. Ella no dijo nada. Solo echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, entregada del todo.
—No pares —alcanzó a decir, con la voz rota.
No pensaba parar. Succioné, besé, lamí, la cubrí entera con mi saliva, y en cuestión de segundos sus manos volvieron a buscarme el pelo y a apretarme contra ella. El segundo orgasmo le llegó más rápido y más fuerte que el primero. Notarlo entre mis labios, sentir cómo le fallaban las piernas, saber que era yo quien la estaba llevando hasta ahí, es una de las sensaciones que más me gustan del mundo. No quería dejar nada a la deriva. Lo quería todo para mí.
***
Lo que pasó después no me lo esperaba, aunque debería. Marina me empujó. No con delicadeza, sino de golpe, con las dos manos en mi pecho, hasta que perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre la alfombra del salón. Antes de que pudiera decir nada, ya estaba encima de mí, desabrochándome el pantalón con una urgencia que no le había visto en mucho tiempo.
—Me toca —dijo, y no era una pregunta.
Me liberó con dos tirones y, sin más preámbulos, se sentó sobre mí. No tardó ni un par de segundos en tenerme entero dentro. No hay nada como esa sensación: cuando entra sola, sin esfuerzo, cuando encaja a la perfección porque todo lo de antes ha preparado el terreno. Encajamos como si nunca hubiéramos hecho otra cosa. Solté un gemido que no tenía nada de elaborado, un sonido casi primario, de los que no se eligen.
Ella empezó a moverse encima de mí sin tregua. Apoyaba las manos en mi pecho y subía y bajaba con un ritmo que me dejaba sin aire. La miré pidiendo clemencia, medio en broma, medio en serio, porque después de habérmela comido durante tanto rato yo ya iba con ventaja. Marina se rió. Una risa baja, traviesa, que me dejó claro que no pensaba tener compasión. Iba a seguir hasta que yo me corriera, y los dos lo sabíamos.
—Ni se te ocurra aguantar —me dijo, inclinándose hasta rozarme la oreja con los labios.
No habría podido aunque quisiera. No aguanté ni cinco minutos. Me corrí dentro de ella con una fuerza que me sorprendió a mí mismo, agarrándole las caderas, mientras ella seguía moviéndose despacio, alargando el momento, con una sonrisa de satisfacción que lo decía todo. Me quedé hecho polvo, sin capacidad de articular nada coherente, mirando el techo del salón con la respiración entrecortada.
Nos besamos así, todavía unidos, ella tumbada sobre mi pecho. Fue un beso lento, sin prisa, distinto al de la puerta. Solo entonces, con su peso encima y el corazón todavía acelerado, me di cuenta de lo intenso que había sido y de lo bonito que era poder tener tardes así, sin ocasión especial, sin aniversario que celebrar. Un viernes cualquiera.
—Te has cargado mi concentración —murmuró contra mi cuello, sin queja real.
—Mañana terminas el fondo —contesté.
Se rió otra vez y me dio un mordisco suave en el hombro antes de levantarse con esa delicadeza que recupera siempre después, como si volviera de otro sitio. Se fue hacia la cocina y yo me quedé en el suelo unos segundos más, terminando de desvestirme para meterme en la ducha. El caballete seguía ahí, con el cuadro a medias, esperando. Y yo pensé que ese fin de semana, por como había empezado, pintaba francamente bien.