Le enseñé a mi cuñada lo que su novio nunca olvidaría
La hermana de mi marido acababa de cumplir veinte años y hasta entonces había vivido para dos cosas: el atletismo y los estudios. Buenas notas, una plaza en la facultad de fisioterapia y un cuerpo que la pista le había esculpido sin que ella se diera cuenta de lo que provocaba. Se llama Noa, aunque ese no es su nombre, y tiene las piernas más firmes que yo había visto en mucho tiempo.
No lo digo solo por la edad. Lo digo por las horas de entrenamiento, por los gemelos marcados y por esa cintura estrecha que se le adivinaba cuando volvía de correr. La veía salir de casa con unos pantalones cortos que dejaban a la vista el nacimiento del muslo, y algo en mí se quedaba mirando más de la cuenta. Quién pudiera meterle la lengua entre esas piernas y comerle el coño hasta que gritara, pensaba, y luego me reñía a mí misma por pensarlo.
Un jueves me la crucé por la calle, cerca del mercado de Valencia donde yo hacía la compra. Después de una charla sin importancia me pidió que la acompañara a buscar ropa. Acepté encantada. Cogimos el metro hasta un centro comercial a las afueras y empezamos a recorrer tiendas sin prisa. A mí ir de compras me relaja, y a ella se la notaba inquieta por otra cosa.
Primero miramos vestidos para salir. Luego, casi sin querer, terminamos delante de un escaparate de lencería.
—Has quedado con alguien, ¿verdad? —le pregunté.
—Sí… —contestó mordiéndose el labio—. Estoy muy nerviosa.
—¿Y eso? ¿Por qué estás nerviosa?
—Porque ya nos hemos visto varias veces y…
—Y habéis follado.
—No. Ese es el problema. Que no hemos follado todavía.
—No le veo nada de malo. Cuando os apetezca, lo haréis.
—El problema es justo ese, Marina.
—Noa, no te entiendo.
—Que no he follado nunca. Con nadie.
Me quedé parada en mitad del pasillo. La miré buscando una sonrisa que dijera que era broma, pero no la había.
—Algún juego he tenido —siguió, bajando la voz—, pero a la hora de la verdad me daba vergüenza y paraba. Nunca le he chupado una polla a nadie, ni he dejado que me la metan. Esta vez no quiero parar. Quiero que me folle bien follada.
—¿Y dónde está la traba?
—La traba es que no sé ni cómo se le coge la polla a un hombre. No sé nada. Y no quiero que mi primera vez sea un desastre delante de él.
Solté una risa que no pude contener y que la hizo enrojecer hasta las orejas. La cogí del brazo y le dije que se calmara, que todas habíamos estado ahí alguna vez. Aunque, para ser sincera, yo llevaba mamando pollas y abriéndome de piernas desde bastante más joven que ella.
—Soy tu cuñada mayor, Noa. Yo te puedo ayudar. Pero necesito saber una cosa: ¿lo tuyo con ese chico va en serio?
—Todo lo en serio que puede ir algo de seis meses.
—¿Seis meses sin tocaros? Pobre hombre. Debe tener las pelotas moradas.
—Ya lo sé. Ha esperado con una paciencia de santo porque le dije que era virgen y que mi primera vez quería que fuera especial. Por eso me da pánico hacer el ridículo. No quiero acordarme de mi estreno como de un fracaso.
Lo pensé un momento más de la cuenta, y entonces se me escapó la barbaridad.
—Yo te enseño.
—¿Que me enseñas a qué?
—A esto. A chupar, a follar, a correrte y a hacerle correr. Todo lo que hay que saber para que esa noche la disfrutes y la disfrute él.
—De teoría estoy harta, Marina. Ya sabes que soy buena estudiante. Le he preguntado a internet hasta el cansancio.
—No hablo de teoría. Hablo de práctica. Con un amigo de confianza, con una polla de verdad en la boca. Pero esto queda entre nosotras, y a tu hermano ni una palabra.
***
—No quiero serle infiel a mi novio —dijo de pronto, frenando en seco.
—No es una infidelidad. Son prácticas.
—¡Cómo que prácticas! Es una infidelidad de manual.
—Mira, si quieres ponernos a discutir de moral, lo hacemos —le dije—. Pero no creo que pase nada porque aprendas a mamársela bien y nadie se entere jamás. Mi amigo es la discreción en persona.
Se quedó callada, dándole vueltas. Conocía esa cara: era la misma que ponía antes de un examen difícil que sabía que iba a aprobar.
—Vale —cedió al fin—. Pero si me encuentro rara, paro y me voy. ¿Trato?
—No vas a parar. Te lo digo yo. Cuando le tengas la polla dura en la mano no vas a querer soltarla.
En menos de un día lo tenía todo montado. El piso de mi amigo, una coartada perfecta —otra tarde de compras entre cuñadas— y a Noa esperando con una mezcla de miedo y curiosidad que casi se podía tocar. Llegamos al portal, subimos, y Adrián nos abrió con esa tranquilidad suya de quien nunca se sorprende por nada. Es un compañero del gimnasio con el que ya había tenido mis cosas; sabía por experiencia que la tenía gorda, larga y aguantaba lo que le echaras. Con él Noa estaría en buenas manos.
—Noa, este es Adrián. Hay confianza, y te va a tratar con todo el cariño del mundo. Ya verás.
—Encantada —dijo ella, dándole dos besos.
—Encantado —respondió él.
—Vamos al grano. Esta chica tiene una cita y no sabe ni por dónde se empieza. Como te conté, no te importa servir de modelo, ¿no?
—Para nada —sonrió él—. Que me use la polla lo que quiera. Está toda suya.
—Noa, ven. Ponte aquí de rodillas, a mi lado.
Mi cuñada se apoyó en el suelo, una mano sobre la pierna de Adrián y la otra temblando un poco. Yo me coloqué al otro lado, cerca, para guiarla sin que tuviera que adivinar nada.
—Primero, corazón, pasa la mano por encima del pantalón. Despacio. Solo para familiarizarte con el bulto, para que la polla vaya empalmándose sola y todo lo demás venga solo.
Le puse mi mano sobre la suya y la moví apenas un par de veces. Bajo la tela del vaquero, el paquete de Adrián empezó a crecer, a marcarse largo por el muslo. Noa abrió los ojos al notarlo latir bajo sus dedos.
—Joder… se mueve —susurró.
—Claro que se mueve. Está viva. Tócala más, apriétala. Recórrela entera por encima de la tela hasta que la tengas dura como una piedra.
Ella siguió por su cuenta, con una caricia torpe que se fue volviendo más segura, palpando el largo de la polla desde la base hasta la punta, midiéndola con la mano.
—¿Lo notas? Ahora que está más firme, desabrocha y baja. Es la parte más aburrida, pero a ellos les gusta no tener que hacer nada.
Noa obedeció. Le desabrochó el botón, le bajó la cremallera y tiró del vaquero hasta las rodillas. Los calzoncillos negros de Adrián tenían un bulto tan marcado que la punta asomaba por encima del elástico, roja y brillante. Con los calzoncillos todavía puestos le acerqué su cara para que oliera, para que repartiera besos por encima de la tela.
—Huele, cariño. Meté la nariz. Ese olor a hombre caliente es lo que te tiene que gustar. Ahora mordisquéalo por encima, sin apretar, solo para provocar.
Noa hundió la cara entre las piernas de Adrián y aspiró hondo. Le pasó los labios por el largo de la polla enfundada, mordió con suavidad la punta que asomaba, chupó la tela dejando una mancha oscura de saliva. Para entonces ya había perdido casi toda la vergüenza, y besaba con una entrega que no me esperaba de alguien que nunca lo había hecho.
Ella misma terminó de bajarle los calzoncillos y la polla de Adrián saltó de golpe frente a su cara, gorda, venosa, con la punta hinchada y una gota transparente asomando por el agujerito. Se quedó mirándola en silencio, con la boca entreabierta, esperando instrucciones. Adrián la observaba en silencio, sin meterle prisa, con las piernas abiertas y las pelotas colgando pesadas entre los muslos.
—¿Lista para tu primera polla de verdad? —le pregunté al oído—. Hoy te quitas la curiosidad de encima y te vas de aquí sabiendo mamar como una puta.
—Lista, cuñada.
—Empezamos. Sé que querrías ir directa a tragártela, pero así no se hace. Cálmate. Cógesela con una mano por la base y con la otra masajéale los huevos suave. Vas a notar cómo se le pone más gorda todavía.
Noa rodeó la polla con los dedos y sintió el peso caliente en la palma. La apretó suavemente y un hilo transparente se escurrió por el glande. Con la otra mano, ahuecada, tomó los testículos de Adrián y los sopesó como quien mide una fruta. Aprendía rápido. Probaba una presión, luego otra, observando qué hacía sonreír a Adrián y qué lo hacía cerrar los ojos. Movió el puño arriba y abajo, torpe al principio, más fluido después, arrastrando el prepucio y descubriendo del todo aquella cabeza brillante y roja.
—Acerca la nariz, huele, tómate tu tiempo —le indiqué—. Sacale la lengua por debajo y lamela desde los huevos hasta la punta. Un lametón largo, sin miedo. La prisa lo estropea todo.
Ella hundió la cara despacio, respirando hondo el olor a piel y sudor, y sacó la lengua. Empezó abajo, en la raíz de los testículos, y subió arrastrando la punta por toda la parte inferior de la polla, siguiendo la vena gruesa que la recorría, hasta terminar en el glande. Adrián soltó un gemido ronco. Ella repitió el lametón, y otro, y cuando menos lo esperaba le estaba dando besos por toda la polla con una ternura que no parecía la de una primera vez, sino la de alguien que llevaba toda la vida deseando comerse una.
—Los huevos también. Mételos en la boca uno por uno, con cuidado. A ellos les vuelve locos.
Noa abrió los labios y aspiró uno de los testículos, dejándolo rodar dentro de su boca mientras la lengua bailaba alrededor. Adrián echó la cabeza hacia atrás y ya no dijo una palabra en toda la tarde. Yo le daba a Noa pequeños toques en el pelo para marcarle el ritmo, para que no se precipitara. Con mi propia mano le enseñé a masturbarle la polla mientras le chupaba los huevos, coordinando ambos movimientos.
—Eso es. Ahora sube a la punta. Con toques cortos de lengua, como si tuvieras que limpiar algo dulce. Concéntrate en el frenillo, esa zona de debajo de la cabeza. Ahí van a temblar todos.
Pasó la punta de la lengua una vez, dos, y a la tercera cerró los labios sobre el glande y se atrevió a más. Quiso bajar de golpe, tragándose media polla de una embestida, y se atragantó, tosiendo, con los ojos llorosos y un hilo de saliva colgándole de la barbilla.
—¿Ves? No vayas a tu ritmo. Hazme caso, despacio. Quédate arriba, jugando con la cabeza, hasta que tu garganta se acostumbre. Ella sola te va a pedir el resto.
Noa se rehízo enseguida. Lengua en círculos sobre el glande, chupetón, círculo otra vez, cada vez con más saliva y más sonido. Chup, chup, chup, se oía por toda la habitación. Escupía sobre la polla para lubricarla, la agarraba con las dos manos y la retorcía como una lección aprendida al vuelo. Yo notaba mi propia respiración acelerándose, notaba que las bragas se me estaban empapando de mirarla, y tuve que recordarme que el hombre con el que dormía cada noche era el hermano de la chica que tenía al lado. Me contuve como pude, mordiéndome las ganas de bajarle los pantalones a mi cuñada y meterle la lengua en el coño mientras ella seguía chupando.
Cuando la vi demasiado lanzada, le pedí que se la sacara un momento y comprobé su aguante con cuidado, paso a paso. Le sujeté la nuca con firmeza y le fui bajando la cabeza sobre la polla, primero hasta la mitad, luego un poco más. Al principio casi se le revuelve el estómago cuando la punta le rozó la garganta; a la segunda arcada probó a respirar por la nariz; a la tercera se tragó la polla entera hasta que la nariz le tocó el pubis de Adrián, y lo soportó sin pestañear, con la garganta contraída alrededor de aquel palo grueso.
—Perfecta. Ahora entra con la boca relajada, la lengua floja, despacio y todo lo profundo que puedas. Cuando llegues abajo, cierra los labios y sube arrastrándolo todo, dejándolo lo más seco posible. Esa succión es lo que vuelve loco a cualquiera.
Noa apoyó una mano en la base y la otra en el muslo de Adrián. Empezó a marcar un vaivén lento, hundiéndose entera y subiendo con los labios apretados en torno a la polla, chupando con tanta fuerza que las mejillas se le metían hacia dentro. Cada vez que subía, la polla salía de su boca brillante de saliva; cada vez que bajaba, se oía un gorgoteo húmedo desde el fondo de la garganta. Amaba cada momento, lo notaba, y sin darse cuenta se quedaba sin aire de tan concentrada que estaba.
Una bocanada brusca la obligó a parar para no ahogarse. Sacó la cabeza de golpe, con una tira larga de saliva uniéndole la boca a la punta de la polla, y me miró con los ojos enrojecidos, la nariz goteando, el rímel corrido y la boca brillante. Pero feliz. Radiante.
—Me encanta —jadeó—. Joder, Marina, me encanta chuparla.
—Ya te lo dije. Sigue, alumna.
Le hice un gesto con la cabeza y volvió a lo suyo sin que tuviera que decirle nada. Ahora se la comía con más furia, con la mano izquierda subiendo y bajando por la base al mismo compás que la boca, la derecha masajeándole los huevos. La alumna ya iba sola. Cuando descansaba unos segundos, repetía los besos por toda la longitud, lametones al glande, el círculo con la lengua en el frenillo. Murmuraba, casi ronroneaba de placer, y esos sonidos húmedos se mezclaban con la respiración entrecortada de Adrián, que apretaba los puños contra el sofá y contraía los muslos.
Cuando lo noté a punto, le pedí que parara y volviera abajo con la lengua.
—Si se corre ahora, no habrá disfrutado ni la mitad —le expliqué—. No se trata de que descargue en el primer minuto, se trata de alargar el camino hasta que él te suplique. Para él y para ti. Descansa, vuelve a los huevos, mantenlo caliente sin dejar que se venga.
Fue la única pausa que hizo. Noa lamió los testículos, sopló sobre la polla empapada, la agarró en la mano y la abanicó suavemente contra sus mejillas, jugando con ella. Después ya no hubo manera de frenar a ninguno de los dos. Limpió toda la saliva con la lengua y volvió a tragársela hasta el fondo, esta vez sin atragantarse, con un control que me costaba creer en alguien que una hora antes no sabía ni cómo cogerla. Subía y bajaba con un ritmo firme, sacándola entera para lamer la punta y volviendo a tragársela hasta las pelotas.
Adrián avisó con un gruñido de que estaba al límite. Los muslos se le tensaron, las manos se le clavaron en el sofá, y las pelotas se le encogieron pegadas al cuerpo. Le puse a Noa una mano en la nuca, la mantuve con la polla dentro de la boca, acerqué mis labios a su oído y le susurré:
—Aguanta. Mantenla dentro o trágate hasta la última gota. Hazlo y serás perfecta.
Los sonidos subieron de golpe y él ya no se contuvo. Tomó aire, hubo un segundo de silencio absoluto, y luego se dejó ir. La polla dio una sacudida en la boca de Noa y descargó un chorro espeso de semen contra su paladar. Otro. Otro más. Los ojos de mi cuñada se abrieron de par en par ante la sorpresa, sintió cómo la boca se le llenaba de leche caliente, y apartó la cara cerrando los labios con esfuerzo. Un último chorro le manchó la barbilla y le goteó hasta el escote. No estaba acostumbrada al sabor. No le terminaba de gustar tener toda esa corrida acumulada en la boca.
Sin pensármelo, le puse mis labios sobre los suyos para sellárselos y empujé apenas con la lengua, ayudándola a tragar. La besé profundo, saboreando yo también el semen tibio de Adrián que compartíamos entre las dos bocas. Lo hizo. Tragó de golpe, con un gemido ahogado, y abrió la boca y me dejó comprobar que no quedaba nada, regalándole el beso más largo de su vida en el proceso. Con la lengua le limpié la gota que le colgaba de la barbilla y se la pasé a la suya. Seguimos así, despacio, hasta que no hubo más que un último roce. Con eso firmamos su primera clase práctica.
—Ya estás certificada —le dije, riéndome—. Sabes chuparla, sabes tragarte una corrida entera y sabes aguantar hasta el fondo. Tu novio va a ser el hombre más feliz del planeta cuando te tenga de rodillas.
Le brillaban los ojos de puro orgullo. Se pasó el dorso de la mano por la cara, se rehízo el pelo pegado por el sudor y me dio un abrazo de los que se dan cuando alguien te ha quitado un peso de encima. Luego se lo dio a Adrián, todavía desmadejado en el sofá con la polla brillante colgando entre las piernas.
Tres días después me escribió un solo mensaje: «Aprobé con matrícula. Me la tragué entera». No hizo falta que añadiera nada más.