Mi confesión: tardé en aceptar cuánto lo disfrutaba
La primera vez que se la chupé a mi novio, me acabó en la boca. Me había avisado varias veces, pero yo estaba tan metida en lo mío —en la novedad de tenerla ahí, en el afán de hacerlo bien— que no até cabos. Su «ya, ya, ya» era una advertencia educada para que, si yo quería, me apartara a tiempo. No me aparté.
Tonta no soy. Sabía perfectamente qué significaban esas palabras. Pero por algún motivo no hice nada, y terminó sobre mi lengua.
No me dio asco. Tampoco me volvió loca. Quedé en un punto raro, sin saber qué hacer con lo que acababa de pasar.
Lo revelador vino después, cuando me di cuenta de que la felación en sí me había gustado. Que digo gustado: me había encantado. Y eso me descolocó por completo. ¿Cómo podía ser que un acto que, según yo, no debía provocarme ningún placer físico me hubiera puesto así de mojada?
Durante días arrastré la misma discusión conmigo misma, dando vueltas en círculo. Chupársela no debería gustarme, eso es de mujeres fáciles. Yo lo hago para que él se sienta bien, no porque disfrute. Pero lo disfruté. Entonces soy una fácil. Soy una piba común con novio, no puedo serlo. Y aun así no puedo dejar de pensar en volver a hacerlo.
Era una disonancia que no lograba resolver. Me molestaba la etiqueta, pero no podía mentirme: amé cada segundo. El olor, la textura, la sensación de tener el control y a la vez entregarme.
***
Por esos días me acordé de una historia del colegio. Una compañera del último año, ya mayor de edad, había sido descubierta haciéndole sexo oral a su novio en una plaza cerca de la escuela. Lo confirmaron dos personas distintas, y la bola corrió rapidísimo. Le colgaron el cartel enseguida.
Qué chica más descarada, pensábamos todas en aquel momento. ¿Tan poco aguante tiene que no puede esperar a un lugar privado? ¿Tanto le gusta como para arriesgarse a que la vean?
Y de repente la pregunta se me dio vuelta como un guante. Porque yo había disfrutado exactamente lo mismo que ella. La única diferencia entre las dos era un poco de pudor, no mucho más. Ella se animó en una plaza; yo me escondía detrás de la modestia. En el fondo éramos iguales.
Unos días después de aquel primer encuentro, caminaba con mi novio por la calle y me sorprendí pensando: si me lo pidiera ahora, acá mismo, ¿podría decirle que no? En la mayoría de las versiones de esa fantasía respondía que sí, que tendría la firmeza de negarme. En otras, cada vez más seguidas, me veía cediendo sin más, ahí nomás, y que el resto del mundo se arreglara. Por suerte nunca me puso a prueba.
Con el correr de las semanas me fui amigando con la idea. La experiencia me había parecido lo opuesto a algo malo. Me sentía un poco atrevida, sí, pero pedirle yo que me dejara hacerlo todavía me resultaba demasiado.
***
Quedaba un tema sin resolver, y lo tenía que resolver pronto. El final. Lo que pasaba después.
No me había desagradado, eso ya lo sabía. Había leído que a muchas mujeres les daban arcadas, que les resultaba repulsivo. En las películas, en cambio, lo trataban como un manjar, aunque yo sabía bien que eran actrices y que ese era su trabajo. Yo no estaba en ninguno de los dos extremos, pero si tenía que ubicarme en algún lado, estaba más cerca de las actrices que de las arcadas.
No compraría un licuado de eso, seamos serios. Pero un poco en la boca no me había parecido nada del otro mundo. Lo que tenía claro era que iba a haber una próxima vez, porque la ansiedad ya me estaba ganando. La duda era qué hacer con el final.
A la semana íbamos a estar solos otra vez, esta vez en mi casa. Sabía que algo de oral iba a pasar. No porque él lo pidiera, sino porque yo lo quería.
La decisión que tomé fue intermedia: que me acabara en el pecho. No era tan lanzada como tragarlo, no era tan de película como un facial, no era tan poco elegante como las que corren al baño a escupir. Era una salida cómoda que me dejaba bien parada conmigo misma. Él podía mirar, yo conservaba mi versión decente.
***
Ese día, solos en mi casa, empezamos a tocarnos. La ropa duró poquísimo.
Su mano se metió debajo de la ropa interior y me encontró empapada. Yo lo agarré y empecé a masturbarlo despacio, deseando con todas mis fuerzas que me pidiera lo otro.
No lo hacía.
Le pasaba la mano de arriba abajo, le acariciaba el vientre, jugaba sin apuro. Hacía todo lo que se me ocurría para empujarlo a pedírmelo, pero el muy idiota no abría la boca. Yo no pensaba rebajarme a pedírselo; lo mínimo, para salvar mi orgullo, era que la iniciativa fuera suya.
Él gemía cada vez más fuerte y seguía sin atinar a decir nada. Hasta que se me ocurrió una idea. Me acerqué la mano a la boca, la humedecí y volví a acariciarlo. La saliva resbalando debería despertarle algún instinto.
Y funcionó.
—¿Me la chuparías otra vez? —soltó por fin, con la voz tomada.
—¿Qué? —me hice la distraída.
—Que si me la chuparías.
—¿Vos querés que te la chupe? —pregunté, como si la idea fuera de él.
—Me encantaría.
—Mmm… bueno, dale —concedí, fingiendo dudar.
Estábamos los dos desnudos en la cama y empecé. Los gemidos subieron enseguida. Me acariciaba el pelo, me decía que era la mejor, que me amaba. Le pedí cambiar de posición. Me levanté, me senté en la silla del escritorio y le pedí que él se quedara parado.
Yo sentada, él de pie. La postura era cómoda y, de paso, me entraba un poco más. El placer era mutuo y evidente; la diferencia es que él lo gritaba y yo me esforzaba por disimularlo para no delatarme.
—Avisame cuando estés por acabar —le dije, y seguí.
La felación se estiró varios minutos. Subía, bajaba, usaba la mano derecha para la parte que la boca no alcanzaba. Cada tanto la sacaba, la empujaba hacia arriba y le pasaba la lengua por la base, por la corona, por el glande. Eso lo hacía estremecerse entero.
No tenía técnica, pero tenía tres o cuatro trucos que lo volvían loco. También, lo confieso, un par de veces le clavé los dientes sin querer. No les voy a mentir: no es nada fácil. Tiempo después practiqué hasta calcular cuánto me entraba, pero esa noche todavía iba a ciegas.
El asunto se hacía largo y yo lo estaba gozando muchísimo, hasta que llegó el aviso que esperaba.
—Amor, estoy por acabar.
—Acabame en las tetas.
Acuérdense: yo en la silla, él de pie. Le alcanzaba con apuntar. Las tengo chiquitas y firmes, los pezones rosados con la aréola grande. Lindas, pero pequeñas; nunca voy a poder hacer ciertas cosas con ellas. Empezó a masturbarse con fuerza apuntándome, yo lo ayudé con las manos, hasta que largó tres chorros espesos y calientes sobre el pecho derecho.
Uno quedó ahí; los otros fueron bajando hasta el muslo. La imagen de mi cuerpo marcado así me encantó más de lo que esperaba.
Listo, no quedé tan fácil, pensé.
***
El plan era simple: limpiarme con una servilleta, vestirme, y conservar intacto mi pequeño honor. Era todo lo que necesitaba.
Pero no.
Me quedé mirándolo. Espeso, blanco, brillante sobre la piel. Pasé el dedo índice, lo recogí, me lo acerqué a la nariz. Tenía ese olor particular, imposible de describir. Y me lo llevé a la boca. Caliente, denso, con un dejo dulzón. Repetí con lo del muslo, lo capturé con el dedo y también me lo tragué.
Algo hizo clic en mi cabeza y ya no fui la misma.
—Amor, me encanta —dije, casi sin pensarlo.
Esas palabras sellaron todo.
Dejó de importarme la etiqueta, el cartel, lo que pudieran pensar. No iba a renunciar a algo que me daba semejante placer por un bloqueo mental que me había inventado yo misma. Lo había disfrutado en la boca, lo había disfrutado en la piel, y no pensaba seguir negándolo.
—Y a mí me encanta que te encante —contestó él.
***
En los meses siguientes, hasta que dejé de ser virgen, fui afinando la técnica. Teníamos como mínimo dos sesiones por semana de sexo oral para él, y al tiempo empezó a devolvérmelo con la misma dedicación. Nos besábamos mezclando todo, el romance metido dentro del goce.
Cuando estábamos solos era normal hacerlo dos o tres veces en una sola noche. Me gustaba más cuando tenía olor a transpiración que recién bañado, cosa que a él le causaba gracia y a mí un poco de vergüenza confesar.
De a poco sumamos terminar en distintas partes del cuerpo. Mi lugar favorito era el pecho; el de él, la cara. El facial es algo incómodo a veces, no lo voy a negar, pero también confieso que me miré al espejo así y la imagen me resultó hipnótica.
***
La mejor parte, sin embargo, llegó un par de años más tarde, cuando me confesó su fetiche por los pies. Los míos se volvieron su rincón preferido para acabar.
Me daba unas sesiones monumentales y al final salía para terminar sobre mis pies. Al principio yo me los limpiaba enseguida. Algunas veces, en cambio, recogía lo que quedaba y me lo llevaba a la boca. Otras lo dejaba ahí un rato, solo por el gusto de sentirlo. A veces me juntaba los dos pies con las manos y los usaba a su antojo hasta terminar sobre las plantas. Más de una vez me hizo pasar el día entero con esa marca puesta.
El único lugar donde casi nunca terminaba era adentro. Yo no tomo pastillas y todavía no buscamos un embarazo. Alguna vez pasó, pero el susto de los días siguientes nos hizo replantearlo. Esa necesidad de sentirlo dentro la resolvimos más adelante, cuando empezamos con el sexo anal.
En todos estos años lo probé cientos de veces y en prácticamente cada rincón de mi cuerpo. Directo de él, de mis manos, de mis pies, de las ojotas cuando terminó sobre ellas. Y una vez, también, lo recibí desde la boca de Mariela, en un beso largo en el que ella me lo pasó después de estar con él. Pero esa es otra historia.
Todas mis amigas saben que me gusta, y por eso me cargan con apodos que antes me hubieran espantado. Hoy los llevo con una sonrisa. Porque al final aprendí algo simple: lo que de verdad me daba placer no tenía nada de qué avergonzarse.