Vino desde otra ciudad solo para arrodillarse
Había organizado una cena con amigos para el sábado y ella no podía faltar. Vivíamos en ciudades distintas, a casi cuatrocientos kilómetros de distancia, así que quedamos en que vendría el viernes para exprimir el fin de semana entero. Vaya si pensaba exprimirlo.
La recogí en la estación de autobuses al caer la tarde. Estaba preciosa. Llevaba semanas echándola de menos, y verla bajar con la maleta y esa sonrisa de medio lado me recordó por qué aguantaba la distancia. Subimos a casa y le enseñé cada habitación. Por su cara, le gustó cada rincón.
Siendo honesto, mientras avanzábamos por el pasillo yo ya me la imaginaba en cada esquina. Contra la encimera de la cocina. En la ducha. Doblada sobre el respaldo del sofá. En la cama, por supuesto. La distancia me había dejado con demasiadas ideas acumuladas.
—Cámbiate, va. Quiero llevarte a un sitio que reservé en el centro —le dije apenas dejó la maleta sobre mi cama.
Era un restaurante bastante elegante, así que decidí ir de traje, aunque sin corbata. Terminé de vestirme rápido mientras ella se metía en el baño con un neceser enorme y una bolsa que había sacado de la maleta sin que yo la viera bien.
—Te espero en el salón —dije.
—Dame unos minutos, que me estoy maquillando —respondió con la puerta cerrada.
Me senté en el sofá. Me di cuenta de que había dejado el móvil en el dormitorio, pero preferí quedarme quieto en silencio antes que molestarla. Tenía la sensación de que la espera valdría la pena, aunque todavía no sabía hasta qué punto.
Poco después escuché la puerta corredera del baño deslizarse. Y enseguida, ese sonido severo y a la vez dulce de unos tacones avanzando sobre la tarima hacia el salón. De reojo la vi detenerse en el umbral. No esperaba para nada ese vestuario.
Estaba claro que no íbamos a salir a cenar todavía.
Giré la cabeza hacia ella intentando aparentar calma, como si cada día me ocurriera algo parecido. De abajo a arriba: tacones negros, un tanga negro y un collar de perlas. Y nada más. Por añadir algo a la descripción, los labios pintados de un rojo más apetecible que cualquier cosa que hubiera visto. Por dentro sentía la adrenalina recorrerme de la cabeza a los pies, endureciéndome, aunque también me notaba nervioso.
Nuestras miradas se cruzaron apenas un par de segundos. Entonces ella se dio media vuelta y el sonido de los tacones reapareció, esta vez alejándose. Me levanté y fui tras ella. Cuando salí al pasillo, alcancé a ver su culo contonearse con ese tanga y las suelas rojas de los tacones ya casi entrando en el dormitorio. Después, lo único que se oía eran mis propios zapatos intentando avanzar con la misma calma que ella había mostrado.
Entré en la habitación y ella esperaba de pie junto a la cama. Había colocado un cojín en el suelo, justo delante de sus pies. Me miraba seria, sin decir una palabra.
Esos labios rojos. Esos ojos azules. Me acerqué, dejando entre nosotros el espacio que ocupaba el cojín. Detuve la mirada en su pecho. Era mío. Esa sensación de control, de poder hacer con ella lo que se me antojara, me subía por la espalda como una corriente. Seguí con un dedo la línea que trazaban las perlas sobre su piel. Ella solo miraba. Completamente inmóvil.
Buena chica, pensé. Aunque más que pensarlo, me gustaba decírselo en voz alta. Era otra de las cosas que me hacían sentir su dueño.
Caminé despacio a su alrededor. Me coloqué detrás de ella y observé de cerca su espalda, la curva de su culo, sus piernas. Quería marcarle la piel a base de azotes, pero todavía no.
Volví a ponerme frente a ella y le levanté la barbilla con dos dedos. Acerqué mis labios a los suyos. No quería besarla. Solo amagar. Sentir su aliento mezclarse con el mío durante un instante eterno. Qué sensación. Mis manos subieron hasta su pecho, sin poder abarcarlo del todo, y después bajaron por su cintura hasta llegar a su culo. Lo acaricié. Y entonces, por fin, un azote. Fuerte. Seguido de otro. Y así varias veces. De sus labios se escapaban gemidos muy discretos con cada palmada.
—Puedes arrodillarte —dije. El «puedes» era un decir.
—Claro, amo —contestó.
Se dejó caer poco a poco hasta quedar sentada sobre sus talones. Desde mi posición se dibujaba la silueta entera de sus curvas, hasta las suelas rojas de los tacones. Buenas vistas. Su mirada estaba concentrada en lo que tenía justo delante, a un par de centímetros, todavía bien guardado bajo la tela del pantalón.
No quería liberarlo aún. Me gustaba paladear la situación, estirarla. Ella alzó los ojos ante mi quietud, esperando una orden. Yo bajé la mirada hacia mi mano, con el pulgar separado apuntando hacia su boca, sin mover el brazo. Lo entendió. Llevó esa boca dulce y roja hasta mi dedo y lo hizo desaparecer despacio, dejándolo salir al mismo ritmo, sin apartar los ojos de los míos.
—Buena chica.
Tras mirarme un segundo con seriedad, volvió a contemplar el bulto de mi pantalón, cada vez más marcado. Yo ya me notaba mojado. Cómo no estarlo.
Bajé la cremallera y dejé asomar la ropa interior tensada. Ella permaneció expectante, con los labios tan cerca que casi podía sentir su respiración a través de la tela. Deseaba mostrársela de una vez. No perdí más el tiempo y la liberé por completo. La situación me ponía tanto que por un momento temí que los nervios me traicionaran y no terminara de endurecerse. Ese problema se resolvió en cuestión de segundos.
Ella la recorrió con la mirada, estudiándola. La espera me mataba, pero al mismo tiempo la disfrutaba. Tener todo el tiempo del mundo y saber que esa noche iba a ser como ninguna.
Me apetecía agarrarla del pelo y restregársela por toda la cara. Pero me contuve. Ahora era ella la que se regodeaba. Abrió la boca y me miró. Empezó besándola despacio. Besos cortos al principio, más largos después. Tan largos que ya no sabría decir si seguían siendo besos o si había empezado a chupármela.
Lo confirmó metiéndosela entera en la boca. Hasta el fondo.
—Joder. Aguanta así un momento, por favor.
Respondió con un sonido que sonó a afirmación, sin sacarla. Sentía todo su calor envolviéndome mientras me derretía por dentro. La fue soltando poco a poco, brillante de saliva. Al liberarla del todo, dos hilos finos seguían uniéndola a las comisuras de sus labios. Me miró y volvió a tragársela. Y al sacarla, más saliva. Hubo una tercera vez. Y una cuarta. Cada vez más empapada.
La saliva caía por su barbilla hasta su pecho o hasta el suelo. Yo no quería perderme detalle, aunque no pude evitar soltar un resoplido. Ella me miró con seriedad, como si la molestara distraerla de su tarea. Dos chupadas más y escupió el exceso sobre su escote, clavándome los ojos y provocándome un nuevo escalofrío de pies a cabeza. El rojo de sus labios se transfería con cada pasada, y eso me volvía loco. Quise besarla. Su lengua seguía empapada pese a todo.
Me quité la chaqueta y empecé a desabrocharme la camisa, botón a botón, sin prisa y sin dejar de mirarla.
—Qué rica la del amo —dijo, sacando la lengua mojada.
Me dediqué a golpearla suavemente contra esa lengua, una y otra vez. Estaba tan mojada que cada golpe salpicaba un poco. Se la metí de nuevo en la boca y noté que la pierna derecha empezaba a temblarme levemente, sin que pudiera controlarla. Ella seguía a lo suyo, aparentando no notarlo, aunque estoy seguro de que disfrutaba viendo lo que me estaba provocando. Más que viéndolo, sintiéndolo. Igual que yo sentía su lengua jugando mientras su boca alojaba casi todo.
Lo que no esperaba fue notar el roce de sus dientes, justo cuando sus dedos empezaron a acariciarme con suavidad por debajo. Menudo contraste.
—Eres un poco zorra mordiendo a tu amo, ¿no crees? —Me incliné hacia delante para soltarle un buen azote en el culo. Ella gimió. Con la boca llena, sus gemidos tenían otra gracia. Repetí el azote. Nuevo gemido. Mordió más fuerte. Más fuerte fue el siguiente azote. Y más fuerte aún gimió ella.
Llevaba ya un buen rato así. Volví a mi posición y comprobé cómo la saliva le escapaba por las comisuras de la boca. La pierna seguía temblándome. Le tomé el pelo con firmeza y ella se dejó dominar por completo, sin oponer la más mínima resistencia.
La saqué de su boca y de nuevo cayó una buena cantidad de saliva sobre su pecho. Joder. Esto debía de ser lo más parecido al paraíso que iba a pisar en mi vida.
Le golpeé las mejillas con ella, varias veces. Se la habría restregado por esa cara perfecta hasta el amanecer, lo juro.
—Abre bien la boca.
Obedeció.
—Buena chica.
La metí hasta el fondo, una y otra vez. El rímel se le había corrido un poco bajo los ojos. La pierna me daba espasmos y me notaba al borde de la locura. No podía aguantar más. Cada roce de sus labios era una invitación a soltarlo todo.
La saqué de su boca y empecé a machacármela frente a ella, sin decir una palabra.
—Amo, límpiame el pecho y la boca con tu leche, por favor.
Así lo haré, pensé, mientras apuraba las últimas sacudidas antes de explotar sin remedio contra ella.
No pude evitar soltar un quejido largo al descargar el primer chorro, fuerte, sobre su piel.
—Oh, joder. Enséñame esa lengua —le rogué.
Los siguientes, algo más flojos pero aún cargados, fueron directos a esa lengua que sacó nada más oír mis palabras. Mis quejidos iban a menos. El brillo sobre ella iba a más. Me miraba con una cara de no haber roto un plato en su vida, con la lengua todavía fuera, goteando. Dejé su pecho justo como me lo había pedido.
—Qué rica —dijo.
Nos miramos. Una última gota asomaba. Sus labios la recogieron y volvieron a abrazarla con delicadeza para dejarla bien limpia. Muy despacio. No pude evitar cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás en un gesto de relajación absoluta. El corazón quería salírseme por la boca, pero poco a poco recuperaba el ritmo.
—Gracias, amo —dijo.
Volví la mirada hacia ella, todavía rozándome los labios con un cuidado extremo. Esos ojos azules cruzándose con los míos. Joder. La mejor de mi vida. Iba a recordar esa noche durante muchísimo tiempo.
—Gracias a ti por ser una chica tan obediente —respondí, retorciéndome todavía de placer al pronunciar esas palabras.
—Y tan zorra —puntualizó ella, soltándola al fin.
Me arrodillé en el suelo, a su lado, y la besé. Después le ofrecí una ducha caliente y la cena que, contra todo pronóstico, todavía teníamos pendiente. Aunque ya nada de lo que cenáramos esa noche iba a superar lo que acababa de pasar en esa habitación.