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Relatos Ardientes

La tarde que el vecino dejó de ser tímido

Adrián tenía veintidós años y la costumbre de mirar más de la cuenta. Era alto, delgado, con el cuerpo todavía sin terminar de un chico que pasaba demasiadas horas estudiando. Iba a la universidad en el centro y volvía siempre a la misma hora, por la misma calle, frente a la misma casa.

Esa casa era la de Marina. Una mujer de cuarenta y un años, menuda pero de curvas que la ropa holgada no lograba esconder. Vivía sola y tenía esa quietud de quien ya no espera nada de nadie. La gente del barrio apenas la saludaba.

Cada tarde, al pasar, Adrián la buscaba con la mirada. A veces estaba en el jardín, regando unas plantas que parecían su única compañía. Otras veces en el porche, con un libro que nunca terminaba de leer. Él bajaba el paso sin darse cuenta, fingía revisar el teléfono, y la observaba unos segundos antes de seguir.

Marina lo había notado hacía semanas. No decía nada. Le divertía, en el fondo, esa atención torpe de alguien que todavía creía ser invisible. Había días en que se demoraba a propósito en el jardín, solo para comprobar si pasaría a la misma hora de siempre.

Es solo un chiquillo, pensaba ella cuando lo veía alejarse. Curioso como un gato.

Y, sin embargo, esa curiosidad ajena le devolvía algo que creía perdido. Desde el divorcio, hacía ya varios años, había aprendido a vivir sin que nadie la mirara dos veces. Que un muchacho la observara con esa insistencia tímida la hacía sentir, otra vez, una mujer y no un mueble más de la calle.

Una tarde de octubre Adrián llegó antes de lo habitual. La clase se había cancelado y la calle estaba vacía, dorada por el sol que empezaba a caer. Sin pensarlo demasiado, se detuvo frente a la puerta de Marina. Levantó la mano para tocar el timbre.

Y se arrepintió.

El corazón le golpeaba en la garganta. Se dio media vuelta, dispuesto a marcharse a casa y a olvidarse de aquella idea ridícula. No alcanzó a dar tres pasos.

—¿Adrián? —la voz venía del jardín—. ¿Qué querías? ¿Por qué te vas?

Ella lo había visto todo desde el costado de la casa, en cuclillas junto a las macetas. Él se quedó congelado, con la espalda hacia ella, sintiendo cómo el sudor le bajaba por la nuca.

Se giró despacio. Marina lo miraba con las manos manchadas de tierra y una media sonrisa que no sabía si era burla o curiosidad.

—Solo… solo quería saludarte —dijo él, y la voz le salió más fina de lo que hubiera querido—. Pero pensé que te incomodaría. Mejor me voy. Disculpa.

Marina se incorporó, se limpió las manos en el pantalón y lo estudió de arriba abajo. Algo en aquella torpeza la enterneció. Y algo más, algo que no quiso nombrar de inmediato, le calentó la piel.

Es solo un chico, se repitió. ¿Qué puede hacerte un chico? Compórtate, Marina.

—No me incomodas —respondió al fin, sorprendiéndose a sí misma—. ¿Quieres pasar un momento? Hace calor ahí afuera.

Él dudó apenas un segundo. Luego asintió, como quien acepta saltar al vacío.

***

La casa por dentro era cálida, ordenada, llena de pequeños detalles que delataban años de soledad bien llevada. Adrián miró alrededor y, sin medir lo que decía, soltó:

—Vaya. Tu casa es tan bonita como tú.

Marina se rió por lo bajo. Él sintió que la cara le ardía y maldijo en silencio su propia boca.

—Gracias, cariño —dijo ella, sin dejar de sonreír—. ¿Quieres agua o una limonada?

—Agua, por favor.

Ella fue a la cocina y volvió con un vaso. Al entregárselo, lo miró de nuevo, esta vez más despacio. Los brazos largos, las manos grandes, esa nuez que subía y bajaba cada vez que tragaba saliva.

No está nada mal el muchacho, pensó, y enseguida se reprochó. Es menor, es el vecino, no seas tonta.

Adrián, por su parte, no podía dejar de mirarla. La curva de las caderas bajo la tela, el escote discreto, la forma en que un mechón de pelo le caía sobre la mejilla. Cálmate, se ordenaba. Es una mujer, no una de tus fantasías. Respira. Pero la sangre le hervía y el silencio entre los dos empezaba a pesar.

—¿En qué piensas? —preguntó ella, dejando el vaso vacío sobre la mesa.

Él la miró a los ojos. Por una vez no calculó las palabras.

—En que me gustaría conocerte de verdad —dijo—. Me gustas demasiado, Marina. Eres atractiva, eres interesante, y no puedo dejar de pensar en ti cuando paso por aquí.

Ella se acercó y le puso un dedo sobre los labios, callándolo.

—Tú también me gustas —murmuró—. Más de lo que debería admitir.

Y lo besó. Lo besó despacio al principio y luego con un hambre que lo dejó sin aire. Adrián se quedó inmóvil, con los brazos caídos, sin saber qué hacer con las manos ni con el cuerpo.

Marina notó esa rigidez y sonrió contra su boca. Lo tomó de la mano.

—Ven —le dijo en voz baja—. Ven conmigo.

***

Lo guió por el pasillo hasta el dormitorio. La luz de la tarde entraba filtrada por una cortina fina y lo teñía todo de naranja. Adrián seguía paralizado, a merced de ella.

Marina se le acercó y empezó a desnudarlo con la calma de quien tiene tiempo. Le quitó la mochila del hombro, luego el suéter, después la camisa, botón por botón. Él temblaba.

—Tranquilo —le decía ella, riéndose suave—. Relájate. No muerdo… todavía.

Y entonces algo cambió en él. Fue un calor que le subió desde el estómago, una corriente que le borró de golpe la vergüenza. De pronto recordó todas las imágenes que había guardado en la cabeza, todas las cosas que había imaginado hacerle a una mujer así. Levantó la vista y la miró distinto.

La sujetó por las muñecas. Con una firmeza que ni él se conocía, la obligó a arrodillarse frente a él. Se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Estaba duro, listo, y Marina, que de joven se había creído experta en estas cosas, supo enseguida qué se esperaba de ella. Pero cuando se inclinó, él la detuvo.

—No —dijo, y la voz le salió grave, distinta—. Lo harás cuando yo te diga, no cuando tú quieras. Primero quítate la ropa. Despacio. Quiero verte.

Marina lo miró sorprendida. Aquel no era el chico tímido que había entrado a su casa con un vaso de agua temblando en la mano. Y esa diferencia, lejos de asustarla, la encendió como hacía años no se encendía. Obedeció.

Se levantó y fue quitándose la ropa prenda por prenda, sin prisa, dejando que él la mirara. La blusa, el pantalón, la lencería que se desabrochó sin apartar los ojos de los suyos. Cuando quedó desnuda, él dio un paso al frente.

—Arrodíllate otra vez —ordenó—. Y hazlo bien.

Ella se arrodilló. Lo tomó entre los labios y empezó a complacerlo despacio, mirándolo hacia arriba tal como él quería. Se sentía traviesa, descarada, expuesta de una forma que la sorprendió.

—Mírame —le exigió Adrián, sosteniéndole el mentón—. Quiero que me mires mientras lo haces. Así. Muy bien.

Marina cerró los ojos un instante, llevada por el placer de obedecer, y él tiró suavemente de su pelo para recordarle quién mandaba. Cuando creyó que ya era suficiente, la levantó y la empujó sobre la cama.

***

Se montó sobre ella sin dejar de mirarla, con esa expresión nueva, casi feroz. Le tomó las manos y se las ató por encima de la cabeza con su propio cinturón. Después le tapó los ojos con la camisa.

—Te voy a hacer sentir como nunca —le susurró al oído.

Ella soltó un suspiro largo. Sin la vista, todo era piel y respiración. Sintió la lengua de él recorrerle el cuello, bajar por el pecho, demorarse en cada centímetro del abdomen, descender más y más hasta detenerse entre sus piernas. Adrián se quedó allí, paciente, atento a cada temblor, hasta que la hizo terminar con un gemido que ella misma no reconoció como suyo.

—¿Te gusta? —preguntó él, separándole las rodillas—. ¿Pensaste que era solo un crío?

—No pares —fue todo lo que ella pudo decir.

Entró en ella despacio, observando cómo se arqueaba, cómo tiraba de las muñecas atadas buscando un agarre que no encontraba. Cada embestida la hacía morderse el labio, y él aprendió pronto a leer su cuerpo: cuándo ir más hondo, cuándo detenerse al borde y dejarla esperando. Los suspiros de Marina se volvieron jadeos, y los jadeos, gritos.

—Así, así —le pedía ella entre dientes—. No te detengas.

Adrián se dejó llevar por aquel ritmo, por la forma en que el cuerpo de ella respondía a cada movimiento. La sintió contraerse alrededor de él, una y otra vez, hasta que ya no pudo más. Terminó hundido en ella, con la frente apoyada en su hombro, agotado y satisfecho de un modo que no creía posible.

Después le quitó la venda con cuidado. Marina parpadeó, todavía agitada, y lo miró como si lo viera por primera vez. Nadie la había tocado así. Nadie había sabido despertarla de esa manera.

Se rieron los dos, sin palabras, todavía enredados entre las sábanas. Él le desató las muñecas y le besó las marcas rojas del cinturón.

—Me sorprendes —dijo ella al fin, recuperando el aliento.

—Tú también —respondió Adrián, y por un segundo volvió a ser el chico tímido del jardín.

Marina se levantó, se puso una bata y fue hasta la puerta del dormitorio. Antes de salir, se giró con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.

—¿Te quedas a tomar un café? —preguntó.

Él asintió. Esa tarde no volvió a casa temprano.

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Comentarios (4)

MirnaLectora

Que relato!!! me enganchó desde la primera línea y no pude parar hasta el final. Sigue escribiendo asi por favor

AndresLPQ

El giro del final fue una sorpresa que no me esperaba para nada. Ojalá haya una segunda parte, quede con ganas de mas

PatricioBA

Los vecinos callados siempre esconden algo jajaja. Tremendo como terminó la historia

Loretta_79

Me recordó a una situación parecida que viví hace tiempo... esas tardes inesperadas son las mejores. Gracias por animarte a contarlo!

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