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Relatos Ardientes

Escribo esto para no olvidar al hombre que traicioné

Tengo que ordenar mis emociones. Llegué a la consulta convertida en un mar de lágrimas, desmoronándome cada vez que intentaba contar lo que había pasado. Llena de dolor, de vergüenza, de asco hacia mí misma. En la primera sesión apenas pude concentrarme en aprender a respirar para no temblar.

Mi terapeuta me sugirió que, si me era posible, escribiera. Que ordenara los pensamientos en un papel. Y es algo que debo hacer… por Mateo. Me pidió que le explicara y de verdad no supe qué decir. Estaba en shock. Era tanto lo que tenía que procesar: cómo había destruido todo en una sola noche y cuál fue el camino que me llevó hasta este infierno.

Ese camino que pude haber disfrutado en su momento, pero que al volver a recorrerlo me quema como si fueran brasas. Espero que, al recapitular, encuentre las claves que me transformaron en esto. ¿O acaso siempre fui un monstruo que fingía frente a él? ¿Convivían dos versiones mías, una de cara a Mateo y otra a sus espaldas? Pero no creo que un dolor tan hondo pueda nacer de alguien que no lo amara.

Me odio.

Sí, eso debe ser. Un odio que me aniquila tuvo que ser más grande que el amor que debía proteger.

Me considero una chica normal. Una joven a la que, cuando le aparecieron las curvas, empezaron a mirarla por todas partes. El mundo de los hombres se vuelve más amable frente a un par de tetas. Eso debería haberme dado seguridad, pero logró lo contrario: las miradas y el acoso me fueron encogiendo. Me volví tímida, insegura con mi cuerpo, un poco introvertida.

Conocí a Mateo en la universidad. Era un tipo normal, igual que yo. No era el más atlético, ni el más alto, ni el más guapo. Pero su forma de mirarme era distinta a la del resto. Se embobaba conmigo aunque intentara disimularlo. Con él no me sentía acosada; se interesaba de verdad. Yo venía de una relación en la que me habían engañado —el patán de Damián, con las hormonas y la moral desatadas— y eso me había vuelto todavía más insegura.

Fue en ese estado de vulnerabilidad en el que se acercó Mateo, con una actitud que ahora reconozco como algo más que amistad. Quizás para levantarme el ánimo, quizás para conquistarme. Logró las dos cosas. Él era un lugar seguro. Estable. Una persona insegura necesita de alguien con quien descansar del agobio. Así que me fui enamorando poco a poco, detalle a detalle, beso tras beso, noche tras noche.

El sexo era bueno. Casi siempre la iniciativa la tenía yo, porque simplemente me gustaba mucho. Verlo deshacerse debajo de mí, gimiendo mi nombre, me ponía a mil. Sabía cómo complacerlo, dónde le gustaba, cómo usar mis labios, mis manos, mi voz. Sabía qué decirle al oído para hacerle perder la cabeza. Él también sabía recorrerme con los dedos, ya no necesitaba un mapa para explorar mi cuerpo. Habíamos aprendido a llegar al cielo juntos.

***

Como aquella vez en que descubrí que el sexo de reconciliación era otra cosa. No recuerdo la pelea, creo que nos habíamos disgustado en alguna fiesta. Lo que sí recuerdo es cómo llegamos al departamento y me tomó como nunca. Yo llevaba un vestido corto y ajustado, y él me acorraló contra la pared del pasillo antes siquiera de encender la luz.

—Me encanta cómo te queda ese vestido. No hallaba la hora de tenerte aquí —me susurró al oído, los labios rozándome la oreja, bajando luego por el cuello hasta el hombro. Me apretaba contra él, las manos sobre mis pechos, su respiración caliente erizándome la nuca.

—¿Te gusta, amor? Quería provocarte… —alcancé a decir mientras una de sus manos se deslizaba por debajo de mi ropa interior.

Era la primera vez que sentía a un Mateo así, hecho una fiera, de movimientos bruscos y directos. En otro contexto me habría asustado, pero esa noche hasta el filo del dolor me encendía.

—Haz lo que quieras conmigo —le pedí, y ni siquiera hacía falta pedirlo.

Empecé a gemir más fuerte cuando sentí sus dedos entrar sin aviso. No supe en qué momento me quitó el vestido, pero cuando me di cuenta yo estaba desnuda y él todavía vestido. Ahí debí dejar de pensar, ya no podía. Estaba repleta de sensaciones y solo puedo reconstruir lo que pasó con las escenas sueltas que conservo.

Me volteó y me besó hondo mientras me sostenía del cuello. Con la otra mano seguía frotándome, metiéndome los dedos. Me empujó apenas para apartarse y mirarme: enrojecida, húmeda, respirando agitada.

—Ya eres completamente mía, Carla —dijo, recorriéndome con los ojos de arriba abajo. Lo era desde hacía tiempo; quizás solo me lo estaba grabando en el alma de forma definitiva—. Tócate. Para mí.

Obedecí sin dudar, mientras él se desnudaba despacio. Si quería un espectáculo, lo tendría.

Una luz ámbar se filtraba por la ventana, pincelando nuestros cuerpos en medio de la oscuridad. El aire estaba cargado con un olor a nosotros, a deseo y a pelea ya resuelta. Él no decía nada, solo respiraba hondo, observándome como un depredador en reposo que sabe que su presa se entrega sola. Su silencio era una orden más fuerte que cualquier palabra.

Bajé las manos hacia mis senos y empecé a amasarlos despacio, con los ojos cerrados, concentrándome en el calor que brotaba de mi propia piel. Nunca me había tocado para nadie, ni siquiera así para mí. Apreté los pezones, ya duros, y se me escapó un gemido. Dejé una mano arriba y deslicé la otra por el vientre. Abrí los ojos para buscarlo.

Y ahí estaba, sentado en el sillón, con la polla en una mano, tocándose al mismo compás con el que yo me exploraba. Notaba la voracidad en su cuerpo, los ojos encendidos clavados en mí.

Sentía calor entre las piernas, ese néctar que ya me corría varios centímetros por el interior de los muslos. Rocé mis labios y otro gemido se escapó solo; las rodillas me flaquearon, pero su mirada me sostuvo. Cerré los ojos de nuevo, la piel erizada, los dedos quemándome. Froté con más fuerza, trazando círculos, justo con la intensidad que mi cuerpo reclamaba. Cuando volví a abrirlos, su mano se movía exactamente al ritmo de la mía. No éramos él y yo, ni siquiera un nosotros: éramos una sola secuencia cerrada donde no existía nada más.

Me humedecí un dedo y lo metí despacio, sintiendo cómo mi cuerpo lo recibía con un espasmo. Se me quebró la respiración, los gemidos se intensificaron, la mano se movía sola, imitando la fuerza con que lo recordaba a él en sus mejores momentos. Metí un segundo dedo y las piernas casi cedieron. Una descarga ardiente me subió por la nuca como un rayo, y entre jadeos pronuncié su nombre.

Mateo.

Lo sentía como causa y destino de todo lo que me estaba ocurriendo. Sola, nunca habría estado allí. Sola, jamás habría sabido que mi cuerpo podía responderle sin que él me tocara.

—Ya, por favor —supliqué, salivando. Habíamos creado un código sin palabras: él sabía lo que yo quería, y los dos entendíamos que, si él no me lo indicaba, yo no me detendría.

Sonrió, un gesto lento y feroz.

—Acércate.

Su voz grave me sacudió por dentro. Me arrodillé y él me tomó del cabello para llevar el ritmo. Me besó otra vez con furia, creo que hasta me mordió, y sin mediar palabra dirigió mi boca a su miembro. Lo lamí entero, sin dejar un solo centímetro sin recorrer, aferrada a él, saciando un hambre que había crecido en ese cuarto. Sentí cómo me empujaba hasta el fondo y se quedaba ahí unos segundos, hasta que me acostumbré. Era un espectáculo de saliva, y descubrí que cuando se mezclaban su deseo salvaje y el mío yo podía entregarme por completo, disfrutando de estar a sus pies.

—Móntame de una vez, que quiero comerte esas tetas —ordenó.

Me dirigí ansiosa a cabalgarlo, magnetizada por su mirada.

—Aaah —gemí al introducirlo todo de un golpe; lo sentí clavarse en mi interior en más de un sentido. Creo que nunca había estado tan mojada, tan abierta a hacerlo parte de mí. Esa noche descubrí la función íntima del sexo, el placer de la entrega mutua, de fundirte con la otra persona hasta perder los bordes.

Empezó a lamerme los senos, a mordisquearlos, sin dejar un punto sin saborear. Estaba poseído, dándome la mejor follada de mi vida. Yo le tomé la cabeza para guiarlo a mis pezones. Sentía algo vibrar en todo mi interior, creciendo, hasta que se detuvo de golpe con la primera nalgada. Eso me devolvió al ruedo.

—Así, sigue… por favor —jadeé.

Me dio otra nalgada y empezó a amasarme el culo mientras seguía con la boca en mis pechos. Yo ya estaba en un trance en el que era libre de ser completamente suya. Mi cuerpo se estremecía con cada golpe, con cada succión. Empezó a rozarme con un dedo por detrás. Era tan inusual que lo miré pasmada, pero no lo detuve: se trataba de un placer primitivo, casi trascendental.

Volví a vibrar por dentro, empecé a gritar, él hundió ese dedo y la cara entre mis pechos a la vez, me apretó contra él con todas sus fuerzas y jadeó como la fiera que encarnaba. Su polla empezó a palpitar; se estaba corriendo dentro, y al sentir los chorros pulsando alcancé a gritar un orgasmo profundo, arqueando el cuerpo antes de soltar todo el placer acumulado. Me dejé caer sobre él, trémula, recuperando la calma.

Estuvimos así unos segundos eternos, entre sus brazos. Sentía cómo su respiración se serenaba bajo mi cabeza apoyada en su pecho. Sus manos me acariciaban la espalda y yo sincronizaba mi aliento al suyo. Me besó de nuevo mientras me acomodaba sobre sus piernas.

Me escurría esa miel caliente entre los muslos. Tomé un poco con los dedos y los chupé, instintivamente, sin querer desperdiciar nada. Él lo tomó como una provocación.

—Estás hecha toda una guarra. Me encantas —dijo.

Se puso de pie, me dejó sentada, me abrió las piernas y volvió a meterme los dedos. Yo gemía otra vez, sin saber ya si dolía o cosquilleaba, extasiada. Los sacó con una mezcla de mis jugos y su semen y me los acercó a la boca.

—Querías probar, amor.

Esa imagen descabellada me nubló el juicio y me encendió de un instante a otro. Los lamí eufórica, limpiándole la mano, y él volvió a hundirlos para devolverme esa poción que habíamos inventado entre los dos.

Entonces me cargó en brazos y me tiró en la cama. Me abrió las piernas y, sin mediar más, empezó a follarme con fuerza mientras nos fundíamos en un beso. Me chupó los labios, el cuello, los hombros, los pechos. Tenía a un Mateo de campeonato haciéndome suya con cada embestida, y yo no podía más que responder con gemidos, abrazándolo y empujándolo hacia mí. No me importaba nada de lo que pudiera pasar esa noche.

—Así, con fuerza… sigue —alcancé a gritar—. Otra vez, amor. Me voy a venir de nuevo.

No tardé en alcanzar otro orgasmo. Era demasiado, no sé cómo decirlo de otra forma: más de lo que jamás había sentido. Grité, el cuerpo estallando y tensándose, y enseguida sentí otra descarga caliente llenándome entre jadeos. Nuestros cuerpos habían perdido sus fronteras; no sabía dónde terminaba el mío y empezaba el suyo.

Apenas pude reaccionar con una sonrisa boba pegada a la cara. Los dos éramos un desastre. Nos habrán escuchado hasta en el edificio de enfrente, y no me importó.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —reaccioné, todavía temblando.

—Te acabo de hacer mía, Carla.

Lo miré con su gesto satisfecho, completamente enamorada, con un brillo en los ojos. Era suya, claro que lo era. Una verdad tan sagrada como el encuentro de esa noche. Nos abrazamos, nos besamos, lo miré a los ojos.

—Te amo, Mateo.

***

Esa certeza, esa posesión mutua, es justo lo que ahora me está estrangulando. ¿Qué demonios nos pasó? ¿En qué punto del camino, a tu lado, me perdí tanto como para hacerte lo que te hice? Yo te amaba. Claro que te amaba.

Por eso escribo esto: para no olvidar al hombre que fui capaz de traicionar, y para entender, de una vez, en qué noche dejé de reconocerme. Todavía falta. Mi terapeuta dice que falta mucho. Y por primera vez en semanas, creo que tiene razón.

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Comentarios (4)

MarisolF

que fuerte esto... me llegó al alma

NachoCba2

espero que haya segunda parte, quedé con muchas preguntas sin respuesta

Enzo_Baires

excelente relato!!!

lectora_nocturna22

Me recordó a algo que yo tambien viví y nunca conté a nadie. Gracias por poner en palabras lo que uno a veces no puede

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