Curé las heridas del desconocido que me defendió
Esa tarde el cielo se había teñido de naranja y rojo, y yo estaba sentada sola en el banco de siempre, en el parque que hay frente a mi edificio. Llevaba semanas repartiendo currículums por las mañanas y matando las tardes ahí, mirando pasar a la gente. Parejas, sobre todo. Era lo que más me dolía mirar.
Me llamo Lucía y, si soy sincera, esa tarde estaba hundida en una de esas espirales de autocompasión que una conoce demasiado bien. Tengo sentido del humor, soy generosa, no me considero tonta. Estoy un poco más rellenita de lo que marcan las revistas, pero nunca me he visto fea. Y aun así me preguntaba por qué ningún hombre se fijaba en mí, por qué seguía sola tarde tras tarde en ese banco.
Estaba tan metida en mi cabeza que no los vi llegar. Dos tipos se plantaron delante de mí, tapándome el sol que ya casi no quedaba.
—Eh, guapa, vente con nosotros, que lo vas a pasar bien —dijo el primero.
—Sí, antes de que rompas el banco —se rió el otro.
—¿Por qué no me dejáis en paz? —contesté, intentando que no se me notara el temblor en la voz.
—Mira la putilla, se pone peleona —escupió el segundo.
Sentí ese frío en el estómago, el de saber que nadie alrededor iba a moverse. Y entonces, de la nada, apareció él.
Era un hombre que hacía footing por el parque casi todos los días. Lo había visto pasar mil veces frente a mi banco, siempre con la misma camiseta de correr, siempre concentrado. Nunca habíamos cruzado una palabra. Esa tarde frenó en seco a unos metros y se acercó.
—Venga, chicos, dejad a la chica tranquila, que no se mete con nadie —dijo, con una calma que me sorprendió.
—¿Por qué no te vas a la mierda, listo? La nena se viene con nosotros —respondió uno.
—Míralo, vestido de licra, parece un condón con patas —se carcajeó el otro.
—O la dejáis en paz, o llamo a la policía ahora mismo —avisó él, sacando el móvil del brazalete que llevaba en el antebrazo.
Lo que pasó después fue muy rápido. En cuanto oyeron la palabra «policía», las caras de los dos cambiaron y se le echaron encima sin previo aviso. No le dieron tiempo a reaccionar. Lo tiraron al suelo, le arrancaron el brazalete con el teléfono, me quitaron a mí el bolso de un tirón y salieron corriendo entre los árboles.
***
Cuando levanté la vista, ya había caído la noche del todo y el parque estaba vacío. Él seguía en el suelo, intentando incorporarse con una mueca de dolor. Me arrodillé a su lado.
—Me llamo Lucía. Muchísimas gracias por lo que has hecho, pero no tenías que ponerte en peligro así. Mira cómo te han dejado.
—Hola. Andrés —dijo con media sonrisa, llevándose la mano a la espalda—. En mi cabeza esto terminaba de otra manera, te lo prometo. Uf, cómo me duele todo.
Miré alrededor. No había nadie a quien pedir ayuda, ningún banco abierto, nada. Vivía justo enfrente, así que no lo dudé.
—Te ayudo a caminar y nos vamos a mi casa. Desde allí llamamos a quien haga falta y a alguien que pueda venir a buscarte.
Lo levanté como pude. Me pasó un brazo por encima del hombro y, despacio, cruzamos la calle hasta mi portal. Mi piso es pequeño y, lo confieso, estaba hecho un desastre: columnas de libros por el suelo, ropa sin recoger, la cama deshecha. Lo llevé directo al dormitorio y lo ayudé a tumbarse. Cayó sobre el colchón como un muñeco, agotado, lleno de golpes y algún raspón.
—Voy a llamar a la policía. ¿Quieres que avise a una ambulancia? ¿Llamo a algún familiar para que te recoja?
—No llames a nadie, en serio. La policía no va a hacer gran cosa, y vivo solo. Mi familia no es de aquí —dijo—. Si acaso, un taxi más tarde. No quiero molestar, ya me curo yo en casa. De algo me tiene que servir ser cirujano —y soltó una risa que terminó en quejido.
—No molestas nada. Si quieres, pasas aquí la noche y mañana, cuando estés mejor, pides el taxi.
Fui corriendo al baño, saqué el botiquín, gasas, agua oxigenada, y volví. Le quité los zapatos y los calcetines con cuidado, y luego, muy despacio, lo ayudé a sacarse la camiseta. Frente a mí apareció un pecho firme, marcado, lleno de moratones y algún arañazo. Mojé una gasa y empecé a limpiar los raspones mientras él apretaba los dientes.
Pasé la gasa húmeda por todo su pecho, sin prisa, notando el calor de su piel bajo mis dedos. Después moví la silla y me senté junto a sus piernas para curarle las rodillas. Y ahí, lo admito, no pude evitar mirar. La licra de correr no dejaba nada a la imaginación, y cada vez que bajaba la vista a sus rodillas, mi mirada se desviaba un segundo de más. Tragué saliva e intenté concentrarme en las heridas.
—Bueno, esto ya está —dije, levantándome de golpe—. Voy a preparar algo de cena para los dos. ¿Te gustan los sándwiches mixtos?
—No hace falta que te molestes por mí.
—No es molestia. ¿Te gustan o no?
—Sí. Gracias.
***
En la cocina puse la plancha y empecé con los sándwiches, pero mi cabeza estaba en otra parte. Por más que intentaba pensar en la cena, la imagen de Andrés tumbado en mi cama no me abandonaba. Un pensamiento llevó a otro y, de pronto, caí en la cuenta de algo: debía de estar incomodísimo con las mallas puestas, sudadas y todo, después del golpe.
Dejé la cena a medias y volví al cuarto. Andrés estaba recostado, mirando con curiosidad el desorden de mi habitación.
—Perdona —dije, notando el calor subiéndome a las mejillas—. He pensado que estarás incómodo con la licra. Te traigo una sábana para que puedas quitártela.
—La sábana me viene de lujo, hace un poco de fresco —contestó—. Pero los pantalones no me los quito, que no llevo nada debajo y con el dolor de espalda no puedo ni moverme.
—Tranquilo. Con la sábana no se ve nada, y yo te ayudo a sacártelos por debajo. No miro, te lo juro.
—No, eso ya es pedirte demasiado. Bastante has hecho.
—Que no, que lo hacemos en un momento.
Eché la sábana sobre él y metí las manos por debajo, buscando la cintura del pantalón. Estaba roja como un tomate. Deslicé la licra por sus piernas, tirando despacio, hasta sacársela del todo. Me puse de pie de un salto, hecha un manojo de nervios.
—Voy a terminar la cena —dije, casi sin aire—. Te lavo la camiseta y el pantalón, mañana los tendrás secos.
Y salí corriendo. En el pasillo me apoyé en la pared, acalorada. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así, que el cuerpo no me hervía de esa manera. Respiré hondo e intenté volver a la cocina como si nada.
***
Cuando terminé, llevé los dos sándwiches y un vaso de agua en una bandeja. Coloqué la silla junto a la cama, dejé la bandeja encima y, antes de irme, cogí un camisón del respaldo y una manta de los pies de la cama.
—Yo voy a dormir en el sofá del salón —le dije desde la puerta—. Si necesitas algo, me pegas una voz. Tienes el interruptor de la luz justo detrás, a mano, no hace falta que te levantes.
—No, gracias, no me apetece la tele —respondió—. ¿Cómo voy a poder agradecerte todo esto?
—Estás así por defenderme. No tienes nada que agradecer.
Salí del cuarto, fui al salón y extendí la manta sobre el sofá. Me quité toda la ropa y me puse un camisón largo de satén morado, de los que apenas uso. Cené frente a la tele, cambiando de canal sin ver nada, intentando no pensar en el hombre que tenía en mi cama. No funcionó.
Me quedé recostada un buen rato, hasta que me acordé de la bandeja con el plato y el vaso que había dejado en la silla. Si Andrés se movía dormido, podía tirarlo todo y llevarse un susto. Apagué la tele y fui hacia el dormitorio sin hacer ruido, decidida a recoger sin despertarlo.
Empujé la puerta con sigilo. Y me quedé clavada en el sitio.
Andrés tenía una de mis bragas entre los dedos, jugueteando con ellas, y bajo la sábana se le marcaba una erección que levantaba la tela como una tienda de campaña. Al verme, las soltó de golpe sobre el suelo.
—Perdona, no quería ofenderte —balbuceó—. Estaban junto a la cama y… yo…
No dije nada. Sentí los pezones endurecerse contra el satén del camisón, la respiración acelerada. En vez de salir, me acerqué a la cama, me arrodillé a su lado y, antes de pensarlo dos veces, acerqué mi cara a la suya y lo besé en los labios.
Me devolvió el beso enseguida. Deslicé una mano bajo la sábana y lo acaricié despacio, notándolo duro y suave a la vez, mientras nuestras lenguas se buscaban. Recorrí toda su longitud con los dedos, de arriba abajo, dibujando un círculo con la yema en la punta. Él bajó la mano por mi espalda hasta el borde del camisón, se coló debajo y me acarició el trasero, apretándolo con ganas. Nos besábamos como si lleváramos años esperándolo.
Levanté la cabeza y, sin ponerme de pie, me desplacé hasta quedar frente a él. Aparté la sábana como quien destapa un regalo y empecé a recorrerlo con la lengua antes de metérmelo en la boca. Lo chupé despacio, marcando un ritmo, mientras con la otra mano lo masajeaba. Andrés movía las caderas levemente, perdido, soltando un gemido contenido cada vez que aceleraba.
Me quité el camisón por la cabeza. Mi cuerpo no es perfecto, lo sé, pero esa noche, con su mirada recorriéndome, me sentí la mujer más deseada del mundo: piel bronceada, pechos firmes, las curvas que tantas tardes había maldecido en aquel banco.
Me subí a la cama y me coloqué a horcajadas sobre sus caderas. Al principio no lo dejé entrar; solo me froté contra él, deslizándome adelante y atrás, sintiendo cómo cada movimiento me encendía más. La tensión era insoportable para los dos. No aguanté. Bajé la mano entre mis piernas, lo coloqué en posición y me dejé caer despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro.
Empecé a moverme sin prisa, disfrutando cada subida y cada bajada, dejando que mis gemidos llenaran la habitación. Él apretaba los dientes, intentando aguantar, mientras yo me corría una vez, y luego otra, agarrada a su pecho magullado. Hasta que ya no pudo más.
—Me corro —jadeó, clavándome los dedos en las caderas.
Lo sentí terminar dentro de mí, y caí extenuada sobre su pecho, los dos sin aliento, riéndonos bajito de lo absurdo y lo perfecto de la situación.
Esa noche no llamamos a ningún taxi. Nos quedamos dormidos abrazados, su mano en mi cintura, mi cabeza en su hombro. Y por primera vez en mucho tiempo, no me dormí preguntándome por qué estaba sola.