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Relatos Ardientes

Lo que pasó con Daniela en la fiesta de la oficina

Llegué tardísimo. El tránsito de un viernes de diciembre era una pesadilla y el taxi tardó media vida en cruzar el centro. Para cuando subí por fin a la terraza, el frío ya calaba, pero el ambiente estaba a tope. La barra libre llevaba un rato haciendo efecto y las risas rebotaban contra las luces de la ciudad.

Fui directo por un trago para ponerme al día y, desde la barra, busqué a mi grupo de siempre. Los del chat de confianza, los de las cervezas de los viernes, los del intercambio de memes a media tarde. No tardé en ubicarlos cerca de una de las estufas de exterior.

Pero mi vista se frenó en seco antes de llegar. Se frenó en Daniela.

Verla en la oficina era pura rutina: pantalón de vestir negro, camisas siempre abotonadas hasta el cuello y ese suéter enorme porque el aire acondicionado la mataba de frío. Hoy era otra historia. Estaba de perfil, con una copa en la mano y un vestido color vino, pegado al cuerpo. Ahí fue donde mi cerebro hizo cortocircuito.

Sabía que Daniela tenía curvas —es imposible no notarlo cuando se estira para alcanzar algo en el archivero—, pero el vestido de esa noche no dejaba nada a la imaginación. Al ser tan menuda, apenas me llegaba al pecho, sus formas resaltaban el doble. El escote marcaba ese contraste que de lunes a viernes jamás nos dejaba ver, y el corte le dibujaba unas caderas que con los tacones se veían de otro nivel.

Me acerqué con esa mezcla de confianza de amigo y curiosidad de hombre que acaba de descubrir algo nuevo.

—¿Qué tal, gente? —saludé al grupo en general, pero me planté junto a ella.

Daniela se giró. Traía sus lentes de pasta negra de siempre, pero el labial rojo y el pelo suelto le daban un aire que me aceleró el pulso.

—¡Hasta que apareces! —dijo, sonriendo y alzando su copa para chocarla con la mía—. Ya te dábamos por perdido.

—El tránsito estaba imposible —me excusé, y luego bajé la voz, inclinándome hacia ella con esa confianza que nos teníamos—. Pero valió la pena la espera. Te ves increíble, Dani. En serio. Te guardabas lo mejor para el cierre de año, ¿eh?

No pude evitarlo. Mis ojos bajaron un segundo a su escote y volvieron a subir. Ella se dio cuenta. En la oficina me habría puesto mala cara, pero ahí, con una copa de vino encima y en confianza, solo soltó una risita y me dio un golpecito en el brazo.

—Ya empezaste, tonto —dijo, pero no dejó de sonreír.

***

Para las diez y media, la barra libre cobraba factura. El grupo se fue disolviendo poco a poco y, sin planearlo, quedamos solo Daniela y yo, de pie junto a una mesa alta llena de vasos vacíos. El aire estaba cada vez más frío, pero las copas nos tenían calientes.

Ella ya llevaba varias encima; lo sabía porque tenía las mejillas rojas y se reía de cualquier tontería que yo decía. Lo mejor era que, con la confianza del alcohol, había soltado su postura rígida de oficina. Recargaba un codo en la mesa de una forma que me tenía hipnotizado.

—Mira lo que mandaron al chat —dijo, sacando el celular de su bolsito.

Para ver la pantalla tuve que inclinarme. Ella era tan baja que casi pegué mi cabeza a la suya. Ahí me golpeó su perfume: nada que ver con el café de la oficina, sino algo cítrico y dulce, floral. Nos reímos de un meme cualquiera, esa risa cómplice que solo tienes con alguien de mucha confianza, y al reírse ella giró la cara hacia mí. Estábamos a centímetros.

En ese momento un mesero pasó apurado con una charola llena, casi empujándonos. Por instinto, pasé el brazo por detrás de ella para protegerla y mi mano aterrizó en su espalda baja. La tela era delgadísima. Sentí el calor de su piel y la curva exacta donde su espalda terminaba. Mi mano se quedó ahí. No la quité.

Ella tampoco se quitó. Al contrario, se dejó llevar por el empujón y quedó pegada a mi costado.

—Casi me bañan de vino —dijo, alzando la vista hacia mí.

—Tranquila, aquí no te pasa nada —contesté, bajando la voz.

Mi mano descendió un centímetro, apenas rozando el inicio de la curva de su cadera. Un movimiento sutil, probando terreno. Ella sintió el cambio y se quedó quieta un segundo, procesándolo. Luego giró un poco la cara para mirarme a los ojos. No se quitó, ni hizo ningún chiste para romper el momento.

—Gracias —murmuró, sosteniéndome la mirada detrás de los lentes.

—Para eso estamos —respondí, apretando ligeramente su cintura.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña y relajada, y se recargó del todo contra mi mano. La línea de «amigos» se había borrado en silencio.

***

El encargado de la música supo leer el momento y soltó un clásico de rock pop de los dos mil. La terraza explotó. Medio grupo corrió a la pista improvisada y Daniela me jaló del brazo, riéndose, con la pena ya disuelta por el alcohol.

Al principio era puro brinco y cantar a grito pelado. Ella se veía espectacular, despeinada y con los ojos brillantes detrás de los lentes. Pero luego la música cambió a un ritmo lento y pesado, de esos que invitan a moverse pegado. La pista se llenó y un grupo nos empujó hasta dejarnos prensados el uno contra el otro.

Ahí la diferencia de estaturas jugó a mi favor. Su cara quedaba a la altura de mi pecho. Para no perder el equilibrio se agarró de mis hombros y sus brazos subieron a rodearme el cuello, poniéndose de puntas. Yo bajé las manos a su cintura por reflejo. Ya no era el toque sutil de la mesa: ahora mis manos abarcaban toda la curva de su cadera bajo la tela.

—Está llenísimo —me dijo al oído, casi gritando sobre la música.

—Pégate más para que no te pisen —contesté, usando la excusa perfecta.

Me hizo caso. Sentí la presión de su pecho contra mi abdomen, una sensación eléctrica. En un momento se dio la media vuelta para ver algo detrás, quedando de espaldas a mí pero sin soltarse de mis brazos. Empezó a moverse al ritmo lento, recargando todo su peso contra mí. La fricción me pegó de golpe y noté cómo empezaba a endurecerme. Intenté echar la cadera un poco atrás para disimular, pero ella se pegó aún más, anulando cualquier espacio.

Bajé la cabeza hasta su cuello.

—Dani… —dije, con la voz ya ronca.

Ella giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Sus ojos detrás de los lentes estaban oscuros, dilatados. Se mordió el labio y, en lugar de quitarse, se recargó más fuerte. Después se giró para quedar frente a frente, me rodeó el cuello con los brazos y acercó su cara a la mía.

—Tomás… —murmuró.

La tensión era insoportable. Tenía que pasar. Daniela se puso de puntas, estirándose todo lo que daba su cuerpo menudo, y yo bajé la cabeza. Fue apenas un roce, un beso seco y rápido, de esos que sirven para preguntar sin palabras «¿estamos haciendo esto?». Nos separamos unos centímetros. Ella abrió los ojos, un poco asustada de su propia osadía, y luego sonrió.

—Ups —dijo, pero no se alejó.

—¿Ups? A mí no me pareció un error.

—A mí tampoco —confesó contra mi camisa—. Creo que quiero otro.

Se lo di. Este duró un segundo más. Sus labios sabían a vino y estaban calientes. Las luces de la terraza bajaron de intensidad y empezaron a parpadear en azul, dejando la pista en una penumbra intermitente. Era el camuflaje perfecto.

Enredé los dedos en su pelo suelto y la besé de verdad. Abrí la boca y ella hizo lo mismo, recibiéndome con ansias. Fue un beso desesperado, cargado de meses de miradas en la oficina. Sentí cómo gemía contra mi boca, un sonido que se perdió en la música. Se colgó de mi cuello con fuerza, casi trepándose, porque los tacones ya no le daban abasto.

—Vámonos de aquí —me dijo al oído, jadeando—. Hay demasiada gente.

***

La tomé de la mano y salimos de la pista. Encontré lo que buscaba: un rincón en el pasillo que llevaba a los baños, donde una lámpara estaba apagada y la penumbra era casi total. En cuanto estuvimos en la sombra, la pegué contra la pared.

—Tú me provocaste —dijo ella, mordiéndome el labio inferior.

Mi mano derecha bajó con decisión. Deslicé la palma por su muslo, subiendo el dobladillo del vestido, y toqué piel desnuda. Ella soltó un suspiro entrecortado. Subí más, hasta donde el muslo se vuelve cadera, y acaricié el encaje de su ropa interior.

—Tomás… —gimió bajito, abriendo un poco las piernas, recargando la cabeza en la pared.

De repente se escuchó la puerta del baño abrirse. Nos congelamos. Me pegué a ella para taparla con mi cuerpo y bajé la mano, alisando su vestido, fingiendo que solo conversábamos. El tipo pasó de largo, demasiado tomado para notar nada. Cuando el peligro pasó, Daniela soltó el aire que contenía, se acomodó los lentes torcidos y me miró con una expresión de deseo absoluto.

—No quiero irme a mi casa todavía —dijo, con la voz rota—. Y tampoco quiero que tú te vayas a la tuya. Pide una habitación, Tomás. Aquí. Ahora.

Sentí un golpe de adrenalina en el estómago. Una cosa es un beso de borrachera en un pasillo y otra muy distinta es formalizar el asunto en una recepción. Pero verla ahí, despeinada y retándome con la mirada, hizo que mi cerebro dejara de pensar en consecuencias.

—Vamos —dije.

***

Bajamos al lobby del hotel, que era un contraste brutal con la fiesta: silencio, mármol frío y música ambiental. En la recepción pedí una habitación tratando de sonar sobrio, aunque traía el nudo de la corbata deshecho. El recepcionista nos miró, no hizo preguntas y nos entregó una llave del quinto piso.

En el ascensor, en cuanto las puertas se cerraron, terminamos pegados contra el espejo, comiéndonos la boca. La habitación olía a limpio, con un ventanal enorme y una cama amplia en el centro. Daniela se quitó los tacones de una patada y se sentó en la orilla. Al ser tan baja, sus pies apenas rozaban la alfombra, lo que la hacía ver todavía más pequeña en medio del cuarto.

Me paré frente a ella, entre sus piernas, y repetí el gesto que se había vuelto el ritual de la noche: le quité los lentes con cuidado y los dejé en la mesita.

—Seguimos la fiesta, ¿no? —susurré.

Ella no contestó. Se lanzó hacia mí, rodeándome el cuello y estampando su boca contra la mía con una urgencia que casi me hace perder el equilibrio. Mis manos subieron por sus muslos, arrugando la tela del vestido. Ella jalaba mi camisa para sacarla del pantalón, metiendo las manos frías bajo la tela.

Nos dejamos caer hacia atrás en la cama. Daniela se montó sobre mí a horcajadas, besándome el cuello mientras sus caderas se movían contra las mías buscando fricción. Ya no era la compañera tímida del monitor.

Bajé el escote del vestido de un jalón y su pecho izquierdo quedó libre. Me quedé un segundo sin aliento. Alcé la cabeza y atrapé su pezón con la boca, succionando con ganas mientras mi mano apretaba su suavidad. Ella echó la cabeza hacia atrás y enterró los dedos en mi pelo, empujándome más contra ella.

—Espera… —dijo, jalando aire—. Me estorba el vestido.

Se levantó, bajó el cierre y se lo sacó por la cabeza, aventándolo a algún rincón. Quedó solo en ropa interior de encaje. Verla así, menuda pero con esas curvas al fin libres, fue la mejor vista de la noche.

—Ahora tú —ordenó.

Sus manos fueron directo a mi cinturón. Batalló un poco con la hebilla, pero en cuanto escuché el metal abrirse supe que iba en serio. Me dejó en ropa interior y gateó de nuevo sobre mí. Desabotonó mi camisa uno por uno, sin quitármela, solo abriéndola.

—Me gusta así —murmuró, pasando las palmas por mi pecho.

Empezó a dejar un camino de besos húmedos hacia abajo. Su mano derecha se deslizó por mi estómago y, sin titubear, se metió bajo la última prenda. Sus dedos fríos se cerraron alrededor de mí y solté un jadeo ronco. Me acariciaba con un ritmo lento, midiendo, disfrutando del poder que tenía.

—Tan serio que te ves en las reuniones de los lunes —susurró, arrastrando las palabras—. Y mira nada más cómo te pones.

***

Acabamos de quitarnos lo que quedaba. Piel contra piel, el choque de su cuerpo pequeño y curvilíneo contra el mío fue eléctrico. Pero ella tenía otra idea. Se deslizó hacia abajo, dejando un rastro de besos por mi abdomen, y se detuvo entre mis piernas. Me miró desde abajo, con el pelo cayéndole sobre la cara, y bajó la cabeza.

Sentí su boca caliente envolviéndome y arqueé la espalda, enterrando los dedos en las sábanas. Me chupaba con hambre, sin timidez, subiendo y bajando, demostrándome que la Daniela callada de la oficina era otra persona en la cama. En un momento estiró el brazo, agarró el vaso de la mesita y se mantuvo un trago en la boca. Cuando volvió a bajar, el contraste del frío y el alcohol con su calor me mandó una descarga por toda la columna.

Y entonces, sin soltarme, alzó la vista y me sostuvo la mirada con una intensidad descarada, viendo exactamente cómo me hacía perder el control. Se detuvo, se relamió y soltó una risita.

—Sabe rico —susurró.

Con un suspiro de satisfacción se dejó caer de espaldas sobre las almohadas, abriendo brazos y piernas, completamente desinhibida. Me incorporé entre sus piernas, pero no hice nada. Solo me dediqué a mirarla. Ahí estaba la compañera del suéter enorme, la que se escondía detrás del monitor, ahora desnuda, con la piel pálida marcada de rojo en el cuello por mis besos.

—¿Qué tanto me ves? —preguntó, alzando la cabeza, sonrojada pero orgullosa.

—Que eres perfecta, Dani —dije, y no era discurso de borracho.

Me incliné, pero esta vez no fui a su boca. Bajé despacio, dejando besos en su vientre, hasta llegar entre sus piernas. Separé su piel con los pulgares y le pasé la lengua en una caricia larga y lenta. Ella pegó un brinco en la cama.

—¡Ah! —gritó.

Fue su primer gemido fuerte, real. Se le olvidó que estábamos en un hotel, se le olvidó la discreción de la oficina. Sus manos bajaron a mi cabeza, jalándome el pelo, empujándome más contra ella. Escucharla así, sabiendo que yo le provocaba eso, me encendió por completo.

***

No aguanté más. Subí, arrastrándome sobre su cuerpo sudado hasta quedar frente a frente. Ella alzó las piernas y las enganchó alrededor de mi cintura, abriéndose por completo.

—Ya… por favor —suplicó en un susurro.

Empujé las caderas y me hundí en ella de una sola vez.

—¡Ah! —gritó, echando la cabeza hacia atrás y clavándome las uñas en los hombros.

Estaba apretadísima. Al ser tan menuda, la sentía en todos lados. Tuve que detenerme un segundo, apretando los dientes para no terminar ahí mismo. Ella me jaló del cuello para besarme y empecé a moverme. El sonido de nuestra piel chocando llenó la habitación. Embestí con fuerza y ella lo pedía a gritos, gimiendo mi nombre entre dientes.

—Voltéame —ordenó con la voz rota—. Ponme boca abajo, Tomás.

No tuvo que decírmelo dos veces. Ella se puso de rodillas y apoyó los codos en la cama, arqueando la espalda. Al ser tan pequeña se veía minúscula en esa cama enorme, una figura compacta y peligrosamente bien proporcionada. Me acomodé detrás, sujeté sus caderas y entré de nuevo. En esa posición llegué muchísimo más profundo.

—Más… más fuerte —pedía ella, con la voz ahogada en la almohada.

Embestí sin tregua, viendo cómo mi cuerpo chocaba contra ella con cada impacto. Se sacudía entera, frágil y al mismo tiempo resistente, recibiéndome por completo. Después de un rato se giró con una agilidad sorprendente y me empujó el pecho para que me acostara. Se montó sobre mí de inmediato y se dejó caer.

Empezó a cabalgarme con un ritmo frenético. Al ser tan ligera, se movía con una energía inagotable, subiendo y bajando rápido. Yo agarré sus caderas, ayudándola a marcar el ritmo, golpeando mi cuerpo contra el suyo. Sentí cómo la presión subía hasta volverse insoportable.

—Dani… ya voy —le advertí, preparándome para apartarla.

Ella se detuvo un segundo, clavándome las uñas en el pecho, y negó con la cabeza.

—Quédate —jadeó—. No te salgas.

Esa frase fue el detonante final. La sujeté de la cintura con todas mis fuerzas y empujé desde abajo una, dos, tres veces.

—¡Tomás! —gritó al sentir mis espasmos.

Terminé dentro de ella mientras la sentía contraerse al mismo tiempo, temblando, llegando conmigo. Nos quedamos así, ella colapsada sobre mi pecho, los dos jadeando, con el zumbido del aire acondicionado como único sonido.

Le acaricié la espalda empapada de sudor. Ella soltó una risita cansada contra mi piel.

—¿Cómo voy a verte el lunes después de esto? —murmuró.

Me reí y le besé la frente.

—Con la misma cara de siempre, Dani. Pero tú y yo ya no.

Jalamos la sábana para taparnos del frío. Ella se acurrucó contra mi pecho y, en cuestión de minutos, su respiración se volvió pesada, vencida por el cansancio. Me quedé mirando el techo, sintiendo su cuerpo desnudo contra el mío, sabiendo que la oficina nunca volvería a ser igual. Cada vez que la viera en el pasillo con su traje y sus lentes, me iba a acordar de cómo se ve gimiendo mi nombre.

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Comentarios (4)

NachoLP_84

Tremendo relato!! la parte del vestido vino me mató jajaja, muy bien contado.

MarisolVA

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber cómo terminó la noche...

CaminanteBA

Me recordó a una situación parecida en una cena de fin de año. Esas miradas que lo cambian todo sin que se diga nada son las mas intensas, no hay forma de describirlas bien. Este relato lo logra.

LectoraNoche

increible!! muy bien narrado

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