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Relatos Ardientes

Soñé mi propia muerte y desperté deseándola

La noche anterior habíamos discutido. Mariela y yo teníamos esas peleas que empezaban por una tontería y terminaban revolviendo años de rencores guardados, pero aquella fue distinta. Aquella se nos fue de las manos. Las palabras se volvieron piedras y, en algún momento, ella dejó de gritar y me miró con una calma que daba más miedo que cualquier insulto.

—Esta noche dormís acá porque es tarde —me dijo—. Pero mañana al amanecer te vas. Y no quiero que vuelvas.

No respondí. No supe qué responder. Hay frases que uno no sabe si son de verdad o solo el cansancio hablando, y elegí pensar que era lo segundo para poder respirar.

Nos acostamos en la misma cama, una cama estrecha de matrimonio que de pronto parecía un campo de batalla con una frontera invisible en el medio. Ella separó una de las mantas y se envolvió con ella, dándome la espalda, dejándome a mí las sábanas y una colcha fina que apenas abrigaba.

Las horas se hicieron interminables. Dos cuerpos uno al lado del otro, evitándose, cuidando de que ni un dedo cruzara la línea. Escuchaba su respiración y trataba de adivinar si dormía o fingía. Llegaron las tres, quizá las cuatro de la madrugada. No recuerdo en qué momento exacto el sueño me venció, pero me venció.

***

En el sueño me levanté temprano. Me duché en silencio, sin encender más luz que la del baño, y salí de casa sin desayunar. No la desperté. No dejé una nota. Me fui directo al taller, un local pequeño que había comprado hacía años para guardar mis herramientas, sobre todo las de carpintería, ese refugio que olía a madera y a aceite donde siempre me escondía cuando todo lo demás se rompía.

Pasé la mañana adaptando el lugar para poder vivir ahí. Despejé un rincón, arrastré un colchón viejo que tenía arrumbado, colgué una manta a modo de cortina. Para la tarde ya tenía improvisado algo parecido a un hogar. Me tumbé sobre el colchón, agotado, con la cabeza llena de Mariela, de lo que le había dicho, de lo que no le había dicho, de todos los años que de golpe parecían terminar en ese cuarto polvoriento.

Y entonces sentí el dolor. Un puño cerrándose dentro del pecho, el brazo izquierdo entumeciéndose, un peso imposible sobre las costillas. Nunca había tenido un infarto, pero el cuerpo lo sabe antes que la mente, y supe que me estaba pasando. Quise levantarme y no pude. Quise gritar y no salió nada. La puerta principal estaba cerrada por dentro, con la traba puesta, y no había nadie del otro lado para escuchar.

El dolor creció y después, de golpe, se apagó. Perdí la conciencia.

***

No sé cuánto tiempo después, me vi a mí mismo tirado en ese colchón, sin vida. Estaba flotando sobre la escena, mirándome desde arriba como quien mira una fotografía ajena. Mi cara estaba pálida, los ojos entreabiertos, la boca floja. Era yo y al mismo tiempo no podía ser yo.

Me asusté todavía más cuando vi la araña. Una de esas negras, grandes, que aparecen en los rincones húmedos. Caminaba por mi hombro en dirección a mi cara. Con sus patas finas rozó mis labios y pensé que iba a meterse dentro de mi boca abierta, pero siguió su camino, cruzó hacia el otro hombro y se perdió en la grieta entre la cama y la pared.

El tiempo se volvió confuso. Pasaba a una velocidad imposible delante de mis ojos mientras yo seguía ahí, mirando mi propio cadáver. La piel pasó del pálido a un color más oscuro, y después empezó a hincharse. Era desesperante ver cómo me descomponía, mirando de reojo hacia la puerta, esperando que alguien me echara de menos, que alguien notara mi ausencia y se acercara al taller. Pero nadie venía. Nadie golpeaba. El barrio seguía con su vida como si yo nunca hubiera existido.

Y yo lloraba. Lloraba viéndome así, en ese estado lamentable, abandonado, sin que una sola persona se acordara de mí. ¿Tan mala persona habré sido? ¿Me merecía morir así, solo, podrido en un cuarto que olía a madera vieja?

***

De pronto, sirenas. Golpes en la puerta, uno tras otro, cada vez más fuertes, hasta que la madera cedió. Entraron los bomberos. Algún vecino había llamado por el olor, dijeron, y solo entonces alguien se había dado cuenta de que algo no estaba bien. Detrás de ellos, abriéndose paso, entró Mariela.

Daba gritos. No sé si de dolor, de culpa o de pena, pero eran gritos que salían desde algún lugar muy adentro, de esos que uno no puede fingir. Cayó de rodillas junto al colchón. Y yo, flotando, queriendo tocarla, sabía exactamente en qué estaba pensando ella.

Estaba pensando en nuestra última conversación. En cómo nos habíamos dormido esa noche tan lejos el uno del otro, en una cama de un metro treinta y cinco que de repente parecía un océano. Estaba pensando en que la última cosa que me había dicho fue que me fuera y no volviera.

Me hubiera gustado bajar hasta ella, abrazarla, decirle al oído que la culpa también había sido mía. Decirle que la perdonaba y pedirle que me perdonara. Decirle que nunca, ni en el peor de nuestros silencios, había dejado de quererla. Pero ya era demasiado tarde. Aunque gritara con todas mis fuerzas, ella no podía escucharme. La muerte tiene esa crueldad: te deja ver lo que perdiste justo cuando ya no podés recuperarlo.

Y con esa tristeza enorme apretándome el pecho, desperté.

***

Desperté con la cara mojada. Tan mojada que la almohada estaba húmeda debajo de mi mejilla, empapada de lágrimas que había llorado dormido. Tardé unos segundos en entender dónde estaba, en reconocer el techo de nuestro cuarto, la luz gris que entraba por la persiana, el ronroneo del ventilador. No estaba muerto. No había ningún taller, ninguna araña, ningún cadáver hinchándose.

Mariela dormía a mi lado, de espaldas, ajena por completo a lo que yo acababa de vivir en sueños. Respiraba despacio, tranquila, y el solo hecho de verla viva, ahí, a un palmo de mí, me aflojó algo en la garganta. Miré el despertador de la mesita: las siete y media de la mañana. A las ocho iba a sonar.

Me sequé la cara con el dorso de la mano. La pelea de la noche anterior seguía ahí, intacta, esperándonos para cuando despertáramos del todo. Su orden de que me fuera seguía en pie. Pero después de soñar mi propia muerte, después de verme pudrir solo y olvidado, ninguna pelea me parecía tan importante como el calor del cuerpo que tenía al lado.

Me la jugué. Sin saber cómo iba a reaccionar, decidí arrimarme a ella.

***

Mariela estaba de espaldas. Me acomodé contra su costado, en posición de cucharita, y levanté con cuidado la manta con la que se envolvía. Me pegué a ella despacio, conteniendo la respiración. Al sentirme, en un gesto instintivo, de pura costumbre de los años, empujó el culo hacia atrás hasta quedar encajada contra mí.

Yo duermo casi desnudo, solo con la parte de arriba del pijama, y en verano ni eso. Ella hace lo mismo, y aquella noche no era distinta a las miles de noches que habíamos dormido juntos. Metí la mano por debajo de la camiseta larga que usa para dormir y la dejé quieta a la altura de su vientre, sintiendo el sube y baja de su respiración. Su culo desnudo quedó apoyado contra mí.

No tenía intención de penetrarla. No buscaba sexo. Lo único que quería era sentir su cuerpo, su calor, su olor, ese olor a hembra que conocía de memoria y que no había dejado de desear ni en los peores días. Quería recordarme a mí mismo que seguía viva, que seguía conmigo, que el taller y la araña habían sido solo una pesadilla.

Pero ella, medio dormida, tenía otra idea. Empezó a moverse. Pequeños círculos lentos de la cadera, apretándose contra mí, buscándome. Mi cuerpo reaccionó como era de esperar. Sentí cómo entraba poco a poco, despacio, ayudado por la humedad que ya era abundante entre sus piernas, como si ella también llevara horas deseando esto sin animarse a decirlo.

Nos quedamos así largos minutos, sin hablar, sin mirarnos, comunicándonos solo con el movimiento. Ningún reproche de la noche anterior cabía en ese silencio. Ella respiraba cada vez más fuerte, mordiendo la almohada, hasta que tembló entera contra mí en su primer orgasmo. No paró. Siguió moviéndose, buscando el segundo, y yo la dejaba hacer, hundiendo la cara en su pelo, queriendo que ese momento no terminara nunca.

Y entonces, justo cuando ella iba por el segundo, sonó el despertador.

***

El ruido rompió el hechizo de un tajo. Ella se quedó quieta. Yo estiré el brazo y apagué la alarma. El cuarto volvió a llenarse de luz gris y de realidad, y la realidad, contra todos mis pronósticos, no había cambiado.

Mariela se levantó sin decir una palabra. Y mientras se vestía me dejó claro, con la mirada más que con la voz, que seguía queriendo que me fuera. Que aquello había sido su forma de despedirse. Un último encuentro, un último temblor, un punto final entre las sábanas. La verdad es que solo ella se despidió, porque yo no llegué a terminar. Me quedé a mitad de camino, con el cuerpo deseando y la cabeza llena de un sueño que todavía me apretaba el pecho.

Ahora estoy en la oficina, frente a una pantalla que no miro, con un café que se enfría. Tendría que estar trabajando y solo pienso en una cosa: si volver a casa esta noche o no. Si soñar la muerte sirve para algo, debería servir para esto, para entender que el calor de alguien al lado vale más que tener la razón en una pelea. Pero no sé si ella lo entiende igual. No sé si todavía hay una cama esperándome o si esta vez el sueño era una advertencia de lo que me espera.

Quizá esta noche lo averigüe.

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Comentarios (5)

ConfesionesFA

tremendo. de esos relatos que te dejan pensando un buen rato despues de leerlo

Diego_BA

Por favor seguí escribiendo, se hizo cortisimo para todo lo que transmite. Quede con ganas de saber mas.

AnaLectura

que manera de contar algo tan oscuro y a la vez tan intimo. me llego de verdad, gracias por compartirlo

Matias_Noc

excelente!!!

GinaRoca85

me recordo a momentos que preferiria no recordar, pero los relatos asi son los que necesito leer a veces. muy bien escrito.

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