La noche que presenté a mi amiga a mi cliente
Me llamo Marcos y vivo en Barcelona. Trabajo como escolta privado, lo que suena más glamuroso de lo que es: muchas horas de espera, mucho silencio y muy pocos amigos de verdad. Una de esas pocas amistades es Carla. Es inteligente, divertida, con un humor negro y sarcástico que poca gente sabe entender, y una sinceridad que a veces incomoda. Cuando la conocí, su forma de ser me desarmó por completo.
No me avergüenza reconocer que durante mucho tiempo estuve interesado en ella de otra manera. Pero el tiempo pasó, ese sentimiento se transformó en un cariño enorme y aprendimos a querernos sin esperar nada más. Ella vive lejos, en otra ciudad, atada a una familia que la necesita, así que pasábamos largas temporadas sin hablar. Daba igual: cuando retomábamos la conversación era como si no la hubiéramos cortado nunca.
Durante años la invité a venir a verme, y durante años me dijo que no podía. Por eso, cuando un día me escribió de improviso para avisarme de que tenía dos días libres, me dio un vuelco el corazón. Por fin iba a poder abrazarla. Y, cómo no, justo esa noche yo tenía una cena de trabajo con Viktor, un empresario al que llevaba años prestando servicios y al que no podía dejar plantado.
No quería renunciar a ninguno de los dos planes, así que los uní. Le escribí.
—Me ha alegrado muchísimo que vengas. Pero tengo una cena de trabajo en un hotel de lujo. Si llegas a tiempo, métete en la maleta un vestido de noche.
—Para un día que quedamos, ¿me vas a usar para quedar bien? —respondió, y casi pude oír su risa.
—Te lo vas a pasar genial, el restaurante es brutal. ¿A qué hora llegas?
—A Sants sobre las doce. Y me vuelvo a las ocho del día siguiente, desde la misma estación.
—Perfecto, te recojo yo.
Después llamé a Viktor para avisarle de que iríamos tres, porque tenía la visita de una buena amiga y no pensaba dejarla sola en la ciudad. Aceptó sin poner una sola pega.
Preparé la casa para recibirla. Nunca he sido desordenado, pero las habitaciones de invitados estaban un poco abandonadas, así que cambié las sábanas, ventilé, dejé toallas limpias. Quería que estuviera cómoda, como en su propia casa.
Llegó el día y yo estaba más nervioso de lo que quería admitir. Me planté en la estación a las once y media, porque siempre me gusta llegar con tiempo. El tren se retrasó, claro, pero a la una en punto la vi salir por la puerta. Estaba estupenda. El pelo castaño oscuro le rozaba los hombros, llevaba un jersey, unos vaqueros y deportivas, y arrastraba una maleta pequeña. Me levanté, la tuve enfrente y le di un abrazo largo y dos besos.
De camino al coche íbamos despotricando del caos de los trenes y, de paso, del país entero. No paraba de repetirle lo feliz que estaba de tenerla allí. Había reservado en una casa de comidas famosa por sus huevos rotos con jamón, y como teníamos mesa no esperamos nada. Comimos hablando de nuestro tema favorito, política y sociedad, señalando con frialdad cada problema que nos rodeaba. La sobremesa se alargó hasta que decidimos volver al piso.
Le ofrecí las dos habitaciones de invitados y eligió una al azar. Dejé su maleta sobre la cama.
—Estás en tu casa, haz lo que quieras —le dije—. Esta noche tenemos la cena que te conté, pero hay tiempo de sobra. Ponte cómoda.
Me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá. Al rato apareció ella con un pijama gris y en calcetines, se sentó a mi lado y pusimos una película que no vimos, porque seguimos con la conversación donde la habíamos dejado. Disfrutaba de su compañía como pocas cosas: su forma mordaz de tocar cada tema, sus ideas claras, sus opiniones bien armadas. El tiempo se nos escapó entre las manos y, de pronto, tocaba arreglarse.
—Tienes baño en tu habitación, por si quieres ducharte —le dije—. Yo voy a cambiarme.
—Ahora nos vemos.
Me duché, me perfumé y peleé un buen rato con mi pelo largo y rizado. Me puse un traje negro hecho a medida, camisa de seda también negra y una corbata color vino. Antes de salir entré en el despacho, abrí la caja fuerte y saqué mi pistola; la coloqué en su funda, en el costado derecho del pantalón. Ya listo, me quedé de pie en el salón esperándola.
Cuando apareció por el pasillo me quedé sin palabras. El pelo perfectamente peinado, la cara natural sin una gota de maquillaje, unos pendientes plateados pequeños y elegantes. Llevaba un vestido negro liso que le marcaba la figura y le caía justo por encima de la rodilla, contrastando con su piel blanca. Un colgante largo y plateado rompía el negro, y unos tacones cerrados completaban el conjunto. Estaba tan elegante como sensual. Me quedé embobado mirándola.
—Se te van a caer los ojos —dijo, riéndose.
—Anda, vamos.
Llegamos a un hotel que desbordaba lujo por cada rincón. Fuimos directos al restaurante y nos recibió el maître.
—Buenas noches, soy Marcos y mi acompañante. Tenemos mesa con el señor Viktor.
—Por supuesto, acompáñenme.
Nos guió hasta un reservado con una mesa enorme, nos retiró las sillas y se marchó avisando de que el señor Viktor estaba al llegar. Pedimos las bebidas y nos quedamos riéndonos por lo bajo de la gente con la que nos habíamos cruzado en el vestíbulo. Poco después el camarero trajo, además, dos botellas de un Cabernet de reserva que Viktor había elegido de antemano.
—Buenas noches, perdonad la demora —dijo Viktor al entrar—. Una videoconferencia que se ha alargado.
—No pasa nada, estábamos bien. Te presento a Carla, una buena amiga que está de visita.
—Encantada de conocerle.
—El placer es mío.
Viktor le tomó la mano y le dejó un beso delicado sobre los nudillos. Nos sentamos y empezó a hablarme de trabajo: pensaba expandir su empresa hacia explotaciones mineras en África y necesitaba un servicio de escolta. Discutimos detalles, dificultades, cifras. Él metía a Carla en la conversación cada vez que podía, pidiéndole su opinión, y ella contestaba con seguridad, siempre con un punto mordaz y a veces algo cortante, como suele ser.
Cuando terminamos con lo profesional, la charla se soltó. Carla se explayó, opinando libre y contestándole con descaro. Y entonces me di cuenta de que Viktor la miraba demasiado. Era normal, estaba preciosa. Lo que no esperaba era que ella le devolviera la mirada con la misma intensidad. Reconozco que la situación me encantó. Viktor, pese a su fortuna, era un hombre sencillo, atractivo, de pelo castaño claro peinado hacia atrás, ojos de un azul profundo y un traje italiano que le sentaba como un guante.
Acabada la cena nos trasladamos al bar del hotel a tomar la última. Viendo cómo se buscaban el uno al otro, inventé una excusa para dejarlos solos.
—Chicos, voy a ver si consigo un par de habitaciones para esta noche.
—Sería perfecto —dijo Viktor.
—Como tú quieras —añadió ella.
Me alejé hacia recepción y me entretuve charlando con la recepcionista. De reojo los veía sentados en dos butacas enfrentadas, riendo, con las piernas cruzadas. En un momento el zapato de él rozó el de ella, ninguno lo apartó, y poco después se cambiaban al sofá doble.
***
Lo que pasó arriba lo sé porque Carla me lo contó al día siguiente, con esa franqueza suya que no entiende de vergüenzas. Y, lo confieso, me lo contó con todo lujo de detalles.
En el sofá, mientras hablaban, ella le apoyó la mano en el muslo y él fingió no inmutarse, aunque por dentro ardía. De golpe, sin venir a cuento, Viktor soltó:
—¿Sabes que llevo un rato muriéndome por besarte?
—Pues hazlo —respondió ella.
Él se acercó, le puso la mano en la rodilla y rozó sus labios con los suyos, primero apenas, luego en un beso profundo en el que las lenguas se buscaron. Le propuso seguir en su suite y ella solo dijo que sí. Antes de subir me escribió: «Subo a la habitación de Viktor. Si quieres, vete a casa». No me fui.
En el ascensor él le pasó el brazo por la cintura. La suite era inmensa. Carla la recorrió curioseando mientras Viktor se quitaba la chaqueta, la corbata y se abría el cuello de la camisa. Ella terminó dejándose caer de espaldas sobre la cama enorme, con los pies y los tacones colgando por el borde, mirando al techo.
Él se acercó despacio, le quitó los zapatos y le tomó los pies entre las manos. Los besó con una delicadeza que ella no esperaba: los dedos, los empeines, fue subiendo por las piernas hasta encontrar de nuevo su boca y besarla con ganas. La acariciaba por encima del vestido mientras ella le recorría los hombros y los brazos.
Viktor se incorporó para quitarse la camisa. Tenía el pecho bronceado, los músculos marcados, los brazos fuertes. Se deshizo también de los pantalones y se quedó en ropa interior, con una erección evidente apretada contra la tela. Ella, traviesa, levantó un pie y le rozó el bulto con la planta, riéndose, mientras lo miraba a los ojos. Él le atrapó el pie, lo besó y lo apartó con suavidad, abriéndole las piernas.
Se metió entre ellas y fue subiendo a besos por sus muslos hasta llegar a la ropa interior, que besó por encima de la tela. La ayudó a incorporarse para quitarle el vestido y ella quedó tendida solo con la lencería negra. Él volvió a caer sobre su boca. Le desabrochó el sujetador y descubrió unos pechos pequeños de pezones rosados, que acarició con los labios y la lengua hasta sentirlos endurecerse. Bajó besándole el vientre y, despacio, le deslizó las bragas por las piernas. Su pubis estaba depilado, suave, ardiente.
Se desnudó él también y se colocó entre sus piernas. Pasó la lengua entre sus labios, despacio, buscando el clítoris, lamiendo sin prisa mientras ella movía las caderas y le acariciaba los pezones, cada vez más excitada. Luego él se irguió de rodillas, se sujetó con la mano y frotó la punta contra el clítoris hasta que ella, que ya no aguantaba más, le pidió que la penetrara.
Entró despacio. Carla sintió cómo la abría poco a poco, cómo cada embestida la estimulaba por dentro, cómo su respiración se convertía en gemidos. Él aceleró, se tumbó sobre ella besándole la boca y los pechos, y ella le agarró la cabeza con fuerza para besarlo mientras él seguía moviéndose. Después se puso de pie junto a la cama, la atrajo por las caderas y la embistió con más ganas, con su cuerpo respondiendo a cada golpe. Ella alcanzó el orgasmo en un gemido largo.
Pero no terminó ahí. La giró boca abajo, le recorrió la espalda con la lengua siguiendo la columna y volvió a penetrarla desde atrás. Carla oía el choque de sus caderas contra ella, ambos al límite, hasta que se corrieron casi a la vez y quedaron tendidos, agotados, mirándose el uno al otro.
***
Lo que sí viví yo fue la espera abajo, en el vestíbulo, fingiendo que aquello no me afectaba. Cuando ella me llamó, ya de madrugada, lo hizo para decirme que Viktor tenía que coger un avión en un par de horas, que no esperaba que pasara nada de aquello, pero que quería volver a verla. Carla se vistió, le dio un último beso largo y bajó conmigo.
La esperaba en la entrada del hotel. Subimos al coche.
—¿Qué tal la noche? —pregunté, como si no supiera la respuesta.
—Muy bien. Muy bien —dijo, con una sonrisa que no le había visto nunca.
—Me alegro de verte feliz.
Y era verdad, aunque no del todo. Volvimos al piso, ella se metió en su cuarto y yo en el mío. Después de ducharme me quedé tumbado en la cama, pensando en la envidia que me daba Viktor y en lo guapa que estaba Carla esa noche. A la mañana siguiente desayunamos juntos, riéndonos del lujo absurdo del hotel. Luego la llevé a comer algo y la acompañé al tren. Le di un abrazo largo, dos besos, y esperé a su lado hasta que subió. Me despedí de ella con una pena que todavía no sé si era solo de amigo.