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Relatos Ardientes

El magnate tímido que la dejó sin palabras

Naima era una fotógrafa de renombre, una mujer hecha a sí misma que nunca pasaba desapercibida. Hija de madre vietnamita y padre brasileño, había heredado lo mejor de los dos: los ojos rasgados y profundos de ella, la piel canela y el pelo negro y rizado de él, y unos ojos verdes que no parecían encajar en ninguna parte y que, sin embargo, lo dominaban todo. A eso había que sumarle su metro noventa, que la hacía destacar incluso entre las modelos a las que fotografiaba.

Era una mujer de contrastes. Objeto de deseo de cualquier hombre que la cruzara por la calle, pero todavía más fascinante cuando alguien se sentaba a conversar con ella. Tenía mundo. Había vivido en Hanói hasta los cinco años y, por el trabajo de su madre, había pasado temporadas en media docena de países antes de cumplir los veinte: Canadá, Lisboa, Berlín, Estambul. Cuando por fin se asentó, estudió fotografía publicitaria y empezó a trabajar en campañas de todo tipo. Su nombre corría de boca en boca por la calidad de su trabajo y por una profesionalidad que pocos igualaban.

Pero había una grieta en aquella vida brillante. Llevaba más de seis años en una relación atrapada por la rutina. Su pareja era un buen hombre, atractivo incluso, pero se había acomodado de tal forma que ya no quedaba nada de lo que un día los unió.

Vivían como dos compañeros de piso que compartían la cuenta del alquiler. No se buscaban por las noches, no había chispa, no había juegos ni esa tensión que antes los hacía perder la cabeza. Naima había dejado de verlo como pareja. Lo quería, sí, pero del mismo modo en que se quiere a un viejo amigo.

Todo empezó a cambiar unos meses antes, cuando apareció Ethan Wright.

Ethan era un excéntrico empresario neozelandés, dueño de una poderosa inmobiliaria, que la contrató para un proyecto ambicioso: un catálogo de lujo con las mansiones más exclusivas de su cartera. Había oído hablar de ella, de lo buena que era, y se obsesionó con la idea de que fuera precisamente Naima quien firmara la campaña que pusiera su negocio en el mapa.

No le resultó fácil contratar a alguien tan solicitado y con una agenda tan apretada. Pero Ethan era insistente, y la oferta que terminó poniendo sobre la mesa fue tan desproporcionada que no había forma humana de rechazarla.

Naima aceptó y se trasladó a Auckland. Aquel viaje fue, en el fondo, la excusa perfecta para cerrar de una vez por todas una relación que hacía tiempo que estaba muerta. Hizo las maletas sin remordimientos y sin mirar demasiado atrás.

La primera vez que Ethan la vio en persona, se quedó prendado. Era inevitable. Pero no fue solo el físico: era una mujer culta, preparada, con una conversación que enganchaba y unas ideas para la campaña tan distintas y arriesgadas que lo dejaron sin argumentos.

A Naima, en cambio, Ethan le pareció insufrible. Otro hombre con dinero que la miraba sin el menor pudor, convencido de que su chequera le daba derecho a todo.

La actitud extraña de él multiplicaba los silencios incómodos, sobre todo cuando ella exponía sus propuestas. Una y otra vez, Ethan parecía prestar más atención a su cuerpo que a sus ideas, y eso la sacaba de quicio.

La planificación de la campaña se alargó varias semanas. Reuniones interminables, bocetos descartados, discusiones sobre luz, encuadres y localizaciones. Cuando por fin terminó el trabajo y Naima recogía sus cosas para marcharse de la oficina, Ethan la acompañó hasta el ascensor. Y allí, de pronto, pasó algo que ella no esperaba.

El hombre que en las reuniones se comportaba como el típico millonario sobrado de personalidad, agresivo y arrollador en los negocios, se armó de valor con la torpeza de un adolescente y le pidió una cita.

A Naima la desconcertó por completo aquella timidez repentina. Ese hombre inseguro, que apenas conseguía sostenerle la mirada, no tenía nada que ver con el tiburón de los despachos.

Quizás Ethan no es el imbécil que aparenta ser, pensó.

Y esa duda, esa pequeña curiosidad, bastó para que aceptara.

***

Salieron varios días a comer y a cenar. En cada cita, Ethan se mostraba como un caballero: educado, generoso, atento a cada detalle. Día tras día, Naima se fue dejando seducir más por su forma de ser que por su dinero, aunque él se empeñara en llevarla a sitios cada vez más caros y deslumbrantes, como si así pudiera tapar una inseguridad que no lograba disimular. Luego, fiel a su papel, la dejaba en la puerta del hotel y volvía solo a su casa.

Hasta que una noche, después de dejarla como siempre y cuando ya se daba media vuelta para marcharse, fue ella quien rompió el guion.

—¿Por qué no subes a mi habitación y tomamos algo más tranquilos? —dijo Naima.

—No sé… no quiero incomodarte —respondió él, tartamudeando casi.

—Insisto.

Y mientras pronunciaba esa última palabra, entró en el vestíbulo del hotel sin esperar respuesta. Ethan la siguió. Subieron juntos en el ascensor y él se veía claramente nervioso, mirando el suelo, las paredes, cualquier cosa menos a ella. Naima lo observaba de reojo y sonreía para sus adentros.

Abrió la puerta de la habitación y entró.

—Por favor, cierra la puerta —pidió.

Ethan la cerró tras de sí y se quedó embobado, sin saber qué hacer con las manos. Naima caminaba por la habitación con una calma deliberada. Se quitó los zapatos casi sin mirar. Después se soltó los tirantes del vestido por los hombros y la tela resbaló acariciándole el cuerpo hasta caer a sus pies. Siguió andando descalza hacia la cama, se tumbó y, con un tono burlón, lo desafió.

—Puedes servirte algo de beber o venirte a la cama.

Ethan se acercó tímidamente hasta el borde del colchón.

—Si vienes a la cama, te sobra ropa —añadió ella.

Él obedeció en silencio. Se quitó los zapatos, luego la americana y la corbata. Naima lo miraba con interés, sin perderse un solo movimiento. Se desabrochó la camisa y dejó al descubierto un pecho fuerte, marcado, como esculpido en mármol. Continuó con los pantalones, revelando unas piernas firmes y musculadas, y por fin se subió a la cama junto a ella.

Ahora era Naima quien lo recorría con la mirada. Reparó enseguida en el bulto generoso que tensaba la tela oscura de su ropa interior. Se veía claramente el contorno de una polla gruesa, todavía dormida a medias, marcada bajo el algodón como si estuviera pidiendo salir. Escudriñó cada centímetro de aquel cuerpo y, cuanto más miraba, más se le hacía la boca agua.

—¿Te importa si me pongo cómoda? —preguntó con voz suave.

—Ponte donde quieras, es tu habitación —contestó él, con la garganta seca.

Con una sonrisa pícara, Naima se desabrochó el sujetador y lo dejó caer a un lado. Sus tetas quedaron a la vista, grandes y redondas, coronadas por unas aureolas color café y unos pezones pequeños que ya empezaban a endurecerse. Se los pellizcó ella misma, despacio, para que él viera cómo se ponían duros y turgentes bajo sus propios dedos.

—Ahora sí estoy más cómoda —murmuró.

Ethan tragó saliva. Sintió un calor creciente que le subía desde el pecho y le ardía en la cara, y notó cómo la polla se le hinchaba de golpe dentro del calzoncillo, tirando de la tela hasta deformarla del todo.

Naima se fijó en cómo el bulto empezaba a crecer hacia un lado, tensándolo todavía más, dibujando la forma clara de un glande grueso apretado contra el algodón. Y eso que ya me parecía grande antes…, pensó, relamiéndose sin disimulo. Vio que Ethan seguía sin atreverse a dar el primer paso, prisionero de esa timidez suya, así que decidió tomar el mando.

Lo empujó con suavidad hasta tumbarlo de espaldas y se montó sobre él, a horcajadas, dejando que el calor húmedo de su coño quedara justo sobre el bulto duro de su calzoncillo. Acercó sus labios a los de él sin llegar a tocarlos, lo justo para que él sintiera su respiración tibia rozándole la boca. Ethan no aguantó más y recorrió esa última distancia para besarla. Los labios se encontraron, las lenguas se buscaron en una danza lenta y húmeda, y por primera vez en toda la noche él dejó de temblar.

Mientras se besaban, Naima notaba sus propias tetas aplastadas contra aquel torso duro, los pezones ardiendo de fricción. Movía las caderas despacio, restregando su coño empapado contra la verga dura que se marcaba bajo la tela, sintiéndola latir entre sus muslos. Ethan le acariciaba la espalda, bajaba con las manos hasta tropezar con el fino hilo de su tanga, y siguió más allá, colando los dedos por debajo hasta agarrarle las nalgas y apretárselas con hambre, separándolas apenas lo justo para que ella sintiera el aire fresco entre las cachas.

—Estoy empapada —le susurró ella al oído—. ¿Lo notas?

Ethan gimió por respuesta, incapaz de hablar. Uno de sus dedos resbaló por la raja del culo de Naima, siguió bajando y encontró la tela del tanga completamente calada, pegada a los labios hinchados de su coño. Ella se estremeció.

Naima separó la cara y lo miró a los ojos con un deseo que ya no se molestaba en disimular. A él, esos ojos rasgados y verdes lo volvían completamente loco.

—Creo que es hora de dejar la timidez —susurró ella.

Se giró sobre él hasta quedar en sentido contrario, en un sesenta y nueve perfecto, sentándose con cuidado de modo que cada uno tuviera al otro justo frente a la boca. Naima le arrancó el calzoncillo de un tirón decidido y la polla de Ethan saltó libre, dura como una piedra, gruesa, la vena principal marcada de arriba abajo y el glande brillante ya perlado con una gota espesa de precorrida. Se le escapó un gemido ronco de sorpresa: era más grande de lo que había imaginado, tanto de largo como de ancho.

La agarró con la mano, apenas pudo cerrarla del todo, y le dio un lametón lento desde la base hasta la punta, recogiendo la gota de líquido con la lengua. Sabía salada, densa, a hombre. Volvió a bajar, esta vez chupándole los cojones uno a uno, metiéndoselos en la boca con calma, escuchándolo jadear. Después regresó al glande, lo besó con los labios pegados y, sin más preámbulo, se lo tragó entero, dejando que la polla se hundiera hasta el fondo de su garganta.

—Joder… joder, Naima —gimió Ethan, agarrándose a las sábanas.

Ella empezó a mamársela con un ritmo lento y sucio, dejando que el hilo de saliva se le escurriera por la comisura y le cayera sobre los huevos. Subía y bajaba usando toda la boca, apretando los labios en el glande cada vez que llegaba arriba, chupando fuerte hasta que se oía el sonido húmedo del vacío. Después se la sacaba entera, le daba lametones en toda la longitud, la escupía, la volvía a engullir. Le encantaba oírlo gemir cada vez que le tocaba el fondo con la garganta.

Ethan, lejos de quedarse quieto, apartó de un tirón el tanga empapado que todavía cubría a Naima y se encontró de frente con su coño abierto, brillante, los labios menores hinchados y separados, el clítoris duro asomando entre ellos. Sacó la lengua y empezó a devolverle cada caricia. La lamió de abajo hacia arriba, larga y lenta, saboreándola entera, hundiendo la nariz entre las nalgas y volviendo a subir hasta el clítoris. Ahí se quedó, chupándoselo con los labios, dibujando círculos con la punta de la lengua, y le clavó dos dedos dentro del coño con un movimiento firme.

Ella sintió el placer extenderse en oleadas, movía las caderas casi sin darse cuenta, restregándole la cara con el coño, y su respiración se volvía cada vez más profunda y entrecortada, sin dejar de comerle la polla. Los dedos de Ethan entraban y salían haciendo un sonido obsceno, chapoteando en lo empapada que estaba, mientras su lengua no dejaba de trabajarle el clítoris.

—Ay, sí… así, cómemelo, no pares… —gimió Naima, con la boca todavía llena de polla, hablándole entre chupadas.

No aguantó mucho más. Estaba demasiado excitada, demasiado encendida, tenía el coño ardiendo y necesitaba tenerla dentro ya. Se incorporó, se giró y se sentó sobre él a horcajadas. Con una mano le agarró la verga, se la puso derecha, y con la otra abrió los labios de su coño para colocarse bien. Fue bajando despacio, notando cómo aquella polla enorme la iba abriendo centímetro a centímetro, hasta que la tuvo entera dentro y soltó un gemido ronco que se le escapó sin permiso.

—Joder, qué grande la tienes… —jadeó, mordiéndose el labio.

Empezó a moverse con un ritmo propio, marcando ella las reglas. Subía casi hasta la punta y volvía a caer con fuerza, empalándose de un solo golpe. Después cambió a un movimiento circular, restregando el clítoris contra la base de la polla mientras giraba las caderas. Ethan, superado por completo, solo podía sostenerle las caderas y mirarla, hipnotizado por el vaivén de aquellas tetas enormes que le rebotaban delante de la cara. Se incorporó un poco y le atrapó un pezón con la boca, chupándolo fuerte, mordisqueándolo, mientras ella seguía cabalgándolo. —Sí, chupámelas, muérdemelas… —le pidió, agarrándolo del pelo y apretándole la cara contra sus tetas.

Naima aceleró, el coño le hacía un ruido húmedo cada vez que caía sobre él, y notaba la polla de Ethan hinchándose todavía más dentro de ella, palpitando. Cuando sintió que él estaba a punto de perder el control, se detuvo de golpe, se lo sacó y se dejó caer a su lado, jadeando, con el pelo pegado a la frente por el sudor.

—Ahora fóllame tú —le pidió, abriendo las piernas de par en par—. Fuerte.

Ethan se colocó de rodillas entre sus piernas, que ella ya le ofrecía abiertas y ansiosas, con el coño brillante de todo lo mojado que estaba. Se agarró la polla, se la pasó un par de veces por los labios del coño, restregándole el glande sobre el clítoris para hacerla gemir, y entonces la clavó de una embestida hasta el fondo. Naima arqueó la espalda y soltó un grito.

Empezó a moverse acompasado, ganando confianza con cada embestida. Poco a poco aceleró, y veía botar las tetas de Naima con cada uno de sus golpes, mientras ella se agarraba a las sábanas y se mordía el labio para no gritar demasiado. Le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las levantó, doblándola en dos, y empezó a follársela más profundo, más rápido, notando cómo el coño se le cerraba caliente y apretado alrededor de la polla.

—Sí, así, fuerte… haz que me corra para ti —jadeó ella—. Rompeme el coño, no pares…

Aquellas palabras encendieron a Ethan más que nada en toda la noche. La sacó, la hizo girarse y ponerse a cuatro patas, y se quedó un segundo mirándole el culo levantado, el coño hinchado y goteando entre las piernas. Le dio una nalgada seca que le dejó la marca roja sobre la piel canela y ella soltó un gemido de placer. La agarró de las caderas con las dos manos y la penetró de golpe, hasta los huevos, arrancándole otro grito.

La embistió con una fuerza que a Naima la hacía enloquecer. Se oía el choque de la pelvis contra sus nalgas, un sonido seco y repetido que llenaba la habitación, y los gemidos de los dos por encima. Ethan le agarró un puñado de pelo negro y rizado y tiró de él, haciéndole levantar la cara, sin dejar de follársela por detrás.

—Así… así, no pares, más fuerte… —suplicaba ella, echando el culo hacia atrás para recibirlo mejor.

Naima notó cómo el orgasmo le subía de golpe, imparable, desde el fondo del coño hasta cada centímetro de su piel. Se corrió con un gemido largo y ronco, empapando la polla de Ethan, apretándolo por dentro con espasmos que él sintió perfectamente. Aquello lo remató. Dio tres o cuatro embestidas brutales más y también se corrió, descargando entre gruñidos, vaciándose entero dentro de ella, con el semen caliente llenándole el coño hasta desbordarlo.

Se quedaron unos segundos así, encajados, jadeando, hasta que ella se dejó caer boca abajo sobre el colchón y él se derrumbó a un lado. Naima se giró y lo abrazó, todavía recuperando el aliento, sintiendo el hilo espeso de corrida escurriéndosele por el muslo. Se rio bajito, contra su cuello.

***

Aquella noche, sin grandes promesas ni declaraciones, los dos decidieron darse una oportunidad. Una relación con una única condición tácita, la que a ella le había faltado durante seis años: seguir juntos solo mientras mantuvieran la llama encendida.

Y, por una vez, Naima estaba segura de que iban a conseguirlo.

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Comentarios(9)

Roxana_lec

Que buenisimo, me engancho desde el principio y no pude parar de leer!!

NocturnoMar

Por favor que haya una segunda parte, no puede terminar asi. Quede con muchisimas ganas de mas.

SusanaPlata

Me encanto como lo contaste, se siente tan real. Esa mezcla de odio y atraccion al principio es lo mejor del relato.

ElRonco_09

jajaja el titulo lo dice todo... magnate timido, quien lo hubiera dicho

Fernanda_sur

Me recordo a algo que me paso hace unos años con un compañero de trabajo. Uno nunca sabe lo que esconde la gente detras de esa fachada seria. Muy bueno el relato!

MiriamVdB

excelente!! Sigue escribiendo por favor

ClaraVidal_07

Que bien escrito, se nota que lo vivis mientras lo contás. No es fácil transmitir esa tension sin que se vuelva forzado, y acá fluye solo. Espero ansiosa lo que sigue!

Dante_BA

Muy bueno, se hizo corto. Una pregunta: esto es real o es ficcion? porque se siente muy autentico

Marcos_Oeste

5 estrellas sin dudarlo

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