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Relatos Ardientes

Mi rutina secreta en la ducha de las mañanas lentas

Masturbarme era parte de mi día, casi tan necesario como desayunar. Desde que me mudé sola a aquel departamento pequeño cerca de la facultad, el placer dejó de ser algo que escondía y se convirtió en una costumbre tan natural como cepillarme los dientes. Lo hacía cada noche, sin falta. Y cuando la mañana me regalaba tiempo libre, también me daba ese gusto bajo el agua.

Vivir sola me cambió por completo. En casa de mis padres el placer había sido siempre un acto a escondidas, con la puerta trabada y el oído atento al pasillo. Mudarme a ese cuarto piso con vista a un patio interior fue como quitarme una mordaza. Por primera vez podía gemir sin tapar la boca contra la almohada, caminar desnuda de la cama al baño, tomarme todo el tiempo del mundo sin que nadie golpeara la puerta preguntando si me faltaba mucho.

Tenía, en la repisa junto al champú, un dildo morado de silicona suave que guardaba como un pequeño secreto. Era mi cómplice de los días en que nadie me acompañaba. Porque sí, invitaba amantes los fines de semana —chicos de la facultad, alguno mayor que conocía en algún bar—, pero mi verdadera adicción no dependía de nadie. El deseo era mío y no estaba dispuesta a condicionarlo a tener compañía. Los hombres iban y venían; el placer se quedaba conmigo.

Les voy a contar de una vez en particular, una mañana en la que las cosas, por una vez, no salieron como siempre.

Aquel jueves tuve la suerte de no tener clases. Y de verdad, amaba esas mañanas lentas: sin alarma, sin prisa, solo yo y el silencio del departamento. Lo primero que hacía al despertar era meterme a la ducha, y ese día empecé con mi ritual de siempre.

Me lavé el cabello con calma, dejando que el agua tibia me corriera por la nuca. Después me puse una mascarilla para mantenerlo suave y me lo recogí en una coleta apretada. En aquel entonces tenía el pelo negro y muy largo, y no soportaba que se me metiera en la cara cuando me concentraba en mis juegos. Una vez recogido, bajé un poco la temperatura del agua: lo justo para que se sintiera fría sobre mis pezones, sin llegar a congelarme.

Las gotas también eran parte de mi rutina. No es que las usara como adorno; las sentía como un par de manos extra. Empecé acariciándome el torso despacio, dejando que el agua me recorriera. Luego subí las manos hasta los senos, los rodeé y jugué con mis pezones, abriéndolos al chorro para que el agua los golpeara por partes.

Bajé la mano derecha directo a separar los labios. Recorrí con los dedos la piel lisa y depilada antes de abrirlos para sentir el agua corriendo entre ellos. Es una sensación muy suave, casi imperceptible, y precisamente por eso me obligaba a concentrarme, a registrar hasta el último cosquilleo. Siempre fui demasiado caliente, y en aquella época creo que aún más. Me era facilísimo llegar al orgasmo, y podía pasarme horas así, feliz de venirme cinco o seis veces sin levantarme del azulejo.

Para ese momento ya estaba lo suficientemente excitada como para que el clítoris me exigiera atención. Empecé a juguetear con él, alternando movimientos lentos y rápidos, bajando de vez en cuando los dedos para comprobar qué tan mojada estaba. Cuando sentí esa lubricación espesa y resbaladiza entre los dedos, supe que estaba lista.

Tomé el dildo de la repisa, lo mojé bajo el agua y me lo llevé un rato a la boca. Mamar siempre me ponía a mil. Chupar, lamer, sentir algo entre los labios bastaba para que mi sexo empezara a reclamar lo mismo. Juro que sentía la vagina latiendo al compás de mi boca, hambrienta, deseando sentirse llena.

Lo lamí despacio, mirándolo, jugando a imaginar que era de verdad. Pensaba en el último amante que había tenido ahí, en cómo me había puesto contra esa misma pared el sábado anterior. Pensaba en cosas que nunca le había contado a nadie, escenas que solo existían en mi cabeza. Y mientras tanto, el agua seguía cayéndome por la espalda, calentándome la piel, marcándome el ritmo.

Me lo metí de una vez. Se deslizó sin ninguna resistencia, y entonces empecé mi juego favorito: alternar segundos de meterlo y sacarlo con vueltas al clítoris. ¿Y la mano izquierda, se preguntarán? Con ella me apretaba una nalga, la separaba y me acariciaba la entrada de atrás con la punta de los dedos. La excitación me tensaba todo el cuerpo, y mantenerme abierta de esa manera me ponía todavía más caliente.

Apenas me metí la punta de un dedo ahí atrás, la cadera se me fue sola. Siempre me volvió loca que me tocaran el culo, y repasar todas las cosas que me encendían era como hojear un álbum de mis fantasías y mis recuerdos. Llegó el momento en que la vagina me pidió toda la atención, así que me recargué en la pared para poder meterme el dildo con más fuerza y más velocidad.

Tuve que abrir las piernas y doblar un poco las rodillas. No me sentía glamorosa ni sexy en absoluto; me sentía como un animal, pura lujuria sin adorno, una perra en celo que necesitaba satisfacerse a como diera lugar. Con la mano izquierda me apretaba las tetas mientras con la derecha me daba tan duro que la muñeca empezó a temblarme, al borde del calambre.

Sí, así, no pares.

Gemí mi primer orgasmo sin ninguna vergüenza, largo y abierto, con las piernas temblando bajo el agua y la frente apoyada en los azulejos fríos. Durante unos segundos no existió nada más: ni la facultad, ni los pendientes, ni el mundo entero esperando del otro lado de la puerta. Solo yo, el agua y ese latido entre las piernas que tardaba en calmarse. Había sido delicioso, pero, como siempre, yo quería más. Volví a acariciarme el clítoris con suavidad para no molestarme, dejé el dildo dentro de mí y empecé otro juego: un dedo entrando despacio por atrás mientras la derecha me frotaba cada vez más rápido.

—Soy una puta —susurré, repitiéndomelo como un mantra, sabiendo que nadie me oía.

Todo el cuerpo me exigía más, y la recompensa llegó: un segundo orgasmo que me hizo retorcerme y echar la cabeza hacia atrás. Abrí los ojos mirando hacia arriba, todavía sacudiéndome, y entonces lo vi.

Por la ventila del baño, justo encima de mí, aparecieron las suelas de un par de botas.

Había un hombre descolgándose desde el techo.

El corazón se me detuvo y se me disparó al mismo tiempo. De golpe recordé lo que había olvidado por completo: ese día habían avisado que iban a reparar la fachada del edificio. Cerré las llaves de la ducha con torpeza, las manos resbalándome, y aún con el dildo dentro alcancé la toalla de un manotazo. Salí del baño a tropezones, medio enredada, con el agua chorreándome por las piernas y la cara ardiendo.

Me quedé un buen rato sentada en el borde de la cama, envuelta en la toalla, con el agua todavía cayendo del otro lado de la pared y el corazón golpeándome las costillas. Recién entonces saqué el dildo y lo dejé sobre la mesa de noche, como si de pronto me diera vergüenza tenerlo dentro. Afuera se oía el roce de las cuerdas y los pasos del hombre sobre el andamio, ajeno a todo, silbando una canción.

No supe cómo me había visto, ni si llegó a verme. No supe si alcanzó a mirar lo que hacía, si me vio venirme contra los azulejos, o si me escuchó gimiendo y diciéndome puta a mí misma. Esa duda me persiguió durante semanas. A veces me daba un escalofrío de pura vergüenza; otras, lo confieso, me encendía pensar que un desconocido me había visto en el momento más íntimo y descarado de mi mañana. Más de una noche terminé tocándome justo con esa imagen: las botas apareciendo en la ventila, los ojos de un extraño que jamás vería de frente.

¿Pero cómo?, me dirán. ¿No que te encanta el sexo? ¿Por qué no lo invitaste a pasar y ya? Pues no. Primero, porque no me gusta la gente que llega sin avisar. Y segundo, porque ese hombre me robó algo que era solo mío: la oportunidad de seguir, de venirme una tercera y una cuarta vez esa mañana, a mi ritmo, en mi territorio.

Desde entonces dejé de masturbarme en la ducha. Al menos en la de mi casa.

Porque, lo admito, más de una vez me he encerrado en las regaderas del gimnasio a hacer exactamente lo mismo, con el corazón en la garganta y el oído atento a cualquier paso del otro lado de la cortina. Tal vez sea eso lo que esa mañana sembró en mí: la idea de que el peligro de que alguien aparezca, de que un desconocido me sorprenda a medio gemido, es justo lo que más me prende. Aquel hombre nunca supo lo que provocó. Pero eso, esa otra confesión, se las contaré en otra ocasión.

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Comentarios (5)

CeciliaLec

Me encanto!!! la tension que se arma al final es increible, no me lo esperaba para nada. Tremendo relato

Santi_BA

jajaja las botas me mataron, ahi estaba yo tranquilo leyendo y de repente eso... genial

LoboSolitario44

y despues que paso con las botas??? eso no puede quedar asi, necesito la continuacion!!

FranBsAs

excelente, me engancho desde el primer parrafo y no pude soltar el celular hasta el final

Gustavo_R

Muy bien narrado, se siente real. Esas mañanas libres son un peligro jeje. Sigue escribiendo!

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