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Relatos Ardientes

Lo que pasó en los baños de la facultad

Esta vez voy a contar algo corto, lo que me pasó el jueves de la semana pasada. Hacía como siete días que venía hablando de forma bastante subida de tono con una mujer que decía vivir en Castellón. Al principio entendí que estaba en Zaragoza, pero de a poco me fue corrigiendo: en realidad andaba por la costa y pronto bajaría a Valencia, porque había quedado con unos amigos.

Mientras tanto yo seguía con mi vida de siempre. Jugaba al pádel por las mañanas, entrenaba en el gimnasio, trabajaba como un animal frente a la pantalla y, los fines de semana, me escapaba a la playa. Los domingos eran sagrados. Me recorría toda la orilla de punta a punta mirando los mejores pechos de la ciudad, alguna que otra mujer en la zona nudista, y sobre todo hablando con desconocidas. Eso es lo que más me gusta en el mundo: acercarme a una mujer que no conozco y ver qué pasa.

El problema era que no estaba conociendo a nadie que de verdad me moviera algo. Casi todas tenían pareja, o directamente dejaban de responder los mensajes. No me lo tomaba a mal, son las reglas del juego. Por eso decidí insistir con la chica de Castellón, a ver cuándo terminaba de aparecer por Valencia. La idea me entretenía, aunque nada se comparaba con animarse en plena playa a pedirle el número a una desconocida espectacular con la toalla todavía a medio doblar.

Un día entre semana me escribió que ya estaba en la ciudad. Había venido con la familia a visitar el estadio, a hacer el tour del Mestalla y todas esas cosas. Le respondí que yo vivía prácticamente enfrente y le pregunté si podía darse una escapada de cinco minutos.

—Te la devuelvo enseguida a la familia —le escribí—. Cinco minutos y listo.

Me dijo que esta vez no, que era imposible, pero que al día siguiente volvía a Valencia ella sola para juntarse con unos amigos. Acepté sin hacer drama y seguí trabajando.

***

La cité a las diez y media de la mañana. Por algún motivo logístico que nunca terminé de entender, empezó a demorarse muchísimo. La cosa me estresó bastante, porque tenía reuniones y estaba perdiendo horas valiosas frente a la pantalla. La demora también cambió el lugar del encuentro: ya no en mi piso, sino en un parque del centro que, si alguien leyó mis otros relatos, sabrá perfectamente cuál es.

Hice el teletrabajo mientras las horas pasaban y el plan, que tenía que cerrarse a media mañana, terminó concretándose a las dos de la tarde. Me escribió que recién estaba saliendo del metro, en la estación que habíamos acordado. Cerré el portátil, bajé y fui a buscarla.

De camino iba mirando los rincones con una atención rara, casi profesional. Buscaba cámaras. Por desgracia había unas cuantas en esa zona, así que descarté de entrada cualquier idea de levantarle el vestido azul con el que vino apenas la viera.

Nos encontramos y nos saludamos con normalidad, dos besos y poco más. La verdad es que no era una mujer que me volviera loco. Pero un hombre joven necesita estar con mujeres, y creo que eso es algo difícil de explicarle a quien no lo vive. Con decir que una vez una sexóloga me recomendó que me masturbara más seguido para descargar tensiones, por no tener novia. ¿Qué tiene de bueno la masturbación, en serio? Lo que yo necesitaba era volver a tocar a alguien de carne y hueso, sentir una piel ajena bajo las manos.

Así que, al ver que el encuentro no me entusiasmaba demasiado, decidí ponerme creativo. Si no iba a haber química, por lo menos iba a haber una buena historia.

***

Caminando hacia la salida del metro le pellizqué los pechos tres veces, ahí mismo, en plena estación. Ella se hizo la tímida y solo sonrió, sin apartarme la mano. Eso me gustó. Yo quería llevarla hasta el parque para contarle con calma lo que se me había ocurrido, pero al llegar estaba cerrado por mantenimiento. Nos sentamos en un banco cualquiera a tomar una cerveza tibia mientras buscaba la manera de explicarle el plan.

—¿Conoces la facultad grande que está a dos calles? —le pregunté.

Negó con la cabeza, curiosa.

Le expliqué que ese edificio enorme tenía dos entradas. Ella iba a entrar por la del sur y yo por la del este, cada uno por su lado. Tenía que subir las escaleras, cruzar el vestíbulo y caminar por el pasillo principal hasta encontrar los baños. Le dije, medio en broma, que llevaba semanas «estudiando» el lugar y sabía que a esa hora, en plenas vacaciones de verano, no había ni cámaras ni gente. Estaba todo muerto.

Se rió, le brillaron los ojos y dijo que sí. Nos levantamos, empezamos a caminar juntos y, a una cuadra del edificio, nos separamos sin decir nada. La vi alejarse de lejos hacia el sur, con el vestido azul moviéndose con cada paso, y yo seguí hacia la entrada del este.

Subí, crucé el vestíbulo y llegué al pasillo principal. El eco de mis pasos rebotaba contra las paredes de piedra; no había absolutamente nadie. Supuse que, como ella no conocía el lugar, tardaría un poco más en llegar. Pero pasaron los minutos y no aparecía. Entonces caí: se había equivocado de baño.

Caminé rápido hacia el otro extremo del edificio. Bajé media escalera y ahí estaba, frente al espejo del lavabo de mujeres, retocándose el pelo, sin saber que yo ya la había encontrado. Eché un vistazo al baño de hombres para asegurarme de que no venía nadie y crucé en silencio hacia la puerta de las chicas.

***

Me acerqué por detrás sin que me oyera. La sujeté de los hombros y la incliné apenas hacia adelante, con firmeza, mientras ella soltaba un gemido de sorpresa contra el espejo. Empecé a golpearle las nalgas con la pelvis, con la ropa todavía puesta, duro, una y otra vez. Estaba cumpliendo una fantasía vieja, de hace años. No era con la compañía ideal, eso lo tenía clarísimo, pero prefería eso mil veces a quedarme con las ganas.

Le subí el vestido para mirarle bien el culo mientras la apretaba contra el lavabo. El reflejo nos devolvía la imagen de los dos en ese baño vacío. Era pleno horario de comida: cualquier empleado de la facultad podía aparecer en cualquier momento y encontrársela así, inclinada y con el vestido por la cintura. La idea me ponía a mil. Pero por las dudas la llevé hasta uno de los cubículos del fondo.

Nos metimos y descubrimos que la puerta no tenía pestillo. No cerraba. Nos miramos un segundo y empezamos a besarnos con la puerta entreabierta, sabiendo que cualquier mujer que entrara al baño nos iba a ver y a escuchar todo. Lejos de incomodarme, eso era justo lo que buscaba. Que apareciera alguien. Una profesora, una investigadora, una limpiadora, cualquiera. Solo de pensarlo se me endurecía más.

Me abrió el pantalón con las dos manos, me bajó el bóxer y me liberó. Al mismo tiempo yo le bajaba el vestido de los hombros y le sacaba los pechos. Se agachó frente a mí, en ese cubículo a medio cerrar, y se metió mi miembro en la boca. Chupaba con ganas, despacio y después rápido, mientras yo no le quitaba el ojo a la puerta esperando que se abriera de un momento a otro.

—Sigue así —le pedí en voz baja, con una mano en su nuca.

***

Al rato la levanté, me senté yo en la tapa del inodoro y la di vuelta. Le corrí la tanga hacia un lado y dejé su sexo al aire, mojado por el calor y por todo lo que estaba pasando. La acaricié, le metí los dedos despacio, sintiendo lo encendida que estaba. Estaba perfectamente depilada, así que bajé la cabeza y le pasé la lengua mientras le pedía que volviera a inclinarse hacia mí.

Se acomodó otra vez sobre mí y siguió. Por momentos yo levantaba la vista hacia la rendija de la puerta, fantaseando con que la investigadora de mis sueños entraría y nos descubriría en plena escena. Por momentos me dejaba llevar y me concentraba en cómo se movía su cabeza, en lo bien que lo hacía. La tenía durísima.

—¿Quieres más? —le pregunté.

—Sí —murmuró, y enseguida miró alrededor del cubículo con un poco de miedo—. ¿Pero aquí?

No quería hacerlo del todo en ese lugar, y yo tampoco la iba a forzar a nada. Eso lo tengo siempre clarísimo. Antes de subirme el pantalón, le pasé el miembro por todo el sexo, de arriba abajo, una y otra vez, para que sintiera bien lo que se estaba perdiendo, lo que le hubiera metido si hubiéramos seguido. La sentí estremecerse.

***

Salí yo primero del baño, después ella, con un par de minutos de diferencia para no levantar sospechas. Nos reencontramos afuera, en las escaleras de piedra de la facultad, los dos con cara de no haber roto nunca un plato, y caminamos hacia mi piso.

El resto, la verdad, me parece sexo de lo más normal y nada del otro mundo, así que pueden imaginárselo solos. La chica volvió a Castellón al día siguiente y yo me quedé bastante insatisfecho, con esa sensación rara de haber cumplido media fantasía. Por eso voy a seguir haciendo lo de siempre: acercarme a desconocidas, sobre todo en la playa, a ver cuándo aparece por fin alguna que valga la pena de verdad.

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Comentarios(8)

Marco_75

Increible relato!!! me dejo sin palabras. Bravo

Romina_GBA

Me recordo a algo que me paso en la facu hace años, ese suspenso de esperar si llega o no ya es una tortura propia jaja. Muy bien narrado!

DiegoMR7

Por favor segui con esto, se hizo demasiado corto. Quiero saber como termino todo jajaja

CristinaLectora

Me encanto como construiste la tension desde el principio. Se nota que sabes escribir, sigue así!

profe_noc

tremendo!!! esto si que es una confesion de las buenas

Joaquin_MDP

Y ella sabia adonde iba? o fue todo de improviso? necesito saber mas detalles jaja

BiancaL

Dos horas de espera y ya con todo planeado... eso si que es paciencia jaja. Muy bueno!

ElCronista_77

Los baños de la facu siempre con esa adrenalina que no tiene nombre. Muy vivido el relato, sin exagerar ni nada forzado. Espero el proximo sin falta!

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