Veinte años congelado y ella me esperaba despierta
Grabá esto, Mneme. Cifralo en cuántico militar y guardalo donde solo yo pueda encontrarlo. Quiero dejar constancia de la noche en que un hombre con veinte años de sueño en los huesos se dejó arrastrar como un perro detrás de una sonrisa. No es una historia heroica. Es una confesión.
Me llamo Darién. Fui capitán de carga en la ruta del borde exterior, de esas que se hacen una sola vez y sin regreso. Entre la hibernación y la velocidad de la nave, mientras yo cumplía treinta y pocos años de vida real, en la galaxia pasaban siglos. No tenía mujer, ni casa, ni nadie esperándome en ningún puerto. Tenía la bodega llena, el bolsillo lleno y un cuerpo que llevaba dos décadas sin que lo tocara nadie.
La última escala fue Erebo-9, un astillero minero del tamaño de una ciudad, colgado en órbita sobre un planeta que te mataba si te fallaba el traje. Apenas atraqué, busqué al único contacto que me quedaba vivo en ese rincón: Teobaldo, un viejo colega de gremio que había colgado los motores hacía años para quedarse en tierra firme.
—No jodas, ¿seguís vivo? —me dijo por el canal, con la cara de alguien que ya peinaba canas—. Si llegaste hasta acá, te merecés lo mejor que este agujero pueda ofrecerte. Te espero en el Cáliz Rojo, sector seis, nivel menos nueve.
***
El Cáliz Rojo era un antro. Música que partía el cráneo, luces que te dejaban ciego a intervalos, un piso pegajoso y un olor a desinfectante barato encima de algo peor. Todo el personal era femenino, ligero de ropa, con un implante en la base de la espalda que imitaba una cola y se movía sola. Yo solo quería irme. Teobaldo me leyó la cara y me llevó arriba, a un reservado con aislamiento acústico donde por fin pude oír mis propios pensamientos.
Hablamos de los viejos tiempos, de las borracheras en Sirio, de los que se habían quedado en el camino. Él me contó de su mujer, de su hija, de la vida que se había armado mientras yo dormía. Sentí envidia, una envidia fea, y se lo disimulé con una sonrisa. Después me habló de la guerra que se venía entre corporaciones, de que ese astillero era un bocado demasiado apetecible para que nadie lo dejara en paz. Pero eso —ahora lo sé— era humo. Lo importante estaba a punto de entrar por la puerta.
***
Entró una camarera distinta a todas las de abajo. Sin tatuajes, sin piercings, sin esa dureza gastada de las otras. Solo aquella cola artificial meneándose como la de un cachorro contento. Era guapa de un modo que no encajaba en un sitio como ese, y eso debió haberme dado mala espina. No me la dio. Me la quedé mirando como un idiota.
Cruzó una mirada rápida con Teobaldo. Él asintió, apenas, un gesto mínimo que mi cerebro registró y descartó. Después ella giró hacia mí y se le encendió la cara entera. Se sentó en mi regazo sin pedir permiso, con unos ojos de un rosa imposible, seguramente lentes. Al acomodarse, dejó caer el peso de su culo justo encima de mi bragueta, y la cola artificial me subió culebreando por la nuca. Sentí el calor de sus muslos a través de la tela, la presión suave del pubis restregándose apenas, con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces.
—Vaya, carne fresca —dijo, deslizando un dedo por mi pecho—. A ti no te conozco, guapo. ¿Y estos músculos? Teobaldo, no sabía que tenías amigos tan monos.
—Se llama Darién, es capitán. Acaba de atracar —respondió él, y soltó una risa cómplice que tampoco supe leer—. ¿De esta tienes alguna queja?
—Ninguna —dije—. ¿Cómo te llamas, preciosa?
—Aquí no damos nombres reales. Pero el de trabajo te lo regalo: Dalila.
—¿Sabés de dónde viene ese nombre? —Me hacía el culto, el interesante, el hombre de mundo que lee cosas viejas—. De un libro antiguo, de cuando la humanidad todavía no había salido de la Tierra. Una mujer que enamoró a un hombre fortísimo solo para entregarlo.
—Mira tú —respondió, acariciándome la mandíbula con el dorso de la mano—. Robusto, guapo, culto y capitán. ¿Cómo te va, buenorro?
—Mejor que nunca —mentí, hinchando el pecho—. Ahorré un dineral. Igual ya es hora de retirarme y buscarme a alguien.
Le guiñé el ojo. Ella se rió, encantada, y yo me sentí el rey del universo. Teobaldo pidió un whisky; yo, una cerveza, porque la cabeza todavía me daba vueltas por la hibernación. Dalila se levantó, y antes de irse me pasó dos dedos por el bulto de los pantalones, un roce corto, como quien deja una promesa firmada. Se fue meneando las caderas y la cola, y mi amigo me miró como quien ve un truco salir redondo.
—Si no te la llevás esta noche, te parto la cara —bromeó.
—Llevo veinte años sin tocar a nadie. No hace falta que me animes.
***
Volvió con las bebidas. Al dejar mi cerveza, su mano rozó la mía y la cola me acarició el cuello, lenta, como si tuviera vida propia. Una calientapollas profesional, pensé, divertido. Bebí. Teobaldo seguía contándome anécdotas, pero a los pocos minutos las palabras empezaron a llegarme deshilachadas, una sílaba sí y otra no.
El cuarto se ablandó en los bordes. Sentí el calor subiéndome desde el vientre, una urgencia animal que no recordaba haber tenido nunca tan fuerte. La polla se me puso dura sola, dolorosamente dura, tirando de la tela hasta marcar la forma entera, como si el cuerpo hubiera tomado una decisión sin consultarme. Dalila reapareció, aunque yo no la había visto salir, y se inclinó hasta que su boca quedó a un dedo de mi oreja. Sus tetas me rozaron el hombro y sentí la punta de un pezón duro incluso a través de la blusa fina.
—Te veo mala cara, capitán. ¿La cerveza muy fuerte? —Su voz era miel—. Ven, que te refresco. ¿Te llevo al baño?
—No conozco el sitio —balbuceé—. Es mi primera vez aquí.
—¿Tu primera vez? —Sonrió de costado—. Tranquilo, que sé tratar con delicadeza a los novatos.
Me tomó de la mano y la seguí como un perro faldero. La música volvió a estallarme en el cráneo apenas salimos del reservado. Entramos al baño de caballeros, se metió conmigo en un cubículo y echó el pestillo.
—Siéntate, Darién. Sé un buen chico y déjate llevar.
Me empujó por los hombros hasta que quedé sentado en la taza. Yo no atinaba a nada, tenía el cerebro envuelto en algodón y un fuego entre las piernas que me nublaba el resto. Me soltó el cinturón con dedos ágiles, hizo saltar el botón y bajó la cremallera con un tirón lento que me hizo gemir de puro anticipo. Me arrancó los pantalones y los calzoncillos de un tirón hasta las rodillas, y la polla saltó tiesa como hacía años que no la sentía, palpitando contra mi vientre con la vena gruesa marcada de arriba a abajo.
—Encima vienes bien servido —murmuró, envolviéndola con la mano y midiéndola con los dedos—. Grande, gorda, dura. Una lástima.
No le pregunté qué lástima. Se arrodilló entre mis piernas, me las abrió con las palmas, y me agarró con una mano firme en la base. Escupió sin ceremonia sobre la punta y usó el pulgar para embadurnarme el glande con su propia saliva, lento, girando, hasta que la cabeza me brilló roja e hinchada bajo la luz sucia del baño. Se lamió los labios y bajó.
Su lengua subió despacio desde los testículos hasta la punta, dejando una raya caliente y húmeda que me arqueó la espalda contra la cisterna fría. Me chupó primero un huevo y después el otro, metiéndoselos en la boca uno por uno con una succión suave, mientras me sacudía la polla con la mano en un puño flojo. Cuando llegó otra vez arriba, me envolvió el glande con los labios y giró la lengua alrededor de la corona, hurgando con la punta en el agujerito hasta que se me escapó un jadeo áspero.
—Chsss, capitán —me susurró con la boca todavía sobre la punta—. No me alborotes al gerente. Déjame trabajar.
Y trabajó. Tenía una técnica que no era de aficionada: sabía dónde apretar, cuándo aflojar, cómo demorarse justo en el borde para dejarme jadeando. Una mano me trabajaba la base con un giro lento, como si estuviera enroscando algo; la otra me acariciaba los testículos con la yema de los dedos, sin prisa, midiendo cada reacción, tirando de ellos apenas hacia abajo para retrasarme el clímax. La boca subía y bajaba con un ritmo cochino, mojado, dejando hilos de saliva que le caían por el mentón y me pintaban los cojones.
Cerré los ojos y me dejé caer en eso. Llevaba dos décadas de vacío y aquella boca caliente me parecía la cosa más milagrosa de la galaxia. La sentí abrir más la garganta y hundirse, tragarme más de la mitad de un solo movimiento, hasta que la punta le tocó el fondo y ella tosió un poco sin sacarla. Repitió el gesto, más profundo, y esta vez sentí sus labios enterrarse en el nacimiento de la polla, la nariz apretada contra mi vientre, la garganta cerrándose y abriéndose alrededor mientras tragaba. Se me escapó un gruñido ronco que rebotó contra los azulejos.
Salió con un ruido húmedo, escupió otra vez y volvió a bajar, esta vez follándose la boca contra mí, dejando que yo le empujara despacio las caderas hacia arriba. Le agarré la nuca sin darme cuenta, hundiendo los dedos en su pelo, y ella no protestó: dejó que le marcara el ritmo, más rápido, más hondo, con los ojos rosa mirándome hacia arriba, llorosos, la boca abierta llena de mi polla y las mejillas hundiéndose cada vez que succionaba. Un hilo de baba se le escurrió por la comisura y le cayó entre las tetas.
Las piernas me empezaron a temblar. Sentí el hormigueo subiendo desde los cojones, un tirón profundo detrás del ombligo. Traté de avisarle, de apartarla, de hacer algo, pero solo me salió un jadeo entrecortado. Ella entendió y bajó todavía más, tragándome entera, apretando la lengua contra la vena de abajo. No aguanté. Me corrí con una fuerza que me dejó hueco, agarrado al borde de la taza, con la respiración rota, descargando chorro tras chorro dentro de esa boca que no se apartó ni un milímetro. Sentí cómo tragaba, la garganta contrayéndose alrededor de mi glande, ordeñándome hasta la última gota. Cuando por fin me soltó, la polla salió brillante, todavía goteando un último hilo de semen que le quedó colgado del labio inferior.
***
Y entonces bajé la mirada, todavía jadeando, buscando su cara para compartir el momento. Lo que encontré me cortó el placer de raíz. Se limpió la boca con el dorso de la mano, escupió mi corrida en el suelo entre sus rodillas, y me miró con una mezcla de asco y de odio que no tenía nada que ver con la mujer que me había sonreído en el regazo. Se levantó sin decir palabra, abrió el pestillo y se metió en el cubículo de al lado. La oí vomitar.
Me quedé ahí sentado, con los pantalones en los tobillos, la polla todavía medio dura y mojada, en el baño de un antro de mala muerte, sin entender nada. La cabeza se me iba a un lado. El fuego del cuerpo ya no era deseo: era veneno disolviéndose en mi sangre. La cerveza. Su mano sobre la mía. La cola en mi cuello. Una lástima, había dicho. Una lástima. Cada detalle que había celebrado como una conquista era, en realidad, un paso de una trampa armada con paciencia.
La puerta del baño se abrió y se cerró. Apareció Teobaldo, apoyado en el marco de mi cubículo, con una sonrisa que ya no me pareció la de un amigo.
—Mi chico ha triunfado —dijo.
—Teo… no me siento bien. Ayudame. —Apenas me salía la voz.
—Cómo te has puesto, con la de borracheras que aguantábamos. —Se rió, pero la risa no le llegaba a los ojos—. Anda, súbete los pantalones y apóyate en mí. Te llevo a una cama.
Me arrastró fuera del Cáliz Rojo. Yo casi no veía, el suelo se me movía como la cubierta de la nave en una maniobra brusca. No registré la calle, ni el ascensor, ni la puerta del hotel donde me dejó caer sobre un colchón. Solo recuerdo que no pidió habitación en recepción: fue directo, como quien ya sabe a dónde va. Dejó una llave en la mesilla y me revolvió el pelo.
—Que sueñes con los angelitos, capitán.
—Gracias, Teo. Mañana te llamo.
No hubo mañana, Mneme. No como yo lo entendía entonces. Me dormí vestido, con los zapatos puestos, hundiéndome en un sueño de imágenes torcidas y sonidos que se estiraban como metal caliente. Esa fue la última noche en que mi vida me perteneció.
***
Lo escribo ahora con la mente despejada, lo cual es su propia clase de tortura. Veinte años durmiendo entre las estrellas y bastó una mujer, una sonrisa de mentira y un trago para entregarme entero. Me creí un hombre con mundo, intocable, listo. Y caí por lo más viejo que existe: por las ganas, por la vanidad, por la necesidad estúpida de creer que alguien me había elegido.
Dalila no me sedujo por placer. Cumplía órdenes, y le repugnaba hacerlo; lo entendí en el último segundo, cuando ya no servía de nada. Teobaldo no me reunió por nostalgia. Me marcó como se marca a una res antes de meterla al matadero. Si alguna vez encontrás este registro, quienquiera que seas, quedate con una sola cosa de mi confesión: cuando estés más arriba que nunca, más seguro, más satisfecho de vos mismo, mirá bien la mano que te acaricia. Fijate de quién es la sonrisa. Yo no lo hice. Y por no hacerlo, lo perdí todo.





