Le confesé que no me inspiraba y ella se desnudó
Hay mañanas en las que me siento frente al portátil y escribo lo primero que se me cruza por la cabeza, sin filtro, sin pensar. Lo hago a menudo. Después lo borro todo, como si llevara un diario que nunca quiero releer, o como si hablara conmigo mismo en voz baja. Eso último también lo hago bastante. Dicen que es síntoma de cierta locura. Puede ser. Qué sé yo.
Me encendí un cigarrillo y abrí la nevera por inercia. Era pronto para una cerveza, aunque llevaba ya varias horas despierto. Me había levantado de mal humor, sin motivo concreto, de esos que se te pegan a la piel nada más abrir los ojos. Tenía ganas de escribir un relato, pero enfadado no me sale nada, y no sacar nada me enfadaba todavía más. Un círculo perfecto y estúpido.
Lucía acababa de levantarse y entró en la cocina arrastrando los pies, con el pelo revuelto y los ojos a medio abrir.
—¿Qué tal, papi? —me preguntó con la voz pastosa del recién despierto.
Tecleé su pregunta tal cual, palabra por palabra, en cuanto la soltó.
—Intentando escribir algo —respondí, aunque en realidad no lo dije en voz alta: lo escribí mientras lo pensaba.
Ella se desperezó en mitad de la cocina. Llevaba unas bragas viejas color carne, de esas sin ninguna intención, y una camiseta ancha que usa para dormir porque dice que es lo más cómodo del mundo. Nada premeditado, nada montado. Y sin embargo, con el sol entrando de lado por la ventana, me pareció más guapa que en cualquier foto.
—A ver qué llevas escrito —dijo, y se sentó de golpe en mi regazo.
Miró la pantalla. Frunció el ceño.
—¿Acabas de escribir lo que he dicho? —me preguntó girándose, con esa cara entre divertida y alarmada que pone cuando no sabe si estoy de broma.
No le contesté. La dejé leer en silencio mientras mis dedos seguían moviéndose.
—Estás chalado —dijo, y se le escapó la risa.
Yo seguí sin hablar. Solo escribiendo. Ella se quedó observando el portátil, después a mí de reojo, esperando a ver hasta dónde llegaba el juego. Y la verdad es que el juego apenas empezaba.
—¿No te inspiras? —preguntó, viendo cómo transcribía cada una de sus palabras.
—No —escribí. No lo dije con la boca. Solo con el teclado.
Se quedó pensándolo un momento, mordiéndose por dentro la mejilla, y entonces se le iluminó la mirada con una idea que conozco demasiado bien.
—A ver si te inspiro yo —dijo, levantándose de mi regazo.
***
Se apartó dos pasos y empezó a quitarse la camiseta sin ninguna prisa, como quien se prepara para algo que ya tiene decidido. Las tetas le saltaron sueltas en cuanto la tela pasó por encima de la cabeza, dos pechos pesados que rebotaron un segundo antes de acomodarse, con los pezones ya duros como piedras por el fresco de la cocina. Después se enganchó las bragas con los pulgares y se las bajó despacio, doblándose hacia adelante, dejándome la vista clavada en la mata de vello negro que le cubre el coño y en los labios gordos que asomaban entre los muslos. Se quedó completamente desnuda en mitad de la cocina, con el sol de la mañana repartido sobre la piel.
—Descríbeme —ordenó.
Respiré hondo un par de segundos y escribí.
Lucía es una mujer de treinta y pocos, menuda, de piel muy blanca y una melena negra que le llega media espalda. No ha pisado un gimnasio en su vida y tampoco le hace falta: tiene algo de barriguita, una curva suave en las caderas y una manera de estar de pie, con el peso cargado en una sola pierna, que me desarma cada vez.
—¿Qué has escrito? —dijo acercándose de nuevo a la pantalla, leyendo por encima de mi hombro—. Venga, papi, puedes hacerlo mejor. Sé que a la gente que te lee le gusta cuando describes mi cuerpo. Que me has enseñado los correos.
Tenía razón. Le había enseñado los mensajes de lectores que pedían justo eso, y a ella le encantaba saberse leída, imaginada por desconocidos al otro lado de la pantalla, follada en la cabeza de cientos de tíos que se hacían pajas pensando en ella.
—Vale. Me concentro —escribí, para que lo viera.
Se separó otra vez y empezó a posar, medio en broma, una mano en la cadera, la barbilla alta. Yo la miré de verdad, no como se mira a alguien con quien convives todos los días, sino como se observa algo que quieres atrapar en palabras antes de que se mueva.
Lucía tiene una cara preciosa, una sonrisa que se le tuerce un poco hacia la izquierda, ojos color café y unos labios que cuesta no querer morder. Su pecho es generoso, redondo, con la areola de un rosa pálido y los pezones siempre despiertos en cuanto el aire de la mañana los roza. La describí despacio, eligiendo cada palabra, y mientras lo hacía noté que el mal humor de antes se me había caído de los hombros sin darme cuenta.
—¿A ver qué tal vas? —preguntó mi redactora jefa improvisada, acercándose otra vez. Se rió de su propio papel.
Después se dio la vuelta y se apoyó de espaldas en la encimera, separando bien las piernas para que yo lo viera todo. El coño se le abrió un poco con el gesto y se le vio brillar por dentro, húmedo ya de saberse mirada.
—Ahora más erótico —dijo, y empezó a acariciarse despacio, con la yema de los dedos, mirándome fijo para comprobar el efecto. Se pasó los dedos por los labios del coño, los abrió con dos dedos en uve y con el corazón se recorrió la raja de arriba abajo, deteniéndose en el clítoris para hacerse círculos lentos. Se llevó los dedos a la boca, los chupó y volvió a bajar la mano.
Escribí. Su coño es de lo más bonito que conozco, unos labios gordos que se le hinchan cuando está caliente, rosa por dentro, siempre tibio y empapado en cuanto lo tocás, con esa forma exacta que se me ha quedado grabada de tantas noches con la cara metida entre sus muslos. Sus caderas piden manos, dedos que aprieten, marcas. Y su culo, lleno, firme, con esa curva que se me va la vista cada vez que se agacha, es de esas cosas que uno no termina de creerse que sean suyas. Un culo para morderlo, para abrirlo con las dos manos y meterle la lengua entre los cachetes hasta hacerla gemir. Lo escribí tal como lo veía, sin adornos, porque la verdad ya era suficiente.
—Última revisión —dijo, volviendo hacia mí con una sonrisa que no auguraba nada inocente.
***
Se sentó en la silla de al lado, todavía riéndose, disfrutando de su propio plan.
—A ver cómo narras esto —soltó.
Me desabrochó el pantalón sin pedir permiso, tiró de la goma de los calzoncillos y me sacó la polla, ya medio dura de tanto describirla. La cogió con la mano cerrada, apretándola desde la base, y empezó a masturbarme despacio, subiendo y bajando la piel, escupiendo un poco de saliva sobre el glande para que la mano corriera mejor. Con el pulgar me acariciaba la punta a cada subida, embadurnando el líquido que ya se me acumulaba en la ranura.
—Esto me está dando mucho morbo, mami —escribí, y noté que la respiración se me empezaba a acortar.
Ella subía y bajaba la mano por todo el tronco mientras con la otra me acariciaba los huevos, sopesándolos con la palma, tirando de ellos con delicadeza. Cada dos o tres pajas se paraba, apretaba fuerte en la base y me miraba a los ojos, midiendo mi resistencia como quien ajusta un instrumento. Se me escapó un gemido bajo. Lo leyó en la pantalla en cuanto lo tecleé y soltó una carcajada.
—¿Serías capaz de escribir mientras te la chupo? —preguntó sin dejar de mover la mano, escupiendo otro pegote de saliva sobre la punta y esparciéndolo con la palma abierta.
—No lo sé. Pero me encantaría intentarlo —escribí, riéndome también, aunque la risa ya me temblaba un poco.
Se arrodilló delante de mí, entre mis piernas abiertas, y me sacó una sonrisa al ver la cara de niña traviesa con la que me miraba desde abajo. Sacó la lengua y me lamió la polla desde los huevos hasta la punta en un solo movimiento, larga y plana, como quien lame un helado. Volvió a bajar, se metió un huevo en la boca, luego el otro, chupándolos con los labios cerrados mientras la mano seguía subiendo y bajando por el tronco. Cuando llegó otra vez arriba besó la punta, suave, mirándome desde abajo con esos ojos de café que saben perfectamente lo que provocan.
—Voy a hacerlo despacio para que puedas seguir escribiendo —avisó.
—Vale —escribí, como un idiota, sabiendo de sobra que eso ella ya no podría leerlo.
Abrió la boca y se la metió entera, hasta que sentí el fondo de su garganta apretándome el glande. Se quedó ahí un segundo, tragando, con las lágrimas asomándole por la comisura de los ojos, y después se retiró despacio, dejando un hilo de baba colgando de la punta hasta su labio inferior. Volvió a bajar, esta vez con la lengua acariciando la parte de abajo, la que más me gusta, esa vena gorda que se me marca cuando estoy a punto. Subía, bajaba, sacaba la polla, me daba un cachete con ella en la mejilla y volvía a metérsela hasta el fondo. Admito que me costaba un mundo encadenar una palabra con la siguiente. Mis dedos tropezaban con las teclas. La frase que tenía en la cabeza se deshacía en cuanto ella avanzaba un poco más y me sentía el capullo raspando contra el paladar.
—Si no oigo teclear, paro —me regañó, separándose un segundo, con la polla brillante de saliva pegada a la mejilla, y volvió enseguida a tragársela.
Tecleé lo que pude. Letras sueltas, palabras a medias, un desastre de frase que no tenía sentido para nadie salvo para explicar el momento exacto en que estaba dejando de pensar. Ella subió el ritmo, chupando con más fuerza, apretando los labios contra el tronco, moviendo la cabeza arriba y abajo con un ruido húmedo obsceno que llenaba la cocina. La mano libre me apretaba los huevos, jugaba con ellos, mientras la otra me agarraba la base para que su boca tuviera menos camino que recorrer. Sentí el hormigueo subir desde la base de la espalda, esa presión que ya no se puede parar.
—Me corro —escribí, y fue lo último coherente que salió de mis manos.
No aparté la cara, no dije una palabra en voz alta, ni siquiera gemí fuerte. Le descargué toda la corrida dentro de la boca sin previo aviso audible, chorro tras chorro contra su lengua, notando cómo se le hinchaban los mofletes por la cantidad que no le daba tiempo a tragar. Se me quedó agarrada, apretando la base, ordeñándome hasta la última gota, con los ojos abiertos como platos mirando hacia arriba, entre sorprendida y ofendida. Un hilo de semen se le escapó por la comisura y le resbaló por la barbilla hasta caerle en la teta.
***
Un rato después estábamos los dos otra vez sentados frente al ordenador, ella con cara de pocos amigos, recolocándose el pelo y limpiándose los últimos restos de la comisura con el dorso de la mano.
—Escribe lo que has hecho —me exigió, con tono de enfado fingido a medias.
—Te he avisado —tecleé, sabiendo perfectamente por dónde iban los tiros.
—¡No me has avisado! —exclamó—. Me has llenado la boca de leche sin decir ni mu, cabrón.
—Lo he escrito —respondí, señalando la pantalla con la cabeza.
—Claro, listo. ¿Y cómo querías que lo leyera con tu polla metida hasta la garganta? —protestó, aunque la comisura de la boca ya la traicionaba.
Me reí. No le hizo demasiada gracia mi risa, y lo de haberme corrido en su boca sin previo aviso audible, menos todavía.
—Era parte del juego. Yo no hablaba, solo escribía —tecleé a modo de excusa. Y era verdad: no había pronunciado una sola palabra en todo el rato, fiel a la regla que ella misma había puesto.
—Mira que aprovecharte de las circunstancias —dijo, y se le escapó al fin la sonrisa que llevaba un rato conteniendo—. La próxima te la escupo en la cara, aviso.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla, notando su mirada clavada en mí. Empecé a escribir otra vez. Ella lo leyó y soltó una risa floja.
—Gracias por inspirarme, mami. Eres mi musa.
Se levantó de mi lado y me dio un lametón breve en los labios, con la clara intención de dejarme mi propio sabor en la boca, como pequeña venganza. Sentí el gusto salado de mi corrida en su lengua contra la mía y aún me duró un rato después.
—De nada —dijo, saliendo de la cocina y contoneando ese culo desnudo que tanto me distrae—. Pero me debes una buena comida de coño. Y me la vas a pagar con intereses, que te conozco.
Me quedé solo. Esto que escribo ahora ella todavía no lo ha leído, pero lo leerá, como lee siempre todo lo que sale de aquí. Me había levantado torcido, de mal humor, peleado con la página en blanco, y ella me había arreglado la mañana entera antes incluso de tomarse el primer café. Con la boca llena de mi leche y las tetas al aire, para más señas.
Y debo confesar, ya que estamos en confesiones, que ha sido la mejor manera de empezar el día que recuerdo en mucho tiempo. La página dejó de estar en blanco. Y yo dejé de estar enfadado.
Besos de pico, para quien haya llegado hasta aquí. Nada de lo que escribo es mentira, aunque tampoco sea del todo cierto.





