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Relatos Ardientes

Lo que el viejo del taller me pidió por el video

Me dicen Marisol y tengo veintiuno. Soy bajita, de cintura estrecha, y lo que más me gusta de mi cuerpo son las caderas marcadas y un culo redondo y respingón que llama la atención aunque no quiera. Tengo las tetas chicas pero paraditas, con los pezones oscuros y siempre duros bajo la ropa. Lo cuento para que entiendan por qué ciertos hombres me miran de cierta forma cuando camino sola, con esa mirada que te desnuda de arriba a abajo.

Esto que voy a contar pasó hace apenas unas semanas, en pleno verano. Estoy de vacaciones de la facultad, y aquella tarde de agosto iba tarde a una clase de regularización. Vivo en un barrio popular, de casas chicas y descuidadas, y tengo que caminar varias cuadras hasta la parada del camión. El sol de mediodía pegaba como si quisiera derretir el asfalto.

A dos cuadras de mi casa está el taller mecánico de Don Genaro, un hombre de unos cincuenta y tantos, bajito, panzón, muy moreno y muy canoso. Tenía fama de baboso con todas las muchachas del rumbo, así que siempre le sacábamos la vuelta cruzando a la otra acera.

Ese día, por las prisas, no me aseguré de cruzar. Total, pensé, son unos pocos metros. No iba a pasar nada.

Justo frente a su casa tenía un coche abierto en reparación. Don Genaro estaba sentado en una silla de plástico, con una toalla sobre las piernas y una playera de tirantes. Supuse que debajo de la toalla traía un short, pero la verdad no me detuve a pensarlo. Llevaba mucha prisa.

—Buenas tardes, señorita —escuché que decía con esa voz pastosa.

—Buenas tar… —Mientras volteaba a verlo con una sonrisa fingida para no quedar mal, levantó una pierna y apoyó el pie en el borde de la silla, como quien se va a cortar las uñas. En ese instante vi que no traía nada debajo de la toalla. Vi caer todo entre sus piernas, abierto y descarado: una verga gruesa, morena, con la cabeza gorda descansando sobre unos huevos pesados y arrugados, y todo eso enredado entre pelos canosos. Sentí que se me abrían los ojos y la boca a la vez.

Estoy segura de que lo notó por mi cara de espanto. Y estoy igual de segura de que lo hizo a propósito, para que lo viera. Perdí el paso un segundo, pero seguí caminando casi corriendo.

Pinche viejo cochino, ¿por qué hace eso?

Pasé el resto del día con la misma pregunta dando vueltas en la cabeza. Lo peor es que no podía dejar de pensar en la imagen. No por gusto, sino por coraje y por asco, me decía a mí misma. Pero la imagen no se iba: la verga colgada, gorda, esperando ahí como si me la hubiera enseñado a propósito para grabármela en la cabeza. Y el muy cabrón lo había logrado.

***

Al salir de clase, una de las profesoras me pidió que me quedara un momento. Quería darme unos papeles para mi mamá. Yo me moría por ir al baño: con ese calor había tomado litros de agua. Cuando por fin me dio los papeles y corrí a los baños, ya estaban cerrados con candado.

No voy a aguantar hasta la casa.

A unas cuadras vivía Daniela, mi mejor amiga. Pensé en llegar hasta su casa, pero apenas avancé una cuadra entendí que no iba a alcanzar. La situación era humillante: me urgía un baño y no había ninguno.

Pasé otra vez frente al taller de Don Genaro y lo vi acostado bajo el coche, en la calle. Las ganas vencieron mi orgullo y mi coraje. Me acerqué.

—Don Genaro, disculpe que lo moleste, pero de verdad necesito un baño con urgencia. ¿Me lo presta unos minutos, por favor?

—Claro que sí, señorita. Venga para acá, ahorita le digo dónde está. —Me llevó detrás de la casa. El baño era de tablas, con pozo. Ya se imaginarán el olor.

—¿Es el único que tiene?

—Me va a disculpar, señorita, pero sí. Es aquí o atrás de aquellos fierros —respondió en tono de burla.

—Bueno, ahorita salgo. —Lo dije para que se fuera, porque ya estaba por reventar.

—Ay, señorita, fíjese que la puerta no cierra bien. Me voy a quedar aquí para que no se abra, pero usted no se preocupe, yo me aseguro de que nadie la vea.

Viejo depravado. Es obvio que se queda para mirar lo que pueda.

Sin más tiempo para discutir, pensé que lo mejor era hacerlo rápido y no darle el gusto de tenerme ahí. Abrí la puerta y vi el tablón del asiento. Lo raro era que, debajo, faltaban dos tablas, y por ese hueco se podía ver todo desde atrás.

Sigamos el plan: rápido y me voy.

Me incliné hacia adelante, de la cintura para arriba, y me bajé la ropa interior cuidando que desde el frente, donde estaba él, no se viera nada. Entonces escuché un ruido al frente de la puerta.

No te voy a dar el gusto, viejo. No vas a verme por la rendija.

Pero en eso vi un flashazo que venía del hueco de atrás. Luego otro. No entendía qué pasaba. Tomé papel y me limpié a toda prisa. Y mientras lo hacía, sentí que algo me rozaba el culo.

Pegué un brinco y grité del susto. Pensé que era una araña o algún bicho que salía del pozo. Cuando volteé, fue lo más espantoso de mi vida: Don Genaro estaba agachado por el hueco, con el celular grabándome de lleno el culo desnudo y el coño abierto, y con la otra mano me había tocado. Seguía grabando y se reía, asegurándose de que mi cara saliera clara en el video junto a mis nalgas.

—¿Qué le pasa, Don Genaro? ¿De verdad qué le pasa? ¿Por qué hizo eso?

—Ay, señorita, usted solita vino por el servicio. Yo nada más le estoy cobrando el precio —dijo, todavía riéndose—. No tiene idea de lo que voy a hacer con este video y estas fotos. Qué culito, señorita, qué culito tan rico se carga usted.

Se me heló la sangre. Estaba en la peor situación posible, y encima me lo había buscado yo sola. Ese viejo me tenía grabada en el peor ángulo imaginable, con la cara visible, el culo abierto y el coño a la vista.

Me vestí a las carreras y salí corriendo de ahí.

***

Pensé en denunciarlo. Con un video así, ese hombre iría años a la cárcel. Pero eso significaba que media patrulla del barrio vería el material, y aquí los hombres son lo que son: se filtraría y terminaría en internet con mi nombre y mi cara, con mi coño y mi culo al aire para que todo el barrio los reconociera.

Estuve toda la noche asustada, sin saber cómo recuperar ese video. Al final decidí intentar un acuerdo. Junté todos mis ahorros, quince mil pesos, y al día siguiente, a las nueve de la mañana, fui a su casa.

Tenía que ser muy cuidadosa. Si lo hacía enojar, no iba a borrar nada. Llegué tranquila y respetuosa. Pero al verlo, estaba sentado en la silla del patio con la mano metida dentro del short, moviéndola despacio. Era evidente que se estaba jalando la verga. Y estaba segura de que lo hacía viendo mi video.

—Buenos días, Don Genaro.

—¡Ah, caray, qué sorpresa! La señorita más bonita del barrio viene a visitarme —dijo con una sonrisa burlona, sin sacar la mano del short.

—Necesitamos hablar de lo de ayer.

—¿Qué pasó ayer? —respondió poniendo cara de duda fingida, apretándose la verga por encima de la tela para que yo lo viera.

—No se haga, por favor. Vamos a hablar de esto.

—A ver, señorita. Primero, ¿cómo se llama?

—Marisol.

—Mucho gusto, Marisol. —Sacó la mano del short con todo el descaro del mundo, con los dedos brillosos de tanto sobarse, y me la estiró. Si no lo saludo va a notar mi enojo y todo va a empeorar. Pero qué asco tocar esa mano después de ver lo que hacía con ella.

—Don Genaro, no, por favor.

—¿Entonces no me va a saludar?

Casi se me salían las lágrimas. Como tenía claro mi objetivo, decidí saludarlo. Levanté la mano y tomé la suya, tibia, pegajosa, con todo el olor de su verga encima. Me dieron ganas de vomitar.

—Ahora sí, dígame, ¿en qué le puedo ayudar? ¿O necesita el baño otra vez? —se burló.

—No. Vine a que borre el video y las fotos de ayer. Mire, sé que hay leyes y, si yo fuera mala, ya lo habría denunciado —subí la voz para tranquilizarlo—, pero no lo voy a hacer. Esto queda entre usted y yo. Aquí traigo cinco mil pesos. Se los doy, pero borre todo aquí mismo.

—No, Marisol. Vale más tener ese trasero perfecto en mi teléfono. Apenas le he sacado provecho tres veces esta mañana. He hecho tres chaquetas viendo su culito y todavía se me para con verlo. Creo que me va a durar mucho tiempo.

—Le doy diez mil. De verdad, hagamos el trato.

—No. Ya le dije que no.

—Quince mil, le juro que no tengo más. —Empecé a llorar—. Por favor, ya no tengo nada más.

Don Genaro dejó de burlarse y me puso la mano en el hombro.

—Mira, Marisol, vamos a hacer algo.

—¿Qué?

—No nos hagamos tontos. Tú sabes que a mí me gusta enseñarme a las muchachas que pasan por mi taller. Todas tan ricas, con esos cuerpos, con esos culos, con esas tetas, pasando frente a mí. Todos los días se me para viéndolas.

El muy cabrón estaba siendo sincero, y por eso mismo más asqueroso.

—Sí, Don Genaro, ya me di cuenta de lo que le gusta.

—Pues mira, bien fácil. Vamos adentro y me ves mientras me la jalo frente a ti. Nada más eso. Tú sentadita, viéndome cómo me hago la chaqueta hasta que me corra. Y borramos todo.

—¿Cómo cree? No, claro que no. Tome el dinero y terminamos con esto.

—Es así o no hay trato.

Maldito viejo. Me tiene en jaque. No había llegado ni al precio, y la propuesta me parecía repugnante. Lo pensé varios minutos, sin dejar de llorar.

—¿Le entra, Marisol, o se larga de aquí?

—Pero yo no me voy a desvestir ni a tocar nada, ¿verdad?

Una sonrisa perversa le cruzó la cara.

—No. Tú no haces nada más que verme jalármela. Pero me ves desde que empiezo hasta que me vengo. Esa es la regla. Hasta que acabe de correrme.

—Y me da el teléfono para que yo borre todo, ¿verdad? Yo, no usted.

—Así es. Tú nomás sentadita, mirando cómo se me sale la leche.

La situación era de un asco indescriptible, pero pensé que era algo soportable. Valían más unos minutos de esto que una vida entera de miedo a que mi familia o mis amigos vieran ese video.

—Bien. Pero tengo su palabra de que va a cumplir.

—La tienes, Marisol. —La sonrisa de aquel hombre no podía ser más grande. Estaba por cumplir una de sus fantasías: ser visto al detalle por una muchacha mientras se jalaba la verga.

***

Se levantó y me llevó a su casa, de madera con techo de cartón. Vivía en la miseria total: una cama vieja y angosta, una mesa con dos sillas, nada más. Tan chica que cabía en el tamaño de mi recámara.

—Pásale, Marisol. Siéntate aquí. —Colocó una silla al pie de la cama. Me senté, nerviosa por lo que venía.

Se subió a la cama, se quitó la playera y se bajó el short. Se quedó en calzones, con un bulto grueso y torcido apretado contra la tela sucia.

—¿Te gusta lo que ves? —No respondí. No dije nada y traté de no poner ninguna expresión.

Se acostó boca arriba frente a mí y empezó a bajar lo último que le quedaba. Al salir la verga rebotó pesada contra su panza, dura, morena, con la cabeza gorda y morada asomando entre el prepucio recogido. Los huevos le colgaban a los lados, arrugados y grandes. Un olor a hombre sudado y sin bañar me llegó a la nariz y fue imposible no hacer cara de asco.

—Mira cómo me tienes, aquí dándote el espectáculo. Mira cómo se me para de verte, Marisol. Todo esto es por ti.

Sus palabras me hicieron llorar de nuevo. Traté de contenerme, pero las lágrimas salían solas. Se acomodó una almohada en la espalda y se quedó medio recostado, con las piernas abiertas, a unos dos metros de mí. Justo donde yo veía todo: la verga tiesa, apuntando hacia el techo, palpitando sola, y los huevos pesados debajo.

—¿Te gusta? Dilo o aquí le paramos.

Ya había llegado hasta ahí. Si parábamos, él ganaba igual por haberme tenido así. Así que solo asentí con la cabeza.

—Dímelo.

—Sí, Don Genaro —respondí con todo el asco del mundo.

—Sí, ¿qué? Dilo bien, con las palabras que son.

—Sí… sí me gusta su verga, Don Genaro —dije con la voz quebrada.

—Eso, así me gusta.

Me daba instrucciones: que lo mirara directo, que viera cómo se acariciaba. Se lamió la palma de la mano y agarró la verga por la base, con fuerza, y empezó a jalarla despacio, subiendo y bajando el prepucio para dejar la cabeza completamente descubierta, morada, brillosa. Con la otra mano se agarraba los huevos, se los apretaba, se los estiraba mientras me miraba fijo a la cara.

—Mira bien, Marisol. Fíjate bien cómo se hace una chaqueta. Míreme aquí la punta, mire cómo ya me está saliendo el líquido.

Y era verdad. Por la ranura de la cabeza le empezaba a salir una gota espesa y transparente que se estiraba hacia abajo. La restregó con el pulgar por toda la cabeza para lubricarse, y la verga empezó a brillar entera. Se puso en cuatro sobre la cama y me mostró todo, regodeándose: la verga colgada entre las piernas, los huevos apretados, el culo peludo y las nalgas oscuras. Se agarraba una nalga con la mano izquierda y con la derecha se seguía jalando la verga hacia atrás, entre las piernas, para que yo la viera desde otro ángulo. La imagen era cruda, ruda, desagradable.

Mi plan: ponerlo a tono para que termine pronto y poder largarme.

—Ay, Don Genaro, qué bien se le ve desde aquí. Qué verga tan gruesa tiene —dije con voz fingida, con la esperanza de que se lo creyera. Y se lo creyó: se quedó con una cara de incredulidad que no podía con ella.

—¿Entonces sí te gusta de verdad?

—La verdad sí. Me gusta mucho lo que veo. Me gusta cómo se jala la verga, Don Genaro. ¿Por qué no se sigue tocando para mí? Quiero ver cómo se corre. Ándele, hágame ese favor.

El muy tonto se lo creyó. Volvió a la posición inicial, se escupió en la mano y empezó a jalársela más rápido, con el puño cerrado y apretado. La piel se le subía y bajaba sobre la cabeza, cada vez a más velocidad. Veía su cara de placer, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Los huevos le brincaban con cada tirón, se le pegaban a la panza y volvían a caer.

—Así, mira, mira cómo se me pone, Marisol. Está durísima por ti, cabrona. Mira nomás cómo me tienes.

***

Les juro que no sé qué pasó. No sé si fue el miedo, el asco o el morbo que me producía la cabeza, pero empecé a sentir humedad entre las piernas. Sentí cómo mi coño se apretaba solo, cómo el calzón se me iba empapando de a poco. Los pezones se me endurecieron bajo la blusa y me raspaban contra el brasier. El viejo no me había atacado de forma directa, y mi propio cuerpo me estaba traicionando. Él seguía diciendo groserías, y poco a poco yo iba perdiendo el rechazo a escucharlas.

—Mira cómo se me sale el líquido, mira nomás qué transparente. ¿Quieres probarlo? Ándale, ven a chupármela tantito, Marisol.

—No. Quedamos en algo. Siga con lo que está, me gusta más así.

—Como quieras. —Seguí diciéndole lo que él quería oír hasta que me hizo otra propuesta—. Enséñame las tetas y no tardo ni un minuto. Nomás las tetitas, Marisol, ándale.

El momento ya no me parecía tan repugnante, y la verdad solo quería que terminara. Sin pensarlo demasiado, me levanté la blusa y me bajé el brasier, dejando ver mis tetas chicas y paraditas, con los pezones morenos y erectos como piedras. Su cara se transformó. La verga le dio un latigazo y le empezó a chorrear más rápido.

—Ay, cabrona, qué tetitas. Míralas cómo las tienes, todas paraditas. Escúpeme la verga, Marisol. Quiero sentir tu escupitajo en la punta.

La propuesta, extrañamente, no me molestó. No tenía que tocar nada y tal vez aceleraba el final. Me puse de pie con las tetas al aire y me acerqué, cuidando la distancia. La escena empezaba a dejar de darme asco, y fue ahí cuando confirmé que estaba mojada. No a chorros, pero más de lo normal en mí. El coño se me apretaba solo cada vez que veía la verga saltar en su puño.

Junté saliva en la boca y escupí lo más que pude directo sobre la cabeza morada de la verga. Le cayó de lleno y se resbaló por los lados. Él la restregó de inmediato por toda la verga, mezclándola con el líquido que ya tenía, y siguió jalándose más fuerte. La cama chirriaba con el ritmo. Empezó a gemir con los ojos cerrados, la cara torcida hacia el techo. Yo seguía de pie al borde de la cama, con las tetas afuera, viendo cómo su puño peludo subía y bajaba, cómo se le marcaban las venas de la verga, cómo los huevos se le empezaban a subir contra el cuerpo. Un impulso me hizo agacharme un poco para verlo de cerca. Solo quería verlo un poco más. Tal vez, en mi inconsciente, buscaba el olor del que tanto me había quejado al principio, porque ya no me parecía desagradable. Ese olor a hombre, a verga sudada, a huevos, se me estaba metiendo en la cabeza de una manera que no entendía.

—Me la quieres probar, ¿verdad? —comentó al notar lo cerca que estaba sin que él me lo pidiera.

—No… no, Don Genaro, como cree. Quedamos en algo.

—No te hagas, Marisol. Sé que se te antoja y la estás viendo con unas ganas que sería pecado no dejarte agarrarla tantito. Hagamos algo: acércate, agárramela un poquito nada más, ándale. Nada más un jaloncito y me vengo enseguida.

El trato, la forma de dominarme y los casi quince minutos de espectáculo me habían revuelto algo por dentro. Sentía el coño palpitando, mojado, apretándose de las ganas de morbo. Tal vez si se la toco un poco no sea tan malo. Tal vez termina más rápido y me voy. La idea, después de tantos minutos, ya no me parecía tan absurda.

—No, Don Genaro —dije, pero no tan firme como antes.

—Ándale, vas a ver que me vengo rápido. Nada más un poquito. Agárrala nomás, Marisol, tantito.

—Pero bien poquito. Júremelo.

—Te lo juro, Marisol.

***

En un movimiento lento y continuo me fui acercando. Cerré la mano derecha alrededor de la verga con miedo. Estaba caliente, más caliente de lo que esperaba, gruesa, tan gruesa que apenas la abarcaba con los dedos. La sentí latir contra mi palma, dura como fierro pero forrada de piel suave. Don Genaro soltó un gemido largo y se dejó caer de espaldas sobre la almohada, con los ojos en blanco.

—Así, así, Marisol. Muévela, muévela despacio. Sigue.

Empecé a jalarla despacio, subiendo y bajando el prepucio como se lo había visto hacer a él. La cabeza morada aparecía y desaparecía entre mis dedos, chorreando el líquido transparente que me embarraba la mano. ¿Por qué no termina el muy cabrón? Aunque, la verdad, ya no la estoy pasando tan mal. Me sorprendí a mí misma acelerando el ritmo por curiosidad, para verla brillar más, para verla más gorda.

—¿Así le gusta?

—Así me gusta, cabrona. Más rápido, Marisol, jálamela más rápido. Ay, qué manita tan rica tienes.

Quise hacer algo que tal vez le gustara más. Con la otra mano empecé a acariciarle los huevos despacio, con calma, sabiendo que era una zona sensible. Los sentí pesados en la palma, calientes, cargados. Se los apretaba con cuidado y él se retorcía en la cama. Luego me atreví a bajar más y le pasé un dedo por debajo, por el lugar entre los huevos y el culo. Se le tensó todo el cuerpo.

—¡No te pases, Marisol, qué rico! ¡Qué manita, cabrona, qué manita!

Y ahí lo acepté, sin negarlo en mi cabeza: estaba complaciendo a un viejo depravado, jalándole la verga con las dos manos, y por más mal que estuviera, lo estaba disfrutando. Acerqué la cara y respiré su olor a verga sudada, ya casi sin reparo. Ese olor macho, fuerte, se me estaba metiendo hasta lo hondo. No dejaba de humedecerme. Sentí el jugo bajar por la cara interna de mis muslos, empapándome el calzón, el shortcito de mezclilla. Cerré los ojos, perdida en algo que no reconocía en mí. Sin darme cuenta empecé a apretar los muslos para presionarme el coño, buscando alivio.

Don Genaro se sobresaltó al sentirme tan cerca, volteó a verme, pero yo ya estaba metida en lo mío, jalándosela más rápido, mirando la cabeza morada tan de cerca que respiraba el vaho que despedía. Decidí seguir. Saqué la lengua sin pensarlo y le di una lamida rápida a la punta, solo para probar. El sabor era salado, fuerte, indescriptible. En vez de darme asco, me dieron ganas de más.

—Aaah, qué rico, qué rico, mamona, chúpamela tantito, Marisol —repetía con los ojos en blanco.

Y sin saber por qué, abrí la boca y me metí la cabeza gorda entre los labios. Sentí el peso caliente contra la lengua, el sabor del líquido esparcido por toda la boca. Empecé a chuparla despacio, con la mano jalando la base al mismo tiempo. Don Genaro pegó un aullido y se agarró de la cama.

—¡Marisol, cabrona, así, mámamela así! ¡Mira nomás, mira nomás cómo te la comes!

La lengua se me movía sola alrededor de la punta, chupando el líquido que no dejaba de salir. La verga estaba tan gorda que casi no me cabía, y me daba a la garganta cuando bajaba demasiado. Empecé a hacer ruidos con la boca, ruidos sucios de saliva y verga, y me di cuenta de que estaba disfrutando cada sonido. Con la mano libre le seguía acariciando los huevos, sintiéndolos tensarse cada vez más contra el cuerpo. Yo misma no me reconocía: la muchacha decente que había llegado a rogar por un video había desaparecido, y en su lugar había una cabrona chupando verga con las tetas afuera, gimiendo bajito por lo mojada que estaba.

Seguí unos minutos más, chupándola y jalándola al mismo tiempo, hasta que sentí que la verga se ponía todavía más dura y los huevos se le apretaron del todo contra el cuerpo. Don Genaro empezó a temblar.

—Ya, Marisol, ya me vengo, ya me… ¡ay, cabrona!

Sentí la descarga en el fondo de la boca. Tibia, espesa, con un sabor salado difícil de describir, intenso. Un chorro grueso me golpeó la lengua y bajó por la garganta antes de que pudiera reaccionar. Me retiré de golpe.

—¡Ay, Don Genaro! —grité con la boca llena de leche.

Salieron otros chorros que me alcanzaron la cara. Era muchísimo. El primero me pegó en el cachete, otro en la frente, otro más en los labios. Sin pensarlo, agarré la verga con la mano y seguí jalándola frente a mi cara, para exprimirle hasta la última gota. Los chorros seguían saliendo, embarrándome los ojos, la nariz, las mejillas, las tetas paraditas que tenía descubiertas. Me embarró con la mano yo misma la leche que caía, sin querer parar. La lengua salió sola a lamer los restos que me quedaban en los labios, y me tragué lo que tenía en la boca casi sin darme cuenta. Yo no sabía cuándo parar, así que seguí al mismo ritmo, apretándole la punta para sacarle las últimas gotas espesas, hasta que el viejo, temblando de las piernas y jadeando, no pudo más y me apartó la mano.

—Ya, ya, cabrona, ya no aguanto. Ya me sacaste todo.

Había tenido, según su cara, lo mejor de su vida. Se dejó caer sobre la almohada, con la verga todavía tiesa y goteando sobre su panza, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Yo me quedé arrodillada al borde de la cama, con la cara llena de semen, las tetas afuera manchadas, y sintiendo el coño empapado latir bajo el short. El corazón me golpeaba en las orejas.

—Don Genaro, quedamos en algo.

—Sí, Marisol, quedamos en algo. Ten el teléfono, borra lo que quieras.

***

Al revisar, me di cuenta de que tenía fotos de otras muchachas del barrio, tomadas a escondidas cuando pasaban frente a su casa. Empecé a borrar primero las mías y después todas las que pude, con la cara todavía embarrada de su leche.

—No me borres todo, no la chingues. Quedamos en que solo las tuyas.

—Es usted un hijo de su chingada madre, Don Genaro. Ahora que ya no tiene cómo joderme, se lo digo. Es un imbécil.

—Sí, Marisol, ya lo sé. Pero tienes lo de este viejo adentro de ti, en la panza, y eso te lo aguantas. Te tragaste mi leche, cabrona. Nunca lo vas a olvidar.

Su comentario me molestó, tal vez porque tenía algo de razón. Sentía la leche bajándome por la garganta, el sabor todavía en la boca, el coño empapado bajo la ropa. Me limpié como pude la cara con la mano y con lo que encontré, me acomodé las tetas dentro del brasier, y me fui de ahí sintiendo el semen todavía pegajoso en la piel.

Desde ese día tomo una ruta más larga para llegar a la parada. Ya solo me falta poco para terminar el semestre y dejar atrás el recuerdo de ese viejo.

Espero que esta confesión les haya gustado. Es algo que me pasó de verdad y que no le había contado a nadie. A veces, en las noches, vuelvo a pensar en aquella tarde, en el sabor de esa verga en mi boca, en la leche caliente bajándome por la garganta, y sin querer termino con la mano metida entre las piernas, tocándome hasta correrme pensando en ese viejo asqueroso. La conciencia siempre me gana después, pero mientras dura, el coño se me moja como aquella tarde. Déjenme sus comentarios y díganme si quieren leer más de mis experiencias, porque tengo varias por contar.

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Comentarios(8)

FanaticoDeHistorias

tremendo relato!!! no podia dejar de leer hasta el final

Renzo_Cba

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas preguntas sin respuesta

SolaEnCasa77

Me encanto como esta narrado, se siente que es una confesion real. Eso es lo que hace que este tipo de historias sean tan adictivas

Ignacio_RC

Que situacion tan complicada. Como siempre uno va por algo simple y termina metido en algo que no esperaba jaja

GabrielaOcc

Me recordo a algo parecido que le paso a una amiga, aunque mucho menos extremo. Muy bien contado

ManuBA_88

Cuanto tiempo duro esa situacion al final? Me quede con esa duda

nochero_gba

increible como esos momentos te pueden dejar sin opciones. Buenisimo

DiegoFan99

excelente confesion, de las mejores que lei en mucho tiempo!!!

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