Le pedí al jefe que se acostara con mi esposa otra vez
Hace años que mi esposa Carolina y yo descubrimos un juego silencioso que nos mantiene encendidos. Cuando estamos en la cama, ella me cuenta cosas. Cosas que pasaron antes, cosas que pasaron mientras yo no miraba, cosas que ahora pasan con mi permiso. Yo la escucho, la abrazo por detrás, y dejo que cada palabra suya me empuje un poco más hondo.
Todo empezó por accidente, una tarde de marzo, en la distribuidora donde los dos trabajábamos. Esteban, nuestro patrón, me mandó a buscar una caja de muestras al otro lado de la ciudad. Eran cuarenta minutos en auto, con tránsito de hora pico. Antes de salir, le pidió a Carolina que se quedara revisando un pedido en el depósito. Yo no le di vueltas. Él era el jefe, ella la encargada de inventario, y yo apenas me ataba la corbata para irme.
Cuando volví, la oficina estaba casi vacía. Las cortinas bajadas, el aire pesado, el ventilador del techo girando despacio. Carolina apareció desde el fondo del depósito con una carpeta en la mano y una sonrisa apurada. Tenía las mejillas rojas y el pelo recogido a la rápida. Esteban, según ella, estaba arriba hablando por teléfono. Desde la planta baja se oía su voz, fuerte, autoritaria, como siempre.
Subí a entregarle la caja. Bajé pensando que el día se había terminado. Pero al cruzar de nuevo el depósito, agarré a Carolina por la cintura y la pegué contra una estantería. Era nuestra costumbre, esa de robarnos un beso largo antes de cerrar todo. Le pasé la mano por la falda, le subí el ruedo despacio y le metí los dedos entre los muslos.
—Estás mojada —le dije al oído.
Asintió, sin mirarme.
Volví a tocarla, esta vez más adentro, y sentí algo que no era ella. Pegajoso. Tibio. Demasiado denso. Retiré la mano y miré los dedos. Brillaban con algo lechoso que ningún cuerpo de mujer fabrica solo.
—Esto no es tuyo, Caro.
Bajó la cabeza. No hizo falta que dijera nada. La habitación se quedó callada, como si alguien hubiera apagado el mundo.
—Dímelo. Te lo metió, ¿verdad?
Asintió otra vez. Y yo, en lugar de soltarle la cintura, la apreté más fuerte.
Lo que pasó después todavía me cuesta explicarlo. La saqué del depósito, la metí en el auto y manejé hasta nuestro departamento sin decirle una palabra. En el camino le iba mirando los muslos, las medias arrugadas, el dobladillo de la falda fuera de lugar. Sentía rabia y, al mismo tiempo, algo más oscuro, más denso, que me subía desde abajo del estómago.
Apenas entramos, la empujé contra la puerta. Le levanté la falda otra vez, le bajé las medias hasta los tobillos y la di vuelta. Mientras la cogía contra la madera, le pedí que me contara todo. Cómo había empezado. Qué le había dicho él. Qué le había hecho.
—Me pidió que se la chupara —murmuró, con la mejilla apretada contra la puerta.
—¿Y tú qué hiciste?
—Lo hice. Le bajé el cierre y se la chupé.
Me clavé más profundo. Carolina se mordió el labio.
—Después me dio vuelta —siguió—. Me apoyó en el escritorio. Yo estaba con esta misma falda. La levantó. Me corrió la ropa interior a un lado.
—¿Y?
—Y me la metió de una. Sin preguntar.
Hubo un silencio largo. Apoyé la frente en su nuca y la seguí cogiendo, despacio ahora, marcando cada palabra con un golpe de cadera.
—¿Te gustó?
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
—¿Más que conmigo?
—Distinto. Era el jefe.
Cuando se vino, gritó como nunca la había oído gritar. Yo me vine adentro, con la cara enterrada en su pelo y la respiración rota. Después, en la cama, le pedí que me lo repitiera. Y me lo repitió. Y al día siguiente, también.
***
Renuncié esa semana. No por moral, sino por orgullo. Le inventé una excusa a Esteban, algo de un proyecto familiar, y me fui sin mirarlo a los ojos. Carolina se quedó algunos meses más en la empresa, dos o tres, hasta que también consiguió otro trabajo. Yo creía que con eso se cerraba el capítulo.
Me equivocaba.
Diez años después, en un viaje a la costa, una noche con vino de más, ella me confesó el resto. Esteban no se la había cogido una sola vez. Se la había cogido decenas. Durante todo el año que siguió a mi renuncia, mientras ella seguía siendo su empleada. Y no en lugares improvisados: la mandaba a llamar a su oficina cuando su esposa, que también trabajaba con él, salía a un trámite. Cerraba la puerta con llave. Le pedía que dejara lo que estaba haciendo. Y la sentaba en el escritorio.
—Siempre empezaba pidiéndome que se la chupara —me dijo, con la copa entre las manos, mirando el mar oscuro—. Después me ponía boca arriba. Me cogía despacio, y cuando estaba por terminar, salía y me salpicaba las nalgas. O el piso. O la pared. Una vez me terminó en la espalda y tuve que lavarme la blusa en el lavabo antes de salir a la calle.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
—Porque pensé que te ibas a enojar.
—¿Y ahora?
Me miró con media sonrisa.
—Ahora sé que te calienta.
Tenía razón. Esa noche la cogí pensando en cada una de esas tardes que yo había pasado fuera de la ciudad, viajando por trabajo, mientras ella cerraba la puerta de la oficina del patrón. La cogí pensando en él bajándose el pantalón en su silla giratoria. La cogí pensando en el café enfriándose en su escritorio mientras él le terminaba en las nalgas. Y cuando me vine, ella se vino conmigo, con una intensidad que me hizo dudar de quién la había tenido más adentro a lo largo de los años.
Desde entonces, le di permiso. No para que volviera con Esteban —en ese momento, ya no— sino para que tuviera lo que quisiera, con quien quisiera, siempre que después volviera a casa a contármelo. Y volvió. Dos veces salió con un amigo común. Otra con un desconocido que conoció en un viaje. Cada vez, en la cama, me regalaba la versión completa: la voz del otro, la manera en que la había mirado, qué tan grande la tenía, cómo se había venido. Y yo escuchaba con los ojos cerrados, las manos temblando, sintiéndome a mil kilómetros y a dos centímetros al mismo tiempo.
***
Hace tres semanas, volví a cruzarme a Esteban. Una feria de proveedores en el centro. Pelo más blanco, panza más redonda, pero la misma voz autoritaria de siempre. Nos saludamos con un abrazo, hablamos del clima, intercambiamos tarjetas. Él no sabía nada. Pensaba que el episodio de la oficina había quedado enterrado bajo una década de silencio. Y yo, que llevaba años imaginándolo, sentí que algo se me destrabó por dentro.
El martes pasado le pedí una reunión. Le dije que era para revisar un par de cosas pendientes desde antes de mi renuncia. Aceptó. Me citó en su despacho, a las cinco, cuando la mayor parte del personal ya se había ido. La misma oficina. El mismo escritorio. La misma cerradura.
Hablamos de tonterías durante veinte minutos. Le pedí algunas cosas que de verdad nunca había cobrado y él me concedió algunas, otras me las regateó. Llegó un momento en que el aire en la oficina se puso pesado, no por el calor, sino porque los dos sabíamos que lo importante todavía no se había dicho.
—Esteban —le pedí—, esto que sigue no puede salir de aquí. ¿Bajamos al auto?
—¿Tan grave es, hermano?
—No es grave. Es… delicado.
Bajamos. El estacionamiento estaba vacío. Subimos los dos al asiento delantero de mi auto, prendí el aire para combatir el calor que se había metido durante toda la tarde, y le hablé sin rodeos.
—Carolina quiere acostarse contigo otra vez. Y yo quiero estar presente cuando pase.
Esteban se puso colorado hasta las orejas. Vi cómo le tembló el bigote, cómo el pecho le subió y le bajó dos veces antes de animarse a contestar.
—No sé qué decir.
—No hace falta que digas ahora.
—¿Cómo sabes…?
—Lo sé todo. Lo sé desde hace mucho. La oficina, la puerta cerrada, las veces que la mandabas llamar cuando tu mujer salía a un trámite. Sé lo del escritorio. Sé lo de la pared. Sé que la última vez la terminaste en la espalda.
Bajó la mirada. No por culpa, sino por sorpresa.
—También quiero aclararte una cosa —seguí—. No me interesa nada contigo. No es por ahí. Soy del lado tradicional, digamos. Lo que me gusta es mirar. Escuchar. Saber.
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo hizo despacio, midiendo cada palabra.
—Nunca creí que tu mujer y tú tuvieran este nivel de comunicación —dijo—. La verdad, te admiro. Y te agradezco la confianza.
—¿Eso es un sí?
—Eso es un «déjame pensarlo».
Asentí. No necesitaba más. Cuando lo dejé en la puerta de la distribuidora, le pasé el número nuevo de Carolina anotado en el reverso de mi tarjeta. Él lo guardó en el bolsillo del saco, sin mirarme.
Esa noche, en la cama, le conté todo a mi esposa. Cómo se le había puesto colorado el cuello. Cómo le había temblado la voz al decir «déjame pensarlo». Cómo había guardado su número como si fuera un papelito prohibido. Carolina me escuchaba con los ojos cerrados, sonriendo, mientras yo le pasaba la mano por el vientre y bajaba despacio hasta donde ella ya me esperaba mojada.
—¿Va a llamar? —me preguntó.
—Va a llamar. Tarde o temprano. Y cuando llame, vamos a ir los dos.
Ella se rio bajito, con la cara hundida en mi cuello.
—Eres un degenerado —me dijo.
—Soy tu degenerado.
Y nos quedamos así, abrazados, escuchando el ventilador del techo girar despacio, exactamente como giraba aquella tarde en la oficina, hace diez años, cuando todo esto empezó sin que ninguno de los tres lo supiera.