La apuesta morbosa que mi marido y yo no supimos parar
Nunca le había contado esto a nadie, y todavía no sé muy bien por qué lo escribo ahora. Supongo que necesito sacármelo de dentro. Sucedió de verdad, hace unos meses, y desde entonces no consigo mirar a Adrián de la misma manera. Tampoco a su amigo, la verdad.
Llevábamos casi ocho años juntos y, como les pasa a todas las parejas, la rutina se había instalado en casa sin pedir permiso. No es que nos hubiéramos apagado. Era más bien que ya nos lo sabíamos todo de memoria, y eso, a veces, mata más que las discusiones.
Aquella noche volvíamos de cenar con unos amigos. Habíamos bebido lo justo para estar sueltos, hablando demasiado alto y riéndonos de cualquier tontería. Aparcamos en el garaje subterráneo de nuestro edificio, ese sitio frío de luces de neón que zumban y huele a goma y a humedad.
—¿No decías que querías hacer algo morboso alguna vez? —me soltó Adrián mientras apagaba el motor—. Pues mira, hoy. Ahora. Sin pensarlo demasiado.
Lo miré de reojo, medio riéndome.
—¿Qué estás tramando, cariño?
—Bajamos del coche —dijo, y su voz ya no tenía nada de broma—. Te pones de rodillas entre dos coches y me la chupas ahí mismo. Como cuando éramos novios y no teníamos casa.
Madre mía, hacía siglos que no jugábamos a algo así.
—Joder, Adrián, qué fuerte —dije, pero ya notaba el cosquilleo bajándome por el estómago—. Venga. No hay huevos.
Esa frase siempre fue nuestra perdición. «No hay huevos.» Con eso, los dos sabíamos que ya no había vuelta atrás.
***
Salimos del coche procurando no hacer ruido con las puertas. El garaje estaba en silencio, solo el parpadeo de un fluorescente medio fundido al fondo. Nos metimos en el hueco entre nuestro coche y la furgoneta del vecino del cuarto, ese rincón en sombra donde la luz no llegaba del todo.
Me arrodillé sobre el cemento frío. Sentí el roce áspero en las rodillas y, en lugar de molestarme, me puso todavía más. Le desabroché el pantalón con las manos un poco temblorosas, bajé la cremallera y lo saqué con una mezcla de prisa y hambre que me dejó la boca seca. Lo tenía duro, caliente, palpitando ya contra mis dedos. Lo agarré por la base y lo acerqué a la cara, mirando desde abajo cómo se le tensaba la mandíbula, cómo contenía el aire para no gemir.
Empecé despacio, recorriéndole el glande con la lengua, probando el sabor salado de su piel y el olor fuerte de su polla erecta, que me llenó la nariz de golpe. Pasé la punta por debajo, por el frenillo, y él soltó un siseo ahogado, apoyando una mano en el techo bajo de la furgoneta para no hacer ruido. Le chupé con ganas, metiéndomelo y sacándolo de la boca con un ritmo cada vez más sucio, hundiendo las mejillas, babeándolo todo, notando cómo me rozaba la garganta cuando lo llevaba un poco más adentro. Cada vez que me movía, el cemento me raspaba las rodillas y ese dolor mínimo me volvía más animal, más atenta a su respiración cortada y a la tensión de sus muslos.
Lo hice con hambre. Con esa mezcla de prisa y morbo que solo aparece cuando crees que en cualquier momento puede pasar alguien. Cada eco lejano, cada motor que arrancaba en otra planta, me aceleraba el corazón y me empujaba a seguir. Le lamí los testículos, los sostuve con la mano mientras me metía su polla otra vez en la boca, y él se inclinó hacia delante, temblando ya, con la cara desencajada de placer.
Había olvidado lo que era esto. La adrenalina de hacer algo prohibido, la sensación de que el suelo entero podía abrirse y descubrirnos. Llevábamos tanto tiempo follando en la cama, con la puerta cerrada y la luz apagada, que se me había olvidado lo bien que sentaba arriesgarse. Ahí, entre el frío del cemento y el calor de su cuerpo, volví a sentirme la chica de veintipocos que se escapaba con él a cualquier rincón.
Adrián aguantó menos de lo que esperaba. Justo cuando notaba que ya no podía más, me apartó la cabeza con suavidad y se corrió sobre mi cara, sujetándose contra el lateral de la furgoneta para no perder el equilibrio. Sentí la corrida caliente extendiéndose por mi mejilla, la barbilla y la boca, y me quedé de rodillas, agitada, con el pecho subiendo y bajando mientras la última gota me resbalaba hasta el labio.
—¿Te ha gustado, eh, guarra? —murmuró sin aliento, con esa sonrisa torcida que tan bien conozco.
—No te imaginas cuánto —contesté, limpiándome la comisura de los labios con un dedo y saboreándome a mí misma, con su semen todavía pegado a la piel.
—Espera, no te limpies todavía —me frenó, agarrándome la muñeca—. Vamos a hacer otra cosa. Y si la cumples, te hago el mejor cunnilingus de tu vida. Te lo juro.
Levanté las cejas. Lo conocía demasiado bien como para no oler que se traía algo entre manos.
—Voy a sacar el coche y te espero arriba, en la puerta del ascensor —explicó, subiéndose el pantalón—. Si cruzas el garaje entero hasta allí sin limpiarte la cara, ganas.
—¿Y qué gano, aparte de tu lengua? —pregunté, fingiendo que me lo pensaba, aunque ya había decidido.
—Lo que tú quieras.
—Con una condición —dije, levantándome y sacudiéndome el polvo de las rodillas—. Me limpias todo esto con la lengua. De la cara y de ahí bajas. Sin saltarte nada.
—Trato hecho —se rió—. De la cara directa abajo. Venga, cuenta hasta veinte.
***
Adrián se metió en el coche y salió marcha atrás, y yo empecé a caminar por el centro del garaje con la cara hecha un desastre y una sonrisa idiota que no podía borrar. Me sentía expuesta y poderosa a la vez, las dos cosas mezcladas de una forma que no había sentido en años.
A mitad de camino vi a lo lejos a una pareja con dos niños pequeños bajando de una ranchera, cargados de bolsas. Di un rodeo rápido entre las columnas para esquivarlos, agachando la cabeza, conteniendo la risa nerviosa. El corazón me iba a mil. Como me vean así, me muero.
Pensaba que ya lo había conseguido cuando, de pronto, escuché mi nombre rebotando contra las paredes de hormigón.
—¡Carla! ¡Carla! ¡CARLAAA! ¿Estás sorda?
Se me heló la sangre. Conocía esa voz. Me giré despacio y ahí estaba Rubén, el mejor amigo de Adrián, el que nos había vendido a nosotros mismos como «la parejita más inofensiva del grupo». Estaba apoyado en su moto, con el casco bajo el brazo, mirándome con los ojos como platos.
—Joder, qué sorda te has vuelto —dijo acercándose—. Llevo llamándote desde la rampa. ¿Qué… qué llevas en la cara?
Quise que me tragara la tierra. Sentí el calor subiéndome desde el cuello hasta las orejas.
—Joder, qué vergüenza —fue lo único que me salió, tapándome a medias con la mano.
Rubén se quedó un segundo mirándome, procesándolo. Y entonces lo entendió todo de golpe, y su cara pasó del desconcierto a una sonrisa enorme.
—No se me ocurre ninguna manera elegante de fingir que no he visto nada —dijo, soltando una carcajada—. Mira, mira qué morbosos los dos. Y parecíais unos angelitos cuando os conocimos. ¿Qué os habíais apostado, a ver?
No sé por qué se lo conté. Quizá porque ya no tenía nada que esconder, plantada ahí en medio con la prueba en la cara.
—Que cruzaba el garaje sin limpiarme —murmuré—. Y luego él me la limpia con la lengua. De la cara al resto.
—Sois unos guarros de manual —dijo, encantado—. Anda, pasa a los baños del portal y arréglate eso antes de que te vea alguien más.
—Tienes razón. Somos lo peor —admití, ya buscando la salida con la mirada.
—No, espera —me cortó—. Si lo dejas ahora, pierdes la apuesta.
—¿Qué?
—Que ibas ganando. Sería una pena perder por una tontería.
Lo miré sin entender adónde quería llegar. Él dio un paso hacia mí, dejó el casco sobre el asiento de la moto y bajó la voz.
—Ponte de rodillas —dijo.
***
—¿De qué vas, Rubén? —respondí, riéndome de pura tensión, sin saber si hablaba en serio.
—Hazlo —insistió, y había algo en su tono que no admitía broma—. Vas a hacer la cosa más morbosa de tu vida. Pero tranquila, no te voy a tocar. Te doy mi palabra.
—¿Y entonces para qué quieres que me arrodille?
No me contestó. Me puso una mano en el hombro, sin apretar, solo lo justo para que la pregunta sobrara. Y yo, que podría haberme apartado, que tenía mil razones para apartarme, no lo hice. Me dejé caer sobre las rodillas otra vez, sobre el mismo cemento frío, con el corazón a punto de salírseme del pecho.
Lo que pasó después fue cuestión de segundos. Rubén se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera y sacó su polla, gruesa y tiesa, con una calma que me dio todavía más vergüenza que todo lo demás junto. La vi latir delante de mi cara, pegajosa por la punta, y él se colocó justo enfrente sin tocarme, solo acercándose lo suficiente para que el calor me golpeara los labios. Cumplió su palabra: no me tocó ni una sola vez. Fui yo la que abrió la boca, la que le lamió la punta despacio, la que le rodeó el glande con la lengua mientras él soltaba un gemido bajo y se obligaba a quedarse quieto. Me ordenó sin levantar la voz que siguiera, que no parara, que lo hiciera bien, y yo, roja de vergüenza y completamente encendida, obedecí.
Le chupé la polla de rodillas, mirándolo desde abajo, notando el sabor agrio y salado de otro hombre que no era Adrián. Le cogí el culo del pantalón con las manos para acercarlo un poco más, aunque seguía sin tocarme realmente, y empecé a mover la cabeza con más ritmo, tragándomelo hasta donde podía, haciendo ese sonido húmedo y obsceno que rebotaba en las paredes del garaje. Tenía los ojos fijos en mí, oscuros, concentrados, y una sonrisa de cabrón satisfecho que me hizo apretar más fuerte la mandíbula mientras lo lamía.
—Así —murmuró—. Joder, Carla, así.
Yo seguí, más sucia que nunca, sintiendo la saliva resbalarme por la barbilla, la lengua cansada y la entrepierna latiéndome de pura excitación. Cada vez que lo metía en la boca, él respiraba más rápido; cada vez que lo sacaba, yo veía cómo se le contraía el abdomen. No me tocó ni una vez, pero no hacía falta: el modo en que me miraba, el modo en que me dejaba usarle la boca en medio de aquel garaje oscuro, ya era suficiente para dejarme temblando.
Cuando empezó a tensarse, lo noté enseguida. Le temblaron los muslos, la mano se le cerró sobre el casco de la moto y soltó un gemido más roto. Me aparté apenas un poco y él terminó sobre mi cara otra vez, caliente y brusco, manchándome el mentón, los labios, la punta de la nariz. Se quedó así un segundo, mirando cómo me quedaba quieta, con las rodillas clavadas en el cemento y la respiración desordenada.
—Yo en tu lugar reclamaría el premio —dijo mientras se recomponía la ropa, como si no acabara de pasar nada—. Cualquier cosa que Adrián te hubiera prometido por cruzar el garaje, esto vale el doble. Es mucho más morboso, reconócelo. Y que se lo cuente Diego también, que no me crea.
Se subió a la moto, se puso el casco y me guiñó un ojo antes de arrancar y desaparecer rampa arriba, dejándome de rodillas, temblando, con la boca llena de su sabor y sin saber si estaba furiosa, excitada o las dos cosas a la vez.
***
Subí en el ascensor con la mirada clavada en el suelo, rezando para no cruzarme con nadie más. Adrián me esperaba en el rellano, apoyado en la pared con esa sonrisa de triunfo, listo para felicitarme por haber ganado la apuesta.
—Te dije que no había huevos y mira —empezó, y entonces me vio bien la cara, y la sonrisa se le congeló—. Espera… ¿esto es…?
Me quedé callada un momento, decidiendo en una décima de segundo qué le iba a contar y qué me iba a guardar para siempre. Al final solo le sostuve la mirada.
—Tú querías algo morboso —dije, pasando a su lado para meter la llave en la cerradura—. Pues hoy ha sido el día. Sin pensarlo.
No le conté lo de Rubén esa noche. Tardé semanas en hacerlo, y cuando lo hice, en lugar de enfadarse, se quedó callado, mirándome con una expresión que no le había visto nunca. Desde entonces, cada vez que bajamos al garaje, los dos sabemos en qué estamos pensando, aunque ninguno lo diga en voz alta. Y, para qué mentir, todavía me quema por dentro recordarlo.





