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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cala nudista con mis amigas

No era solo por enseñarle la cala nudista a Marina. Lian y yo nos moríamos de ganas de volver, y después de la tarde tan larga que habíamos pasado el día anterior en su casa, las tres necesitábamos aire de mar, un masaje y, sobre todo, sacudirnos los restos de todo lo que habíamos comido y bebido en aquella cena china. Fue exceso de todo, pero especialmente de alcohol. Tenía la cabeza pesada y el cuerpo lento, y la sola idea de tirarme al agua salada me parecía la única cura posible.

Marina estaba tan emocionada que seguro ni pudo dormir. Desde las siete me despertó por teléfono, apurándome para no llegar tarde a casa de Lian. Me costó horrores levantarme, pero su entusiasmo era contagioso. Desayunamos algo ligero antes de salir, apenas un café y fruta, porque sabíamos que en la caleta nos iban a llenar de jugos y comida. Llegamos temprano, pero Lian, al verme la cara y los brazos marcados de moretones, soltó un grito ahogado y me maquilló como pudo donde menos se notaba. Después rebuscó en su clóset y me prestó una blusa muy bonita, medio transparente, para disimular las manchas.

—No te preocupes, amiga. Puedo decir que cada vez que me da el sol me salen estas marcas —les dije.

Se rieron, pero hasta ese momento no había caído en la intensidad de los moretones que me había dejado el comandante con sus mordidas y sus chupetones. Y en eso pensé: seguro él aparece por ahí con las marcas que yo le dejé a mordiscos en la polla y en los huevos. A ver cómo las justifica.

El yate que cruzaba hasta la caleta era el mismo de la otra vez, una embarcación blanca y elegante que olía a sal y a madera barnizada. El dueño, que llevaba todo el negocio con una mano impecable, era un hombre encantador, abiertamente gay, dulce con todo el mundo y con una sonrisa que tranquilizaba. Nos dio las instrucciones con calma, como quien recibe a viejas conocidas. En el embarcadero había lockers; ahí nos recomendó dejar las cosas de valor y pagar por adelantado los servicios que quisiéramos, según una lista escrita en una pizarra junto a la rampa. Marina, sin pensarlo dos veces, dijo que todos los disponibles, así que pagué por las tres con mucho gusto, aunque ni sabíamos en qué consistían ni en qué orden los íbamos a recibir.

—Dejémonos sorprender —propuso Lian.

Subimos al yate, que iba con muy pocos pasajeros, y nos acomodamos sobre cubierta. A Lian la cubrimos con las toallas. Ya sabía yo que ella evitaba el sol todo lo posible para no oscurecer su piel. Lian tiene rasgos orientales, pero nada del color que la gente imagina: su piel es muy clara, casi blanca, con un tono cremoso color café muy suave, porque nunca se expone directamente al sol.

Las tres nos quitamos la parte de arriba del bikini y nos dejamos acariciar por el sol durante la media hora que tardaba la travesía. Lian también se descubrió un momento, pero Marina la tapó enseguida.

—No te expongas, lo vas a lamentar. Tu piel no está acostumbrada —le dijo.

Llegamos a una playita diminuta, una bahía cerrada, una caleta. Desembarcamos y de inmediato nos ofrecieron jugos y licuados de fruta. Nos dejaron refrescarnos con un chapuzón en el agua salada, nos secamos y nos invitaron a probar el desayuno, aunque no teníamos hambre y apenas lo tocamos. Entonces se acercó una pareja de gente del lugar y nos llevó a la palapa donde daban los masajes.

Nos recostamos las tres, nos descubrieron el cuerpo y empezaron a trabajarnos la espalda. Pero al verme los moretones, él se dedicó solo a mí, sin decir una palabra. Me masajeó mucho rato, frotando las marcas para tratar de borrarlas. Al tocar los dos pequeños que tenía entre las piernas me dolió bastante. Noté que los masajistas hablaban entre ellos; ella se fue a buscar algún remedio y volvió con una pomada verde, color pasto. Me la untaron sobre los dos moretones, y también sobre un tercero, todavía más pequeño, pegado a la entrada de mi coño. Los dedos de la mujer se metieron un poco entre mis labios para llegar bien al moretón y sentí cómo el borde de mi entrada se abría al roce. Olía a una mezcla de mentol y hierba.

Santo remedio. El dolor desapareció y en su lugar quedó un cosquilleo agradable que, poco a poco, se fue volviendo tremendo. Empezó como un hormigueo tibio y terminó en una palpitación que me subía por dentro, insistente, imposible de ignorar. Apreté los muslos contra la camilla y respiré hondo, sintiendo cómo el clítoris se me hinchaba y latía contra la tela. Me di cuenta tarde: me había excitado hasta un extremo que no sabía cómo manejar, se me escapaba flujo, sentía la humedad correrme por el pliegue del muslo, y los masajistas seguían a lo suyo como si nada, ajenos al incendio que me habían provocado en el coño.

—¿Pero te peleaste con un gorila? —me preguntó la señora masajista.

—No, esta vez fue un dragón chino el que la maltrató —contestó Marina, muerta de risa.

Aguanté como pude. En eso nos invitaron al temazcal. Es una choza con forma de horno de pizza, pero grande; a duras penas cupimos las tres recostadas sobre una plancha de piedra que ya estaba ardiendo. Nos rociaron con una sustancia olorosa, muy agradable. El calor subía, nos golpeaban suavemente con manojos de ramas y nos dejaron ahí, sudando, respirando esencias.

—Muy agradable, ¿verdad, chicas? —dijo Lian. Creo que fue lo último que alcanzó a decir.

Las tres caímos en una especie de letargo. Perdimos la voluntad de movernos, de incorporarnos. No sé si fue mucho rato o un instante, pero salimos de ahí completamente desorientadas. Una chica nos llevó de la mano hasta lo que hacía las veces de restaurante. Poco a poco recuperamos el cuerpo, y con él una alegría rara, una euforia. Hablábamos sin parar, recordando la cena en casa de Lian y todo lo que vino después.

La comida estaba incluida y la disfrutamos con calma, a la sombra de una palapa, con los pies sobre la arena tibia y el mar a unos pasos. Pero aún quedaba tiempo para un último baño, que se antojaba delicioso. Dejamos los bikinis y las toallas tiradas en las sillas, sin pudor ninguno, y caminamos hacia el agua sintiendo el sol en la espalda. En eso Marina se detuvo en seco y descubrió a varias personas paseando por la orilla, completamente desnudas, conversando entre ellas como si fuera lo más natural del mundo.

—Esperen. Déjenme disfrutar un momento lo que tantas veces soñé —dijo.

Nos detuvimos las tres a criticar lo que íbamos viendo, entre risitas de colegialas.

—Mira ese, tiene la polla dormida, pero promete. Con lo colgona que la trae, imagínatela dura.

—Mira el otro, todo erguido y con esa vergita tan chiquita, pobre. No le llena la mano ni a él.

—Esa chica sí que es bonita, fíjate qué tetas, y qué pezones se le paran con el frío del agua.

Y así fuimos pasando lista hasta meternos al mar. Brincábamos como niñas, nos abrazábamos, nos frotábamos las tetas unas a otras, nos investigábamos sin pudor. Lian empezó el desorden: primero me acarició el coño por encima, restregándome con la palma abierta hasta que sintió cómo se me abría, y de pronto me metió los dedos formando un gancho y me apretó por dentro, buscándome ese punto esponjoso justo detrás del hueso. Era una sensación nueva, intensa; yo la jalaba hacia mí, queriendo más, empujaba la cadera contra su mano para que me clavara los dedos hasta los nudillos. Ella me miraba con esa sonrisita torcida, sabiendo perfectamente lo que me hacía.

—Así, puta, cógete mi mano —me susurró al oído, y me mordió el lóbulo.

Marina se dio cuenta y le metió los dedos a Lian, pero sin saber el truco del gancho. Lian se giró hacia ella y le enseñó cómo hacerlo, guiándole la muñeca, doblándole los dedos, sosteniéndola con los dedos en un masaje lento, profundo, hasta que Marina agarró el ritmo y empezó a bombearle el coño a Lian bajo el agua.

—¡Ay, qué rico! Se me hace un nudo aquí adentro, no sé qué es —gritó Marina.

—Es que te está tocando por dentro, boba, ahí es donde se corre una de verdad —le dijo Lian, jadeando, con los ojos entrecerrados.

Marina se vino ahí mismo, apretando los muslos contra la mano de Lian, con la boca abierta y un gemido largo que se le escapaba sin poder disimularlo. El agua salada parecía multiplicarlo todo. Yo no lograba calmarme, seguía al límite, con el coño palpitando por la pomada y por los dedos que me había metido Lian, así que la abracé por la espalda y dejé que mis dos manos hicieran lo suyo: la izquierda pellizcándole un pezón duro y la derecha buscándole el centro. Dos, tres dedos entrando y saliendo de su coño chino, ese coño estrecho y apretado que me chupaba los dedos hacia adentro. Ella se retorcía hermosa, con el culo pegado a mi vientre. Marina se acercó y, sin que yo lo planeara, le acariciaba a Lian por detrás, le separaba las nalgas y le pasaba el dedo por el ojo del culo, apenas rozándoselo.

—Métemelo, atrévete —jadeó Lian—. Métemelo despacio, mójate el dedo primero.

Marina obedeció, se chupó dos dedos y le fue metiendo el dedo medio en el culito a Lian, mientras yo la seguía cogiendo por delante con la mano. Lian se ahogaba, nos besaba en la boca a las dos, con la lengua entrando y saliendo, y yo seguía y seguía, sosteniéndola en un orgasmo largo que le sacudía el cuerpo entero. Daba manotazos contra el agua, movía las caderas empalándose ella misma en nuestras manos, y resoplaba como si le faltara el aire.

—Me corro, me corro, no paren, cójanme, cójanme las dos —chillaba en un hilo de voz.

Y se corrió, largo, con espasmos que le apretaban los dedos que yo tenía metidos hasta el fondo. Sentí cómo el coño le latía por dentro, cómo se le contraía todo alrededor de mí, y saqué los dedos empapados de un flujo espeso que ni el agua del mar lograba lavar del todo.

No nos dimos cuenta de que el agua apenas nos cubría hasta el pecho. Las tetas de las tres flotaban a la vista de todos. En la orilla ya se había juntado un grupo, unas seis personas, para mirar nuestro espectáculo. No nos molestaba; estábamos felices y ellos, calientes, con las pollas empezando a levantárseles y las chicas frotándose los muslos disimuladamente. Conté tres chicos y unas cuatro chicas, todos desnudos.

—¡Qué bueno estuvo!, ¿verdad, chicas? —dijo Lian. Marina y yo solo reímos, todavía encendidas, con los pezones erizados y el coño palpitando.

Dos chicas de aspecto europeo se acercaron. Creímos que solo querían conversar, pero no hablaban español ni inglés. La más baja se atrevió a romper el hielo. Por señas nos preguntamos de dónde éramos y cómo nos llamábamos. Ella dijo un nombre que entendí como «Kasia», y al señalarse a sí misma y al mapa imaginario que dibujaba con las manos, supusimos que venían de muy lejos, del este. Las dos llevaban solo la braguita del bikini, sin sostén, pero querían decirnos algo: señalaron que Marina sí estaba sin nada abajo, con el coño depilado a la vista.

—¡Falta de confianza! Quítense esos calzones de abuela y pónganse cómodas —dijo Marina.

Claro que no entendieron las palabras, pero cuando hizo el gesto de bajárselos, ellas mismas se los bajaron, ahora sí completamente desnudas. Cuerpos bonitos, un poco abundantes de vello púbico, tupido y oscuro sobre los coños carnosos, tetas grandes y suaves, algo caídas, con pezones rosados y anchos. Reían y nosotras con ellas, todas a gusto.

Nos llevaron a su rinconcito: una sombra hecha con una toalla sujeta a cuatro remos clavados en la arena, y un montón de mochilas con sus cosas para pasar la noche ahí. Nos hicieron señas de que pasáramos y nos sentáramos sobre unos petates, y nos pasaron una botella para que cada una le diera un trago. El ambiente se relajó.

La más alta señaló a su amiga, riéndose.

—Kasia —dijo, y luego se presentó ella misma con otro nombre, Dorota. Entendimos que eran polacas y cada una quedó identificada por su nombre. Nosotras hicimos lo mismo; los nuestros no les parecieron raros.

Kasia debió explicarle a las demás que en ese lugar se andaba sin braga, según lo poco que había captado de Marina. Discretamente, varias de las otras chicas, cinco en total, también se descalzaron del todo, quedando en pelotas sobre la arena. La botella seguía rolando entre risas.

Por señas, interpretamos que nos preguntaban si nosotras tres éramos íntimas.

—Sí, nos queremos —les dijo Marina, y tomándonos de la cintura nos abrazó a Lian y a mí y nos besó con fuerza, con lengua, primero a una y después a la otra, delante de todas.

—¿Homo? —preguntó una.

—Sí, somos bi, bisexuales. Nos gustan las pollas y también los coños —enfatizó Marina para que quedara claro, y se metió dos dedos en la boca chupándolos con descaro. Lo entendieron perfectamente.

Esperamos la reacción: o nos corrían o nos hacían un gesto de rechazo. Nos volteamos a mirarlas. Y entonces una chiquilla que había estado callada se puso de pie, abrazó a Marina y le besó una teta, con la boca abierta, chupándole el pezón hasta metérselo entero. Marina echó la cabeza atrás y suspiró. No sabíamos cómo reaccionar, pero ellas nos marcaron el camino. Dos se acercaron a Lian, le apretaban las tetas, se las besaban, la recostaron sobre el petate y le acariciaron el vientre bajando hasta el coño. Una le abrió los labios con dos dedos y se agachó a lamerle el clítoris, larga y despacio, con la lengua plana. La otra le chupaba los pezones, uno y otro. Lian las abrazaba y las guiaba hacia donde quería, agarraba a la que le comía el coño por el pelo y le apretaba la cara contra su sexo.

—Así, así, cómeme, no pares, méteme la lengua bien adentro —gemía Lian en español, y aunque no la entendieran, el idioma del coño mojado no necesita traducción.

Mientras tanto, yo abrazaba a Kasia y la otra, la más alta, me sostenía por la cintura. Me besaba el cuello y bajaba, bajaba, hasta arrodillarse en la arena y besarme el pubis depilado. Kasia me pellizcaba los pezones con los dedos ásperos, y la más alta me abrió las piernas con las manos, me separó los labios del coño con los pulgares y pegó la boca contra mi clítoris. Su lengua era larga y gruesa, sabía moverla, me la clavaba entre los pliegues y después subía a chuparme el clítoris con los labios apretados, succionando. Me acariciaban, me apretaban los moretones, les hacían gracia. Kasia tenía las tetas grandes y yo se las agarré todo lo que pude, se las apreté, le mamé los pezones oscuros y grandes hasta que se le pusieron duros como piedras. Me metió tres dedos de golpe en el coño, y como yo estaba tan sensible justo ahí por la pomada, empapada, abierta de par en par, sentí el estirón como un latigazo de placer. Los tres dedos entraban y salían con un ruido líquido, ella los sacaba brillantes, los volvía a meter, buscándome el punto ese que Lian me había enseñado a sentir. La otra no soltaba mi clítoris, lo chupaba, lo lamía, lo mordisqueaba apenas con los dientes.

Estallé en un orgasmo tremendo en muy poco tiempo. Nunca lo había sentido así de fuerte; se me doblaban las rodillas, me caí sentada sobre el petate y ellas cayeron conmigo, sin soltarme. Los muslos me temblaban, se me escapaba flujo caliente en chorros pequeños que les mojaban la cara y las manos. Me dejaba un desfallecimiento que no podía controlar. Ellas no paraban, seguían frotándome el clítoris con dos dedos en cruz, y yo me solté por completo, perdida en la sensación, con la boca abierta gritando algo que ni yo entendía. Kasia me metió los dedos empapados en la boca y yo los chupé, saboreándome a mí misma, mientras la otra me seguía comiendo el coño como si no tuviera fondo. Me vine una segunda vez, encima de la primera, sin darme respiro, con las caderas levantadas del petate empujándome contra su lengua.

Cuando por fin me soltaron y me pude incorporar, Marina y Lian me preguntaban:

—¿Qué te pasó, amiga?

—Es por la pomada que me untaron ahí abajo, en el coño. Me puso loca. Y lo peor es que sigo desesperada por sentir más, tengo el clítoris que me late, se me sale el flujo. No sé cómo calmar esto —les dije, todavía con las piernas abiertas y temblando.

—Ay, cómo me gustaría llegar alguna vez a ese estado. Creí que era puro cuento —dijo Marina.

—¿Y se te habrá curado el moretón de la mordida? —preguntó Lian, intrigada, y me revisó, separándome los labios del coño con dedos delicados. Lo encontró igual, pero la zona enrojecida, hinchada, ardiente, tanto que no me dejaba ni tocarme. Cada roce era como un toque eléctrico delicioso, pero me quemaba. Me eché en la mano un poco de la bebida, que creo era vodka, y me lo froté sobre lo rojo, sobre los labios abiertos y el clítoris palpitante. Me ardió al principio y después me calmó. Por fin dejé de tocarme.

Al rato nos volvimos a meter al mar y todo quedó atrás. Tomamos el yatecito de regreso. Era el último viaje del día, y las tres íbamos en silencio, con esa sonrisa cansada de quien ya sabe que va a volver.

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Comentarios(8)

Camila_B33

Excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

nocturno_lector

Buenisimo, por favor seguí contando que se hizo muy corto. Necesito saber que paso despues jaja

PedroBaires

Me recordo a unas vacaciones que tuve con amigos hace años. Uno nunca espera que un dia normal termine siendo una historia asi. Muy bien narrado, se siente real.

RomiC_21

Que suspense al final!! Cuando sube la proxima parte?

Sylvina_ok

Me gusto mucho como lo describiste, se nota que fue algo que viviste de verdad y no un invento. Ese detalle hace la diferencia, queda mucho mas autentico que otros que lei. Seguí publicando!

Jorvamo86

jajaja que situacion, a quien no le pasaria algo parecido en un lugar asi. Muy bueno

Marce_TUC

tremendo!! me encanto cada parte

GabrielX88

Lo lei de un tiron, muy entretenido y bien escrito para ser una confesion. Espero la continuacion si hay

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