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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en aquella playa nudista

Hacía años que me rondaba la idea de pisar una playa nudista. No era algo morboso, al menos no del todo; era más bien curiosidad, esa sensación de querer cruzar una línea que siempre había mirado de lejos. El problema era que ninguna de mis parejas se entusiasmaba con el plan. Cada vez que lo proponía, recibía la misma mueca de incomodidad, y el tema moría antes de empezar.

Así que cuando me tocaron unos días de vacaciones solo, en una isla del sur, y descubrí que había una cala nudista a quince minutos caminando desde mi hotel, no me lo pensé demasiado. Es ahora o nunca, me dije mientras metía una toalla, agua y un par de cervezas en la mochila.

El camino bajaba entre rocas y matorrales hasta una franja de arena dorada, recogida y protegida del viento. Al llegar comprobé que no estaba muy concurrida. Había poca gente repartida, la mayoría hombres, y la media de edad era más alta de lo que esperaba. Me busqué un hueco, extendí la toalla y me quité la ropa con esa torpeza del primerizo que cree que todos lo están mirando.

Nadie me miraba, claro. Cada cual estaba a lo suyo.

La mañana pasó sin pena ni gloria. Me bañé, leí un rato, dejé que el sol me secara la espalda. Esperaba que ocurriera algo interesante sin saber muy bien qué, pero la cala seguía tranquila, casi adormecida por el calor.

***

Serían cerca de las tres de la tarde cuando una mujer se acomodó a pocos metros de mí. Tendría unos cuarenta y tantos, con un cuerpo lleno y bonito, caderas anchas, un pecho generoso y una manera de moverse que transmitía una calma absoluta. Llevaba un pareo blanco anudado a la cintura, un sombrero de ala ancha y unas gafas oscuras.

—Hola —me saludó al pasar, con una sonrisa franca.

—Hola —respondí, intentando que no se me notara la sorpresa.

Tendió su toalla, se deshizo del pareo sin ninguna ceremonia y se tumbó a tomar el sol. Yo, que presumía de discreto, descubrí que no era capaz de apartar la vista. Tenía las tetas grandes y pesadas, con unos pezones oscuros que se le habían puesto duros con la brisa, y entre las piernas un coño depilado con los labios carnosos, marcados, imposibles de ignorar. Había algo en su naturalidad que me tenía atrapado, esa seguridad de quien está cómodo en su propia piel. Sentí cómo, muy a mi pesar, la polla empezaba a hincharse contra mi vientre. Me giré hacia el mar y fingí interés en el horizonte.

No funcionó del todo.

Llevaba media hora luchando contra mí mismo cuando un hombre de unos cuarenta años se detuvo a mi lado. Me saludó, le devolví el saludo sin más. Empezó a hacerme conversación: que si venía mucho por aquí, que si era de la zona. Yo contestaba con monosílabos, sin entender muy bien a qué venía tanto interés.

Entonces, sin previo aviso, bajó la voz y soltó una frase que me dejó helado. Era un comentario directo, físico, una propuesta sin rodeos: que tenía una polla muy chupable y que le encantaría metérsela entera en la boca allí mismo.

—Perdona, ¿cómo dices? —reaccioné, más confundido que ofendido.

—No te enfades, hombre —se excusó enseguida, levantando las manos—. Solo era un cumplido.

—Lo siento, no me van los tíos. Gracias —dije, intentando sonar amable.

El hombre se encogió de hombros con deportividad y siguió su paseo por la orilla como si nada hubiera pasado. Me quedé desconcertado. Nunca me había ocurrido algo parecido, y no era precisamente alguien que fuera por la vida presumiendo de nada.

Apenas me había recompuesto cuando un segundo hombre repitió la jugada. Más rodeos, más conversación de relleno, idéntico final. Esta vez lo corté antes, ya con la mosca detrás de la oreja, y volví a quedarme solo con mi toalla y mi creciente sospecha.

Fue entonces cuando escuché una risa suave a mi lado.

***

—No he podido evitar oíros —dijo la mujer del pareo blanco, incorporándose sobre un codo—. Lo siento. Sabes que esto es zona de ambiente, ¿verdad?

—¿Zona de ambiente? —repetí, y debí de poner una cara tan absurda que ella se rió de nuevo.

—Por eso vengo yo aquí —explicó—. A mí me dejan tranquila. Bueno, salvo tú, que no has parado de mirarme las tetas y el coño desde que llegué.

Sentí que me ardían las orejas.

—Perdona si te he incomodado —murmuré.

—Para nada. No hay nada malo en mirar. —Se quitó las gafas y me tendió la mano—. Me llamo Carla.

Me acerqué para darle dos besos y, al hacerlo, sus tetas rozaron mi pecho apenas un instante. Los pezones duros se me clavaron un segundo en la piel y noté cómo la polla, que había conseguido calmar a duras penas, volvía a espabilarse. Olía a crema solar y a sal.

—No has ido a muchas playas nudistas, ¿verdad? —preguntó con media sonrisa, mirando de reojo hacia abajo, directo a mi polla que ya asomaba medio empalmada—. Eso te delata.

Quise que me tragara la arena. Tanto que, por pura vergüenza, hasta logré que la polla se calmara de golpe.

—La verdad es que no —admití—. ¿Tanto se nota?

—Por cómo miras y por cómo se te pone, sí —dijo divertida—. Si quieres, pon tus cosas con las mías. Acompañada te costará menos adaptarte.

No me lo pensé. Arrastré la toalla, la mochila y mis pocas defensas hasta su rincón. Le ofrecí una de las cervezas que llevaba, todavía fresca, y nos pusimos a hablar.

***

Hablamos durante un buen rato, de cosas sin importancia: del calor, de la isla, de lo bien que se estaba allí lejos del bullicio de las playas grandes. Carla tenía una conversación fácil, de esas que te hacen olvidar que hace diez minutos eras un completo desconocido. Pero yo seguía observándola, incapaz de evitarlo, y eso tampoco le pasó desapercibido.

—¿Nunca habías visto a una mujer así? —preguntó, riéndose otra vez.

—Claro que sí —contesté—. Pero no tan cómoda consigo misma. Es difícil no mirar.

—Vaya, gracias. —Hizo amago de alcanzar el pareo—. Si te incomodo, me tapo.

—Por mí, no lo hagas —respondí sin pensar, y enseguida me arrepentí de haber sonado tan ansioso.

Pero ella no se ofendió. Al contrario. Algo cambió en su mirada, una chispa de complicidad que entendí al instante. El sol pegaba fuerte, la cala estaba medio vacía y el resto del mundo parecía haberse alejado un par de kilómetros.

—Si sigues así, vas a explotar —dijo en voz baja, casi divertida, mirando mi polla que ya volvía a levantarse sola contra mi ombligo—. Tenían razón esos dos de antes: la tienes bonita.

Acercó la mano despacio, sin prisa, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme. No lo hice. Miró un momento a ambos lados, comprobando que nadie nos prestaba atención, y la curiosidad con la que había llegado a aquella playa se transformó en otra cosa, mucho más urgente.

—¿Puedo? —preguntó.

Solo acerté a asentir con la cabeza.

***

Lo que vino después tuvo esa cualidad irreal de las cosas que no planeas. Envolvió mi polla con los dedos, la sopesó un segundo como quien mide algo con cariño, y empezó a moverme la mano de arriba abajo con una lentitud calculada. La piel me tiraba en el prepucio cada vez que bajaba hasta la base, y el glande, ya morado y brillante, asomaba entero cuando me apretaba justo por debajo de la corona.

—Estás durísimo —susurró, pasando el pulgar por la punta y untándome el líquido preseminal por toda la cabeza—. Y encima mojando ya, cabrón. Qué morbo me das.

Cada poco volvía a mirar de reojo hacia los lados, sin perder nunca la calma, como si aquello fuera lo más natural del mundo bajo el sol de la tarde. Me la pajeaba con una técnica de mujer que sabía manejar bien una polla: apretando en la base, girando la muñeca al subir, deteniéndose de vez en cuando para acariciarme los huevos con las yemas, sopesándomelos, tirando muy suave del escroto para hacerme jadear.

—Tienes que relajarte —susurró—. Disfruta. Nadie nos mira.

Y tenía razón. Poco a poco dejé de pensar en la gente, en la vergüenza, en lo absurdo de la situación, y me concentré solo en ella, en la sensación de su mano firme empuñándome la polla y en el calor de su cuerpo tan cerca del mío. Me incliné y le atrapé un pezón entre los labios, chupándoselo mientras le amasaba la otra teta con la mano abierta. Estaba durísimo, grueso, y se le hinchó todavía más contra mi lengua. Le oí soltar un suspiro largo que me erizó la piel.

—Así, muérdemelos un poco, no te cortes —jadeó, arqueando la espalda para ofrecerme más pecho.

Le mordisqueé el pezón sin miedo, tirando de él con los dientes, y ella soltó un gruñido gutural que me puso todavía más burro. Le bajé la mano por el vientre hasta el coño, y cuando le rocé los labios los encontré empapados, resbaladizos, calientes. Le hundí dos dedos de golpe y ella abrió las piernas todo lo que la posición le permitía, tapándonos disimuladamente con la esquina del pareo.

—Chúpame el coño —me pidió al oído, con la voz ronca—. Bájate y cómemelo, hazme correr aquí mismo.

Era una mujer que sabía perfectamente lo que quería. Me deslicé por la toalla hasta quedar tumbado boca abajo entre sus muslos, guarecidos por su cuerpo y por el sombrero que se colocó estratégicamente sobre la cadera para tapar la escena de miradas ajenas. Le abrí los labios del coño con los pulgares y me encontré el clítoris hinchado, brillante, asomado como una perla rosada. Se lo cubrí entero con la boca y empecé a lamérselo despacio, en círculos, alternando con lametones largos desde la entrada hasta arriba.

—Ay, joder, sí… así, ahí mismo… —siseó, agarrándome del pelo y apretándome contra ella.

Le metí la lengua todo lo que pude, la moví adentro sintiendo cómo se le contraían las paredes, y volví a subir al clítoris para chupárselo con más ganas. Ella movía las caderas contra mi cara, sin importarle ya el disimulo, y yo le clavaba dos dedos dentro mientras le lamía sin parar. El coño le sabía a sal, a sudor y a mujer, y la barbilla me quedó chorreando de sus flujos.

Estuvimos así un buen rato, hasta que su respiración se quebró y se arqueó contra mí con un gemido contenido, apretando los muslos alrededor de mi cabeza. Le noté el coño palpitando contra la lengua, contrayéndose en oleadas, y le seguí lamiendo suave hasta que se dejó caer, temblando, y me apartó con una risa entrecortada.

Se quedó quieta unos segundos, recuperando el aliento, y luego me miró con una sonrisa traviesa.

—Aquí no podemos hacer mucho más —dijo, relamiéndose los labios—. Pero no pienso dejarte así con esta polla dura.

Volvió a inclinarse sobre mí. Se colocó de costado, medio tapándome con su cuerpo, y bajó la cabeza hasta mi entrepierna. Me lamió primero los huevos, chupándomelos uno a uno con la boca abierta, y después subió por el tronco con la lengua plana, despacio, hasta llegar al glande. Me lo besó como si fuera una fruta madura y se lo metió entero en la boca de un golpe.

—Joder, Carla… —gemí, arqueando las caderas.

—Shhh, calladito —me riñó soltándome un segundo—. Que no nos oigan.

Volvió a tragarme la polla hasta el fondo, ahora sí, sin miramientos. La sentía chocar contra la parte de atrás de su garganta y la vi ahogarse un instante antes de subir de nuevo, dejándome un hilo de saliva colgando del glande. Con la mano me apretaba la base y me la pajeaba al mismo ritmo que chupaba, arriba y abajo, arriba y abajo, sin dejar de mirarme con esos ojos oscuros llenos de guasa.

Me chupó la polla con hambre, sacándomela para lamérmela entera de abajo arriba antes de tragársela de nuevo. Notaba la lengua rodeándome la corona en cada subida, sus mejillas hundiéndose de la fuerza con que succionaba, y los huevos se me empezaron a apretar contra el cuerpo, avisando de que aquello no iba a durar mucho.

—Me corro —le avisé con un hilo de voz—. Carla, que me corro ya…

Lejos de apartarse, apretó más los labios alrededor del tronco y aceleró el ritmo con la mano. Me metió la polla hasta el fondo una última vez y ya no pude aguantar más: exploté dentro de su boca en varios chorros largos, calientes, con un escalofrío que me recorrió de la nuca a los pies. Ella se lo tragó todo sin pestañear, apurándome con la lengua hasta la última gota, y solo cuando dejé de correrme me soltó la polla, lamiéndome la punta con dos besos suaves como despedida.

—Rico —dijo, sonriendo, pasándose el dorso de la mano por la comisura de los labios.

***

Nos quedamos tumbados, riéndonos como dos críos que acaban de hacer una travesura. El cielo había empezado a teñirse de naranja y la cala se vaciaba poco a poco. Carla se estiró, perezosa, y propuso un último baño.

Nos metimos en el agua, ya fresca a esa hora, y nadamos un poco sin hablar, solo disfrutando del momento. Debajo, aprovechando que nadie miraba, ella volvió a agarrarme la polla un segundo y me la apretó juguetona antes de soltarme con una risa. Cuando salimos, el sol estaba a punto de tocar el horizonte. Recogimos las cosas sin prisa, sacudimos la arena de las toallas y nos quedamos un instante de pie, frente a frente, sin saber muy bien cómo despedirnos.

—Ha sido un placer conocerte —dijo, y sonó sincero.

—Lo mismo digo. Quizá demasiado placer —bromeé, y ella se rió.

Intercambiamos los teléfonos antes de separarnos, con esa promesa tibia de repetir algún día que casi nunca se cumple, pero que se dice igual porque suena bien. Nos dimos un último beso, esta vez nada accidental, con lengua y con el sabor de mi propia corrida todavía en la suya, y cada uno tomó su camino.

Subí de vuelta al hotel con la toalla al hombro y una sonrisa idiota que no se me iba. Había ido a aquella playa buscando cruzar una línea, ver con mis propios ojos algo que siempre había imaginado de lejos. No esperaba volver con una historia que, años después, sigo recordando con todo detalle.

Aquel fue, sin duda, el día de playa más memorable de toda mi vida.

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Comentarios(7)

MilaRosario

Que relato!! me encanto de principio a fin

NachoCba2

Buenisimo, se hizo corto. Por favor seguilo que quede con ganas de saber como termino todo

ViajeroSentimental

Me recordo a una escapada parecida que tuve hace años. Esa sensacion de libertad es algo que no se olvida facilmente. Muy bien narrado, gracias por animarte a contarlo

CuriosaNet22

Fue la primera vez que ibas o ya habia ido antes? Me quede con esa duda... igual muy bueno el relato

Pati_Cba

Se nota que es real, eso se siente en como lo contas. Me gusto mucho la forma en que describis ese primer momento

TomasVerano

Jajaja la intro me mato, tirarse solo a la aventura asi... tremendo. Muy bueno!!

Nati_GBA

increible!! sigue subiendo

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