El regalo de cumpleaños que mi esposo me pidió cumplir
Me tiemblan las manos mientras recojo los últimos papeles del escritorio y los guardo en el cajón. Llevo mirando el reloj desde que terminé de almorzar, y ahora apenas quedan diez minutos para las seis. Cada vez que levanto la vista, mis ojos tropiezan con la placa de identificación: «Renata Salgado». Ese es mi nombre, el que aparece en las facturas, en las reuniones, en la vida ordenada que construí durante doce años.
Hoy es el cumpleaños de mi marido. Cumple cuarenta y ocho y me pregunto qué estará pensando en este momento. Apuesto a que ha mirado el reloj toda la tarde igual que yo, imaginando lo que va a pasar esta noche. Él quiere ese regalo. Un regalo que solo yo puedo darle, y que no se compra en ninguna tienda: quiere que otro hombre me folle sin condón y me llene el coño de leche caliente el mismo día en que dejé de tomar las pastillas.
Cierro el archivador y oigo el repiqueteo de unos tacones en el pasillo. Es Patricia, mi jefa, que asoma la cabeza con su sonrisa de fin de jornada.
—Que descanses, Renata. Nos vemos mañana.
—Igualmente, Patricia. Buenas noches —respondo, y me sorprende lo firme que suena mi voz cuando por dentro estoy temblando y el tanga se me pega a la carne mojada.
Salgo a la calle y busco mi coche. Aprieto el volante con fuerza mientras conduzco por la avenida larga, vigilando el tráfico y repasando la dirección que me dio. Dijo que era un edificio de fachada rosada, con un letrero justo después de una sucursal del banco.
Ahí está. El motel Marabú. Sé que no es un lugar elegante, pero esta noche eso no importa lo más mínimo. Veo su coche aparcado al fondo y dejo el mío junto al suyo. Apago el motor y me quedo unos segundos en silencio, escuchando mi propia respiración.
Bajo la visera y me miro en el espejo. Hago un par de retoques de última hora y me aplico una capa nueva del labial que tanto le gusta, ese rojo intenso que, según me confesó durante un almuerzo la semana pasada, lo pone duro de inmediato. Anoche, mi marido me pintó las uñas de las manos y de los pies del mismo color, para que todo combinara. Mientras me pintaba los pies desnudos, apoyada contra el respaldo del sofá, se le notaba la erección debajo del pantalón y no dejaba de repetirme al oído lo que iba a pasar hoy: cómo otro hombre me iba a abrir de piernas, cómo me iba a llenar hasta que le chorreara por los muslos, cómo yo iba a volver a casa con el coño lleno de semen ajeno para que él después me lamiera de arriba abajo. Él lo sabe todo. Él lo planeó todo.
Me pongo un poco de perfume en el cuello y respiro hondo. Estoy lista.
***
Salgo del coche y mis tacones suenan contra el asfalto mientras camino. En el asiento delantero de su auto, tal como me había anticipado, hay una libreta con el número de la habitación anotado. Catorce. Está en el ala opuesta del estacionamiento. Cruzo despacio, sintiendo cómo el corazón me golpea el pecho, y llamo a la puerta.
Oigo el clic del pestillo. La puerta se abre y él me sonríe. Es alto, ancho de hombros, con una calma en la mirada que me desarma. La primera vez que lo vi sentí que las piernas me fallaban, y ahora vuelve a pasarme lo mismo.
Hay una silla junto a la entrada y dejo el bolso encima mientras él cierra la puerta a mi espalda. Me giro para mirarlo. No hay vuelta atrás, pienso, y la idea, en lugar de asustarme, me derrite el coño.
Camina hacia mí y rodea mi cintura con los brazos. Inclino la cabeza hacia arriba y nos besamos. Sus manos bajan hasta mi cadera, aprietan la carne por encima del vestido y siguen bajando hasta llenar la palma con mis nalgas. Su lengua busca la mía con una avidez que no admite discusión. Interrumpo el beso apenas un instante.
—Solo tengo dos horas —le advierto.
—Entonces vamos a aprovechar cada minuto —murmura contra mi boca—. En dos horas te voy a follar tantas veces que mañana no vas a poder cerrar las piernas sin acordarte de mí.
Me estremezco entera. Vuelve a apretar sus labios contra los míos, y esta vez me mete la lengua hasta el fondo. Nos quedamos así casi un minuto, besándonos con una urgencia que no sabía que tenía dentro, mientras siento cómo se le endurece la polla contra mi vientre a través de la tela del pantalón.
Doy un paso atrás y empiezo a desabrocharle la camisa. Él intenta besarme el cuello mientras se la quito por los hombros. Se baja los pantalones tan rápido como yo lo desnudo, y enseguida sus dedos buscan el cierre de mi vestido. Me besa en la boca mientras lo desliza por mis hombros hasta dejarlo caer.
Va dejando un rastro de besos por mi cuello hasta el nacimiento del pecho. Con suavidad aparta los tirantes de mi sostén y baja las copas. Su boca caliente se cierra sobre uno de mis pezones y un escalofrío me recorre la espalda. Me lo chupa fuerte, lo suelta, lo vuelve a atrapar entre los dientes, y yo hundo los dedos en su pelo y lo aprieto contra mí. Sus manos sueltan el broche y la prenda cae al suelo.
Lo miro desde arriba mientras él pasa de un pecho al otro, mordiéndolos, dejándolos rojos, escupiendo un poco de saliva sobre los pezones para chuparlos brillantes. Lo escucho respirar agitado, y esa respiración suya me enciende más que cualquier caricia. Siento cómo su polla, todavía atrapada en los calzoncillos, empuja contra mi muslo, gruesa, dura, palpitando por salir.
***
Se endereza, baja una mano y la desliza por debajo de mi ropa interior. Me besa otra vez mientras sus dedos recorren mi vientre y descienden despacio. Cuando uno de ellos me encuentra, encuentra un coño completamente empapado.
—Mira cómo estás —me susurra al oído, hundiendo el dedo hasta el fondo—. Estás chorreando. ¿Todo esto es porque sabías lo que ibas a hacer esta noche?
—Sí —consigo decir, con la voz entrecortada.
Mete un segundo dedo. Los curva dentro de mí, me busca ese punto justo detrás del hueso y me lo aprieta hasta que las rodillas me flaquean. Le chupo la lengua, aferrada a sus hombros, sintiendo cómo juega conmigo sin prisa mientras el pulgar me frota el clítoris en círculos lentos, deliberados. La palma de su mano me golpea suave el monte cada vez que empuja los dedos, y ese golpeteo húmedo, ese chapoteo que suena en la habitación, me pone más de lo que quiero admitir.
—Escucha —me dice, muy bajo, sin detener los dedos—. Escucha cómo suena tu coño. Está pidiendo a gritos que te lo folle.
Rompo el beso y retrocedo lo justo para deshacerme de la última prenda. Vuelvo a acercarme y le bajo los calzoncillos, arrastrándolos con el elástico hasta el suelo. La polla le salta hacia arriba en cuanto la libero, gruesa, con una vena marcada corriéndole por debajo, la punta ya brillante de líquido. Me arrodillo para ayudarlo a salir de ellos. Cuando me incorporo a medias, la tengo frente a la cara, y por un momento me quedo mirándola sin moverme, calculando.
La rodeo con la mano izquierda y la siento latir contra mi palma, caliente, dura como una piedra bajo la piel fina. Me inclino y le doy un beso lento con la boca entreabierta sobre el glande, mientras coloco la otra mano debajo, sopesándole los huevos. Sus manos cubren las mías y, cuando levanto los ojos, me está mirando, esperando.
Saco la lengua y la paso desde la base hasta la punta, lenta, dejando un rastro de saliva brillante. Sus dedos rozan mi anillo de bodas y me pregunto qué estará pasando por su cabeza en este instante. Aquí estoy yo: una mujer casada, rubia, de treinta y siete años, arrodillada en el suelo de una habitación barata, con la polla de otro hombre en la boca, a punto de cumplir el deseo más extraño que mi marido me ha pedido jamás. Tenemos dos hijos y una casa pequeña en las afueras. Él trabaja en una empresa grande y me llama, medio en broma medio en serio, su «mujer trofeo». Y hoy, para celebrar sus cuarenta y ocho, me ha enviado aquí a que otro me abra las piernas y me deje preñada.
Abro la boca y empiezo. Al principio me cuesta, porque es gruesa y me llena entera, pero él me acompaña acariciándome el pelo con paciencia, marcándome el ritmo. Chupo con la boca cerrada alrededor, subo, bajo, saco la lengua para lamerle los huevos entre embestida y embestida. Se me llena la barbilla de saliva, y el hilo que me cae hasta los pechos me marca las tetas de brillo. Lo escucho gemir y ese sonido me da valor. No vine aquí esta noche para que me traten con delicadeza. Vine para otra cosa. Quiero que sea firme conmigo, que tome el control, que por unas horas yo deje de ser la mujer ordenada de siempre y me trate como la puta que quiero ser esta noche.
Levanto la vista y lo miro a los ojos con la polla todavía dentro de la boca. Él me sostiene la cabeza con las dos manos y me habla en un tono distinto, más grave.
—Despacio —dice—. Mírame mientras me la chupas.
Obedezco. Mantengo los ojos abiertos, fijos en los suyos, y él sonríe satisfecho. Empieza a moverme la cabeza al ritmo que quiere, empujando un poco más hondo en cada bajada. Cuando llega al fondo de la garganta me quedo unos segundos ahí, con los ojos llorosos y la nariz pegada a su vientre, hasta que él me libera para que respire.
—Así me gusta —murmura, acariciándome la mejilla, limpiándome un hilo de saliva con el pulgar—. Esta noche eres solo mía. Esta boca es mía. Ese coño mojado que le enseñas al espejo cada mañana también es mío. No te detengas hasta que yo te lo diga.
Vuelve a empujar y yo abro más la garganta. Me folla la boca despacio, firme, y con cada embestida siento la punta rozarme el fondo. Me arden los ojos, me cae la saliva por el mentón, y entre las piernas noto cómo el propio coño me empapa los muslos.
***
Seguimos así varios minutos, hasta que él se inclina, me toma de la barbilla y me aparta con suavidad. Un hilo de saliva une todavía mi boca con la punta de su polla. Me sostiene la cara hacia arriba para que nuestras miradas se encuentren.
—Levántate —ordena.
Me tiende la mano y casi pierdo el equilibrio sobre los tacones. Me atrae hacia su pecho y vuelve a besarme, hambriento, sin importarle que yo tenga la boca sabor a su polla. Su lengua busca la mía y yo respondo girándola alrededor de la suya. Me toma del mentón y me mira fijo.
—¿Todavía quieres esto? —pregunta.
—Sí —respondo sin dudar—. Sabes para qué vine.
—Dilo. Dime para qué viniste.
Trago saliva. Me sujeta la nuca con una mano y el mentón con la otra. No me deja escapar.
—Vine a que me folles sin condón —susurro, y sentirme decirlo me hace apretar los muslos—. Vine a que me llenes el coño. Es lo que él quiere.
—¿Hiciste lo que te pedí?
—Sí. Hice exactamente lo que me dijiste.
—Demuéstramelo.
—Está en el bolso —contesto, con la voz un poco temblorosa.
—Tráelo.
Me suelta y voy hasta la silla, desnuda salvo por los tacones, sintiendo cómo la polla dura le rebota cuando camina detrás de mí. Siento su mirada clavada en mí mientras abro el bolso y meto la mano dentro. Saco una cajita pequeña y estiro el brazo para entregársela.
Lo observo examinar el blíster de anticonceptivos. Mira la fecha, abre el paquete y empieza a contar las pastillas, una por una. Yo lo miro, nerviosa, sin saber qué espera encontrar.
Levanta la vista y se ríe entre dientes.
—¿No me estarás tomando el pelo? —dice—. ¿Cómo sé que no tienes otra caja escondida en alguna parte? Podrías haber dicho que las perdiste y pedir un repuesto.
—Te estoy diciendo la verdad —insisto—. Son las únicas que tengo. Hice lo que me pediste. Llevo cuatro días sin tomar ninguna. Estoy en pleno ciclo. Él lo calculó.
—Así que tu marido calculó las fechas —murmura, y una sonrisa lenta se le extiende por la cara mientras se acaricia la polla mirándome—. Qué hombre. Te manda aquí en el día justo para que te llene de leche y no puedas hacer nada.
—Sí —susurro.
—¿Y tú qué querés que haga?
—Que me lo hagas —respondo, mirándolo a los ojos—. Que me lo hagas hasta el fondo. Sin sacarla.
Deja la caja sobre la mesa y extiende la mano de nuevo. Me quita el bolso, lo abre y saca mi billetera. Curiosea dentro mientras yo lo miro sin moverme, con los pezones erizados y las piernas apenas separadas.
—¿Qué tenemos aquí? —comenta, divertido—. Cuántas tarjetas. Vaya, vaya. Señora Renata Salgado.
Revisa cada una y las vuelve a colocar con cuidado en su lugar. Después abre el compartimento de las fotos y aparece una imagen mía junto a mi marido y mis hijos. Sonríe.
—Bonita familia.
Pasa a la siguiente foto: yo en bañador, en unas vacaciones de hace dos veranos. Me mira con una ceja levantada.
—Recuérdame sacarte unas fotos cuando la barriga empiece a notarse —dice, y algo en mi vientre se contrae al escucharlo. Se pasa la mano por la polla, de arriba abajo, muy despacio—. Esta noche te la voy a dejar dentro tantas veces que va a ser mía. Ese hijo va a ser mío, Renata. Aunque lo críen ustedes dos.
Arroja la billetera sobre la mesa y se acerca para tomarme entre sus brazos. Me agarra una teta, me pellizca el pezón hasta que gimo, y con la otra mano me acaricia entre las piernas, sintiendo cómo estoy.
—Estás empapada de escucharme —constata—. Te gusta la idea.
—Sí —admito, apoyando la frente en su hombro.
***
Nos besamos con una intensidad nueva mientras me empuja con suavidad hacia la cama. Caigo de espaldas y él me levanta las piernas al mismo tiempo. Empieza a besarme los tobillos, subiendo despacio, mordiéndome la cara interna de la pantorrilla, dejándome marcas rojas en los muslos. Inclino la cabeza para mirarlo.
—¿Quieres que me quite los zapatos? —pregunto.
—No —responde sin levantar la vista—. Quiero que los conserves puestos. Quiero que quedes con los tacones en el aire cuando te la meta.
Sigue besando la cara interna de mi muslo hasta que su boca llega a los pliegues del coño. Me abre con dos dedos y me pasa la lengua entera, plana, de abajo hacia arriba. Grito. Me la clava adentro, la saca, la vuelve a clavar. Me chupa el clítoris hinchado, se lo mete entre los labios y tira suave, y yo levanto las caderas contra su cara buscando más. Me la come sin apuro, empapado de mi jugo, la barbilla brillante, gruñendo contra la carne. Después empieza a mover dos dedos dentro de mí al mismo ritmo que la lengua, y en cuestión de minutos siento cómo se me arma la primera oleada.
—Voy a… —alcanzo a decir.
—Córrete en mi boca —ordena, sin levantar la cara—. Después me monto.
Me estallo contra su lengua con un grito que se me escapa desde el fondo. Me sacudo entera, aprieto los muslos alrededor de su cabeza, y él sigue chupándome mientras las contracciones me atraviesan. Cuando por fin me suelta, tengo el pecho enrojecido y la respiración destrozada.
Se incorpora entre mis piernas. Se agarra la polla con la mano y la pasa por mis pliegues, arriba y abajo, mojándose entera con lo que yo acabo de dejarle. Me la apoya en la entrada. Un empujón basta para que la punta se hunda, y otro, más firme, la mete hasta la mitad. Grito. Es gruesa, y estoy tan mojada que se desliza sin resistencia.
—Míralo —me susurra—. Mira cómo entra sin nada en el medio. Nada entre tu coño y mi leche.
Bajo la vista y veo cómo desaparece dentro de mí, cómo mi coño se abre alrededor de la base y lo aprieta. La sensación de la piel contra la piel, sin ninguna barrera, es distinta a todo. Se me pone el cuerpo en llamas. Hace años que no siento algo así.
Empieza a follarme despacio, apoyado sobre los brazos, mirándome desde arriba. Cada embestida me arranca un gemido nuevo. Me agarro de las sábanas, después de sus antebrazos. Me sube el ritmo. Me lo clava hasta el fondo y se queda un instante, y yo siento cómo late dentro.
—Así te hace tu marido cuando te preña, ¿no? —murmura contra mi oreja—. Así, hasta el fondo, sin sacarla. Hoy me toca a mí.
—Sí, sí, así —repito sin darme cuenta.
Me toma de los tobillos y me pone las piernas sobre sus hombros. Ahora entra más profundo, y cada embestida me arranca un sonido que no reconozco como mío. La cama cruje. Los tacones se me clavan en la espalda y él ni se inmuta. Me mira las tetas rebotar con cada golpe, me pone una mano en la garganta sin apretar de verdad, solo marcando quién manda.
—¿Quién es tu marido esta noche? —me pregunta, follándome más fuerte.
—Tú —jadeo.
—¿Y quién te va a dejar preñada?
—Tú —repito, y otra corrida se me está armando en la boca del estómago.
Me suelta las piernas, me hace girar de un movimiento y me deja boca abajo, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Me agarra las caderas con las dos manos y me la mete de golpe otra vez desde atrás. Grito contra la tela. Empieza a follarme fuerte, sin piedad, sin ritmo cuidado. Los muslos le chocan contra mis nalgas y suena por toda la habitación. Me da una nalgada. Después otra. Me deja la piel ardiendo.
—¿Así lo querías? —me pregunta, con la voz ronca.
—Sí, sí, más fuerte —le suplico.
Se inclina sobre mi espalda, me agarra el pelo y me tira suave para levantarme la cabeza. Me lo mete hasta que siento cada centímetro. La segunda corrida me revienta encima de la primera, y me deshago debajo de él, sacudiéndome, apretando la polla dentro de mí con espasmos que no puedo controlar.
—Voy a acabar —gruñe, y las embestidas se le vuelven más cortas, más profundas—. ¿Dónde la quieres?
—Adentro —le digo con la cara pegada al colchón—. Adentro, no la saques.
—Dilo bien.
—Córrete en mi coño —consigo articular—. Lléname. Es lo que él quiere. Es lo que yo quiero.
Basta con eso. Suelta un rugido apagado, me clava las manos en las caderas y empuja hasta el fondo. Siento cómo se descarga adentro, chorro tras chorro, caliente, denso, y cómo la polla le late contra las paredes de mi coño. No la saca. Se queda ahí, encima de mí, apretándome contra el colchón hasta que la última contracción se le va. Después se retira despacio, y yo aprieto los muslos por instinto, sin querer que se escape una gota.
Me da vuelta con cuidado y me abre las piernas para mirarme.
—Mira lo que te dejé —murmura, casi con reverencia, deslizando dos dedos por mis pliegues y volviendo a empujar el semen que empieza a resbalar hacia adentro—. Ahora quédate así. Piernas arriba. Que no se salga nada.
Obedezco. Levanto las caderas contra la almohada y él se acuesta a mi lado, con la mano sobre mi vientre, respirando pesado. La polla, todavía dura, se le apoya contra mi muslo. Sé que en un rato me la va a volver a meter. Sé que va a repetirlo dos, tres veces más antes de que se me termine el tiempo.
No quiero pensar en lo que vendrá después, en las conversaciones difíciles, en lo que significará de verdad si esta noche deja una huella imborrable. Solo sé que me he vuelto adicta a sentirme así, fuera de control, entregada, con la leche de otro hombre goteándome por dentro. Mi marido lo sabe. Quizá por eso lo eligió como regalo, porque entendió que era lo único que ya no podía darme él mismo.
Cierro los ojos cuando lo siento moverse de nuevo, cuando su mano vuelve a bajar entre mis piernas y sus dedos vuelven a hundirse dentro, empujando su propio semen más adentro, preparándome para la próxima embestida. Toda mi vida ordenada —la oficina, la placa con mi nombre, la foto familiar en la billetera— se disuelve en la penumbra de esta habitación prestada. Esta noche soy solo yo, mi piel, mi coño empapado y este deseo prohibido que decidí abrazar. Mañana volveré a ser la señora Salgado. Pero esta noche, durante dos horas exactas, soy únicamente suya.





