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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en el auto después del cine

Me llamo Vera, y si hay una noche que todavía me enciende con solo recordarla, es la vez que salimos del cine y no llegamos a casa como habíamos planeado. Íbamos en su auto por una carretera casi vacía, con la radio baja, las ventanillas apenas abiertas y ese silencio cargado que aparece cuando dos personas ya se conocen demasiado bien. No era un silencio incómodo. Era de esos que laten.

Él se llamaba Bruno, y tenía esa costumbre de mirar al frente mientras conducía, pero desviar los ojos lo justo para repasarme las piernas una y otra vez. Yo había elegido un vestido corto porque sabía perfectamente el efecto que le hacía. No me iba a hacer la inocente: me gustaba provocarlo, tensarlo, verlo apretar la mandíbula como si estuviera luchando consigo mismo.

—Si sigues mirándome así, vas a terminar metiendo el auto en la cuneta —le dije, cruzando una pierna sobre la otra despacio, solo para joderlo más.

Él soltó una risa seca, de esas que salen cuando uno ya está caliente.

—Y si sigues moviéndote así, voy a tener que parar antes de tiempo.

Apoyé la mano en su muslo. Primero suave. Después más arriba. Sentí al instante cómo se le tensó la pierna bajo el pantalón. Me encanta esa reacción básica, inmediata, imposible de fingir. Acaricié el interior de su muslo mientras seguía conduciendo y vi cómo tragaba saliva.

—No pares todavía —murmuré—. Quiero ver cuánto aguantas.

Mi mano siguió subiendo hasta el bulto duro que ya marcaba la tela. Lo apreté por encima del pantalón y él soltó un jadeo bajo, casi un gruñido. Una de sus manos se aferró al volante con más fuerza.

—Vera —dijo en voz ronca—. No me provoques así mientras manejo.

—Entonces estaciona.

—Todavía no encuentro dónde.

En vez de obedecerlo, le desabroché el pantalón. El sonido metálico del cierre me puso más caliente de lo que debería admitir. Metí la mano por dentro y lo saqué. Lo tenía duro de verdad, caliente, palpitando en mi palma. Lo acaricié despacio, de arriba abajo, disfrutando la forma en que se le cortó la respiración.

—Mierda —masculló, sin apartar la vista del camino.

Me incliné hacia él. Primero le besé el cuello, debajo de la mandíbula, justo en ese punto donde siempre se estremecía. Después bajé la boca. Le pasé la lengua por la punta y sentí cómo el cuerpo entero se le sacudía.

—Vera, joder...

Lo tomé con la boca despacio, hundiéndolo poco a poco, dejando que sintiera el calor, la humedad, la presión de mis labios. No iba con prisa. Quería torturarlo un poco. Quería que siguiera manejando mientras yo se la chupaba, que sintiera esa mezcla de placer y frustración que lo volvía loco.

Moví la cabeza con un ritmo lento, constante, y al mismo tiempo le acaricié los huevos con la mano. Él empezó a jadear más fuerte. Cada tanto levantaba un poco la cadera del asiento, como si quisiera metérmela más hondo, pero tenía que seguir atento a la carretera. Esa impotencia le estaba derritiendo el control.

—No voy a durar si sigues así —dijo entre dientes.

Saqué la boca solo lo necesario para responderle.

—Entonces busca un sitio y fóllame ahí.

Volví a chuparlo con más hambre. Le pasé la lengua por todo el tronco, lo tomé hasta donde pude y dejé que me rozara la garganta un par de veces. Una de sus manos abandonó el volante solo un segundo para agarrarme del pelo. No tiró fuerte, pero fue suficiente para hacerme gemir alrededor de su polla. El auto se movió apenas.

—Ya, ya, ya... —respiró agitado—. Tengo que parar ahora mismo.

Encontró un desvío de tierra unos minutos después, oscuro, discreto, rodeado de árboles y lejos de las luces de la carretera principal. Apenas apagó el motor, se giró hacia mí con una expresión que ya no tenía nada de paciente. Me agarró la cara con ambas manos y me besó como si hubiera estado conteniéndose durante horas.

Fue un beso sucio y ansioso. Lenguas, dientes, respiración cortada. Yo le mordí el labio y él me metió una mano entre las piernas sin pedir permiso. Apartó la tela del vestido, encontró mi ropa interior empapada y soltó una sonrisa de esas que me hacen perder la compostura.

—Mira cómo estás —murmuró, frotándome sobre la tela—. Todo esto por miraditas en el auto.

—Todo esto por ti —le respondí, pero enseguida añadí—. Y porque me encanta que me pongas así de caliente.

Metió los dedos por dentro de la ropa interior y me tocó directamente. Solté el aire de golpe. Tenía los dedos firmes, precisos, sabiendo exactamente dónde presionar. Me abrió los labios con dos dedos y empezó a frotarme el clítoris en círculos cortos, insistentes, mientras me seguía besando.

Le desabotoné la camisa con torpeza, más por necesidad de tocarlo que por orden. Le recorrí el pecho, el abdomen, la espalda. Notaba la tensión en todo su cuerpo. Yo también estaba ardiendo. El espacio estrecho del asiento delantero volvía cada roce más torpe y más excitante.

—Pásate atrás —me dijo al oído—. Quiero abrirte bien y comerte ahí.

No necesité que me lo repitiera. Salí como pude del asiento y me acomodé atrás, riéndome un segundo por lo absurdo de maniobrar en un auto con tanta prisa y tanto deseo. Él vino detrás. Cerró la puerta, me miró con descaro y me subió el vestido hasta la cintura de un tirón.

Mi ropa interior ya estaba tan húmeda que se pegaba al cuerpo. La enganchó con los dedos y la bajó sin ceremonia. Me separó las piernas y se quedó mirando un segundo, solo un segundo, como quien contempla algo que llevaba rato queriendo devorar.

—Qué coño tan bonito tienes cuando estás así —dijo con la voz baja y áspera.

Ese tipo de frases, directas, vulgares, dichas en el momento justo, siempre me han vuelto loca. Quise atraerlo para besarle la boca, pero él negó con la cabeza.

—No. Primero esto.

Se arrodilló incómodo entre el suelo del auto y el borde del asiento, y bajó la cara entre mis muslos. La primera pasada de su lengua me hizo arquear la espalda. La segunda me arrancó un gemido abierto, sin vergüenza. Me sujetó de los muslos para mantenerme bien abierta y empezó a lamerme de abajo arriba, lento al principio, saboreándome, como si quisiera empaparse la boca con todo.

—Joder... sí... así...

Mi mano fue directa a su pelo. Él me apartó apenas los labios con los pulgares y hundió la lengua más a fondo, jugando primero con la entrada y luego concentrándose donde más me hacía temblar. Alternaba lamidas largas con succiones cortas en el clítoris. Yo me retorcía sobre el asiento, chocando con la puerta, con el respaldo, sin saber dónde apoyar el cuerpo.

—No pares —le dije, jadeando—. No me hagas esperar.

En respuesta me metió dos dedos de golpe. Gemí tan fuerte que por un instante pensé en si alguien podría oírnos, y ese pensamiento, en lugar de frenarme, me calentó más. Él movía los dedos dentro de mí con un ritmo firme, entrando y saliendo mientras la lengua seguía trabajando arriba. El sonido húmedo llenó el coche. Mi respiración era un desorden.

—Estás apretando —murmuró contra mi coño—. Vas a correrte ya.

Yo solo pude asentir. Me estaba llevando al borde demasiado rápido y no me importaba. Cerré las piernas instintivamente, pero él me las volvió a abrir con fuerza suficiente para dejar claro que quería verme entera, temblando, perdiendo el control.

Cuando me corrí, fue con un espasmo duro que me subió desde el vientre hasta la garganta. Le agarré el pelo, me arqueé y solté un gemido ronco que quedó flotando en el aire caliente del auto. Él no se apartó. Siguió lamiéndome durante el orgasmo, soportando mis sacudidas, dejándome aún más sensible, hasta que tuve que empujarlo por puro exceso.

Subió hacia mí con la boca brillante y una sonrisa de cabrón satisfecho. Lo besé sintiendo mi propio sabor en su lengua y me encendí otra vez al instante. Le bajé del todo el pantalón y la ropa interior. Seguía durísimo.

—Ahora te toca —le dije.

Me acomodé sobre él, a horcajadas, con la espalda encorvada por el techo bajo del auto. Le sujeté la polla con la mano y la froté un par de veces entre mis labios mojados, disfrutando cómo resbalaba. Él me miraba sin pestañear, con hambre pura.

—Métetela de una vez —gruñó.

Me dejé caer despacio. La sensación de llenarme siempre me vuelve un poco estúpida; por un segundo solo pude cerrar los ojos y sentir cómo entraba, centímetro a centímetro, abriéndome, acomodándose dentro de mí. Estaba tan caliente y tan húmeda que se deslizó con una facilidad obscena.

—Así... joder, así... —murmuré.

Cuando la tuve toda dentro, me quedé quieta un instante para saborearlo. Él me agarró de la cintura y enterró la cara en mi cuello. Yo empecé a mover las caderas lento, frotándome contra su pelvis. En ese espacio reducido, cada movimiento se sentía más profundo, más cerrado, más intenso. El asiento crujía bajo nosotros.

Pronto el ritmo dejó de ser lento. Empecé a subir y bajar con más fuerza, usándolo, sintiendo cómo entraba hasta el fondo y volvía a salir bañado. Él me ayudaba empujando desde abajo, guiándome el movimiento con las manos. Cada vez que me dejaba caer de golpe, soltaba un gemido ronco en mi oído que me hacía apretar más.

—Mírame —me dijo.

Lo hice. Tenía la cara tensa, los labios entreabiertos, los ojos clavados en los míos. Esa mezcla de deseo y necesidad masculina, tan franca, me disparó otra oleada de calor.

—Dime cómo la sientes.

—Grande... caliente... y me estás follando riquísimo —le respondí sin filtrar nada.

Él sonrió de lado y me dio una nalgada seca. No demasiado fuerte, pero sí lo bastante para hacerme jadear. Volvió a hacerlo. Y otra vez. Cada golpe se mezclaba con el vaivén de la penetración, con mis muslos chocando contra los suyos, con el ruido húmedo de nuestros cuerpos.

—Eso querías, ¿no? —dijo—. Portarte mal todo el camino para acabar ensartada en el asiento de atrás.

—Sí —contesté sin dignidad—. Sí, carajo.

Me inclinó hacia atrás todo lo que el espacio permitió, sujetándome por la espalda, y empezó a embestir desde abajo con más violencia. Yo ya no marcaba el ritmo; me estaba usando de verdad, entrando profundo, sacándomela casi por completo y volviendo a meterla de una estocada. Cada vez me arrancaba un gemido distinto: a veces agudo, a veces roto, a veces apenas un jadeo desesperado.

Tuve que agarrarme del reposacabezas para no perder el equilibrio. El auto entero parecía participar. Ventanas empañadas. Aire espeso. El golpeteo del asiento contra la puerta. Nuestros cuerpos chocando sin espacio para fingir delicadeza.

—Quiero correrme en tu boca —dijo de pronto, frenando un poco—. Pero antes quiero volverte a hacer acabar.

Me sacó con suavidad y el vacío me hizo protestar. Sonrió al oírme. Me giró como pudo en el asiento hasta dejarme medio recostada, con las piernas abiertas y una de ellas apoyada sobre su hombro. Verlo ahí, desnudo del todo, entre mis muslos, con la polla dura y brillante, me pareció una de las imágenes más obscenas y más hermosas de esa noche.

Empezó a meterme dos dedos otra vez, pero ahora con más ritmo, más profundidad. Con la otra mano me frotó el clítoris sin piedad. Yo estaba tan sensible por el orgasmo anterior y por la follada que apenas aguanté unos segundos antes de empezar a retorcerme.

—No, no, no... así no voy a durar...

—Esa es la idea.

Me lamió los dedos cuando los sacó de mí y luego volvió a penetrarme, esta vez de rodillas frente al asiento trasero, empujando mis piernas bien arriba. La postura era incómoda, sí, pero la profundidad era brutal. Cada embestida me abría y me hacía rebotar contra el respaldo. Yo gemía sin parar, incapaz ya de moderar el volumen.

Él bajó la mano entre nuestros cuerpos y encontró mi clítoris mientras me seguía follando. Esa combinación me desarmó. Sentía la polla entrando y saliendo, la presión constante de sus dedos arriba, el calor de su cuerpo, el olor a sexo cerrándonos el pecho. Ya no había pensamiento posible.

—Bruno... me voy a correr otra vez...

—Hazlo. Córrete en mi polla.

Eso bastó. Me corrí con las piernas temblando alrededor de su cintura, apretándolo tanto que él soltó una maldición y tuvo que bajar la cabeza para recuperar el aire. Aun así no salió. Siguió empujando un poco más, como si quisiera atravesar el orgasmo conmigo, prolongarlo, ordeñarme hasta la última contracción.

Al cabo de unos segundos, se retiró de golpe y me levantó del mentón.

—Abre la boca.

Lo hice sin apartar la vista. Me arrodillé como pude en el asiento, le envolví la polla con la mano y empecé a chupársela de nuevo, esta vez con más prisa, más hambre, más suciedad. Él me sujetó del pelo y marcó el ritmo. No era brutal, pero sí firme. Me follaba la boca con embestidas cortas mientras yo respiraba por la nariz y lo dejaba entrar hasta donde podía.

—Así, joder... así... no sabes cómo me pones...

Le acaricié los huevos, le pasé la lengua por la punta cada vez que salía, volví a meterlo hondo. Estaba al límite, y se notaba en la tensión de sus muslos, en la manera en que me guiaba con la mano, en los sonidos cada vez menos controlados que soltaba.

—Me corro —avisó—. No pares.

No paré. Lo sentí estremecerse y correrse en mi boca con un gemido grave que me atravesó por dentro. Tragué una parte y el resto quedó en mis labios y en la punta de su polla. Me aparté solo para tomar aire, y él me miró con esa cara de satisfacción aturdida que siempre aparece justo después.

—Ven aquí —dijo.

Yo pensé que ahora sí nos quedaríamos quietos un momento, abrazados y sudados en el asiento trasero. Pero en cuanto me senté a su lado, volvió a besarme con una urgencia renovada. Todavía estaba medio duro. Me reí contra su boca.

—¿Otra vez?

—No te pongas presumida. La culpa es tuya.

Me tomó de la cintura, me llevó otra vez sobre él y entró en mí de una sola vez. Solté un gemido largo, sorprendido, porque seguía sensible y muy mojada. La mezcla de cansancio y excitación hizo que todo se sintiera más intenso, más crudo. Ya no había juego previo ni paciencia. Solo ganas de exprimir lo que quedaba de la noche.

Esta vez el ritmo fue más directo. Menos exploración y más necesidad. Me sostuvo contra su pecho y empezó a embestir con un compás duro, constante, golpeando justo donde me hacía ver estrellas. Yo enterré la cara en su cuello y lo mordí para no gritar demasiado.

—Eso... apriétame así —me pidió—. Qué rico me aprietas.

Moví las caderas buscándolo mejor y él respondió con más fuerza. El calor dentro del auto era insoportable, pero no importaba. Teníamos la piel pegada, las respiraciones mezcladas y el cuerpo agotado de tanto correrse, y aun así seguíamos queriendo más. Me encanta esa versión de una pareja que ya se conoce: la que no necesita posar, la que se dice guarradas sin vergüenza, la que sabe exactamente cómo romper al otro.

—No me sueltes —le dije, temblando de nuevo.

—Ni loco.

Me levantó un poco de los muslos y empezó a clavarla más hondo, usando la fuerza de los brazos. Yo apenas podía seguir el ritmo, así que me dejé llevar, abierta, jadeando, sintiendo cómo cada embestida me volvía a empujar hacia otro orgasmo más lento pero inevitable.

Cuando llegó, fue menos explosivo que el anterior, pero más profundo, como una descarga larga que me dejó sin fuerza en las piernas. Me corrí abrazada a él, mordiéndole el hombro, y él aguantó apenas unos segundos después antes de tensarse entero y vaciarse otra vez dentro del preservativo con una última serie de empujes cortos.

Nos quedamos quietos, pegados, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Afuera no se oía nada. Solo algún insecto, el metal del auto enfriándose y nuestro propio agotamiento. Me aparté un poco para mirarlo y nos echamos a reír, de puro alivio, de puro exceso.

Después nos acomodamos como pudimos en el asiento trasero. Yo con la cabeza sobre su pecho, él acariciándome el pelo despacio mientras recuperábamos el aire. Las ventanillas seguían empañadas y el coche olía a sudor, saliva y sexo reciente. Una escena nada elegante. Perfecta.

—Definitivamente —dijo al cabo de un rato—, la próxima vez elijo una película más corta.

—Definitivamente —le respondí, besándole el pecho—, la próxima vez no esperes a encontrar un descampado.

Volvió a reírse. Me besó la frente. Y yo me quedé ahí, desnuda bajo el vestido subido, con las piernas todavía débiles y una satisfacción densa en el cuerpo, pensando que algunas confesiones no se cuentan para presumir, sino porque una noche así merece quedar escrita en algún lado.

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Comentarios(7)

NachoCba22

increible!!! de esos que te dejan sin aire al final

Romina_noc

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues. Gracias por compartirlo!

Tomas_Riv

jaja me recordo a una noche con mi ex despues de una peli. El descampado siempre aparece en los mejores momentos

KarlaF_mdq

Buenisimo como lo contaste, se siente totalmente real. Sigue escribiendo!!

Marcos_V

El final me dejo con mas ganas, esperando la continuacion

Lau_Sur

Dios que situacion!!! ojala que no los haya visto nadie jajaja

Caro_noc

Me encanto la forma en que lo narraste, muy fluido y emocionante. Espero que sigas escribiendo relatos de este tipo, son los mejores para leer a la noche

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