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Relatos Ardientes

Mi primer anal en el hotel de la carretera

Me llamo Camila, aunque en aquella época casi todos me decían Mía. Tenía veinticuatro años, vivía con mi abuela en un pueblo pequeño y trabajaba vendiendo café por las noches cerca de la terminal. No era una vida fácil, pero yo ya era adulta, sabía moverme sola y también sabía que a veces una mala decisión parecía la única salida.

El hombre apareció una noche de lluvia, manejando una camioneta gris con los vidrios empañados. Se estacionó frente a mi carrito, bajó apenas la ventana y me pidió un café cargado, sin azúcar. Tenía más de cuarenta, piel morena, espalda ancha y esa manera de mirar que no pedía permiso para quedarse encima de una.

Volvió al día siguiente y al otro también. Al principio solo hablaba de cosas simples: el clima, el trabajo, lo sola que se veía la calle a esa hora. Después empezó a preguntarme por mí, por mi casa, por mis horarios, y yo le respondía porque me trataba con una amabilidad que no abundaba en esa zona.

Se llamaba Ramiro. Me contó que estaba casado, que tenía una vida hecha en otro barrio y que pasaba por la terminal después de cerrar un negocio de repuestos. No me pareció atractivo al comienzo, pero sí seguro de sí mismo. Y esa seguridad, aunque me incomodaba, también me mantenía pendiente de lo que iba a decir.

Una semana después me pidió el número. Se lo di sin pensarlo demasiado. Empezamos a escribirnos casi todas las tardes; él me preguntaba qué estaba haciendo, si ya había comido, si seguía vendiendo café de noche. Yo le contestaba desde la cocina de mi abuela, mientras ella dormía con una toalla húmeda en la frente por sus migrañas.

Ramiro tardó poco en decirme que le gustaba. Lo hizo directo, sin adornos, como quien ya sabe la respuesta pero igual quiere oírla. Yo me reí, le dije que no era mi tipo y que no confundiera la confianza. Él no se ofendió. Solo escribió: «Algún día vas a querer probar conmigo».

Durante un tiempo siguió insistiendo. Yo lo esquivaba con bromas, cambiaba de tema o le decía que buscara a otra. No era que yo fuera inocente. Para nada. Había estado con varios hombres, me gustaba el sexo cuando me calentaban bien y no me daba vergüenza admitirlo, pero Ramiro me imponía demasiado.

Todo cambió cuando mi abuela empeoró. Las pastillas que le calmaban los ataques subieron de precio y lo que ganaba en la terminal no alcanzaba. Una noche, cansada y con los ojos llenos de rabia, se lo conté a Ramiro por mensaje. Él respondió rápido: «Yo puedo ayudarte, pero quiero verte a solas».

No pregunté de inmediato cuánto. Ya sabía de qué hablaba. Me quedé mirando la pantalla un buen rato, sintiendo una mezcla fea de vergüenza, miedo y necesidad. Cuando por fin le pedí que fuera claro, me ofreció dinero por pasar unas horas con él en un hotel de un pueblo cercano.

Le dije que no. Después miré a mi abuela dormida, escuché cómo se quejaba bajito en la cama y volví al teléfono. Ramiro mandó el dinero esa misma noche para las medicinas y me escribió la dirección del hotel. Acordamos vernos al día siguiente, después de mi turno.

***

El taxi llegó a las diez y media. Yo llevaba jeans ajustados, una blusa negra y una chaqueta ligera para que nadie notara cómo me temblaban las manos. En el camino intenté convencerme de que podía manejarlo, que ya había tenido sexo antes, que solo serían unas horas y después volvería a mi vida.

Ramiro me esperaba afuera del hotel, bajo un letrero rojo que parpadeaba. Me miró de arriba abajo con una sonrisa tranquila, como si yo ya le perteneciera desde antes de entrar. En recepción no dijo mi nombre; solo pagó la habitación, tomó la llave y comentó al encargado que yo entraba y salía con él.

El cuarto olía a desinfectante barato y a sábanas viejas. Había una cama grande, un espejo frente al colchón y una lámpara amarilla que hacía ver todo más cerrado. Ramiro dejó la llave sobre la mesa, se sirvió un trago y me ofreció otro. Negué con la cabeza.

—Relájate, Mía —dijo, usando mi apodo como si tuviera derecho—. No vine a conversar.

Me pidió que me quitara la ropa y caminara para él. Sentí un golpe de calor en la cara, pero obedecí. Me saqué la chaqueta, la blusa, los jeans y el sostén despacio, dejando cada prenda en una silla. Cuando me quedé desnuda, Ramiro soltó un suspiro bajo y se recostó contra la pared para mirarme mejor.

Yo tenía el cuerpo delgado, los pechos pequeños y las caderas estrechas, pero siempre había sabido que mi culo llamaba la atención. Él lo notó enseguida. Me pidió que girara, que me inclinara un poco, que separara las piernas. Su voz no sonaba ansiosa; sonaba acostumbrada a que le hicieran caso.

Después empezó a desnudarse. Se quitó la camisa, el cinturón, los zapatos. Cuando bajó el bóxer, se me secó la boca. Tenía una verga gruesa, larga, mucho más grande que cualquiera que hubiera visto tan de cerca. No pude evitar retroceder medio paso.

—Eso no me va a entrar —dije.

—Claro que sí —respondió, acercándose—. Solo tienes que dejar de asustarte.

Me sentó en el borde de la cama y se colocó frente a mí. La punta de su verga quedó a la altura de mi boca, pesada y caliente contra mis labios. Me agarró del cabello con firmeza, no como una caricia, y me indicó que abriera. Cuando lo hice, empujó hasta que sentí que me llenaba la boca entera.

Al principio casi me ahogo. La tenía demasiado grande, me rozaba la garganta y me obligaba a respirar por la nariz en pequeños golpes. Él no se movía rápido todavía; disfrutaba de verme luchar con cada centímetro. Me sostuvo la cabeza y empezó a follarme la boca con un ritmo lento, entrando y saliendo mientras yo babeaba sobre su piel.

El sabor salado, el olor a jabón y sudor, el peso de su mano en mi nuca, todo me tenía entre el rechazo y una excitación que me dio rabia sentir. Cuando logró meterse más hondo, mis ojos se llenaron de lágrimas. Ramiro sonrió.

—Así, trágatela un poco más. Buena chica.

No respondí porque no podía. Tenía la boca ocupada, las manos apoyadas en sus muslos y la garganta ardiendo. Él aceleró apenas, lo suficiente para que cada empuje hiciera un sonido húmedo. Cuando me soltó, aparté la cara tosiendo, con la saliva colgando de la barbilla y el pecho agitado.

Ramiro abrió un condón, se lo puso y me empujó de espaldas sobre la cama. Yo todavía no estaba mojada; tenía el cuerpo tenso y la cabeza llena de ruido. Él me abrió las piernas con las rodillas, bajó una mano a mi coño y me frotó de manera brusca, como si quisiera arrancarme la excitación a la fuerza.

Poco a poco mi cuerpo reaccionó. Me odié un poco por eso, pero era verdad: entre el miedo, la vergüenza y la presión de sus dedos, empecé a humedecerme. Ramiro notó el cambio y hundió dos dedos dentro de mí. Los movió hasta que mi respiración se quebró.

—Ves que sí querías —murmuró.

No le contesté. Él colocó la punta de la verga en mi entrada y empujó. Sentí que me abría de golpe, demasiado rápido, quemándome por dentro. Solté un grito y me agarré a las sábanas, pero él no se detuvo hasta meter una buena parte.

—Estás apretadísima —dijo entre dientes—. Así me gusta.

Me folló primero desde arriba, con su pecho casi aplastándome y sus manos sujetándome las muñecas. Cada embestida me subía por el vientre como un golpe caliente. Al principio dolía más que excitaba, pero cuando mi coño empezó a mojarse de verdad, el dolor se mezcló con una sensación espesa que me hizo gemir sin querer.

Le pedí cambiar de postura para poder controlar un poco la profundidad. Ramiro aceptó, se acostó de espaldas y me hizo subir encima. Me monté sobre él despacio, bajando apenas hasta la mitad, sintiendo cómo mi cuerpo se abría alrededor de su verga. Así pude respirar mejor, mover las caderas a mi ritmo y descubrir que, si no entraba hasta el fondo, también podía gustarme.

Lo cabalgué con las manos apoyadas en su pecho, dejando que la humedad hiciera más fácil cada bajada. Él me miraba las tetas rebotar y me apretaba los muslos con fuerza. Cuando intentaba empujar desde abajo, yo frenaba con una mueca. Ramiro se reía, pero me dejaba seguir.

Después se cansó de mi ritmo. Me tomó por la cintura, me levantó como si no pesara nada y me puso en cuatro sobre la cama. El espejo nos devolvió una imagen que todavía recuerdo: yo con el pelo pegado a la cara, las nalgas abiertas por sus manos, y él detrás, enorme, sudado, mirándome como si hubiera esperado toda la noche ese momento.

Me penetró de nuevo por el coño, esta vez desde atrás. Entró más profundo que antes y me sacó un gemido grave. Sus golpes hacían crujir la cama. Me sujetaba de las caderas y me atraía contra él, metiendo la verga hasta donde podía, mientras yo mordía la sábana para no gritar demasiado.

La postura me calentó de una manera distinta. Sentía su pelvis contra mi culo, sus dedos hundidos en mi piel y la punta de su verga tocando un lugar que me dejaba sin aire. Cuando empezó a frotarme el clítoris desde atrás, perdí el control por unos segundos. Me corrí con un temblor fuerte, apretándolo por dentro, avergonzada de gemir su nombre.

Ramiro no paró. Siguió follándome mientras mi cuerpo todavía se sacudía, y entonces sacó la verga de mi coño. Escuché el chasquido del condón al retirarlo. Antes de que pudiera girarme, me abrió más las nalgas y pasó la lengua por mi ano.

Me puse rígida.

—No, por ahí no —dije, girando la cabeza—. Nunca lo he hecho.

—Precisamente por eso —respondió.

Le repetí que no estaba lista, que esa parte me daba miedo, que con ese tamaño me iba a doler demasiado. Él no quiso conversar. Me sostuvo contra el colchón, me mojó con saliva y colocó la punta en mi ano. Sentí la presión dura, cerrada, imposible.

—Respira —ordenó.

Respiré, pero no bastó. Cuando empujó, el dolor me atravesó como una quemadura profunda. Grité contra la almohada y traté de apartarme, pero sus manos me mantuvieron en posición. Entró poco a poco al comienzo, abriéndome con una paciencia cruel, hasta que el anillo cedió y una parte de su verga quedó dentro de mí.

Lloré de rabia y de dolor. Ramiro jadeaba encima de mí, excitado por la estrechez. El ano me ardía, cada movimiento parecía partirme, y aun así mi cuerpo empezó a entender el ritmo. No era placer limpio ni cómodo; era una sensación brutal, invasiva, que me dejaba vacía de pensamientos.

Él avanzó más. Me puso una almohada bajo el vientre para levantarme el culo y volvió a empujar. La verga entró otro tramo, lenta, gruesa, obligándome a abrirme alrededor de ella. Yo gemía con la cara hundida en la cama, apretando los puños, sintiendo cómo cada centímetro me cambiaba la respiración.

Cuando por fin empezó a moverse, lo hizo con embestidas cortas. Entraba y salía apenas, como si estuviera midiendo cuánto podía soportar. Luego se soltó. Sus caderas golpearon contra mis nalgas y el sonido llenó el cuarto, húmedo y obsceno, mezclado con mis quejidos y sus insultos bajos.

—Qué culo tan apretado tienes —gruñó—. Sabía que ibas a sentirte así.

Yo no sabía qué estaba sintiendo. Me dolía, me ardía y, al mismo tiempo, cada roce profundo me arrancaba una corriente oscura por el vientre. Bajé una mano entre mis piernas y me toqué el clítoris, buscando algo que me ayudara a soportarlo. Ramiro me vio en el espejo y sonrió como si hubiera ganado.

Me folló el culo durante varios minutos, cada vez más rápido. Yo empujaba la mano contra mi coño mojado, frotándome con desesperación mientras él me abría desde atrás. La presión anal, el dolor y la fricción en mi clítoris se juntaron hasta formar una ola rara, intensa, casi sucia. Me corrí otra vez, más silenciosa, con el cuerpo rígido y las piernas temblando.

Ramiro sintió mis espasmos y perdió el ritmo. Sacó la verga de mi ano con un gemido ronco, me volteó de rodillas en el suelo y me apuntó a la cara. Cerré los ojos justo cuando empezó a correrse. El semen me cayó caliente en las mejillas, en los labios y en la barbilla, en chorros espesos que me hicieron estremecer.

Él terminó respirando fuerte, con una mano apoyada en la pared. Yo seguí de rodillas unos segundos, manchada, dolorida, sin saber si quería insultarlo o desaparecer. Después me levanté despacio y fui al baño. Al pasar papel por mi ano, vi una mancha rosada y sentí un ardor que me hizo apretar los dientes.

Me lavé la cara, el cuello y entre las piernas. Mi coño estaba sensible, hinchado, todavía palpitando por lo que había sentido. Mi culo, en cambio, ardía con cada movimiento. Me miré al espejo del baño y no reconocí del todo a la mujer que me devolvía la mirada.

Cuando salí, Ramiro ya se estaba vistiendo. No dijo nada dulce, no preguntó si estaba bien. Solo contó el dinero que faltaba, lo dejó sobre la mesa y me indicó que me apurara porque aún tenía que llevarme de vuelta. Yo me puse la ropa en silencio, con las piernas flojas y la garganta seca.

En el auto no hablamos casi nada. La carretera estaba vacía, las luces pasaban por el parabrisas como manchas amarillas. Antes de llegar a la terminal, Ramiro apoyó una mano en mi rodilla y dijo que solo habían pasado dos horas, que todavía le debía tiempo. Yo miré por la ventana y no respondí.

Me bajé frente al carrito de café con el dinero guardado en el sostén y el cuerpo molido. Esa noche vendí poco, pero no pude irme. Cada vez que me agachaba para tomar un vaso, el ardor me recordaba el hotel, la cama, el espejo y la forma en que Ramiro me había tomado como si ya hubiera decidido todo por los dos.

No voy a fingir que fue una historia bonita. Tampoco voy a decir que salí de ahí igual que entré. Fue mi primer anal, fue duro, fue sucio y fue una de esas experiencias que una guarda en la memoria con una mezcla incómoda de rabia, vergüenza y deseo. Las otras dos horas que, según él, le debía, llegaron después; pero esa ya es otra confesión.

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Comentarios(7)

marce_ramos

dios mio que relato!!! me quede sin palabras

CuriosaRdp

Por favor necesito saber si hubo una segunda vez con ese hombre. Quede con ganas de mas!!

Viajante_K

Lo que mas me gusta es que se siente tan real, como si lo estuvieras viviendo junto a la narradora. Muy buen trabajo.

RamonSalta

Me recordo a una parada que hice una vez en la ruta... digamos que los hoteles de carretera esconden cada historia jaja

inés27

Y volviste a pasar por ese hotel? jaja pregunto en serio, me dio mucha curiosidad el final

DiegoMar_22

Tremendo relato, de esos que te dejan con el corazon acelerado. Muy bien contado todo.

Leti_sf85

Me encanto como lo escribiste, sin ser burdo pero sin dejar nada a la imaginacion. Sigue publicando!!

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