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Relatos Ardientes

La viuda que me alquiló una habitación

La vi pegada en un corcho a la entrada de un mercado: «Se alquila habitación con baño y uso de cocina». Venía de semanas de dormir mal, de gastar dinero en una pensión ruidosa y de arrastrar una rabia que no terminaba de irse desde que descubrí a mi ex follando en nuestro sofá con otro tipo. Llamé esa misma tarde porque necesitaba un sitio barato, sí, pero también un lugar donde bajar la guardia.

Me contestó una voz de mujer, serena, un poco grave, de esas que transmiten orden. Quedamos un par de horas después y fui pensando que me encontraría un piso viejo, un pasillo oscuro y una habitación de mala muerte. En cambio, llegué a una casa pequeña, apartada, con rejas altas, macetas bien cuidadas y un silencio raro para estar tan cerca de la ciudad.

Cuando abrió la puerta entendí por qué su voz sonaba así. Se llamaba Estela. Era una mujer madura, delgada, con el pelo muy bien arreglado, sin maquillaje, con un vestido sencillo de casa y unas zapatillas gastadas. No era espectacular de entrada, pero tenía algo que obligaba a mirarla dos veces: unos ojos atentos, una forma de sostener la mirada y una feminidad discreta que no pedía permiso.

Me enseñó la casa con calma. Había comedor, cocina amplia, una habitación convertida en salita y el cuarto que yo iba a ocupar, con cama grande, armario y una ventana que daba al patio trasero. En una esquina del jardín se veía un estanque abandonado, con agua verdosa. Todo lo demás estaba limpio y cuidado.

—¿Por qué alquilas a un hombre? —le pregunté, más por romper el hielo que por otra cosa.

Ella soltó una media sonrisa.

—Porque ya no estoy para asustarme por casi nada. Aquí vivió una chica durante dos años y cada fin de semana traía a uno distinto. Después de eso, un hombre ordenado me parece hasta descanso.

Me reí. Ella también. Luego me preguntó si yo pensaba traer mujeres.

—No tengo la cabeza en eso —le dije—. Todavía me dura el golpe.

—¿Golpe de salud o de cuernos?

—De cuernos.

Asintió sin pena fingida, sin ese gesto insoportable de quien cree que debe consolarte. Pasamos al precio, cerramos el acuerdo y, antes de irme, me preguntó a qué me dedicaba. Le conté que estaba cubriendo un puesto en un hospital, que había pasado por mil trabajos y que por fin empezaba a ver algo parecido a estabilidad.

—Pues la casa te vendrá bien —dijo—. Aquí se descansa.

No sabía hasta qué punto iba a tener razón.

***

Me mudé al día siguiente. La rutina se instaló deprisa. Según mis turnos, desayunábamos juntos o coincidíamos a media tarde en la cocina. Ella cocinaba bien, hablaba lo justo y tenía la costumbre de escuchar de verdad. Yo llegaba reventado del hospital y me encontraba la casa fresca, la mesa puesta o una nota diciendo que había comida en el horno.

En el hospital, entretanto, el ambiente era menos pacífico. Una noche entré al almacén sin llamar y me encontré a la doctora Salvatierra con una compañera, Nora, manoseándose con los pantalones bajos. Las dos se quedaron heladas y yo salí pidiendo perdón antes de que ninguna hablara. Después de eso, durante días esperé alguna escena, un reproche o una amenaza. No llegó nada. Yo tampoco dije una palabra.

En casa, en cambio, empecé a notar otras cosas. Un calor raro en la cocina cuando el aire acondicionado falló y me puse a arreglarlo. Ella me vio quitarme la camiseta para trabajar y se quedó mirándome más de la cuenta. No fue descarado, pero lo noté. Y yo también noté, a través de la tela fina que llevaba puesta, que no usaba sujetador.

Sus pezones se marcaban claramente.

Me forcé a no mirar otra vez. Ella, quizá porque se dio cuenta, quizá porque no, dijo:

—Estás guapo así, muchacho.

Sentí un calor tonto en la cara. Hacía tiempo que no me ruborizaba por algo así.

Más tarde, cuando salí de mi cuarto después de ducharme con una toalla en la mano y nada más, me la encontré en el pasillo con unas sábanas para la lavadora. Se quedó quieta. Yo también. Me cubría a medias, pero no lo bastante como para esconder del todo la mata de vello húmedo, la polla relajada y el resto del cuerpo desnudo.

—Perdón —solté, y me metí de nuevo en el cuarto como un idiota.

Al salir vestido, la vi en el salón con una expresión extraña, como si se estuviera riendo por dentro. Hablamos de cualquier cosa, pero el aire entre los dos ya no era el mismo.

***

Ella era viuda. Su marido había muerto hacía años. Tenía una hija con la que apenas hablaba y un hijo perdido de su vida desde hacía mucho más. Me lo contó una tarde de calor, sentada frente a mí con un vaso de té frío en la mano. Yo no supe qué decir, así que me salió una frase simple:

—La vida endurece.

—Sí —respondió—. Pero también deja huecos.

Entendí esa frase días después, cuando me puse a limpiar el estanque del patio porque tenía la tarde libre. Saqué agua podrida, destapé el desagüe, lavé el borde de piedra y dejé aquello casi nuevo. Ella me observó desde la ventana y luego salió con una excusa ridícula sobre mover unas macetas.

Se quedó mirando el trabajo, pero en realidad me estaba mirando a mí. Lo supe por la forma en que evitó mis ojos y por cómo se fue de golpe a su habitación, como si necesitara huir de algo.

Esa noche me costó dormir. No porque estuviera enamorado ni nada parecido. Era otra cosa. Estela me hacía sentir visto. Deseado, incluso. Y eso, después de tantos meses con el orgullo hecho mierda, era peligroso.

Una semana más tarde me encontré con una antigua conocida, Lucía, una repartidora con la que había coincidido en otro trabajo. Terminamos cenando en su cuchitril porque quería ahorrar para mudarse. Una cosa llevó a la otra. Ella fue directa, sin juegos, sin promesas, sin complicaciones.

—Quédate a dormir —me pidió—. Estoy harta de dormir sola.

Acepté.

Nos besamos apenas cerró la puerta. Tenía la urgencia de quien lleva demasiado tiempo conteniéndose. Me empujó contra la cama, se quitó el suéter de un tirón y me guio las manos a sus tetas pequeñas, firmes, con los pezones ya duros. Le bajé el pantalón y las bragas, y cuando la vi abrirse con las dos manos, mostrándome el coño depilado y húmedo, supe que esa noche no iba a haber romanticismo de postal.

—Deja de mirarme y fóllame —me dijo—. Estoy muy caliente.

Le chupé los pezones, le pasé la lengua por el cuello y bajé hasta su coño solo lo justo para oírla gemir con impaciencia. Me agarró del pelo, me apartó y señaló el preservativo de la mesita.

—Póntelo ya.

Me lo desenrollé con la polla dura y me puse encima de ella. La primera embestida fue lenta, pero enseguida me pidió más. Le metí la polla entera y soltó un gemido ronco, arqueando la espalda sobre aquel colchón que chirriaba a cada movimiento. Empecé a follarla con un ritmo firme, seco, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor del condón mientras ella me clavaba las uñas en los hombros.

—Así, joder... así —jadeó—. No pares.

Le agarré una teta con una mano y con la otra le sujeté la cadera para hundirme mejor. Ella me rodeó la cintura con las piernas, me recibió cada vez más abierta, más mojada, y al cabo de unos minutos me empujó el pecho.

—Quítate. Me pongo arriba.

Se montó sobre mí y empezó a cabalgarme con una energía brutal. Su culo subía y bajaba, sus tetas rebotaban delante de mis ojos y yo le apretaba los pezones, le amasaba las nalgas y sentía cómo mi polla entraba y salía de su coño a un ritmo que ya no controlaba yo. Ella se corría en la cara. No lo fingía. Se le notaba en el temblor de los muslos, en la boca abierta, en las palabrotas que se le escapaban.

—Me encanta esta polla, joder... sí... sí...

Yo aguanté lo que pude. Al final me corrí con ella todavía encima, apretándome con el coño hasta sacarme una sacudida completa. Cayó a mi lado, respirando fuerte, sudada y satisfecha.

Pensé que ahí terminaba todo, pero al rato se puso boca abajo, giró la cabeza y me miró con una sonrisa cansada.

—¿Quieres follarme el culo?

Me bastó eso. Me puse otro preservativo, me arrodillé detrás de ella y le acaricié las nalgas antes de separar los cachetes. Tenía el agujero ya relajado, como si me estuviera esperando. Le eché lubricante, le apoyé la punta y entré despacio. Se quejó apenas un segundo, más por la tensión que por dolor.

—Quieto... eso... ahora sí. Dale.

Empecé lento, controlando cada centímetro, hasta que sentí cómo su culo cedía y se tragaba toda la polla. Entonces sí. La follé con ganas, agarrándola de las caderas, oyendo cómo mordía la almohada para no gritar. Cada vez que le daba al fondo soltaba un jadeo sucio, animal, de puro placer.

—Más fuerte —dijo contra la funda—. No me trates como de cristal.

Le hice caso. El sonido de mis huevos golpeándole la piel se mezcló con el chirrido del somier y su respiración entrecortada. Se corrió así, con mi polla metida en el culo y una mano suya entre las piernas frotándose el clítoris a toda velocidad. Yo la seguí unos segundos más y me vacié dentro del preservativo con una última serie de embestidas duras que le arrancaron un gemido largo.

Caímos rendidos. Más tarde, de madrugada, volví a despertarla lamiéndole los pezones y metiéndosela otra vez en el coño mientras protestaba medio dormida.

—Cabrón... córrete y déjame dormir.

Se quejaba, sí, pero me sujetó por la cintura y me acompañó hasta correrse otra vez conmigo dentro.

Al amanecer me fui. Antes de salir le di un beso rápido.

—Ahora sí, vete —murmuró.

Le mandé un mensaje a Estela diciendo que había pasado la noche en el hospital. Me respondió deseándome descanso. Esa simple respuesta me dio más culpa de la que esperaba.

***

Cuando llegué a casa, la noté distinta. No fría. Más bien pendiente de mí. Como si midiera mis movimientos. Días después la vi lavando ropa y pensé, demasiado tarde, en mis calzoncillos. No dijo nada, pero empecé a imaginarla descubriendo la mancha seca del preseminal y preguntándose con quién había pasado yo la noche. La idea me puso cachondo de una forma absurda.

El otoño llegó sin enfriar del todo la casa. Seguimos con nuestras costumbres. Té por la tarde, conversaciones largas, algún programa de televisión. Una mañana me tocaba entrar más tarde y estaba desayunando cuando ella apareció en la cocina terminando de ponerse un jersey. Durante un segundo el tejido fino del sujetador transparente dejó ver sus tetas pequeñas y blancas, y los pezones oscuros marcados con una claridad brutal.

Ella dio un respingo al descubrirme allí. Yo la saludé como pude y me fui al baño con la polla dura, palpitándome dentro del pantalón.

Hacía meses que no me masturbaba pensando de verdad en alguien concreto. Aquella mañana me saqué la polla en cuanto cerré la puerta. La imagen de sus tetas maduras, de sus pezones visibles bajo la tela y de su gesto de sorpresa me explotó en la cabeza. Me la agarré con toda la mano y empecé a subir y bajar despacio, imaginando esa boca más cerca, ese cuerpo pegado al mío en la cocina, sus dedos en mi pecho.

—Joder, Estela...

Lo dije en voz baja, casi con vergüenza, mientras aceleraba. El glande estaba mojado enseguida y seguí bombeándome hasta que me corrí en chorros espesos sobre la porcelana, apretando los dientes para no soltar un gemido.

Me quedé mirando mi semen resbalar y supe que ya no había vuelta atrás. La deseaba.

***

Desde ese día empecé a fijarme todavía más en detalles que antes intentaba ignorar. Cómo se inclinaba sobre la mesa y dejaba abrirse el escote. Cómo se tocaba el pelo mientras me escuchaba. Cómo me decía que yo era joven y debería salir más, conocer mujeres, traer a alguna a la habitación si me apetecía.

—Estoy bien aquí —le dije una tarde—. Contigo, la casa, la calma... Me basta.

Se quedó callada. Luego sonrió, pero con una tristeza rara.

Otro día volvió del club social y me encontró estudiando para optar a un puesto mejor en el hospital. Se acercó por detrás para mirar unas láminas y se apoyó tanto en mi hombro que pude verle un pecho entero por el escote. Sin sujetador otra vez. El pezón dibujado bajo la tela. La curva suave de la teta.

Se me puso dura al instante. Desplacé la silla hacia delante para esconderlo y me maldije por dentro.

Ella tuvo que notarlo, porque al apartarse me rozó la espalda con los dedos, demasiado lento para ser casual.

La tensión se fue cargando así, de a poco, durante semanas. Hasta aquella tarde en que estaba limpiando la casa con música antigua. Llevaba un delantal encima de la ropa de estar por casa y se movía mientras pasaba el polvo, tarareando. Yo la miraba desde el sofá, primero divertido, luego ya sin disimulo. Tenía un culo pequeño pero vivo, con una gracia natural que me volvió a despertar el hambre.

Sonó una canción lenta. Me levanté sin pensarlo.

—Baila conmigo.

Me miró sorprendida, pero aceptó. Al principio fue un abrazo torpe, correcto. Luego ella misma se pegó un poco más. Su cabeza quedó cerca de mi cuello. Yo respiré su perfume, el sudor leve de la limpieza, algo jabonoso y algo muy suyo. Sentí cómo sus tetas rozaban mi pecho.

La canción terminó y nuestras bocas se encontraron solas.

El primer beso fue corto, incrédulo. El segundo ya tuvo lengua. El tercero fue de hambre acumulada. Ella se apartó de golpe, respirando agitada.

—Para. No puede ser.

—Si quieres, me voy de la casa.

—No.

Lo dijo con tal urgencia que me bastó para volver a besarla. Esta vez no se resistió. Le metí una mano bajo la camiseta y le recorrí la espalda hasta comprobar lo que ya sabía: no llevaba sujetador. Le abarqué una teta con la palma y noté el pezón endurecerse en segundos. Gimió contra mi boca.

—Miguel...

La guié por el pasillo hasta mi habitación. Allí empezaron a sobrar todas las prendas. Le quité el delantal, luego la camiseta. Ella se tapó las tetas un segundo, avergonzada, pero enseguida me puso las manos en el pecho, acariciándome el vello con una curiosidad que parecía contenida desde hacía mucho.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó, casi sin voz.

—Lo que tú quieras.

Le bajé el pantalón despacio, mirándola a los ojos para darle tiempo a detenerme. No lo hizo. También le quité las bragas. Tenía mucho vello oscuro entre las piernas, natural, intacto, y eso en lugar de echarme atrás me encendió más. Era un coño adulto, real, de mujer madura, no una fantasía de revista.

Separé el vello con los dedos y vi sus labios húmedos, ya abiertos para mí. Ella cerró los ojos y apretó la boca, muerta de vergüenza y de deseo al mismo tiempo.

Le pasé los dedos por la vulva con suavidad, tanteando. Estaba mojándose deprisa. Cuando rocé el clítoris se estremeció entera.

—Despacio... joder... despacio...

Me arrodillé entre sus piernas y le abrí bien los muslos. Le di un beso en el monte de Venus, luego otro en la cara interna del muslo, y después hundí la cara en su coño. La primera lamida le arrancó un gemido áspero. La segunda la hizo agarrarse a la colcha. Yo aparté sus labios con los dedos y empecé a comerle el coño de verdad, sin delicadezas falsas, subiendo y bajando la lengua, metiéndola dentro, volviendo al clítoris, chupándolo hasta sentirlo hincharse en mi boca.

—Ay, Dios... Miguel... ahí... ahí...

Le metí dos dedos mientras la seguía lamiendo. Su coño se cerró alrededor de ellos con fuerza. Los saqué y se los volví a meter más hondo, curvándolos para frotarle por dentro mientras mi lengua no dejaba el clítoris. Ella abrió más las piernas, ya sin pudor, y empezó a mover la cadera contra mi cara como si necesitara restregarse.

—No pares, no pares, no pares...

Obedecí. La oí jadear, maldecir, soltar mi nombre como un ruego. De pronto se tensó toda, los muslos me apretaron la cabeza y se corrió con un espasmo largo, húmedo, sincero, echándose hacia atrás mientras yo seguía lamiendo hasta exprimirle el orgasmo completo.

Quedó temblando. Me tumbé a su lado y le besé la cara, el cuello, una teta. Le pellizqué el pezón apenas y ella soltó un suspiro rendido.

—¿Podemos seguir? —le pregunté.

Abrió los ojos con miedo, pero también con una necesidad clarísima. Saqué un preservativo de la mesita y lo miró unos segundos.

—No hace falta —murmuró—. Ven.

Me bajé el pantalón y el calzoncillo de una vez. Al verme la polla dura tragó saliva. Me coloqué entre sus piernas y me la sujeté para buscarle la entrada. Le abrí más los muslos, le froté el glande por el coño empapado y le vi la cara exacta en que se rindió del todo.

Entré despacio. Muy despacio. Su coño estaba caliente, húmedo y más estrecho de lo que imaginaba, quizá por el tiempo que llevaba sin que nadie la follara. El glande desapareció dentro y ella soltó un quejido largo, tenso. Seguí empujando centímetro a centímetro, mirándola, hasta que por fin se la metí entera y nuestras pelvis chocaron.

—Uf... pensaba que no cabía —dijo entre jadeos.

—Sí cabe.

Empecé a moverme sin salir del todo al principio, dejándole acostumbrarse a la sensación. Cada embestida la hacía abrir la boca un poco más, cada retroceso le dejaba el coño aferrado a mi polla como si no quisiera soltarla. Cuando noté que su cuerpo dejaba de resistirse y empezaba a buscarme, aceleré.

Entonces sí. La follé de verdad.

Le agarré una pierna por detrás de la rodilla y se la levanté para entrarle mejor. La cama crujía, mis caderas golpeaban las suyas y sus gemidos se volvieron más graves, más sucios. Tenía una mano apretándome el brazo y la otra perdida entre las sábanas, como si no supiera dónde agarrarse.

—Más... dame más...

Le metí la polla hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo su coño se iba soltando y empapando más. Después bajé la mano y le froté el clítoris con dos dedos sin dejar de embestir. Eso fue lo que la rompió. Se arqueó, apretó el vientre y empezó a correrse otra vez, esta vez conmigo dentro, con contracciones claras, apretándome la polla de forma brutal.

—Miguel... me corro... joder... me corro...

Ese apretón me arrastró. Seguí dándole unas cuantas embestidas más, completamente fuera de ritmo, y me corrí también, descargándome hondo dentro de ella mientras la besaba para ahogarle los gemidos.

Nos quedamos abrazados un buen rato. Yo pensaba que hablaría de arrepentimiento, de error, de lo que fuera. En cambio, lo primero que dijo fue:

—¿Y ahora qué?

Le acaricié la teta con ternura, casi sin pensar.

—Quiero dormir contigo. Quiero que seamos pareja.

Me miró en serio, como si estuviera pesando cada palabra.

—Dentro de esta casa, sí. Pero escucha bien. Afuera no habrá besos, ni caricias, ni tonterías delante de nadie. Aquí dentro seré tu mujer. En la cama, tuya para todo. Pero fuera, discreción.

La miré y asentí.

—Acepto.

Se ruborizó con una intensidad preciosa.

—Entonces bésame otra vez.

Lo hice. Y al segundo ya estaba volviendo a tocarla. Le apreté las tetas, le besé el vientre, bajé otra vez entre sus piernas y noté que seguía mojada, todavía sensible. Separó los muslos sin que yo se lo pidiera. Le lamí el clítoris despacio, saboreando su excitación, y enseguida volvió a temblar.

—No puedo creer que siga con ganas —susurró.

—Yo sí.

Me incorporé, me escupí en la mano y me agarré la polla, todavía medio dura pero recuperándose rápido. Ella me miró hacer eso con una mezcla de pudor y hambre que me puso otra vez a tope. Cuando me vio completamente erecto, abrió más las piernas y me ofreció el coño sin palabras.

Esta segunda vez no fui tan cuidadoso. Ya la conocía. Ya estaba abierta, mojada y deseando. Le metí la punta y se la hundí de una sola embestida hasta el fondo. Gritó mi nombre, agarrándose a mis hombros.

—Así... así sí...

La follé con más fuerza, más ritmo, más confianza. Le hice girar un poco la cadera y le entré desde otro ángulo, escuchando cómo cambiaba su respiración cuando le rozaba ese punto dentro que la hacía gemir más agudo. Ella se dejó hacer, completamente entregada, y al mismo tiempo me pedía más con la mirada.

Le chupé una teta mientras la embestía, le mordí apenas el pezón y después volví a besarla en la boca para tragarme sus jadeos. Sentía su coño apretarme, abrirse y volver a cerrarse, tragándose mi polla como si llevara años esperando justo ese peso, justo esa rudeza.

—No pares, por favor... no pares...

Le llevé una mano al cuello, sin apretar, solo sosteniéndola, y con la otra le abrí una pierna del todo. Entonces empecé a darle más duro. El sonido húmedo del mete y saca llenó el cuarto. Sus tetas se agitaban, su pelo se pegaba a la frente y sus ojos, cuando los abría, estaban llenos de una felicidad incrédula que me terminó de romper.

Ella se corrió primero, sacudiéndose entera, apretándome tanto que casi me dejó sin aire. Yo aguanté apenas unos segundos más y me vacié otra vez dentro de su coño, bombeando hasta el final mientras su cuerpo seguía temblando bajo el mío.

Cuando terminé, se quedó abrazada a mi espalda, respirando contra mi cuello.

—No sabía que todavía podía sentir algo así —dijo.

Le besé la frente.

—Yo tampoco sabía que podía volver a querer tocar a alguien así.

No dije «amar» porque esa palabra llega después, si llega. Pero aquella noche, con su cuerpo maduro enredado al mío y la casa entera en silencio, entendí que a veces el deseo no solo devuelve el placer. También devuelve la confianza. Y yo, que había llegado roto, empecé a curarme justo ahí, entre las piernas de la viuda que me alquiló una habitación.

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Comentarios(8)

NocheEnVela

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. me dejo sin palabras

PaulaZ

Por favor seguilo! quede con ganas de saber que paso despues. ese final es demasiado...

Gonza_RJ

Muy bien escrito, se siente creible y eso es lo mas dificil de lograr en este tipo de relatos. Felicitaciones

RomeoX77

jaja me recordo a algo parecido que me paso a mi, esas situaciones se dan mas seguido de lo que uno piensa

CuriosaLect7

y en que termino todo? hay segunda parte o fue una sola vez?

EdgardoMdQ

Las viudas siempre dando sorpresas jajaja. Excelente narración

Lector_MDP

buenisimo!!

Tomás_Nocturno

el detalle de la puerta al final es magistral, no esperaba ese giro

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