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Relatos Ardientes

La confesión que nos llevó a grabarlo todo

Después de la ruptura me quedé hecho mierda. No por drama barato, sino por ese vacío idiota que te deja alguien cuando se va con media rutina metida en la maleta. Dejé de salir con la gente de siempre porque, en el fondo, eran más suyos que míos, y me acostumbré a volver a casa solo, a cenar cualquier cosa y a cascármela pensando en mujeres a las que nunca me había atrevido a tocar.

Una de ellas era Mara. La recordaba de algunas noches sueltas, cuando se sumaba al grupo y hablaba poco, siempre con esa voz suave de mujer tranquila que engañaba bastante. Delgada, con gafas, una cara bonita y un culo redondo que me tenía enfermo desde hacía mucho. Más de una paja me hice pensando en esa mujer aparentemente correcta chupándome la polla de rodillas.

Una tarde me escribió.

—Hola, Darío. ¿Te acuerdas de mí? Soy Mara.

Sonreí al ver su foto en el chat y le seguí el juego.

—Mara… dame pistas, que así en frío no caigo.

—La amiga de Bruno. Coincidimos varias veces de copas.

—Claro que me acuerdo. ¿Cómo estás?

Hablamos un poco. Lo justo para tantearnos. Me dio el pésame por la ruptura, yo le dije que ya iba tirando, y enseguida noté que no me había escrito por educación. Había algo debajo. Algo más caliente. Algo que estaba empujándola.

—Hay una razón por la que te hablé —me soltó al final—. Y prefiero decírtela en persona. Aunque estoy bastante nerviosa.

—Ahora me dejas con la polla en la mano.

—Quizá no vas tan desencaminado.

Se me endureció al instante. No una media erección torpe, sino una de esas que te llenan la bragueta y te obligan a recolocarte en el sofá.

—Habla claro —le dije—. Ya me pusiste a imaginar.

Estuvo unos segundos sin responder. Luego llegó su mensaje.

—Tu ex me contó una vez que la tienes grande. Y que cuando te corres lo haces a lo bestia. Dijo que echabas una barbaridad.

Lo leí dos veces. Luego una tercera. Noté un latigazo en el vientre.

—Joder.

—Sí. Y yo no me olvidé.

Yo sabía perfectamente de qué hablaba. Mi ex nunca había llevado bien mis corridas. Le daban morbo al principio, pero en cuanto me veía llenarle la mano o gotear después de follar, torcía el gesto. Aquella incomodidad se había convertido en una frontera. Mara, en cambio, acababa de escribirme como si llevara meses masturbándose con esa imagen.

—¿Y por eso quieres verme? —pregunté.

—Por eso y por algo más. ¿Me mandas una foto?

—¿Mía o de la polla?

—No te hagas el listo. De la polla.

No tardé mucho en sacármela. Ya la tenía fuera, dura y húmeda en la punta. Fui al dormitorio, busqué una pared neutra y le hice dos fotos hasta que di con una en la que se veía gruesa, tiesa y bien iluminada. Se la mandé sin más comentario.

Su respuesta tardó menos de un minuto.

—Madre mía, Darío. Es preciosa.

—Si vienes ahora, la pruebas.

—Voy.

—¿Así de fácil?

—No. Antes tenemos que hablar. Pero voy.

Esos veinte minutos fueron eternos. Me quedé en el salón con la polla en la mano, dándome una paja lenta para no correrme antes de tiempo. Pensaba en sus gafas, en su boca pequeña alrededor del glande, en sus dedos finos apretándome los huevos mientras me la chupaba. Cuando sonó el timbre, seguía empalmado.

Abrí casi a oscuras, con la puerta cubriéndome el cuerpo. Era ella. Llevaba un vestido sencillo, el pelo suelto y las gafas que me habían vuelto loco desde el primer día. Entró, me miró a los ojos y luego bajó la vista. Se le escapó un suspiro al ver la polla fuera.

—¿Esto era lo que querías ver de cerca? —le pregunté.

Se mordió el labio y se acercó sin besarme todavía.

—Sí. Pero también vengo a proponerte algo.

Me agarró la polla con una naturalidad que me desarmó. Su mano era pequeña y apenas la abarcaba. Empezó a pajearme despacio mientras me sostenía la mirada.

—Habla.

—Tengo una cuenta privada donde subo contenido. Empecé sola. Fotos, vídeos, masturbación… y me va bastante bien. Pero mis suscriptores quieren más.

—¿Más qué?

—Quieren verme con una polla de verdad. Quieren mamadas, corridas en la cara, folladas. Y pensé en ti.

La frase me atravesó de lleno. Me excitó que no dijera «en un hombre», sino en ti. Como si hubiera elegido mi polla antes que mi nombre.

—O sea que me quieres de actor.

—Te quiero a ti. Y sí, a tu polla también.

Nos sentamos en el sofá. Sacó el móvil, me enseñó algunas miniaturas, y confirmé lo que ya imaginaba: aquella mujer tímida se transformaba delante de la cámara. Posaba abierta de piernas, se tocaba con calma, se chupaba los dedos, se grababa el coño brillante después de correrse. Me puse todavía más duro viendo su cara tranquila mientras me enseñaba cómo se masturbaba para desconocidos.

—Quiero grabar una mamada —dijo—. Quiero que me llenes la cara. Y si sale bien, hacer más cosas contigo.

—Joder, Mara.

—¿Sí o no?

La verdad es que mi cerebro apenas participó en la decisión. Fue mi polla la que contestó, dando un tirón en su mano.

—Sí.

Sonrió, aliviada.

—Sabía que dirías que sí.

—Yo llevaba tiempo imaginando tu boca alrededor de esto.

—Y yo llevaba meses pensando en tus corridas.

Nos levantamos y la llevé a la habitación de invitados, donde una cortina oscura cubría toda una pared. A ella le pareció perfecta. Sacó de su bolso un trípode, colocó el teléfono y encuadró la escena con una calma casi profesional. Yo la miraba trabajar con la polla tiesa, balanceándose pesada y brillante delante del vientre.

—Tú graba con el tuyo también —me dijo—. Así luego mezclo planos.

—Mírate. Toda una directora.

—Y ahora, tú, todo un semental.

Se arrodilló frente a la cámara, acomodó el vestido sobre los muslos y le dio al botón de grabar. Después miró al objetivo y sonrió con esa cara de buena que ya no engañaba a nadie.

—Hola —dijo—. Me pedisteis que diera un paso más, así que hoy me he buscado una polla de verdad.

Me hizo una seña. Entré en plano solo de cintura para abajo, llevando la verga hasta su cara. Ella la miró como si la saboreara con los ojos.

—Y no cualquier polla —murmuró—. Mirad esto. Gruesa, dura, preciosa… y me han dicho que se corre como un animal.

Me pasó la lengua desde la base hasta la punta, lenta, húmeda, sin apartar la mirada de la cámara. Luego apoyó la polla en su mejilla, la arrastró por sus labios y me dio un beso justo en el glande. Yo ya estaba grabándola con el móvil, fascinado por aquella mezcla de dulzura y vicio.

—A ver si es verdad lo que cuentan —dijo.

Abrió la boca y se la metió despacio. No entera, claro. Era mucha polla para una boca pequeña, pero la forma en que la chupó me dejó sin aire. Labios apretados, lengua jugando debajo del glande, succión profunda, la mano subiendo y bajando lo que no le cabía. Gemí sin querer.

—Joder… sí que sabes.

Se la sacó solo para hablarle a la cámara.

—No me cabe toda. Pero me la voy a trabajar bien.

Volvió a metérsela. Alternaba chupadas largas con besos en el tronco, lengüetazos en la vena y lamidas en los huevos. Me los tomó uno a uno con la boca, húmedos y tensos, mientras me pajeaba con la otra mano. Yo la grababa de cerca, viendo cómo la saliva le iba dejando la cara brillante, cómo sus gafas se empañaban un poco, cómo de vez en cuando me miraba directamente a mí en lugar de al teléfono, y eso era incluso más excitante.

En pocos minutos estaba al límite. El cuerpo me empezó a avisar: la respiración entrecortada, el culo apretado, la polla latiendo en su mano.

—Mara… me corro.

Ella se sentó sobre los talones y acercó la cara. Se pajeó la punta a pocos centímetros de su boca, sonriendo a su cámara.

—Pues ven, guarro. Lléname.

El primer chorro le dio en la frente. Espeso, caliente, directo. Vi cómo se lo tragaba la piel antes de que resbalara hacia la nariz. El segundo le cruzó la mejilla. El tercero le manchó los labios y la montura de las gafas. Seguí bombeando y mi polla siguió escupiendo con una fuerza que la hizo cerrar los ojos a medias mientras recibía cada latigazo sin apartarse. Le llené la cara de semen, de arriba abajo, dejando hilos blancos en la barbilla, gotas pegadas a las pestañas, chorretones en el cuello.

—Joder… —murmuró ella, aún pajeándome los últimos espasmos—. Joder, Darío…

No era asco lo que había en su voz. Era fascinación. Puro morbo. Se quitó las gafas con cuidado, mostró el desastre a la cámara y sonrió.

—Creo que sí se corre como un animal.

Yo no había terminado con ella. Verla así me puso todavía más enfermo. Le agarré el pelo con suavidad, le acerqué otra vez la polla a la boca y se la empujé entre los labios. Ella entendió al instante. Me la chupó con la cara llena de mi corrida, tragando los restos de semen que le caían hacia la boca mientras yo le follaba la garganta con cuidado pero sin contemplaciones.

—Eso… así… cómeme la polla —gruñí.

Mi verga, en vez de ablandarse del todo, recuperó cuerpo a base de morbo. La saqué, la pajeé una vez más delante de su cara embadurnada y volví a corrérmele encima, esta vez menos, pero lo suficiente para añadirle otra capa a lo que ya llevaba en la piel. Ella abrió la boca en el último chorro y dejó que le cayera dentro, tragando sin apartar la mirada de mí.

Apagó la grabación jadeando. Yo también. Nos quedamos un momento mirándonos, sucios y cachondos, hasta que me incliné y la besé. No un beso casto, no uno de premio, sino un beso con lengua, abriéndole la boca y mezclando saliva con restos de semen. Ella soltó un gemido ahogado y se abrazó a mí.

—Pensé que querrías ir a lavarte —le dije.

—Primero fóllame.

Eso fue todo lo que necesité.

Le subí el vestido, metí las manos por debajo y apreté ese culo redondo que tantas veces había imaginado. Llevaba un tanga mínimo, hundido entre las nalgas. Se lo aparté y le pasé los dedos por el coño. Estaba empapada, caliente, con los labios hinchados y resbaladizos.

—Llevas así desde que llegaste.

—Desde antes —me confesó—. Desde la foto.

Le di la vuelta y la empujé hasta la cama. Subió de rodillas y se puso a cuatro patas, ofreciéndome el culo mientras miraba por encima del hombro. Aparté la tela, guié la polla y se la clavé de una sola embestida, lenta pero hasta el fondo. Su coño me tragó apretado, muy mojado, muy caliente. Ella soltó un gemido grave y se quedó inmóvil un segundo, notando cómo la llenaba entera.

—Joder… qué pollón —susurró.

—Te entra de maravilla.

La agarré de las caderas y empecé a follármela. Primero controlado, saliendo hasta media verga y volviendo a hundirme con precisión. Luego más fuerte. Su culo rebotaba contra mi pelvis, sus gemidos se hicieron más altos y su mano fue directa al coño para frotarse el clítoris mientras yo la martillaba. Cada vez que salía, mi polla aparecía brillante de sus jugos; cada vez que volvía a entrar, notaba cómo se cerraba sobre mí.

—Más —me pidió—. No pares. Fóllame de verdad.

Le di justo eso. Más ritmo, más fondo, más golpes. Me incliné sobre su espalda y le mordí el hombro mientras seguía embistiendo. Ella apretaba las sábanas, empujaba el culo hacia atrás para recibirme y se corría a sacudidas cortas, apretándome la polla con un coño que se cerraba como un puño mojado.

Sentí su orgasmo antes de oírlo. Luego lo gritó. Se le doblaron los brazos y cayó medio pecho sobre el colchón, temblando mientras yo seguía follándola, aprovechando cada contracción.

—Así… así… no me saques la polla —gimió.

La puse boca arriba sin salir del todo. Le levanté las piernas, me acomodé entre ellas y volví a entrar hasta el fondo. Desde ahí pude verle la cara todavía salpicada, los labios entreabiertos, las tetas pequeñas rebotando con cada embestida. Le chupé un pezón, le pellizqué el otro y seguí clavándosela con una mezcla de hambre y rabia acumulada.

—Mírame —le ordené.

Me miró. Y se tocó para mí. Se metió dos dedos en el coño alrededor de mi polla cuando yo salía, se los sacó llenos y se frotó el clítoris con esa mezcla de sus jugos y mi semen. Esa visión casi me desarma.

—¿Así te gusta? —jadeó.

—Así me vuelves loco.

La follé hasta que volvió a correrse. Esta vez arqueó la espalda, apretó los dientes y me arañó el costado mientras se retorcía debajo de mí. Yo estaba tan al límite que tuve que salirle antes de correrme. Me arrodillé a su lado y me la agarré, pajeándome sobre su boca abierta.

—Toda dentro —le dije.

—Sí. Dámela.

Los chorros salieron menos violentos que los primeros, pero abundantes. Le llené la boca, la lengua y parte de la barbilla. Ella no apartó ni una gota. Tragó, me enseñó la boca vacía y luego se rió, satisfecha, como si acabara de ganar algo.

Nos tumbamos un rato, sudados, sin decir gran cosa. Después me pidió los vídeos que había grabado con el móvil y se fue a editarlos a su casa. Esa misma noche me mandó el montaje final. Me corrí viéndolo sin tardar ni cinco minutos.

***

Lo fuerte vino al día siguiente. Me llamó temprano, excitada, atropellada, casi temblando de alegría.

—Fue un éxito —dijo—. Les encantó. No paran de pedir más. Quieren verte follándome. Quieren más corridas, más mamadas, más de todo.

Yo ya me estaba acariciando la polla al oírla.

—Entonces habrá más.

—Si vienes hoy, sí.

Fui a su casa directo después del trabajo. Me abrió casi sin dejarme llamar. En cuanto crucé la puerta, me besó y me metió la mano en la bragueta. Estaba ardiendo. Me la sacó a medias en el pasillo, se arrodilló y me la chupó allí mismo, con la puerta aún cerrándose detrás de mí. Era una bienvenida sucia y perfecta.

Luego me llevó a la habitación donde grababa. Tenía focos, trípodes, una cama bien colocada y esa seguridad de quien sabe muy bien cómo mostrar su cuerpo. Esta vez la idea era más ambiciosa: primero una mamada larga, después follada de verdad y, si yo aguantaba, una corrida dentro.

Empezamos sentados al borde de la cama. Ella se desnudó despacio para la cámara, dejándose solo las gafas porque sabía que me ponían cachondo. Se arrodilló entre mis piernas y empezó a lamerme sin usar las manos, recreándose, sabiendo que la cámara adoraba el detalle. Me chupó despacio, casi cruel, mirándome con esa cara de buena mientras me tragaba media polla una y otra vez.

Yo sostenía otra cámara y la grababa de cerca. Sus labios estirados alrededor del glande, la saliva cayendo en hilos, su lengua masajeando la punta cada vez que me la sacaba un poco. Entre toma y toma se acariciaba el coño. La oía mojarse con los dedos mientras me mamaba. Se estaba poniendo tan caliente como yo.

Cuando me corrí, me lo hizo dentro de la boca. Abrió bien, recibió el primer chorro en la lengua y cerró los labios para atrapar los siguientes. Algo se le desbordó por las comisuras y bajó por mi tronco, pero siguió chupando hasta dejarme limpio. Luego se subió encima de mí y se ensartó sola, hundiéndome en su coño todavía con sabor a semen en la boca.

Verla montarme así fue una locura. Se agarraba a mis hombros, subía y bajaba sobre la polla con hambre, jadeando, usando mi pecho para apoyarse mientras sus tetas botaban. Yo le sujetaba el culo y se la hundía desde abajo, sintiendo cómo el coño se me abría para dejarme entrar una y otra vez.

—No te corras todavía —me pidió.

—Si sigues apretándome así, no prometo nada.

La tumbé boca arriba y la follé yo. Sin grabar ya por un momento. Solo follándola porque me moría de ganas de hacerlo sin pensar en planos ni encuadres. Le abrí las piernas, le lamí los pezones, le mordí el cuello y le metí la polla con una fuerza que le arrancó dos orgasmos seguidos. Cuando empezó a decir que la iba a matar de placer, supe que ya no era solo un vídeo.

Después comimos algo en la cocina, desnudos a ratos, entre besos y nalgadas. Ella seguía húmeda. Yo seguía empalmándome cada vez que la veía caminar por casa con ese culo. Terminamos grabando otra escena sobre la encimera: primero le comí el coño hasta hacerla correrse con la cara contra la pared, luego la senté al borde y le abrí las piernas para meterle la polla despacio, dejando que una de las cámaras captara cómo entraba y salía resbalando entre sus labios hinchados.

La follé allí hasta correrme. Esta vez primero le lancé un chorro al pecho y el resto se lo vacié dentro. Cuando saqué la polla, el semen empezó a escurrirle del coño en hilos espesos mezclados con sus jugos. Ella se tocó el clítoris con mis restos, gimió otra vez y me dijo que nadie la había llenado así nunca.

***

Durante semanas repetimos la dinámica: follábamos, grabábamos, editábamos, volvíamos a follar. Algunas veces en su casa. Otras en hoteles. Un par de veces en lugares públicos donde el riesgo nos puso enfermos. Yo me acostumbré a verla hablarle a la cámara como si coqueteara con una multitud de pajeros, y al mismo tiempo a mirarme a mí de una manera que no era actuación.

También llegaron los celos. No por verla follar conmigo, claro, sino por pensar que otros la veían. Que otros se corrían mirando cómo me la mamaba, cómo se abría de piernas para mi polla, cómo sonreía con la cara llena de leche. Era absurdo, porque yo participaba, pero no dejaba de punzar.

Ella, por su parte, empezó a confiar más en mí. Una noche, después de grabar, me contó que algunos clientes insistían con que querían verla por detrás. Anal. Mucho anal. Se le notó la duda en la voz.

—No quiero hacerlo por presión —me dijo—. Pero sé que a ti te vuelve loco mi culo.

—Me vuelve loco, sí. Pero no quiero hacerte daño.

—Solo estuve una vez con alguien por ahí. Y fue una mierda.

—Entonces no tenemos por qué hacerlo.

Se quedó callada un rato. Luego apoyó la cabeza en mi pecho.

—Contigo sería distinto.

No insistí. Precisamente por eso, porque la deseaba tanto, no quería cagarla. Seguimos con nuestras escenas normales, hasta que un día me llamó para decirme que un fan le ofrecía una buena cantidad por un vídeo anal. Yo le dije que el dinero me daba igual. Que solo si ella lo quería de verdad.

La conversación se quedó flotando. Y esa misma noche mi pasado volvió a joderlo todo.

Me llamó mi ex.

Hablamos de forma tensa al principio, luego más abierta. Había visto los vídeos. Había reconocido mi polla y mi manera de correrme. Me confesó que al principio le chocó, que luego le dio morbo, que incluso se había masturbado viéndome con Mara. Yo estaba tan caliente oyéndola jadear al otro lado que acabé yendo a su casa.

No pasó nada completo, pero estuvo cerca. Se arrodilló, me la chupó mal y con nervios, como la recordaba, y cuando vio que de verdad iba a corrérmele en la cara, se quebró. Le vi en los ojos que seguía sin poder. Paré. Se echó a llorar. Me confesó que había intentado fingir para recuperarme. Y ahí entendí dos cosas: que lo nuestro estaba muerto y que la mujer en la que estaba pensando mientras me la chupaban ya no era ella.

***

Al día siguiente se lo conté todo a Mara. No por nobleza, sino porque me estaba quemando por dentro. Vino a mi casa blanca como el papel, convencida de que iba a dejarla para volver con mi ex. Se sentó enfrente de mí con las manos apretadas y los ojos húmedos.

—¿Vas a volver con ella? —me preguntó al fin.

—No.

—¿Seguro?

—Fui a verla y me di cuenta de que no era ella a quien quería. Eras tú.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. No de pena, sino de alivio. Se lanzó encima de mí, me besó con una desesperación que nunca le había visto y me metió la mano en el pantalón. Yo ya estaba duro otra vez. Ella se subió la falda, se apartó las bragas y se sentó sobre mi polla en el sofá sin preámbulos, hundiéndose hasta el fondo de una sola vez.

—Entonces fóllame como tuya —me dijo al oído.

La agarré de la cintura y la ayudé a cabalgarme. Subía y bajaba frenética, mojándome toda la base de la polla, apretándome con un coño ansioso que parecía no saciarse nunca. Nos besábamos torpemente, chocando dientes, gimiendo dentro de la boca del otro. No había cámaras. No había poses. Solo nosotros.

Se corrió primero ella, apretándome con espasmos húmedos que me hicieron perder el control. Me corrí dentro, enterrado hasta el fondo, sintiendo cada latido vaciarse en su coño. Se quedó encima de mí sin moverse, respirando contra mi cuello mientras el semen empezaba a escurrir entre nosotros.

Luego la llevé a la cama y la follé otra vez. Lento al principio, profundo después, besándole el vientre, las tetas, la boca. Acabé corriéndome de nuevo dentro de ella, más despacio, como si marcara territorio.

Al despertar, ya lo sabía: no era solo sexo brutal. Me había enamorado de aquella mujer.

***

Fue ella quien retomó el tema del culo unos días después. Sacó una caja del armario y me la enseñó. Eran dilatadores, de distintos tamaños, junto a un bote grande de lubricante.

—Si lo hacemos —dijo—, quiero hacerlo bien. Sin prisas. Contigo.

—¿Estás segura?

—Sí. Y no solo por grabarlo. También porque sé cuánto te excita.

Empezamos esa misma tarde. La puse a cuatro patas en la cama, le abrí las nalgas y le eché lubricante frío sobre el agujerito. Dio un respingo y se rió nerviosa. Primero la acaricié con un dedo, masajeando alrededor, dejándola contraerse y relajarse bajo mi mano. Luego metí la yema, despacio, sin forzar, dejando que respirara.

—Así… suelta el culo —le murmuré.

—Estoy intentando no apretarte.

—Lo sé. Buena chica.

Cuando mi dedo entró entero, la oí gemir. No de dolor, sino de extrañeza mezclada con morbo. Saqué el primer dilatador, lo embadurné en lubricante y lo fui empujando muy poco a poco. Su esfínter se resistió un momento; después cedió y se tragó la parte ancha con un jadeo contenido.

—Joder… se siente rarísimo.

—Y eso que es el pequeño.

No tardé ni un minuto en aprovechar la visión. Tenía el culo en pompa, el plug dentro y el coño mojándose debajo. Le metí la polla por delante y la follé mientras notaba cómo el coño se contraía alrededor de mí y el culo permanecía lleno detrás. Se corrió así, temblando, diciendo que la mezcla la estaba volviendo loca.

Repetimos el juego varios días. Cada vez un poco más. Dedo, masaje, lubricante, dilatador, coño. Su cuerpo fue acostumbrándose. Y con cada sesión se soltaba más, se excitaba antes, pedía más sin que yo tuviera que sugerir nada.

El día que se sintió lista para grabarlo, me recibió con el plug grande puesto desde hacía horas. Nerviosa, sí, pero decidida. La besé en la puerta y supe por cómo me agarró el culo que también estaba excitadísima.

Montamos tres cámaras. Ella habló primero, desnuda de cintura para abajo, el coño ya brillante de deseo.

—Hoy por fin va a pasar. Hoy este cabrón me va a follar el culo.

La calenté antes por delante. Era importante. Le metí la polla en el coño y me la follé hasta hacerla correrse una vez, luego dos. Entre orgasmo y orgasmo le masajeaba el culo, primero por fuera, luego con un dedo, luego con dos, mientras seguía metiéndosela por el coño. Quería que su cuerpo asociara esa presión con placer, no con miedo.

Cuando estuvo temblando, abierta y resbaladiza, saqué la polla, quité el dilatador y le puse más lubricante. El agujero estaba relajado, enrojecido y tentador. Acerqué la punta del glande y la apoyé ahí. Solo eso bastó para que ella jadeara.

—Si duele de verdad, paro —le dije.

—Métemela.

Empujé despacio. La cabeza fue entrando milímetro a milímetro. Sentí el aro caliente y apretado ceder alrededor del glande, abrazándolo con una fuerza brutal. Ella cerró los ojos, respiró hondo y se agarró a la colcha.

—Ahí… sigue…

Saqué un poco, volví a empujar, le añadí más lubricante. Otra vez. Cada entrada llegaba un poco más lejos. La sensación para mí era una locura: más apretado que cualquier coño, una presión caliente que casi me sacaba los ojos de placer. Pero me contuve. Fui ganando terreno hasta que media polla estaba dentro.

—¿Paro?

—No. Sigue. Me duele un poco… pero me pone.

Volví a empujar. Tres cuartos. Luego más. Hasta que por fin mis huevos tocaron sus nalgas y la tuve entera dentro del culo. Me quedé quieto, respirando detrás de ella, las manos en sus caderas, saboreando ese momento que había fantaseado tantas veces.

—Ya está —le dije, casi incrédulo—. Te la metí toda.

Abrió los ojos y miró a la cámara con una sonrisa jadeante.

—Sí, cabrones. Me la metió toda.

Empecé a moverme muy despacio. Salir hasta media polla, volver a entrar. Otra vez. Otra. Su culo me apretaba con cada centímetro. Ella llevó una mano al coño y empezó a masturbarse mientras yo le follaba el ano con un ritmo cada vez más constante. Los gemidos cambiaron de tono. Del esfuerzo pasaron al placer. Del placer al vicio puro.

—Joder… sí… así… así… —gemía—. Me gusta… me gusta mucho.

Eso bastó para que me descontrolara un poco. Aceleré, enterrándome más rápido, aunque siempre atento a cualquier gesto de dolor real. No lo hubo. Lo que hubo fue un orgasmo de ella tan bestia que casi se le vencieron los brazos. Se corrió tocándose el clítoris mientras yo le daba por el culo y sentí cómo el ano se cerraba a espasmos alrededor de mi polla.

Yo no pude aguantar más. Saqué la verga y me pajeé sobre su espalda y sus nalgas mientras me corría a chorros, uno tras otro, salpicándole la piel, la raja del culo, la cintura. Ver mi semen cayéndole por encima del ano recién abierto fue tan obsceno que casi me hizo perder la cabeza.

Pero aún no había terminado. Le volví a meter la polla, esta vez ya con mucha más facilidad. Su culo la aceptó caliente, elástico, voraz. Y entonces sí la follé de verdad. Más fuerte. Más seguido. Más sucio. Ella gemía mi nombre, se tocaba, me pedía más, me decía que no parara. El sonido húmedo de mi pelvis contra sus nalgas llenaba la habitación.

Me corrí la segunda vez dentro. A fondo. Notando cada espasmo vaciarse en su culo mientras ella apretaba y gemía como si la estuvieran partiendo de gusto. Me quedé unos segundos enterrado y luego salí despacio. Un hilo de lubricante y semen resbaló entre sus nalgas.

La ayudé a levantarse y la besé. De verdad. Sin cámaras ya importando demasiado.

—¿Te hice daño?

—Al principio, un poco. Después… joder. Después me encantó.

—Entonces te voy a follar ese culo muchas veces más.

—Siempre que luego me llenes la boca.

Nos reímos. Luego, por supuesto, se arrodilló y me limpió la polla chupándomela hasta dejarla otra vez dura.

***

Con el tiempo dejamos de escondernos. Seguimos grabando un tiempo más, pero ya no porque necesitáramos probar nada, sino porque nos excitaba vernos después. También aprendimos lo incómodo que era que otros opinaran. Algún conocido dejó caer comentarios, algún imbécil habló de ella como si estuviera en venta por el simple hecho de follar delante de una cámara. Eso me dio rabia. Mucha. Y me hizo entender aún más lo valiente que era.

Un día me dijo que estaba cansada de exponerlo todo, que había ahorrado bastante y que prefería dejar la cuenta. No me opuse. Cerramos esa etapa poco a poco. Seguimos grabándonos, sí, pero solo para nosotros. Vídeos donde salía mi cara, donde la besaba, donde nos reíamos a mitad de una mamada, donde no había que cortar nuestros nombres del audio.

A veces todavía recordamos aquella primera noche. Su mensaje. Mi foto. Su mano en mi polla antes siquiera de darme un beso. Lo pienso y me hace gracia que todo empezara por una confesión ajena sobre el tamaño de mi verga y la cantidad de semen que podía soltar. Pero la verdad es que aquello fue solo la chispa.

Lo que vino después fue mucho más grande.

Porque sí, encontré a una mujer a la que le encanta comerme la polla, tragarse mis corridas, abrirme el culo y el coño para que se lo llene, dejarse grabar y luego ver los vídeos a mi lado mientras nos masturbamos otra vez. Pero también encontré a la única mujer con la que, después de corrernos y apagar la cámara, sigo queriendo quedarme en la cama.

Y eso, por mucho porno que grabáramos, no se puede fingir.

Si leés desde zona sur, en Chicas Elite Esteban Echeverría vas a encontrar perfiles con fotos reales.

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Comentarios(6)

Marcos_72

que relato!!! me dejo sin palabras, excelente

PatriRosa

Necesito saber como termino eso, por favor una segunda parte!! se hizo muy corto

RicardoNoche

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esas confesiones directas son las que mas te sorprenden. Muy bueno

LuciaMitre

Y despues que paso? quedamos a medias jaja, espero que haya mas

ElLobo_Gris

Lo que mas me gusto es que se nota autentico, sin tanto adorno innecesario. Seguí así!

DiegoSur

Buenisimo, se lee de un tiron. La tension del comienzo esta muy bien lograda, engancha desde el primer parrafo

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