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Relatos Ardientes

Mi confesión sobre el anal que terminó en postre

Antes de seguir, voy a decir algo que más de uno necesita escuchar sin hacerse el experto: el culo no es una puerta que se abre a golpes ni una fantasía de video que funciona igual en cualquier cuerpo. Si alguna vez quieres entrar ahí, más te vale aprender a escuchar, a mirar y a no comportarte como un imbécil. El deseo no reemplaza la paciencia, y la calentura no convierte un esfínter en autopista.

Yo eso lo tengo clarísimo. Me gusta el morbo del anal, sí. Me excita pensarlo, me pone cachonda sentir una polla rozándome esa zona, y la idea de que un hombre sepa abrirme despacio, bien, sin dolor, me enciende de una forma muy concreta. Pero una cosa es desearlo y otra muy distinta dejar que cualquiera venga a empotrarte como si tu culo le debiera algo.

Por eso lo que pasó esa noche me gustó tanto. No porque fuera bruto, sino porque fue justo al revés. Hubo hambre, hubo risa, hubo suciedad de la buena, de la que huele a sexo reciente, y hubo un hombre que entendió que para follarme el culo primero tenía que hacerme desearlo con todo el cuerpo.

Ya me había corrido una vez con él. También me había tragado su semen, espeso, caliente, con ese sabor salado que a mí, cuando la follada ha sido buena, me sabe a premio. No escupí nada. Me lo bebí entero y luego le sonreí, porque no hay gesto más claro que ese: sí, me gustó; sí, quiero más; sí, todavía no has terminado conmigo.

Él, que en esta versión de mi historia se llama Bruno, me miró con esa cara de hombre satisfecho y aún hambriento al mismo tiempo. Estábamos los dos desnudos en mi departamento, con la piel brillante, el olor de nuestros fluidos todavía pegado al cuerpo y esa respiración de después que no termina de calmarse porque ambos saben que la noche sigue abierta.

—Si me sigues mirando así, no llegamos ni a la cocina —dijo, pasándose una mano por el abdomen.

—Pues mueve el culo, que me muero de hambre —le contesté—. Y luego ya veremos qué te meto en la boca.

Se rió con ganas. Eso me encanta. Los hombres que saben reírse después de correrse suelen follar mejor que los que se ponen solemnes. Fuimos a la cocina tal como estábamos, sin ropa, sin vergüenza y sin prisa aparente, aunque los dos llevábamos el deseo reptando otra vez por debajo de la piel.

Cenamos cualquier cosa que encontré: pan, queso, algo de fiambre y fruta. Una cena absurda para dos adultos desnudos a medianoche, pero en ese momento tenía sentido. Yo lo miraba masticar y pensaba en dos cosas muy concretas: el helado que guardaba en el congelador y mi culo, que seguía intacto, expectante, como una promesa que aún no le concedía.

No era una obsesión, ni un reto, ni una escena de dominación barata. Era simple curiosidad mezclada con ganas. Cuando un hombre te ha follado bien el coño, cuando ya te ha dejado las piernas flojas y todavía sigue mirándote con hambre, es inevitable preguntarte cómo se sentiría tenerlo por detrás si supiera hacerlo como debe.

Él se ofreció a lavar los platos. Lo dejó todo bajo el agua mientras yo me quedé sentada a la mesa, desnuda, con las piernas abiertas porque mi coño seguía caliente y necesitaba aire. A veces, después de una buena cogida, una siente la vulva hinchada, sensible, casi palpitando. Yo estaba así. Mojada todavía, relajada y a la vez lista para volver a encenderme con cualquier tontería.

Bruno no tenía cuerpo de gimnasio ni falta que le hacía. Espalda ancha normal, culo firme, piernas de hombre adulto que vive su vida sin posar frente al espejo. Lo miraba de espaldas y me ponía peor que ver a cualquier imbécil marcado haciendo teatro. Hay algo obsceno en un hombre desnudo fregando vasos mientras la polla le cuelga medio dormida y tú sabes que en diez minutos la vas a tener tiesa otra vez.

Él giró la cabeza y me pilló mirándolo.

—¿Qué? —preguntó.

—Estoy pensando en el postre.

—Yo también.

Los dos miramos hacia el congelador al mismo tiempo. Ahí estaba la tarrina. Pequeña, ridícula, casi inocente. Y sin embargo los dos sabíamos que no iba a terminar en un plato.

Nos levantamos casi a la vez. Él soltó el trapo. Yo aparté la silla. Corrimos esos pocos pasos descalzos como dos idiotas excitados y nos echamos a reír antes siquiera de tocar la puerta del congelador. Llegué un segundo antes y puse la mano en el tirador, pero en cuanto intenté abrir, lo sentí detrás.

Su cuerpo caliente se pegó a mi espalda. Su polla, que hasta hacía nada estaba descansando, se acomodó entre mis nalgas con el simple roce y empezó a endurecerse como si despertara de golpe. Yo llevaba las piernas apenas separadas, lo justo para que la raja de mi culo y la entrada de mi coño sintieran el calor de su verga subiendo.

Sus manos me agarraron las tetas desde atrás. No me las apretó fuerte al principio; solo las sostuvo, las pesó, las acarició con los pulgares sobre los pezones ya duros. Ese gesto tan simple me sacó un gemido corto, involuntario.

—Suelta el helado —murmuró contra mi nuca.

—Gánatelo.

Mantuve una mano en la tarrina y arqueé un poco la cadera hacia atrás. Lo hice a propósito. Quería atraparlo entre mis muslos y mis nalgas, y lo conseguí. Su polla quedó presa entre mi entrepierna y empecé a moverme despacio, frotándola sin usar las manos, subiendo y bajando apenas, dejándole sentir el calor húmedo que salía de mi coño.

Él soltó una blasfemia ronca. Ya estaba duro del todo. Yo podía notarlo, grueso, vivo, resbalando entre mis labios exteriores y la carne de mis muslos. No me estaba penetrando, pero el roce era tan exacto que me hizo mojar más.

Entonces hizo trampa de la peor manera: me besó el cuello.

No un beso tierno, no. Abrió la boca y me chupó la piel justo bajo la oreja mientras seguía amasándome las tetas y restregando la polla contra mí. Después me dio otro beso más abajo, y otro en la nuca, y uno más en el hombro. Su respiración caliente me erizó entera.

—Eres una cabrona —dijo—. Me estás ordeñando con el culo.

—Y tú eres un cabrón por usar la boca así.

—Funciona.

—Demasiado.

Lo hacía. Yo seguía agarrada al helado como si fuera un trofeo, pero por dentro ya estaba perdida. Mi coño goteaba. Sentía la humedad correr un poco por la cara interna de los muslos, y su verga, atrapada entre mi culo y mi vulva, se estaba empapando con eso. Me daba morbo pensar que estaba lubricándolo yo misma sin haberle metido aún nada en la boca.

Me aparté antes de rendirme del todo. Si me quedaba un segundo más ahí, lo montaba contra el congelador y a la mierda el juego. Lo agarré de la polla con una mano y con la otra levanté la tarrina.

—Ven —le dije—. El postre no se come de pie.

Lo llevé hasta la galería cerrada que daba al balcón. Ahí tenía un colchón bajo, mantas y almohadas, porque a veces me gustaba tumbarme a mirar la noche. Pasamos antes por el dormitorio por un edredón grueso. Hacía frío de otoño, pero eso solo hacía que el contraste entre el aire fresco y la piel caliente nos encendiera más.

Nos tumbamos desnudos sobre el colchón. Abrí la tarrina y hundí dos dedos en el helado. Estaba firme, frío, con esa dureza inicial que se derrite enseguida al contacto. Lo pasé primero por su pecho, sobre el vello, dibujando una línea lenta hasta el abdomen. Él se estremeció y se rió.

—Juega limpio —dijo.

—No prometí eso.

Él tomó un poco con la punta de los dedos y me lo puso en los pezones. El frío me arrancó un jadeo. Sentí cómo se endurecían todavía más, casi doloridos de lo sensibles que estaban. Bruno se inclinó y me los lamió con una calma deliciosa, dejando la lengua plana primero, chupando después, alternando calor y frío hasta que empecé a retorcerme debajo de él.

Mientras tanto, yo seguí bajando por su torso. Fui lamiendo el helado de su pecho, de su vientre, rodeando el ombligo, bajando al pubis. Dejé una pequeña mancha fría justo encima de la base de la polla y luego lo miré. Ya estaba tiesa, gruesa, con el glande brillante, casi pidiéndome la boca.

No lo hice esperar. Metí un poco de helado en mi lengua y enseguida me llevé la punta de su verga a los labios. El contraste fue brutal: frío por fuera, mi boca caliente por dentro. Él soltó el aire por la nariz y me agarró el pelo.

—Joder... así no vales.

Lo chupé lento al principio, recreándome en el glande, lamiendo la corona, saboreando esa mezcla de helado y piel salada. Después bajé más, metiéndomelo entero hasta donde pude, dejando que la garganta se abriera lo suficiente para recibirlo. Saqué, volví a meter, marqué el ritmo con la lengua y con la succión, notando cómo la polla se le ponía todavía más dura en mi boca.

Bruno no tardó en reaccionar. Me giró con firmeza, sin brusquedad, colocando mi cuerpo casi encima de él pero con el culo y el coño a la altura de su cara. Quedé abierta, ofrecida, apoyada en codos y rodillas. La tarrina seguía cerca, al alcance. Lo sentí reír contra mi muslo antes de empezar.

Primero me untó helado en la vulva. Un dedo frío recorrió mis labios, subió hasta el clítoris y me hizo dar un respingo.

—Mírate cómo te pones —murmuró.

—Cállate y lame.

Eso hizo. Pasó la lengua despacio por todo el helado derretido, recogiendo el dulzor y mi humedad al mismo tiempo. El primer contacto de su boca en mi clítoris fue una descarga directa. No estaba acariciando por encima: lo estaba comiendo de verdad, con hambre, alternando lamidas amplias y succiones cortas que me sacaban gemidos cada vez más altos.

Yo seguía chupándole la polla, aunque ya me costaba mantener un ritmo limpio. Cada lengua suya en mi coño me hacía perder la concentración. Le oía respirar entre mis piernas, le sentía la boca húmeda y caliente, y de repente noté otra cosa: sus dedos en mis nalgas, separándolas apenas.

Se me tensó el cuerpo entero.

Él no metió nada todavía. Solo me acarició alrededor del ano con la yema de un dedo untado en helado ya medio derretido. Círculos lentos. Presión suave. Retirada. Otra vez. Nada brusco, nada torpe. Mi esfínter se contrajo por reflejo y luego empezó a aflojar con cada pasada.

Eso, para mí, fue casi más excitante que cualquier empujón. Saber que estaba ahí, tomándose su tiempo, preparándome mientras no dejaba de lamerme el clítoris, me volvió loca. Yo chupé más hondo, más rápido, y él respondió con una lamida larga que me hizo temblar los muslos.

Entonces me besó el culo.

No fue un simple roce. Sentí su lengua caliente pasar por mi ano, recoger el resto de helado y volver. Solté un gemido tan sucio que casi sonó a queja. Me dio vergüenza cero. Cuando un hombre sabe comer así, lo mínimo que merece es que sepa el efecto que está causando.

—Así... no pares... —murmuré con la polla todavía en la boca.

Él obedeció. Lengua en mi clítoris. Boca en mis labios. Luego otra vez atrás, lamiendo mi ano, dibujando presión sin entrar, humedeciéndolo, haciéndome respirar cada vez más rápido. Y justo cuando ya me tenía con la pelvis temblando, metió la punta de un dedo.

Solo la punta al principio. Esperó. Me siguió comiendo el coño mientras dejaba el dedo quieto dentro de mí, dándome un segundo para sentirlo. No dolía. Era una sensación rara, llena, íntima, excitante porque venía acompañada de su lengua machacándome el clítoris sin piedad.

Yo me corrí así por primera vez.

Me corrí con la boca llena de su polla, las rodillas abiertas y un dedo dentro del culo. El orgasmo me golpeó desde el clítoris hacia el vientre y me hizo apretar todo alrededor de su mano. Grité contra su verga, incapaz de contenerme. Él aprovechó ese mismo temblor para meter el dedo entero y moverlo despacio, curvándolo apenas.

No me dolió. Al contrario. Mi cuerpo estaba tan excitado, tan abierto por el orgasmo y por la manera en que él me había preparado, que sentí una oleada nueva de placer, distinta, más profunda, más sucia. Me agarré a su cadera con una mano y a la manta con la otra mientras seguía chupándolo a tirones.

Bruno no me dejó bajar. Siguió con la lengua en mi coño y el dedo en mi culo hasta que me puso otra vez al borde. Entonces añadió un segundo dedo.

Ahí sí tuve que respirar hondo. Lo noté estirar, abrir un poco más, exigirme atención. Pero él no empujó de golpe. Esperó, masajeó, retiró apenas, volvió a entrar. Cada movimiento lo acompañaba con lamidas en el clítoris, como si quisiera enseñarle a mi cuerpo que ambas cosas podían ir juntas, que el placer de delante aflojaba el miedo de atrás.

Funcionó demasiado bien. Mi culo dejó de pelear. Sentí cómo lo recibía, cómo esos dos dedos entraban y salían lentos, embarrados entre helado derretido, saliva y mi propia excitación. Y cuanto más me abría por detrás, más me latía el coño delante.

—Joder... sí... así... —alcancé a decir, soltando por fin su polla para poder hablar y gemir como quería—. Fóllame con los dedos... así... no pares.

Él obedeció. Me abrió más las nalgas con una mano y con la otra empezó a follarme el culo de verdad, despacio pero sin timidez, dos dedos entrando y saliendo con un ritmo cada vez más firme. Al mismo tiempo me chupaba el clítoris y a ratos me metía la lengua entre los labios empapados. Yo sentía que me estaba comiendo y follando entera.

El segundo orgasmo me llegó más bruto que el primero. Esta vez me arqueé por completo, con un grito abierto, sin elegancia ninguna, mientras le apretaba los dedos dentro del culo y le mojaba la boca. Me corrí temblando, con el cuerpo rendido y la cabeza vacía. Él siguió un poco más, prolongándome las contracciones hasta dejarme hecha un charco.

Me di la vuelta jadeando. Lo miré con la cara descompuesta de placer y la boca aún brillante de saliva y helado. Tenía la polla dura como una piedra y la mano derecha cubierta de mí.

—Ahora te toca sufrir a ti —le dije.

Me incorporé y me puse encima de él, una pierna a cada lado de sus caderas. Agarré su verga con la mano, la lamí de base a punta, saboreando de nuevo el helado mezclado con mi baba, y luego la guié hacia mi coño. Estaba tan mojada que la cabeza entró sola al rozarme. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría de nuevo por delante, cómo se hundía en mí centímetro a centímetro hasta quedar completamente dentro.

Los dos gemimos al mismo tiempo.

Empecé a cabalgarlo lento, dejando que mi cuerpo volviera a acomodarse después de los orgasmos. Sus manos me agarraron la cintura, luego el culo, abriendo apenas las nalgas como si no pudiera evitar recordar lo que acababa de hacerme detrás. Yo sabía lo que estaba pensando.

—Todavía no —le advertí, mirándolo desde arriba—. El culo se gana.

—Lo sé.

—Pero puedes mirarlo. Y tocarlo.

Eso bastó para volverlo loco. Me sostuvo por las caderas mientras yo subía y bajaba sobre su polla, primero despacio, luego más fuerte, dejándola salir casi entera y volviendo a ensartarme hasta el fondo. Mi coño estaba sensible, apretado y voraz. Cada embestida me rozaba por dentro justo donde más me gusta, y el recuerdo de sus dedos en mi culo hacía que toda la zona latiera a la vez.

Él se incorporó un poco y atrapó un pezón con la boca. Me lo chupó mientras yo lo montaba, sudando ya a pesar del frío de la noche al otro lado del vidrio. Su mano bajó entre nuestros cuerpos y encontró mi clítoris. Empezó a frotarlo con dos dedos en círculos cortos, precisos.

—Así me gusta verte —dijo—. Encima, mandando, y chorreando por toda mi polla.

—Cállate o me corro.

—Esa es la idea.

Me la metí más fuerte. Ya no era un vaivén delicado sino una verdadera cabalgada, con mis muslos golpeando sus caderas y el sonido húmedo de mi coño tragándoselo una y otra vez. Yo misma buscaba el ángulo, me empalaba, me retiraba, volvía a bajar hasta el fondo. Notaba su polla resbalar completamente cubierta de mí.

La mano en mi clítoris no aflojaba. Al contrario. Él sabía exactamente cuánto apretar, cómo alternar fricción y caricias rápidas. Yo empecé a jadear más alto, a perder el ritmo por culpa del placer, a inclinarme hacia delante hasta apoyar las manos en su pecho.

—No pares, Bruno... no pares... me voy a correr otra vez...

—Pues córrete. Córrete en mi polla.

Eso hice. Me corrí montándolo, con el clítoris ardiendo bajo sus dedos y la verga bien honda dentro del coño. El orgasmo me partió en dos. Sentí un pulso violento en la pelvis, una oleada húmeda y caliente, y mi cuerpo se quedó sacudiéndose sobre el suyo mientras seguía clavándomelo a pequeños espasmos.

Él estaba al límite. Se le notaba en la respiración, en la rigidez del abdomen, en cómo me apretaba el culo. Me tumbó boca arriba sin salirse y empezó a embestirme desde abajo primero, luego se colocó encima de mí y tomó el control. Me abrió más las piernas y me folló con hambre, sin perder la cadencia pero ya sin paciencia para juegos lentos.

—Mírame —me ordenó.

Lo hice. Y me encantó verle la cara de hombre completamente salido mientras me hundía la polla una y otra vez. No estaba haciendo porno. Me estaba follando de verdad: sudado, ronco, concentrado en mi placer y en el suyo, manchándome de saliva cuando me besaba, gimiendo sin vergüenza.

Su mano volvió a bajar a mi culo. No para entrar, solo para presionar alrededor del ano con un dedo húmedo, recordándome la promesa. Ese simple gesto, mientras me taladraba el coño, me sacó otro gemido.

—La próxima te lo follaré entero —me dijo al oído—. Pero como a ti te gusta. Despacio.

—Si sigues haciéndolo así... te lo voy a pedir yo.

Gruñó, me besó con fuerza y aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más duras, golpeando justo donde me hacía perder la cabeza. Yo le rodeé la espalda con las piernas y lo recibí todo lo hondo que pude. Sentía que su orgasmo estaba subiéndole por el cuerpo y eso me excitó aún más.

Se corrió dentro de mí con varias sacudidas fuertes, enterrado hasta el fondo. Lo noté latir, vaciarse, soltar esa corrida caliente que me llenó mientras seguía empujando un par de veces más, apretando los dientes contra mi cuello para no gritar demasiado. Yo lo abracé y dejé que terminara así, encima de mí, sudado y tembloroso.

Nos quedamos un rato sin movernos. Su polla siguió dentro de mi coño mientras recuperábamos el aire, blanda poco a poco, reteniendo parte de su semen. Tenía el cuerpo sensible por todas partes: los pezones, el clítoris, el culo, los muslos, la boca. Y esa mezcla de cansancio y satisfacción que deja una follada larga de las buenas.

Él levantó la cabeza y me sonrió.

—Al final el helado fue buena idea.

—No. La buena idea fue que no te hicieras el experto.

—¿Entonces aprobé?

Le acaricié la mejilla y luego bajé la mano hasta su culo, apretándoselo con mala leche solo para hacerlo reír.

—Digamos que estás más cerca de la tercera parte que de suspender.

Y esa es mi confesión. No la del anal bruto, ni la del macho que cree que mandando ya sabe follar. La mía es otra: cuando un hombre te prepara bien, te come como si tuviera hambre de verdad, te abre el culo con dedos pacientes mientras te hace correrte en su boca y luego te deja montarlo hasta vaciarse dentro, no hace falta vender humo. El cuerpo entiende solo. Y el culo, también.

Para quienes leen desde Córdoba: acompañantes en Nueva Córdoba, con fotos reales.

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Comentarios(6)

Charly_Cba

La confesion mas rica que lei en mucho tiempo jaja!!

MarisolNocturna

Dios, que final tan inesperado. Me quede sin palabras y con ganas de mas.

Nano

Me recordo a algo que me paso el verano pasado. Esas noches quedan grabadas para siempre, te lo juro.

TomasL_22

Y despues del postre...? Hay segunda parte o nos quedamos con la imaginacion?

GabiRosa

El detalle de cenar desnudos en la cocina me parecio muy tierno. Ese contraste entre lo picante y lo cotidiano es lo que hace especial a este relato.

FerchoDB

El helado nunca mas va a ser lo mismo jajaja. Tremenda historia.

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