Lo que mi hermana y yo vivimos en aquel autobús
Esto nos pasó hace unos años, cuando el verano apretaba de verdad y nosotras todavía creíamos que conocíamos nuestros propios límites. Lo cuento ahora porque ya no me da vergüenza, y porque mi hermana insiste en que es la mejor historia que tenemos.
Lucía y yo vivíamos solas en un departamento rentado. Siempre fuimos muy unidas; de niñas nos contábamos todo, así que compartir el piso cuando nos mudamos a estudiar fue lo más natural del mundo. Nuestra madre, soltera y de mente bastante abierta, nos apoyaba con lo que podía, pero el dinero nunca alcanzaba.
Para cubrir gastos trabajábamos de meseras y, cuando salía, de promotoras de marca. Esos trabajos sueltos los pagaban en efectivo, y aquel fin de semana teníamos que ir hasta unas oficinas del centro a cobrar tres días de chamba. El problema era que estábamos secas: teníamos más saldo en la tarjeta del transporte que en la cuenta del banco.
Las oficinas quedaban a unas veinte cuadras, demasiado lejos para ir a pie y demasiado cerca para gastar en taxi. No había mucho que pensar: nos tocaba autobús.
Yo me llamo Renata y entonces tenía veintidós años. Soy la del cabello rizado castaño claro, piel pálida y caderas anchas. Lucía, dos años menor, es lacia, rubia oscura, de piel todavía más blanca y un busto que siempre me dio un poco de envidia.
Como hacía un calor de morirse, nos vestimos ligeras. Yo me puse una minifalda lila; ella, una verde menta. Las dos con blusas blancas cortas, sin mangas, aretes de aro y pulseras de bisutería a juego. Completamos el conjunto con tenis blancos y sin calcetas, más por comodidad que por presumir, aunque sabíamos perfectamente que así las piernas lucían mejor.
—Cobramos y nos vamos a cenar a algún lado —dijo Lucía mientras cerraba la puerta—. Con esta facha seguro alguien nos invita los tragos.
—Trato hecho —le respondí, sin imaginar lo lejos que terminaría esa tarde de cualquier cena.
***
El autobús iba lleno cuando subimos. No encontramos dos asientos juntos, así que nos quedamos de pie, agarradas de la barra del pasillo, convencidas de que el trayecto sería corto. Craso error.
El camión se fue llenando hasta no caber un alfiler y, por nuestra falta de costumbre, tomamos la ruta equivocada. Empezó a dar vueltas por calles que no conocíamos, los puntos de referencia desaparecieron y, sin darnos cuenta, dejamos de saber dónde estábamos. En cierta forma, nos habíamos perdido.
A nuestro alrededor quedaron sobre todo hombres, de aspecto rudo pero no desagradable. Detrás de nosotras se acomodaron un par de tipos de unos treinta y tantos. Al principio no les presté atención.
No pasó mucho antes de sentir una mano deslizarse por mi espalda descubierta. Supe enseguida de quién venía, pero pensé que faltaba poco para bajar y preferí no armar un escándalo. Me dije que era un roce del vaivén del camión y miré hacia la ventanilla.
El problema fue que el contacto dejó de ser casual. La mano bajó por mi espalda demasiado despacio para ser un accidente, deliberada, hasta donde ya no quedaba ninguna duda de su intención. Se coló bajo la tela ligera de la falda y todo mi cuerpo se tensó de golpe.
Giré apenas la cabeza para buscar a mi hermana y entendí que a ella le pasaba lo mismo. El tipo que tenía detrás le había metido la mano por dentro de la blusa y le acariciaba el pecho con una calma que la tenía roja como un tomate. Lucía apretaba los labios, los ojos entrecerrados, y no se apartaba.
Aquello debió indignarme. Y sin embargo, lo que sentí fue una corriente de calor que me subió desde el vientre. Era una mezcla incómoda de sobresalto y excitación que yo no había invitado, pero que tampoco lograba frenar.
Solo es un rato. Nadie sabe quién soy. Nadie me conoce aquí.
Esa idea, en lugar de asustarme, me soltó. El desconocido apartó la tela de mi ropa interior con dos dedos y empezó a recorrerme por encima de ella, midiendo el ritmo, atento a cómo respondía mi respiración. Me mordí el labio para no hacer ruido. El espacio era mínimo, el silencio del pasillo absoluto, como si el autobús entero se hubiera encogido a nuestro alrededor.
***
De un tirón firme me arrancó la prenda y la guardó en el bolsillo del pantalón como un trofeo. Sentí su cuerpo pegarse al mío por detrás, la dureza marcándose contra la tela de la falda, subiendo y bajando despacio. Por la cara de Lucía, a ella le hacían exactamente lo mismo.
Cuando sus dedos me encontraron por dentro, ya no había nada que ignorar. Tuve que cerrar los ojos y aferrarme a la barra para no perder el equilibrio. Entonces noté un segundo par de manos en mis pechos: otro de los hombres se las había ingeniado para alcanzarme desde el costado. Me sentí usada, expuesta, y lo peor fue darme cuenta de cuánto me gustaba sentirme así.
Lo que me sacó del trance fue notar la punta de su sexo abriéndose paso. Yo estaba tan lista que entró sin esfuerzo, y mi cuerpo hizo lo que mi cabeza ya no controlaba: empecé a acompañar el movimiento, subiendo y bajando, sosteniéndome del tubo para facilitar cada embestida. Lo sentía entrar y salir, grueso y caliente, mientras el camión seguía traqueteando por calles desconocidas.
Busqué a Lucía con la mirada y la encontré en el mismo estado: la espalda contra otro de los hombres, los ojos cerrados, la boca abierta en un gesto que nunca le había visto. Me impresionó verla así, mi hermana menor, entregada por completo, y esa imagen, lejos de detenerme, terminó de soltarme.
Sentí unos labios en mi cuello y giré la cara hasta encontrarlos. Sabían a cerveza y a tabaco, pero no me importó. Lo besé sintiendo su lengua hundirse en mi boca mientras seguía meciéndome contra él.
***
En algún momento dejé de llevar la cuenta de cuántos eran. Uno se apartaba y otro ocupaba su lugar, las manos cambiaban, el ritmo cambiaba, y yo me sostenía de la barra como si fuera lo único firme en todo aquello. Lucía gemía bajito a mi lado, ya sin disimulo, y al escucharla me solté yo también. No muy fuerte, lo justo, pero ya no tenía sentido fingir discreción.
Ahí entendí algo que me erizó la piel entera: casi todos los pasajeros eran hombres, y casi todos estaban pendientes de nosotras. Algunos ni siquiera nos tocaban; solo miraban, atentos, y saber que nos observaban me encendió de una forma que no sabía nombrar.
Las dos quedamos marcadas, despeinadas, con la ropa fuera de lugar y la respiración descontrolada, dos hermanas gimiendo en un autobús urbano rumbo a quién sabe dónde. En un gesto que todavía me sorprende, Lucía pasó la mano por mi hombro, me apretó, y nos miramos a los ojos como diciéndonos que estábamos juntas en esa locura.
El camión frenó de golpe. Como si fuera una señal acordada, los hombres se acomodaron la ropa, nos metieron en la mano unos billetes arrugados de cien y doscientos y empezaron a bajar en tropel. Parecía que aquella era su parada de siempre, su rutina, y nosotras habíamos sido un imprevisto afortunado.
Intentamos sentarnos y no pudimos. Entre el temblor de las piernas y el desorden de la ropa, nos quedamos de pie, mudas, mirándonos sin saber qué decir.
***
Unos minutos después, el chofer detuvo el autobús en una explanada de tierra a las afueras de la ciudad, llena de camiones estacionados y conductores fumando a la sombra.
—Hasta aquí llega mi ruta, mamitas —dijo, mirándonos por el retrovisor con una sonrisa torcida—. Tienen que bajar.
Bajamos como pudimos, todavía aturdidas. Los conductores reunidos voltearon a vernos y algo se dijeron entre ellos, porque enseguida se acercaron. Eran cuatro o cinco, de miradas francas, y nosotras, con la ropa revuelta y el rímel corrido, debíamos parecer cualquier cosa menos dos estudiantes que iban a cobrar un sueldo.
Lo que siguió ahí, en círculo, bajo el sol, fue otra historia que mi hermana y yo todavía nos contamos en voz baja. Cuando terminaron, sacaron más billetes doblados y nos los dejaron en la mano, riéndose, sin maldad, casi con gratitud.
—Por buenas onda —dijo uno, y los demás celebraron.
Para entonces estábamos exhaustas, sentadas en el suelo de tierra, sin saber qué hacer ni qué pensar. Lo habíamos disfrutado, eso era innegable, pero también nos pesaba una culpa rara, de esas que tardan en irse.
***
Se acercó uno de los más jóvenes, algo regordete y nada guapo, pero el único que se mostró amable. Nos ayudó a levantarnos, tomó una manguera y nos avisó:
—Está fría, eh.
No estaba fría: estaba helada. Soltamos un grito y nos echamos a reír las dos al mismo tiempo, y esa risa, no sé bien por qué, nos devolvió a la realidad. Nos pasó unos trapos para secarnos y un par de playeras viejas para ponernos encima de la blusa.
—Vénganse, yo las llevo —dijo, y nosotras, todavía como en shock, lo seguimos sin chistar.
Nos subió a su coche, un escarabajo verde bastante viejo, y preguntó adónde íbamos. Le pedimos que nos dejara en las oficinas del centro. En el camino apenas hablamos; él nos contó que se llamaba Damián, que manejaba para el dueño de varios autos y que conocía a gente que pagaba muy bien por compañía en fiestas privadas.
—Si les interesa, las quiero conocer mejor —dijo, mirándonos por el espejo.
Lucía y yo nos miramos. No respondimos enseguida, pero las dos sabíamos que la respuesta ya estaba dada.
***
Cuando llegamos a la agencia de modelos y edecanes donde íbamos a cobrar, Damián nos pidió los teléfonos y se los dimos sin pensarlo demasiado. Le dijimos dónde vivíamos y lo invitamos a visitarnos algún día. Nos entregó nuestras bolsas, le dimos un beso cada una y bajamos del auto tapándonos con las chaquetas, porque todavía estábamos algo mojadas.
—Qué buena fiestecita nos dimos —le solté a mi hermana, todavía incrédula.
—Sí —respondió ella, sonriendo—. Habría que viajar más seguido en camión, ¿no crees?
Solo asentí. Dentro, mientras guardábamos el efectivo, notamos que faltaban nuestras identificaciones. Supusimos que Damián se las había quedado por si le habíamos dado una dirección falsa. Curiosamente, no nos importó.
La oficina estaba casi vacía. La recepcionista y la señora de la limpieza nos miraron con la cara torcida, seguramente por la facha y el olor que llevábamos. Pero hicimos cuentas: en menos de unas horas habíamos ganado más que en una semana de mesa en mesa cargando charolas. Eso solo nos hizo replantearnos muchas cosas.
***
Poco después, Damián nos buscó con una propuesta clara: trabajar como acompañantes para él. Aceptamos. Dejamos los empleos de meseras y, con lo que ganábamos, por primera vez nos alcanzaba para pagar la renta, los libros y la colegiatura sin angustia.
Cuando nuestra hermana menor terminó la prepa y se enteró de a qué nos dedicábamos, en lugar de juzgarnos quiso sumarse, y así pudo costearse una carrera en una buena universidad. Damián tenía a varias chicas trabajando para él, pero sus favoritas éramos nosotras tres, las hermanas, porque juntas valíamos más en las fiestas de alto nivel.
Hasta nuestra madre terminó enredada en todo esto. Vino a visitarnos un tiempo después y, a pesar de los años, seguía en muy buena forma. A Damián no le costó nada convencerla cuando vio las cuentas que hacíamos nosotras. Así, sin proponérnoslo, las cuatro acabamos en el mismo negocio.
De vez en cuando, por pura nostalgia, nos vestimos las cuatro como aquel día: minifaldas holgadas en colores pastel, aretes, pulseras y la ropa interior a juego. Subimos a un autobús cualquiera, nos agarramos de la barra y nos miramos de reojo, recordando ese viaje absurdo que, contra todo pronóstico, terminó cambiándonos la vida.