La noche que mi mujer salió casi desnuda a la calle
Me llamo Damián y llevo seis años casado con Noelia. Nos conocimos mucho antes de eso, casi una década atrás, y con el tiempo aprendimos a leernos el uno al otro hasta el punto de adivinar lo que el otro iba a decir antes de que abriera la boca. Conocerse tanto tiene algo hermoso, pero también un precio: la rutina. Y la rutina, sin que lo notes, te va apagando la llama.
No es que dejáramos de querernos. Era el deseo lo que se nos había vuelto previsible. Probamos de todo para reavivarlo: disfraces, juguetes, noches planeadas como si fueran citas. Hablábamos mucho, esa fue siempre nuestra suerte. Y fue justamente hablando, una noche cualquiera, cuando ella soltó lo que llevaba dentro hacía años.
—Hay algo que siempre me ha gustado y nunca me animé a contarte —dijo, jugando con el borde de la sábana.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—El exhibicionismo.
Me quedé mirándola. Ella se apuró a explicarse, como si temiera que la malinterpretara.
—No es que quiera que me vean desnuda. Es otra cosa. Salir con una falda que apenas me tape, una blusa diminuta sin nada debajo, sentir que los ojos se me clavan. Eso me enciende como nada. Tú sabes que me encanta que me mires. Por eso siempre me arreglo así para ti.
—Lo sospechaba —admití, y me reí—. Y te confieso que a mí me encanta que te miren. Por eso nunca me pongo celoso.
—Eso también lo sabía —dijo ella, y me devolvió la sonrisa.
No hubo más discusión. Cuando dos personas se desean y por fin se dicen la verdad, lo único que queda es animarse.
—¿Cómo querés empezar? —le pregunté.
—Tengo un short del gimnasio que ya me queda chico. Deja ver la mitad de las nalgas. Y un top que apenas me cubre. Salgamos a caminar.
***
Eran cerca de las once de la noche cuando salimos. Verla vestida así, prácticamente desnuda bajo la luz amarilla de los faroles, me provocó una erección antes de doblar la primera esquina. Caminamos sin rumbo. Los pocos hombres que pasaban giraban la cabeza, le silbaban, murmuraban cosas. Noelia me apretaba la mano y me confesaba en voz baja lo mucho que disfrutaba cada mirada.
De vuelta a casa, el short se le había ido enrollando con la caminata y buena parte del trasero le quedaba al aire. Pasamos cerca de un grupo de tipos en una esquina y, sin pensarlo, le di una palmada en una nalga. El sonido y el rebote dejaron a esos hombres con la boca abierta. A ella le encantó que lo hiciera. Apenas cerramos la puerta de casa nos lanzamos uno sobre el otro. La empujé contra el sofá, le arranqué la ropa y la tomé ahí mismo, con prisa, con hambre. Ella me rodeó con las piernas y no tardamos en terminar al mismo tiempo.
—Fue lo mejor del mundo —jadeó después.
—Sin ninguna duda —respondí.
***
Al día siguiente la cosa subió de nivel. Se puso una minifalda que dejaba ver el nacimiento de las nalgas y una blusa de tiritas con un escote enorme. Fuimos al centro a comprarle ropa nueva, aunque «ropa» era una palabra demasiado generosa. Mientras caminábamos, todo el mundo la miraba: los hombres con deseo, algunas mujeres con curiosidad y la mayoría con envidia. Terminamos cargando bolsas de minifaldas, shorts diminutos, blusas que apenas tapaban, trajes de baño que eran tres triángulos unidos por hilos.
En el coche, de regreso, deslicé la mano entre sus piernas. Estaba empapada.
—Cómo te gusta mostrarte —le dije al oído.
—Me encanta —admitió sin un gramo de vergüenza.
Desde entonces, Noelia cambió su rutina. Antes iba al gimnasio en coche; ahora insistía en ir caminando, con un short de licra que se le subía a cada paso hasta quedar como una tanga. Volvía a contarme cómo la habían mirado, qué le habían dicho, cómo los tipos del gimnasio se quedaban paralizados cuando ella hacía sentadillas. Cada relato terminaba conmigo arrinconándola contra una pared.
Una tarde fuimos juntos al supermercado. Llevaba una minifalda y tacones, las piernas interminables, y se inclinaba a propósito cada vez que tenía un producto cerca del estante de abajo. Lo sabía perfectamente. Salimos de ahí con una tensión insoportable. En el coche, ella se subió a su asiento, de rodillas, y me bajó el cierre. Teníamos los vidrios polarizados, nadie veía hacia adentro. Pero en un semáforo se detuvo a nuestro lado un colectivo lleno de gente. Encendí la luz interior, le puse la mano en la nuca para que no parara y bajé el vidrio de su puerta.
Ella entendió todo sin que dijera una palabra. Movió las caderas hacia la ventanilla, casi desnuda salvo por una tanga roja, mientras la gente del colectivo la miraba sin poder creerlo. Subí el vidrio justo a tiempo y manejé hasta casa con las manos temblando.
***
Con el correr de los días empecé a notar algo nuevo en mí. Ya no me bastaba con que la miraran. Empezó a excitarme la idea de que la tocaran.
Fue ella misma quien encendió esa chispa. Un día volvió del gimnasio y me contó que un entrenador, un tal Bruno, se le había acercado a «corregirle la postura». Ella nunca necesitó ayuda para entrenar, pero se dejó llevar porque el tipo no le quitaba los ojos de encima. Se ponía detrás de ella en las sentadillas, le acomodaba las manos en los muslos, en el abdomen, y un par de veces, según me dijo, le rozó el cuerpo con algo más que las manos. Eso la encendió por dentro.
De regreso a casa pasaba siempre por una barbería. Ese día estaba vacía, solo los dos barberos que solían decirle cosas. Al pasar, uno de ellos le dio una palmada en el trasero. Se asustó un segundo, pero el atrevimiento la excitó tanto que siguió caminando con el corazón disparado.
Apenas me lo contó, la empujé contra la pared.
—Así que ahora te van a tocar todo el tiempo —le dije al oído mientras la tenía sujeta—. Eso querías, ¿no?
—Sí —gimió ella—. Eso quiero.
—Seguro que ya querés volver al gimnasio para que ese tipo se te pegue.
—Quiero sentirlo —murmuró.
Las palabras se nos escapaban solas, sin pensar, llevadas por la calentura. Esa noche terminamos agotados, yo encima de ella, sin aliento, sabiendo que habíamos cruzado otra línea.
***
Al día siguiente volvió del gimnasio y, antes de que dijera nada, la hice arrodillarse y me la metí en la boca mientras le pedía que me contara.
—Los dos barberos me nalguearon esta vez —dijo entre caricias—. Bruno no tardó en aparecer en el gimnasio. No paró de coquetear. En un descanso me dio una palmada, pero lo vi venir por el espejo, así que no me asusté. Hasta arqueé un poco la espalda. Él me sonrió por el reflejo.
—¿Y los barberos? —pregunté, conteniéndome.
—Me volvieron a tocar. Uno me dijo que por qué no entraba a «comerme algo». Yo me reí y seguí caminando.
No aguanté más. La levanté, la apoyé contra la mesada y la penetré de golpe. Estaba mojadísima.
—Te encanta que todos sepan lo que sos, ¿verdad? —le dije, jalándole el pelo.
—Me encanta —respondió.
—Si te invitaron y no aceptaste, no sos tan atrevida.
Hubo un silencio. Ella no contestó. Yo estaba demasiado lejos para frenar.
—¿Querrías comértela de verdad? —insistí.
—No sé —jadeó—. No sabía si podía.
—Podés hacer lo que se te dé la gana —le dije—. Si querés, la próxima vez aceptás.
—Sí —gimió ella, perdida—. La próxima vez acepto.
Terminé dentro de ella con una intensidad que me dejó vacío. Cuando recuperamos el aliento, me limpié, le di un beso en el hombro y le solté como si nada:
—Por cierto, mañana vamos a la playa. Te compré un traje de baño nuevo.
—¿En serio? —se le iluminó la cara—. Dejame verlo.
Sacó de la bolsa lo que apenas se podía llamar un traje de baño: unos hilos finísimos, dos triángulos que cubrían justo los pezones y nada más. Me miró con complicidad y se fue al baño a probárselo. Cuando salió, casi no había tela. Estaba prácticamente desnuda y lo sabía. Se veía espectacular.
***
Manejamos hasta una playa que habíamos descubierto en una de nuestras escapadas. Era una de esas que casi nadie conoce: tranquila, hermosa, escondida. Cuando llegamos no había más de veinte personas en toda la extensión de arena. Nos instalamos en un rincón apartado, lejos de las pocas siluetas que se veían a lo lejos.
El hilo de Noelia llamó la atención apenas pisó la arena. Nos metimos al agua, disfrutamos del sol, compramos unos helados a un vendedor que pasó. Caminamos por la orilla y los hombres no podían dejar de mirarla. A los dos nos excitaba lo mismo.
De vuelta en el agua, a los pocos minutos se acercó un tipo alto, moreno, de espaldas anchas, y nos sacó conversación. Charlamos los tres un buen rato. Pero yo empezaba a tener una curiosidad nueva, peligrosa: quería ver qué hacía ella si me apartaba.
—Amor, voy a recostarme un rato —dije—. Después comemos.
—Está bien —respondió ella.
Salí del agua, me tiré en la reposera y me puse los lentes de sol. Con ellos puestos, nadie podía saber si tenía los ojos abiertos o cerrados. Pasaron diez, quizá quince minutos. Ellos seguían en el agua, riéndose, cada vez más cerca. En un momento él la abrazó. Pensé que se besaban. Pero ella se apartó con suavidad y los dos salieron del agua. No vinieron hacia mí. Noelia me echó una mirada rápida para comprobar si dormía y se fue caminando hacia la izquierda, con el tipo, hacia donde yo sabía que había una vieja cabaña cerrada.
Esperé un segundo y me escabullí por detrás. Conocía cada rincón de ese lugar. Me metí entre los matorrales, con todo el cuidado del mundo, sin hacer ruido. Cuando llegué a la altura de la cabaña, los vi.
Estaban besándose con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Él la tenía agarrada del trasero, le deslizó una mano al frente, apartó el hilo diminuto. Ella le respondía con la misma urgencia. Me escondí entre las plantas, donde ellos jamás podrían verme, y no pude evitar empezar a tocarme. Mi mujer me estaba siendo infiel a un metro de mí, y yo no podía dejar de mirar.
Él la giró, la inclinó y entró en ella despacio, sujetándola de las caderas. Después la levantó en brazos, abriéndole las piernas, y la sostuvo así mientras ella le clavaba las uñas en la espalda. Entre el sonido de los cuerpos y los gemidos de Noelia terminé en la arena, conteniendo cualquier ruido. Poco después él se vació en ella, y los dos se quedaron quietos, abrazados, recuperando el aire.
Me fui corriendo antes de que terminaran de acomodarse. Llegué a nuestro rincón, me senté y abrí una cerveza con las manos todavía temblando. Al rato apareció ella. Al verme despierto se puso nerviosa.
—Ah, ya te despertaste —dijo—. Fui a mostrarle la cabaña al chico, ¿te acordás de lo linda que se ve por ahí?
—Qué bueno, amor —respondí con calma—. Me desperté hace nada.
El tipo se acercó, nos saludó y se marchó. Noelia se sentó a mi lado y soltó una risita nerviosa, sin contarme nada. Le dio miedo, supongo, pensar que yo la dejaría. Pero estaba muy equivocada. Verla con otro hombre había encendido en mí algo que no sabía que existía.
No le dije nada esa tarde. Iba a esperar. Iba a dejar que la culpa la fuera ablandando hasta que me lo confesara con sus propias palabras. Y cuando lo hiciera, sabía exactamente lo que íbamos a hacer después.