Lo que pasaba cuando el vigilante me abría la puerta
En la facultad muchos hablaban mal de mí. Uno de mis compañeros decía que a Dayana le gustaba más la verga que comer, y la verdad es que no se equivocaba demasiado. El sexo era —y sigue siendo— mi debilidad, sobre todo con hombres mayores que yo. Uno de esos hombres fue Rubén, el vigilante que cuidaba la entrada del campus. Y justo por ser tan caliente terminé metiéndome en un problema con su novia, que estudiaba en el mismo lugar.
Tiempo atrás ya había tenido un encuentro con Andrés, uno de los técnicos de sistemas, en la parte de atrás de los laboratorios. Para mi mala suerte —o mi buena suerte, según cómo se mire— Rubén nos vio. Se encargó de regar el chisme entre profesores y alumnos, aunque la cosa quedó ahí, en habladuría. Lo que no quedó ahí fue su interés en mí: a partir de ese momento se propuso seducirme para llevarme a la cama, y yo me dejé. El detalle incómodo era Marcela, su novia, que cursaba dos años por delante del mío.
Todo empezó una mañana en la que llegué tarde, como casi siempre. Le sonreí desde la reja y le coqueteé un poco, pero esa vez se hizo el difícil.
—Hola, Rubén, no seas malo, déjame entrar que voy tardísimo —le rogué.
—Hola, señorita Dayana, no, usted siempre llega tarde. Hoy no —respondió, cruzándose de brazos.
No dejaba de mirarme de arriba abajo con cara de pervertido. Yo sabía que mi cuerpo le gustaba, y esa mañana llevaba unos jeans ajustados y una blusa ceñida que dejaban poco a la imaginación. Después de insistirle casi diez minutos, de inclinarme apenas hacia la reja y de mirarlo con esa cara que tan buenos resultados me daba, terminó cediendo.
—Bueno, es la última vez que la dejo pasar. La próxima le aviso al coordinador —dijo, fingiendo seriedad.
Le tiré un beso con la mano a través de los barrotes. Él se levantó de la silla, salió de la caseta y, antes de abrirme, volvió a recorrerme entera con la mirada. Saqué pecho a propósito para que se fijara, y se relamió como si tuviera hambre.
—Ábreme de una vez, Rubén, que voy a llegar tarde —le dije con voz juguetona.
—Ya voy, ya voy.
Abrió el portón. Al pasar le di un beso en la mejilla para agradecerle, y apenas le di la espalda sentí su mano bajar hasta mi trasero, apretándomelo sin ningún disimulo.
—Qué rico culito —murmuró.
Me puse roja, me di la vuelta, lo miré a los ojos y le sonreí, dándole a entender que no me había molestado.
—Ay, Rubén, respeta —le dije, sin nada de convicción.
Me imitó con voz aguda.
—Ay, Rubén, respeta.
Le saqué la lengua y me fui hacia las aulas riéndome.
—¡Qué piernas, qué cuerpo! —gritó a mi espalda.
Lo miré una última vez por encima del hombro, le guiñé un ojo y seguí caminando. Desde ese día supe que Rubén me deseaba de verdad, y como a mí me encanta probar hombres distintos, no pensaba dejar pasar la oportunidad, aunque tuviera novia. No era especialmente guapo: alto, moreno, de ojos y pelo negros. Lo que lo hacía interesante era una cicatriz larga que le cruzaba la mejilla, secuela de un viejo accidente.
***
Pasaron los días y cada vez que nos cruzábamos, en el campus o en el barrio, me soltaba un piropo subido de tono, me rozaba la cintura o me apretaba el trasero. A mí eso me encanta. Me gusta sentirme deseada, ver cómo un hombre disfruta de mirarme. Me decía cosas como «qué rico culo» o «qué buenas tetas», y yo me reía y le seguía el juego.
Una noche, sobre las siete, me lo encontré de frente en una calle solitaria cerca de mi casa. Ya sabía lo que pasaba cuando coincidíamos a solas, así que decidí jugar. Él se plantó en medio de la acera, cerrándome el paso. Yo llevaba un top negro de hombros descubiertos, una minifalda de jean y unas sandalias de plataforma. En cuanto me vio, la mirada se le llenó de deseo.
—Hola, Dayana, qué rica estás —dijo.
Lo miré mordiéndome el labio.
—Hola, Rubén.
—Hoy estás más rica que nunca.
Con mi mejor cara de inocente bajé un poco el escote para que me viera mejor.
—Ah, ¿sí? Eso se lo dices a todas. Si te oyera Marcela… —le contesté, provocándolo.
—Es que tú estás más rica que todas —respondió, riéndose.
Me apoyó contra la pared. La minifalda era tan corta que le bastó deslizar la mano por mis muslos para llegar casi hasta donde quería. Subía y bajaba la palma mientras buscaba mi boca. En un movimiento, la tela se me subió y dejó ver la tanga blanca de encaje, ya húmeda. Él se relamió.
—Qué rico —dijo.
Coló la mano por debajo del encaje y empezó a acariciarme el clítoris con el pulgar. Solté un gemido corto contra su cuello mientras él me besaba. Con la otra mano me apretaba un pecho, después bajó por mi espalda hasta agarrarme una nalga. Estaba a punto de perder la cabeza, gimiendo bajito y besándolo a la vez, cuando a lo lejos apareció un coche. Rubén se apartó, me dejó temblando, me dio un beso rápido y se fue.
Llegué a casa con la respiración agitada y la ropa interior empapada. Me encerré en mi cuarto y terminé sola lo que él había empezado, pensando en cómo sería tenerlo de verdad.
***
Días después me lo crucé otra vez en la entrada del campus. Le sonreí y le coqueteé como siempre. Él, confianzudo, me rozaba el trasero y yo no le decía nada; me excitaba que lo hiciera. Esa tarde mi amiga Paola lo vio y se rió, porque sabía perfectamente cómo era yo.
—Ay, Dayana, mira cómo te dejas tocar —me dijo, divertida.
—¿Y qué? Que disfrute —le contesté encogiéndome de hombros.
Esa misma tarde nos quedamos hasta tarde con Paola y Yuliana ordenando el aula, que nos había tocado por turno. A la salida, Rubén seguía en su puesto. Me quedé hablando con él, y mis amigas, que conocían de sobra mis andanzas, se fueron sin hacer preguntas. Sabían cómo iba a terminar la cosa.
Nos metimos en la caseta de la entrada. Empezamos a charlar de cualquier tontería, pero él no dejaba de mirarme las piernas. Como me gustaba sentirme observada, las abría y las cerraba despacio, dándole un adelanto. Acercó su silla a la mía y posó la mano sobre mi rodilla; poco a poco fue subiendo por la cara interna del muslo, cada vez más cerca. Yo misma me fui levantando la falda hasta dejar a la vista la tanga blanca y traslúcida que llevaba. Sin dejar de mirarlo, empecé a tocarme por encima de la tela. Él tragaba saliva y se acomodaba el bulto que se le marcaba en el pantalón.
Aparté la tanga a un lado y lo miré fijo.
—¿Quieres? —le pregunté, metiéndome los dedos.
Se relamió con esos ojos de hombre hambriento.
—Sí, claro que quiero —respondió.
Se me echó encima y me besó. Lo dejé hacer. Me desabotonó la blusa, me bajó el top y me dejó los pechos al aire para chuparme y morderme los pezones mientras con la otra mano seguía acariciándome entre las piernas. Estaba tan mojada que no podía parar de moverme.
—Levanta las piernas —me ordenó.
Obedecí y me quitó la tanga. Después me llevó de la mano a la parte de atrás, donde había un sofá viejo, y me tumbó sobre él. Me terminé de desnudar, abrí las piernas y empezó a lamerme. Hacía círculos lentos sobre el clítoris que me hacían retorcer, aunque me mordía los labios para no gemir fuerte: cualquiera podía oírnos desde la calle. Se me hacía agua la boca por devolverle el favor.
Me arrodillé frente a él. Se bajó los pantalones y sacó una verga gruesa que agarré enseguida con las dos manos. Le pasé la lengua despacio, desde la base hasta la punta, antes de metérmela entera en la boca. Rubén echó la cabeza hacia atrás, disfrutando cada movimiento, una mano enredada en mi pelo marcándome el ritmo.
Sacó un condón de la billetera y se lo puso. Se sentó en el sofá y yo me acomodé encima, dejándome caer despacio hasta que lo sentí entero dentro. Me sujeté de su cuello y empecé a moverme en círculos, adelante y atrás, cada vez más rápido, brincando sobre él hasta que los dos perdimos el control. Me corrí con las piernas temblando, y noté que él estaba a punto.
Me bajé, me puse en cuatro sobre el sofá y me agarré del respaldo. Subí una rodilla, me abrí con una mano y él me penetró desde atrás, embistiendo con fuerza hasta hacerme llegar otra vez. Sentí que se vacaba; el condón quedó a punto de reventar. El corazón se me salía del pecho, el clítoris me latía hinchado, me dolía un poco todo. Aun así me di la vuelta, volví a abrirme de piernas y dejé que me lo metiera de nuevo, esta vez hasta el fondo. Me retorcí de placer. Lo hicimos así varias veces más, hasta quedar los dos agotados. Después me vestí y me fui a casa.
De camino me crucé otra vez con Paola y Yuliana, que se reían al verme caminar tan despacio. Me dolía todo y tenía los labios hinchados, pero estaba más que satisfecha.
***
Con Rubén me acosté muchas veces más, en la caseta, en mi casa, donde se pudiera. Hasta que los chismes llegaron a oídos de Marcela. Un día lo siguió y lo vio entrar a mi casa y salir tres horas después. Al día siguiente me encaró en el campus: me agarró del pelo, me empujó y me gritó de todo —perra, zorra, otra cosa peor— por meterme con su hombre. Tuvieron que separarnos. Al final ella lo perdonó; se fueron a vivir juntos y tuvieron un hijo. Años más tarde me enteré de que se habían separado, porque ella terminó siéndole infiel a él.
Así que, de un modo u otro, todas tenemos nuestra etapa de zorras. La diferencia es que la mía no terminó. Sigo siendo la misma, y no pienso cambiar, porque el sexo es una delicia y probar hombres distintos también lo es.