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Relatos Ardientes

La noche en aquel bar que nunca le conté a nadie

Cada vez que pasábamos por delante de aquel local, la entrada nos frenaba en seco. Había algo magnético en las fotos colgadas en la pared exterior: mujeres desnudas, los pechos al aire, algunas en poses provocadoras y otras en pleno acto, en lo que parecía ser el interior del propio bar. Debajo de cada imagen, una sola palabra en letras grandes: «Atrévete». Era imposible no mirar.

Con mi marido se había vuelto casi un ritual. Cada semana, al volver del paseo, nos deteníamos frente a esas fotos. Y siempre había algo nuevo: una cara distinta, una postura más descarada, otro nivel de osadía. A mí me llenaba de morbo, no podía negarlo. Miraba las imágenes y la cabeza se me iba a lugares que no debía. A veces, con una risa nerviosa, le decía:

—No puedo creer que ahí dentro pase todo esto.

Y él, con esa sonrisa cómplice que tan bien conozco, respondía:

—Solo hay una forma de comprobarlo.

A pesar de la curiosidad, una parte de mí se resistía. Era un juego entre las ganas de probar algo nuevo y el miedo a lo desconocido. Pero cada semana, al pasar, el deseo de averiguar qué ocurría detrás de esa puerta crecía un poco más.

***

Aquella noche salimos a dar nuestro paseo de siempre. Quería verme atractiva para él, así que elegí algo especial: una falda corta, muy corta, que apenas tapaba el encaje de mis ligueros. Medias negras, tacones finos y altos que estilizaban mis piernas, y arriba una camisa blanca ajustada con los botones tirantes por el tamaño de mi pecho, que casi se desbordaba.

Cuando llegamos frente al bar, noté algo distinto. En la puerta había un relaciones públicas, un chico joven y bien vestido, que parecía estar ahí para captar clientes. Apenas nos vio, se acercó con una sonrisa y nos cortó el paso.

—¿Conocéis este sitio? —preguntó amable, mirando primero a mi marido y luego, sin disimulo, fijándose en mí.

—Hemos pasado por aquí muchas veces —contestó mi marido, tranquilo.

—Entonces tenéis que entrar. Es un lugar único. Aquí dentro cada uno es libre de hacer lo que quiera.

Mientras hablaba, no pude evitar echar un vistazo a las fotos de la entrada. Seguían ahí, retándome a dar el siguiente paso. La curiosidad pudo más que la vergüenza y me atreví a preguntar:

—Esas fotos… ¿son reales? ¿De verdad se hicieron aquí dentro?

El chico sonrió aún más, como si esperara justo esa pregunta.

—Totalmente reales. Las hace el dueño, al que todos llaman el Zorro. Pero nadie sale en una foto sin dar su permiso. Tú eliges: si quieres que la imagen quede solo para ti, o si quieres formar parte del muro.

Esa última frase me agitó la respiración. Miré a mi marido buscando su reacción, y en sus ojos encontré esa chispa de travesura que me vuelve loca.

—¿Qué dices? —le pregunté en tono juguetón, aunque la voz me temblaba un poco.

—Vamos a tomarnos una cerveza, cariño —respondió, casual, pero con la mirada encendida.

El corazón se me aceleró. ¿De verdad vamos a entrar?, pensé, aunque mi cuerpo ya estaba tan caliente como mi cabeza. Y sin darme cuenta, ya estábamos cruzando la puerta.

***

El bar tenía una atmósfera densa, casi eléctrica. Mucha gente, risas, música, el murmullo constante de las conversaciones. Las mesas altas estaban llenas, y en el centro del local algunos bailaban. A un lado, sobre una mesa de billar, una chica completamente desnuda se movía con una sensualidad que hipnotizaba, mientras la luz tenue jugaba con las sombras de su cuerpo.

En la barra conseguimos un par de taburetes libres. Mi marido me rozó la cintura.

—Siéntate aquí, amor.

Obedecí, intimidada y excitada a partes iguales. Frente a nosotros, un muro enorme estaba cubierto de fotografías imposibles de ignorar: mujeres desnudas, parejas, grupos, cada imagen más explícita que la anterior. Me quedé absorta, intentando asimilar la cantidad de historias que contaba esa pared.

—¿Qué vais a tomar? —preguntó el camarero, un hombre alto y robusto que se acercó secando un vaso.

Tenía una sonrisa pícara, pero lo que más me llamó la atención fue cómo me miró el escote, sin el menor disimulo. Mi marido pidió una cerveza. Yo, algo nerviosa, un whisky con hielo.

—Esta ronda corre de la casa —dijo él, guiñando un ojo—. ¿Sois de aquí?

—No, estamos de vacaciones —respondió mi marido, con ese brillo perverso que tanto me gusta.

El camarero soltó una risa corta y se inclinó hacia nosotros, como quien va a contar un secreto, los ojos de nuevo en mi pecho.

—¿Tienes seguro de vida? —le preguntó a mi marido.

—¿Para qué? —contestó él, entre confundido y divertido.

—Hombre, con semejante delantera… si te la pone encima, te ahogas, amigo.

Sentí el cuerpo tensarse entre la sorpresa, una pizca de incomodidad y el morbo que empezaba a colarse por dentro. En lugar de responderle, me incliné hacia mi marido, le sujeté la nuca y lo atraje hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso que empezó suave y enseguida se volvió intenso, mi lengua provocando la suya mientras mis dedos jugaban con su pelo. Cuando nos separamos, el camarero servía las bebidas con una sonrisa que delataba lo mucho que había disfrutado del espectáculo.

—La música, el ambiente… —le susurré a mi marido al oído—. Todo esto es tan apropiado.

Y aunque no lo dijera en voz alta, supe que esa noche sería distinta a todas.

***

La escena estaba cargada de tensión. Di un sorbo a mi copa, dejando que el alcohol me calentara la garganta, mientras mi marido deslizaba los dedos por mi muslo con esa habilidad que tiene para enloquecerme. El contacto era sutil, pero las intenciones, clarísimas. Sus labios buscaron los míos en un beso lento y húmedo, y su mano siguió subiendo bajo la falda. Ya no me importaba si alguien nos veía; el morbo me encendía todavía más.

Sin pensarlo, mi mano buscó el bulto de su pantalón. Lo encontré duro, y empecé a acariciarlo despacio por encima de la tela. Él se apartó apenas unos centímetros de mi boca y me susurró con la voz ronca:

—¿Y si quiero que me lo hagas aquí mismo, en la barra?

Un escalofrío me recorrió entera. Le bajé la cremallera con la mano temblorosa, lo liberé y empecé a acariciarlo mientras mis ojos lo desafiaban. Entonces sentí algo más. Una mano firme se coló bajo mi falda y acarició mis nalgas desnudas. No eran las manos de mi marido: las suyas seguían sujetándome las caderas. Alguien más me estaba tocando, sin pedir permiso.

Se lo susurré, entre el pánico y la excitación.

—Cariño… hay alguien más. Me está tocando.

Él no se detuvo. Al contrario, sonrió.

—Lo sé, amor. Está pegado a ti. Tiene buen cuerpo, ¿verdad?

El morbo de su voz me dejó sin aliento. La mano del desconocido siguió explorando, atrevida, y yo, en lugar de apartarme, me quedé quieta, dejándome hacer mientras mi marido me devoraba la boca.

***

En ese momento sonó una campana detrás de la barra y el camarero tomó un micrófono. Su voz resonó por encima del bullicio.

—¡Señoras y señores, esta noche tenemos algo especial! ¡Dejad sitio, que aquí hay acción!

Las luces se concentraron en mí. Quise mirar a mi marido buscando apoyo, pero él, entregado al momento, me tomó la cara entre las manos.

—Tranquila, Carla —me susurró con una sonrisa perversa.

El camarero se acercó con un teléfono en la mano mientras la gente se apartaba para hacernos hueco. Los silbidos, los gritos, todo se mezclaba en un caos eléctrico.

—Este es su marido —anunció, señalándolo—. ¡Y este caballero —continuó, señalando al hombre que tenía detrás—, un desconocido, se ha atrevido a tocar a su mujer! ¿Hasta dónde puede llegar ella?

La tensión era insoportable. El camarero se giró hacia mí.

—¿Cómo te llamas?

—Carla… —respondí con un hilo de voz.

El bar entero estalló en un grito unánime: «¡Carla! ¡Carla! ¡Carla!». Tenía miedo, mucho miedo. Pero había algo terriblemente erótico en estar ahí, expuesta, observada, deseada por todos a la vez.

Mi marido aprovechó la distracción para girarme con firmeza, hasta dejarme de frente al hombre que hasta entonces había estado a mi espalda. Lo miré por primera vez. Era maduro, fuerte, con una presencia imponente. Llevaba una camisa abierta que dejaba ver un pecho cuidado y bronceado, y en los labios una sonrisa de pura satisfacción.

—¿Queréis que Carla le saque la polla? —gritó el camarero.

El bar rugió:

—¡Sí!

Mi respiración se cortó un segundo. Todo el cuerpo me temblaba, mi cabeza luchaba entre sucumbir o frenarlo todo. Pero el calor entre mis piernas, la mirada de mi marido y el clamor de la gente me tenían atrapada.

—Hazlo, cariño —me susurró él al oído.

***

Abrí las piernas para que mi marido se moviera mejor dentro de mí, mientras mi mano bajaba hacia el pantalón del desconocido. El bulto era tan grande que, incluso a través de la tela, me dejó sin aire. Le bajé la cremallera despacio, liberando poco a poco su erección. Cuando por fin la sostuve, un gemido escapó de mis labios sin que pudiera controlarlo.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, casi sin voz.

—Adriano —respondió, grave, acercando su rostro al mío—. ¿Quieres probarla?

Sus palabras me atravesaron. La respiración se me disparó y, sin poder evitarlo, un orgasmo me recorrió de arriba abajo, arqueándome contra el cuerpo de mi marido.

—¡Carla ha tenido un orgasmo! —gritó el camarero, y el bar entero vitoreó.

Mi marido, todavía dentro de mí, me empujó con suavidad.

—Chúpasela, cariño.

Mi mirada viajaba entre la erección de Adriano, firme en mi mano, y los ojos de mi marido, que me alentaban a seguir. Sentir su aprobación lo hacía todo más intenso. Me incliné, dejando que mis labios recorrieran el cuerpo de Adriano hasta arrodillarme frente a él. Lo acaricié primero con la lengua, rodeando la punta con movimientos suaves, y poco a poco lo fui recibiendo en mi boca, sintiendo cómo llenaba cada rincón. Mis manos trabajaban la base mientras mis labios marcaban el ritmo.

—Dios, Carla… —jadeó él, pasando una mano por mi pelo, guiándome con cuidado.

El público gritaba y aplaudía, pero yo apenas lo escuchaba. Estaba consumida por el placer de tener su atención, de sentirme el centro de todas las miradas, de ver cómo se derretía bajo mis caricias. Mi marido se inclinó a mi lado.

—Chúpasela como solo tú sabes, cariño.

Sus palabras me hicieron gemir contra Adriano, y las vibraciones parecieron enloquecerlo aún más.

***

Me levanté y le susurré al oído, rozándole los labios.

—Avísame cuando estés a punto. Quiero terminar yo cómo.

Me di la vuelta, apoyé una mano en el respaldo del taburete y la otra en la nuca de mi marido, que me besó con hambre. Mientras nuestras bocas se fundían, Adriano se colocó detrás, me sujetó de las caderas y empezó a empujar despacio.

Un gemido escapó de mis labios. Me dio un azote firme en las nalgas y un temblor me recorrió entera.

—¿Te gusta? —me preguntó mi marido al oído, en tono pícaro.

—Sí… me encanta —jadeé, sintiendo cómo Adriano se abría camino dentro de mí.

—¿Te lo está metiendo todo? —susurró mi marido, su aliento caliente en mi cuello.

—Sí, cariño, entero —respondí entre temblores.

Adriano empezó a moverse con fuerza, cada embestida más profunda que la anterior. Mi marido no apartaba la vista de mi cara.

—Entonces díselo.

—¡No pares! ¡No tengas piedad! —grité, casi fuera de mí.

Cada golpe de sus caderas contra las mías era un detonante. Sentí un orgasmo arrollador que me sacudió por completo, y grité sin control mientras las paredes del bar resonaban con los jadeos. Entonces mi marido, pegado a mi oído, soltó otra frase cargada de morbo:

—¿Y si lo invitamos a casa mañana?

La idea de tener a aquel desconocido en nuestra intimidad me provocó un escalofrío que culminó en un segundo orgasmo. Mis gemidos se intensificaron.

—¿A él o a mí te follarías más? —insistió mi marido.

—A ti, loco… cállate —respondí mirándolo a los ojos, justo cuando un tercer orgasmo me partía en dos.

Adriano gemía con fuerza a mi espalda.

—Estoy cerca…

Cuando salió de mí, sentí un vacío extraño, como si mi cuerpo lo extrañara al instante. Me giré, me arrodillé de nuevo y lo recibí en la boca, acariciándolo con la lengua mientras mis manos lo sujetaban con firmeza. Su respiración entrecortada y mis jadeos llenaban el aire. Cuando llegó su orgasmo, lo dejé escurrir despacio, y la gente alrededor coreaba como cómplice de nuestra pequeña locura.

El placer era tan intenso que sentí que mi cuerpo no podía contenerlo más.

***

Cuando recuperé el aliento, Adriano se inclinó hacia mí, con el calor de su voz erizándome la piel.

—Estoy de vacaciones por aquí —me susurró—. Si te apetece, podríamos vernos mañana. Tú, mi marido y yo. Con calma, sin público.

Su propuesta me dejó sin palabras, pero también me encendió otra vez. Sentí su mano subir lentamente hacia mi pecho. El camarero, que no se había alejado, deslizó la mirada por mi escote.

—Y yo te ofrecería lo que quieras por enseñar esas preciosidades en mi local —dijo en voz baja, intentando dirigir mi mano hacia él.

Pero en ese instante decidí que había llegado mi límite por esa noche. Le sonreí, provocadora, y me volví hacia mi marido.

—Creo que es hora de irnos. ¿Pides un taxi?

Él asintió, con una sonrisa que lo decía todo. Una vez dentro del coche, el silencio entre nosotros no duró mucho. Me apoyó la mano en el muslo, todavía caliente, y me miró como si acabara de descubrir a otra mujer dentro de mí. Y en cierto modo, así era. Esa noche aprendí algo que nunca le confesé a nadie más que a estas líneas: que el morbo de ser deseada delante de todos, con él mirándome, era una droga de la que iba a costarme mucho desengancharme.

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Comentarios (4)

PabloK_74

Excelente!!!

SofiaL77

Tremendo relato!!! me quedé con el corazón a mil esperando que cuentes mas

CarolinaB_88

jaja yo tambien tuve una noche parecida que nunca conté, gracias por animarte a escribirlo

TardeDomingo

Increible. Corto pero contundente, me dejó con ganas de mas

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