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Relatos Ardientes

Salí del bar con un extraño y todo se torció

Aquella noche estábamos en un hotel del centro de Sheffield celebrando un buen año para la empresa. Mi marido, Daniel, casi nunca bebe, así que después de dos copas, la mayor parte de la botella de vino y luego el champán, estaba achispado y hablador como pocas veces.

Le echo la culpa al alcohol de lo que dijo. Me confesó, con la voz pastosa, que esa noche echaba de menos a mi antiguo amante. Daniel había sido quien me empujó años atrás hacia Marcus, el hombre que me enseñó de verdad lo que era el deseo y que, aunque ya no había nada entre nosotros, seguía pasando cada semana a ver a los gemelos.

La botella quedó vacía y fui a la barra a pedir un par de cafés antes de subir. Un cliente que esperaba allí me preguntó si quería tomar algo.

—No, gracias, estoy con mi marido —le dije.

Me siguió hasta la mesa e ignoró por completo a Daniel mientras se acercaba a mí con un descaro que me incomodó. La mirada de mi marido, sin embargo, me dijo que si quería seguirle el juego a aquel hombre, él no se opondría.

El tipo no me gustaba demasiado. Era bastante más joven que yo, andaría por los veintitantos, bajo de estatura y nada del otro mundo. Intenté ser educada, presenté a Daniel y dejé bien visibles los anillos de mi mano izquierda con la esperanza de que pillara la indirecta.

Se la tomó como una invitación a quedarse. Llegaron los cafés y se pegó a mi asiento. Se presentó como Vince. Era agresivo, sí, pero también un buen conversador. Resultó que tenía varias webs y, como por casualidad nosotros buscábamos promocionar el negocio en internet, terminamos hablando de eso.

Entonces el muy fresco empezó a acariciarme el muslo por debajo de la mesa. Hice ademán de apartarlo, pero vi la excitación en los ojos de Daniel y me quedé quieta.

Animado por mi silencio, deslizó la mano más arriba, hasta el borde de la falda. Estaba a punto de protestar de verdad cuando Daniel se excusó para ir al baño. Creo que fue su manera de darle vía libre.

En cuanto mi marido nos dio la espalda, Vince se apretó contra mí. Me atrajo con un brazo, me besó en la boca metiéndome la lengua hasta el fondo y me subió la falda lo suficiente para meter la mano entre mis piernas. Me sobó el coño por encima de las bragas con dos dedos, apretando el clítoris con la yema del pulgar, mientras me mordía el labio inferior y me susurraba «estás empapada, zorra».

Era humillante. La gente de las mesas cercanas podía ver lo que pasaba, y aun así, no sé por qué, mis rodillas se separaron solas.

Esto no debería estar pasando aquí.

Apartó la tela a un lado y empezó a acariciarme los labios del coño con los dedos, lento, midiendo mi reacción, resbalando de arriba abajo por la raja mojada. Su boca cubría la mía, su otra mano había encontrado el camino bajo la blusa y me estaba pellizcando el pezón izquierdo, retorciéndolo entre el índice y el pulgar hasta que se me puso duro como una piedra. Yo sabía lo que Daniel quería, pero no estaba segura de querer llegar tan lejos. Entonces empujó un dedo dentro de mí, hasta el nudillo, y se me escapó un jadeo. Metió un segundo dedo, los curvó buscándome el punto de dentro y empezó a bombear con la muñeca, haciendo un ruido húmedo de chapoteo que hasta yo oía por encima de la música.

Varias cabezas se giraron cuando dijo, en voz lo bastante alta como para que lo oyeran los de al lado:

—Esto está pidiendo a gritos un buen revolcón. Deja a tu marido y nos ocupamos.

Muchos ojos siguieron a Daniel cuando volvió. Cuando se sentó, ya había media barra pendiente de nosotros, esperando el espectáculo. Vince giró la cabeza hacia él y soltó:

—Espera aquí. Tu mujer y yo nos vamos a divertir un rato. Se la voy a follar bien follada.

La vergüenza fue mucho peor, y mucho más excitante a la vez, que la primera vez que me había ido con otro. Por segunda vez en mi vida me alejaba de Daniel del brazo de un extraño, solo que esta vez una docena larga de personas sabía exactamente para qué.

El corazón me latía con fuerza y el estómago me daba vueltas mientras salíamos del bar. Su mano me recorrió la espalda baja con un gesto de dueño y me apretó una nalga por encima de la falda, sin disimulo, para que lo vieran los que quedaban en la barra. La forma en que me trataba dejaba claro que no era un hombre agradable y, por alguna razón que todavía no entiendo, eso me hacía desearlo de un modo casi enfermizo.

***

En la habitación me empotró contra la pared en cuanto se cerró la puerta. Me arrancó la blusa a tirones, saltó un botón, y me bajó el sujetador sin desabrocharlo, dejándome las tetas al aire por encima del aro. Se agachó y se metió un pezón entero en la boca, chupando fuerte, tirando con los dientes, mientras la otra mano me subía la falda hasta la cintura y me arrancaba las bragas de un tirón que me quemó la piel de la cadera.

Me dio la vuelta, me apoyó las palmas contra la pared y me abrió las piernas de una patada. Se arrodilló detrás de mí y me mordió el culo, una nalga y la otra, antes de meterme la lengua entera por la raja del coño desde atrás, lamiéndome de abajo arriba, empapándome. Me follaba con la lengua a fondo, entraba y salía, y luego subía a lamerme el ojete con la punta hasta que se me doblaron las rodillas. Yo estaba temblando, con la frente pegada al papel de la pared, gimiendo tan fuerte que en el pasillo tenían que estar oyéndome.

Me tiró sobre la cama boca arriba, me abrió las piernas de par en par y volvió a bajar la cara. Me chupaba el clítoris con los labios cerrados, tirando, mientras me metía tres dedos y los bombeaba deprisa. Sentí el primer orgasmo subirme por dentro como una ola, y cuando reventé le empapé la cara y la mano, gritando sin poder controlarme.

Cuando por fin bajé y fui a desabrocharle el pantalón, me frenó.

—No uso preservativo. ¿Algún problema?

Le dije que sí, que lo tenía. Él se encogió de hombros y caminó hacia la puerta.

—Pues entonces me voy. Tú decides si me quedo o no.

Estaba tan encendida, con el coño hinchado y el semen que quería dentro, que la sola idea de quedarme con las ganas me apretó el pecho. Le pedí que no se fuera. Volvió con una sonrisa de suficiencia, se bajó los pantalones hasta las rodillas y se sacó la polla. La tenía tiesa, gruesa, con el capullo morado y una gota espesa colgando de la punta. Me agarró del pelo, me arrodilló delante de él y me la metió en la boca de un empujón, hasta la garganta. Me hizo tragarla entera hasta que las arcadas me subieron y se me saltaron las lágrimas, y aun así siguió, cogiéndome la nuca con las dos manos y follándome la boca a su ritmo.

—Chúpala bien, zorra, así, mama —jadeaba mirando abajo—. Vas a tragarte hasta la última gota.

Cuando me vio al borde de vomitar, la sacó, me hizo levantarme y me tiró boca abajo sobre la cama, con el culo en el borde. Me colocó de rodillas, me abrió las nalgas con las dos manos y me metió la polla en el coño de una embestida seca, hasta la raíz. Grité en la almohada. Empezó a follarme desde atrás con una prisa animal, con las caderas chocándome contra el culo tan fuerte que la cama golpeaba la pared. Me agarraba del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás, y me llamaba «puta» y «guarra» con cada estocada. No se preocupó en ningún momento por mí, iba a lo suyo, y cuando se corrió lo hizo dentro, aguantando bien hondo, vaciándose entre gruñidos mientras me clavaba las uñas en las caderas.

No fue ni la mitad de bueno de lo que esperaba. Vince follaba con prisa, buscando solo lo suyo, sin nada de lo que Marcus me había enseñado. No me corrí con él dentro, me quedé frustrada, con el semen escurriéndome por los muslos y un regusto amargo en la boca. Aun así, en aquel momento me convencí de que repetir no podía hacer daño.

No quería a Daniel en la habitación y se puso desagradable cuando insistí en que subiera. Discutimos. Me enfadé, le dije que no pensaba dejar fuera a mi marido y, armándome de valor, hice como que me marchaba. Solo entonces cedió y dejó que Daniel entrara.

A la mañana siguiente repetimos antes de irnos. Me despertó con la polla ya dura frotándome el culo, me abrió las piernas por detrás y me la metió en el coño así, todavía medio dormida, mientras Daniel miraba desde el sillón. Me folló despacio esta vez, disfrutándolo, sabiendo que mi marido no apartaba la vista. Me hizo ponerme a cuatro patas, me montó otra vez y le ordenó a Daniel que se acercara a mirar de cerca cómo su polla entraba y salía de mi coño abierto. Se corrió otra vez dentro y me obligó a apretar las piernas para que no se saliera nada mientras me vestía. Mientras bajábamos en el ascensor, con varias personas mirándonos de reojo y yo notando el semen resbalándome bragas abajo, Vince me dijo que quería volver a verme. Tras una charla en voz baja con Daniel, le ofrecí que pasara por casa el fin de semana siguiente. Reconozco que fui yo quien abrió esa puerta. Es lo que más me cuesta perdonarme.

***

Marcus se llevó a los gemelos y aquel primer fin de semana no fue mal del todo. Vince era encantador cuando le convenía. Pasó buena parte del sábado en el pub del barrio promocionando sus webs entre los vecinos, que resultaron ser páginas pornográficas, y bromeó delante de varios diciendo que yo podía ser su próxima estrella. Aquel comentario me dejó un nudo en el estómago que no supe interpretar.

Durante la semana lo hablé con Daniel. Entre nosotros llegamos a la conclusión de que era pura fanfarronería, una manera torpe de hacerse el interesante. Decidí darle una oportunidad más el fin de semana siguiente y, si no mejoraba, cortar por lo sano. Mandé a los gemelos a casa de mis padres.

El sábado fue pasable. El domingo después de comer todo empezó a torcerse. Vince le ordenó a Daniel que se sentara en la silla del dormitorio a mirar mientras él y yo lo hacíamos. Me arrancó la ropa delante de mi marido, me tumbó en el colchón y me abrió las piernas por la fuerza. Me metió la polla en la boca primero, hasta el fondo, y me la tuvo ahí hasta que empecé a atragantarme. Después me montó a horcajadas sobre la cara y me obligó a chuparle los huevos mientras se pajeaba encima de mí. Era brusco, demasiado, y cuando me agarró el pecho izquierdo y apretó con saña, retorciéndome el pezón entre los nudillos hasta que crujió, tuve que morderme un grito.

Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas mirando a Daniel, y me la metió en el coño de golpe, sin avisar. Me follaba mirándolo a él, sonriendo, escupiéndome en la espalda. Después sacó la polla, se la escupió encima y me la apoyó en el ojete. Cuando entendí lo que iba a hacer intenté apartarme, pero me clavó una mano en la nuca y empujó. Me la metió por el culo a la fuerza, seca, y el dolor me subió hasta la garganta. Grité, y él siguió empujando, hasta el fondo, mientras me insultaba entre dientes.

—Eh, ven aquí —le gruñó a Daniel con desprecio, sin dejar de embestirme.

Como mi marido no se movió, Vince me golpeó. Fuerte. La palma abierta contra la cara. El dolor me cortó la respiración. Daniel se levantó de un salto y lo agarró por los hombros.

—Ya está bien, Vince. Para.

Lo que pasó después todavía me cuesta contarlo. Vince se revolvió, derribó a Daniel de un empujón, lo golpeó en el suelo y sacó una navaja del bolsillo de la chaqueta. Se la puso bajo la barbilla.

—Haced lo que yo diga y no le pasará nada a nadie. Demasiado.

Aquel hombre que había entrado en nuestra casa como un capricho de una noche se había convertido en una amenaza real, con un arma en la mano y a mi marido en el suelo. Le supliqué a Daniel que hiciera lo que pedía. Solo quería que aquello terminara sin que nadie acabara en el hospital.

Vince terminó lo que había empezado. Me obligó a acabar de mamársela mientras Daniel miraba desde el suelo con la navaja apuntándole al cuello, y se corrió en mi cara, encima de los labios y las mejillas, gruñendo que me tragara lo que me cayera en la boca. Antes de marcharse, vio la foto de los gemelos sobre la cómoda, la cogió, la miró unos segundos y la dejó otra vez en su sitio con una sonrisa que me heló la sangre.

—Bonitos críos —dijo.

—La semana que viene te vienes sola a Sheffield —añadió ya en la puerta—. Sin el cobarde de tu marido. Y ni se te ocurra contarle esto a nadie, o te encontraré.

***

Nunca habíamos vivido nada parecido. Estábamos aterrorizados. Hablamos de llamar a la policía, pero lo habíamos invitado nosotros, no había marcas que probaran gran cosa y nos daba pánico que tuviera amigos dispuestos a tomar represalias. Así que callamos. Y empezamos a vivir con miedo, que es la peor manera de vivir.

El sábado siguiente fui sola. En cuanto llegué me recibió con frialdad, me miró de arriba abajo y dijo «bien», como quien revisa una mercancía. Me llevó a un piso sucio y destartalado, con una cama que olía a humedad y abandono, y allí entendí en qué me había metido. Me arrancó la ropa nada más entrar, me tiró sobre el colchón y me folló el coño y el culo por turnos, sin descanso, corriéndose dentro las dos veces y obligándome a lamerle la polla limpia entre una y otra. Me usó una y otra vez, sin la menor consideración, y cuando le pedí que parara se puso aún más violento, me abofeteó y me la metió otra vez por detrás mientras me apretaba la cara contra el colchón para que no gritara.

—Eres mía ahora —me dijo—. Vas a trabajar para mí. Y más te vale que rinda.

Lo que vino después fue una pesadilla que se alargó semanas. Me obligó a prostituirme con clientes que él elegía, sentado en mi propio coche cobrando después de cada uno. Me vació el bolso, me quitó las llaves, me dejó una caja vieja de preservativos y me dijo que cuanto ganara era para él. Yo accedía por miedo, por las amenazas, por la navaja que sacaba a la mínima. Me tocó chupar pollas en asientos traseros, dejar que me follaran contra la puerta del copiloto, tragar corridas de tipos cuyo nombre no supe nunca. Pasé noches enteras de frío esperando en aquella calle, con el sabor a semen ajeno en la boca, contando las horas para volver a casa.

Daniel se sentaba en el coche durante horas, impotente, demasiado asustado para llamar a la policía y demasiado roto para marcharse. Aquello le costó caro: volvió a casa con la cara hinchada y dos costillas fisuradas, y un peso en la mirada que tardó mucho en irse. Verlo así me dolía más que cualquier golpe.

***

Empecé a tomar la píldora del día después cada vez que volvía, sabiendo que no era la forma correcta de usarla, pero sin otra salida. Daniel y yo dejamos de tocarnos, paralizados por el miedo a que Vince se enterara de cualquier cosa. La relación, lo que quedaba de ella, se había convertido en dos personas asustadas compartiendo una misma angustia.

Cuanto más pasaba el tiempo, peor se ponía todo. Vince empezó a quedarse desde el viernes hasta el lunes, siempre con algún amigo rondando, siempre con una nueva exigencia. Alguna noche me pasó a dos de sus colegas a la vez, uno en el coño y otro en la boca, riéndose desde la puerta mientras me llenaban de semen las dos entradas. Yo llegaba a casa agotada, vacía, con el cuerpo dolorido y las bragas manchadas, deseando que sonara el teléfono y que del otro lado hubiera cualquier voz menos la suya.

Hubo una noche en que pensé que no aguantaría más. Me había prometido a mí misma que esa sería la última vez, que al día siguiente lo contaría todo, que prefería el escándalo a seguir así. Lloré en silencio para no despertar a nadie, con la cara hundida en la almohada, repitiéndome que tenía que haber una salida.

Y la había. Pero esa parte de la historia, lo que hicimos Daniel y yo para librarnos de Vince, todavía no estoy preparada para contarla.

Continuará…

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Comentarios(8)

PabloNK_32

tremendo relato!! me dejó con el corazón en la boca, no me lo esperaba para nada

LuzMarinaOk

Por favor necesito una segunda parte, quedé con mil dudas. ¿Qué pasó después??

NatiRosario

Me encantó como está narrado, se nota que es real porque tiene esos detalles que uno no inventa. Sigue publicando!

MarceloVzla

La dinámica de la pareja al principio me pareció fascinante... y despues el giro. Bien jugado, no lo vi venir

SebRK_lector

Leí de un tirón sin darme cuenta. De lo mejor que encontré acá ultimamente

CarolinaN

Ay, ese final me dejó helada. Continuá por favor!!

Fran_cba

buenísimo!! me gustó que no fue lo que esperaba desde el título, ese giro...

Romi_Noche

Me recordó a algo que viví hace unos años, aunque el mio terminó diferente jaja. Muy bueno igual

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