Lo que hice en el baño público nunca se lo conté a nadie
Tenía veintisiete años y salí tarde de un taller de fotografía que tomaba dos veces por semana. Era una tarde de otoño, ya casi de noche, y el frío me había agarrado con una sola taza de café en el cuerpo. Caminé media cuadra hacia la parada del colectivo y, de golpe, las ganas de orinar me doblaron en dos. No iba a aguantar el viaje entero.
A unos minutos de la academia había un edificio viejo con una galería interna, de esas que conectan dos calles por un pasillo lleno de locales de comida. En el medio, casi al fondo, estaban los baños públicos que cobraban una entrada para usarlos. Nunca me habían dado buena espina, pero esa tarde no tenía opción.
Le pagué a la señora del mostrador, una mujer mayor con cara de aburrida, y ella me entregó un puñado de papel doblado sin levantar la vista. Empujé la puerta y entré. El lugar olía a desinfectante barato y las paredes estaban pintadas con marcador, llenas de garabatos y nombres. Elegí la cabina del fondo casi por instinto, porque era la única con la puerta entornada.
Adentro estaba más decente de lo que esperaba. El inodoro limpio, el pestillo funcionaba. Si no fuera por las paredes rayadas, hasta habría sido cómodo. Cerré, me bajé el pantalón y la ropa interior y me senté. El alivio fue tan grande que se me escapó un suspiro.
A mi izquierda quedaba la puerta. A mi derecha, la pared que separaba mi cabina de la siguiente. Y justo a la altura de mi cara, en esa pared, había un agujero del tamaño de una moneda grande. Lo miré de reojo mientras orinaba. Del otro lado todo era oscuro; no se veía nada.
El chorro sonaba fuerte en el silencio del baño. Cuando estaba por terminar, escuché un golpe seco al otro lado de la pared, como si alguien hubiera apoyado algo. Y enseguida, una voz que salió directo por el agujero.
—¿Hay alguien?
Me sobresalté tanto que me tapé el coño con las dos manos por puro reflejo, como si pudieran verme. La voz era de un hombre adulto, grave y un poco rasposa, de esas que ya tienen años encima. Pensé que necesitaba papel, o que se había quedado sin nada.
—Sí, ¿necesita algo? —pregunté, todavía con el corazón golpeándome el pecho.
Del otro lado escuché un «ah…» distinto, como si recién se diera cuenta de algo. Después, una serie de ruidos: tela, una hebilla, movimiento. Me quedé inmóvil unos quince segundos, sin entender. ¿Qué está haciendo?
Entonces noté que algo se movía pegado a mi oreja. Alguien quitó lo que tapaba el agujero del otro lado y, por un instante, entró un poco de luz. Pero esa luz se oscureció de inmediato. Y vi cómo asomaba, despacio, la cabeza gruesa de una polla.
***
Me quedé congelada. El pánico me subió por la garganta. No entendía qué estaba pasando ni por qué esa verga estaba ahí, a centímetros de mi cara. El hombre fue empujando hasta que del agujero salió todo el tronco, grueso, marcado de venas hinchadas, quieto como esperando algo. Tenía la cabeza morada, brillante, y el prepucio a medio retraer dejaba ver el glande palpitando al ritmo de un corazón que no era el mío.
Pasaron unos segundos hasta que el miedo aflojó. Y cuando aflojó, lo reemplazó otra cosa que me costó reconocer: curiosidad. La polla seguía ahí, sin moverse, y yo no podía dejar de mirarla. Acerqué la cara unos centímetros, con cuidado, como quien se acerca a algo que no debería. La piel se veía tersa, casi brillante bajo la poca luz, y de la ranura de la punta empezaba a asomar una perla de líquido claro.
¿Por qué hay un hombre metiendo eso por la pared de un baño?
Era la primera vez que me pasaba algo así. No sabía que existían estos lugares, ni que la gente los usaba para esto. Me sentía en una especie de trance, mirando sin parpadear. El hombre se movió un poco, apenas, y la verga se sacudió sola, como pidiéndome algo. Volvió a quedarse quieta, paciente.
Recorrí el tronco con la mirada, una vena tras otra, hasta llegar a la base. Y ahí, en la pared, descubrí lo que no había visto al entrar: flechitas dibujadas con marcador, apuntando al agujero. Alrededor, frases escritas con distintas letras. «Acá», «gratis», «sin preguntas», «mamame la pija», y un par de números de teléfono medio borrados.
Recién entonces caí. Este hombre cree que del otro lado hay alguien que viene a esto. Cree que soy una puta de esas. Está esperando a que le chupe la polla.
Tendría que haberme levantado, subido el pantalón y salido caminando. Era lo lógico, lo sano, lo que cualquiera habría hecho. Pero algo travieso se me metió en la cabeza y no se quería ir. Nadie sabía que yo estaba ahí. Él no me veía la cara. Yo no le veía la suya. Era como si nada de eso contara de verdad. Sentí, entre las piernas, cómo el coño me empezaba a latir con una humedad que no había pedido permiso para aparecer.
Sin pensarlo demasiado, pasé las yemas de los dedos por debajo del tronco. Sentí cómo se estremeció del otro lado; me había notado. Después la tomé con la mano entera, aunque era tan gruesa que no podía cerrar los dedos del todo. Las venas latían contra mi palma. La piel, efectivamente, era suave, pero por debajo estaba dura como una piedra tibia. La sopesé, calculé cuánto era. Con la otra mano me metí los dedos entre los muslos y me toqué el clítoris de refilón: ya estaba empapada.
Empecé a mover la mano hacia adelante y hacia atrás, despacio, midiendo cada reacción. La piel del prepucio se corría con el movimiento y descubría el glande cada vez que tiraba hacia abajo. Acerqué el ojo al agujero y miré de cerca cada detalle, cada pliegue, hasta que de la punta brotó una gota transparente más gorda. La recogí con un dedo de la otra mano, se me estiró como un hilo, y la repartí por toda la cabeza, arriba y abajo, hasta dejarla brillante. Del otro lado lo sentí retorcerse, y eso, no sé por qué, me prendió el coño de una manera que no me esperaba.
***
El miedo seguía ahí, agazapado, pero la calentura le iba ganando terreno minuto a minuto. La punta empezó a brillar más, húmeda, chorreando pre-semen, y me dieron unas ganas absurdas de probarla. Esto está mal, pensé. Pero en el fondo me dije que no estaba haciendo nada malo de verdad. Solo estaba jugando, curioseando algo que jamás me había permitido ni imaginar.
Antes de decidirme, acerqué la nariz y olí. Quería estar segura de que no era una mala idea. Olía a limpio, a jabón, con apenas un fondo salado, macho. Eso terminó de convencerme. Saqué la lengua y le di una lamida corta por encima de la cabeza. El sabor era suave, un poco salado, y del otro lado lo sentí temblar y soltar un jadeo mudo. Supe, sin verle la cara, que le había gustado. Así que lo volví a hacer, esta vez más largo, arrastrando la lengua desde la base del glande hasta la punta y cerrando los labios al final con un beso húmedo.
Me incorporé un segundo, me subí la ropa interior y el pantalón, tiré de la cadena por las dudas y me arrodillé en el piso para seguir más cómoda. La cabina era chica y las rodillas me quedaron justo contra la pared fría. Tomé el tronco otra vez y le pasé la lengua por la parte de abajo, por el frenillo, ese punto más sensible donde la piel se junta. Escuché un gemido ahogado del otro lado, un «uhhh» apretado entre los dientes.
Jugué con la lengua alrededor de toda la cabeza, dando vueltas lentas, hasta que él empujó un poco más y la punta me rozó los labios. Abrí la boca y la dejé entrar despacio, sintiendo cómo el glande me abría los labios y se acomodaba contra la lengua. Cuando sentí cuánto espacio ocupaba, cerré los labios alrededor del tronco y apreté suave, chupando. Adentro seguí moviendo la lengua, dibujándole círculos en la cara de abajo, y del otro lado solo había temblores y respiración entrecortada.
De a poco empecé a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, dejando que los labios recorrieran todo el largo. Cada vez quería un centímetro más adentro. La saliva se acumulaba y empezó a chorrearme por la comisura, cayéndome en gotas gordas sobre el mentón, y a escucharse ese sonido húmedo y rítmico —«glup, glup»— que llenaba el silencio de la cabina. Me había calentado tanto que ni me reconocía. Sin dejar de mamar, me desabroché el pantalón otra vez, metí una mano adentro y encontré el coño empapado. Empecé a frotarme el clítoris con la yema de dos dedos, en pequeños círculos, al mismo ritmo con que me cogía la boca esa verga desconocida.
En un momento me pasé de largo y la cabeza me llegó hasta el fondo de la garganta. La sensación me incomodó y me gustó al mismo tiempo, una mezcla rara que no entendía. Tomé aire por la nariz y volví a empujar, a propósito, hasta que me dieron arcadas y se me llenaron los ojos de lágrimas. La saliva me chorreaba por el cuello. Era adictivo de un modo que me daba vergüenza admitir. Lo saqué para respirar y quedaron esos hilos finos de saliva uniendo mi boca con la polla, colgando como telarañas.
—Aaah, así, dale, tragámela toda —susurró la voz del otro lado, ronca, urgente.
Escucharlo hablar me erizó la piel entera. Le contesté con un gemido apretado y me metí el glande de nuevo, esta vez de golpe, hasta que sentí que se me clavaba en el paladar. Bajé la mano libre a mis tetas por encima de la remera, me pellizqué un pezón duro a través de la tela y solté un quejido con la boca llena.
***
La solté un segundo para respirar y la masturbé un rato con la mano, que ahora resbalaba fácil por toda la humedad, la saliva mezclada con el pre-semen goteando por el tronco y cayéndome en las rodillas. Me la volví a meter en la boca. Retomé el ritmo que más me gustaba, y el sonido empezó de nuevo, cada vez más obsceno, más chapoteado. Nunca había probado nada parecido, y lo más loco era que no tenía la menor idea de quién era el dueño de eso. Un completo desconocido, una voz, una sombra. Un tipo cualquiera que me estaba cogiendo la boca a través de un agujero de mierda en la pared de un baño público.
La sentía retorcerse de placer y eso me empujaba a seguir más rápido. Me ahogaba con ella una y otra vez, sin querer parar, dejando que el glande me golpeara el fondo de la garganta con cada empujón. Dos dedos ya adentro del coño, moviéndose al mismo compás, y el pulgar buscándome el clítoris. Escuché cómo gemía, más fuerte ahora, jadeos cortos y roncos.
—Puta… qué bien lo hacés, no pares, no pares —masculló, y yo sentí que el coño se me apretaba solo alrededor de mis propios dedos.
Me encantó saber que era yo la que lo estaba llevando hasta ahí, desde mi lado de la pared, sin cara y sin nombre. Aceleré todavía más, decidida, mamándosela hasta las bolas —o hasta donde alcanzaban las bolas del otro lado del agujero—, sacándomela solo para tomar aire y volviéndomela a clavar. Sentí que el tronco se ponía más duro, más grueso, y que empezaba a pulsar contra mi lengua en tandas rápidas.
Entonces, sin aviso, sentí el primer chorro caliente golpearme el fondo de la boca. Espeso, salado, ardiente. Después otro, y otro, con una fuerza que no me esperaba, uno le pegó al paladar y otro me llenó la lengua. La textura me agarró por sorpresa y me dio una arcada distinta; escupí buena parte casi sin pensarlo y me chorreó por el mentón, cayendo en gotas blancas sobre mis tetas por encima de la remera. Pero él seguía, y dos descargas más alcanzaron a entrarme antes de que el tronco empezara a aflojarse y a encorvarse del otro lado, todavía escupiendo hilos gruesos que me quedaban pegados en los labios.
Del otro lado escuché un gruñido largo, animal, y después la respiración pesada de un tipo vaciado. Yo tenía la boca llena de semen tibio, la cara embadurnada, los dedos hundidos en mi propio coño y el clítoris latiéndome como si me fuera a acabar en cualquier momento. Seguí frotándome, apretando los muslos, con la polla todavía en la boca, y me vine ahí, arrodillada en el piso de una cabina asquerosa, mordiendo el tronco para no gritar. El orgasmo me sacudió entera, me tembló hasta los talones, y sentí cómo el coño me chorreaba jugo por los dedos.
Tenía la boca llena de una sensación que no me terminaba de gustar y a la vez me tenía hipnotizada. Escupí lo que me quedaba en un movimiento rápido sobre el papel, pero todavía sentía rastros por todos lados, entre los dientes, debajo de la lengua, colgando de la comisura. La vi retirarse despacio por el agujero, aún goteando las últimas gotas blancas al suelo del otro lado, y enseguida alguien tapó la vista con lo que fuera que usaba. Se terminó tan abrupto como había empezado.
Me levanté con las piernas un poco temblorosas, sacándome los dedos del coño con un ruido húmedo que hasta a mí me dio vergüenza. Junté con la lengua lo poco de semen que me quedaba en la boca y, casi por terminar lo que había empezado, lo tragué de una. Sentí esa carga espesa bajar por la garganta y el sabor salado, ligeramente amargo, instalarse detrás del paladar. Suena repugnante dicho así, lo sé. Pero el morbo de todo el asunto fue tan fuerte que casi me arrepentí de haber escupido el resto.
Me limpié la boca y el mentón con el papel, me lavé las manos dos veces, me acomodé el pelo frente al espejo manchado y traté de poner cara de que no había pasado nada. Todavía tenía las bragas empapadas contra el coño y podía oler el sexo colgado en mi propio aliento. Salí.
—Gracias —le dije a la señora del mostrador.
Ella me miró con una media sonrisa que me hizo pensar que sabía perfectamente lo que acababa de pasar ahí adentro. Afuera, en el pasillo, esperaban tres hombres. Todos me siguieron con la mirada cuando pasé, y a uno hasta se le fueron los ojos a la mancha húmeda que se me marcaba entre las piernas del pantalón. No tenía forma de saber si alguno de ellos había sido el de la voz, o si ninguno lo era. Esa incertidumbre, en vez de incomodarme, me dio un escalofrío que no era de miedo. Cualquiera de ellos podría haber sido el dueño de la verga que acababa de tragar.
Caminé hacia la parada con el corazón todavía acelerado y el coño palpitándome dentro de la ropa interior mojada. En el colectivo, mientras los faros de los autos pasaban por la ventanilla, no podía dejar de repasar cada segundo. Y cuanto más volvía a sentir el gusto a semen en la boca, más me calentaba de nuevo, como si el cuerpo me pidiera repetir, otra polla, otra cabina, otro desconocido.
Esa noche di vueltas en la cama hasta tarde, desnuda, con dos dedos metidos en el coño y la otra mano apretándome un pezón. Me acabé tres veces seguidas pensando en el ruido de mi propia boca chapoteando alrededor de esa verga anónima. Me repetía que no había hecho nada tan grave, que nadie se había enterado, que ni siquiera le había visto la cara. Y entre una excusa y otra, sin darme cuenta, ya me había convencido de algo que todavía no me animo a confesarle a nadie: que iba a volver.





