Tres desconocidas y una butaca al fondo del cine
Marcos había aprendido a leer las miradas en la penumbra de los vestíbulos. Se apostaba en la entrada de los cines del centro, fingía consultar el teléfono o esperar a alguien que no iba a llegar, y dejaba que el azar hiciera su parte. Una seña, un gesto demasiado largo, una sonrisa que se demoraba más de lo normal: eso le bastaba. Quien lo buscaba pagaba la entrada y, ya dentro de la sala, él se encargaba del resto.
Esa noche llegaron tres mujeres antes de la última función. Venían riéndose de algo que se habían contado en la calle, con esa euforia un poco torpe de quien ha empezado a beber temprano. Una de ellas llevaba una banda cruzada sobre el vestido. Despedida de soltera, dedujo Marcos sin esfuerzo.
La de la banda se llamaba Lorena. Era morena, con el pelo recogido en trenzas finas, de estatura media, falda corta y blusa clara. A su lado iba Eva, alta, rubia, embutida en un vestido rojo largo que le marcaba cada línea del cuerpo. La tercera, Patricia, era más baja y de formas generosas, con vaqueros ajustados y una risa que se oía media manzana antes de verla.
Las tres se fijaron en él casi al mismo tiempo. Marcos lo notó: el repaso de arriba abajo, el codazo entre ellas, el cuchicheo. Iba con un traje gris claro y la camisa abierta en el cuello, sin corbata. Sabía el efecto que causaba, y por eso sostuvo la mirada un segundo de más.
Lorena se separó del grupo y se acercó.
—¿Esperas a alguien? —preguntó, con la barbilla un poco alzada.
—A vosotras, por lo visto —respondió él.
—Pues se acabó la espera —intervino Patricia, que era la más lanzada de las tres—. Entra con nosotras. Tenemos planes.
Le pagaron la entrada sin preguntar el precio. Marcos las siguió hasta la última fila, la que hacía esquina contra la pared, donde la pantalla quedaba lejos y la oscuridad era casi total. Eligieron esa zona con la naturalidad de quien ya lo había pensado.
Mientras las luces seguían encendidas se presentaron entre susurros. Marcos no fingió ser otra cosa de lo que era: les dijo a qué se dedicaba y con qué condiciones trabajaba. No le sorprendió que Patricia asintiera.
—Te tenía visto —dijo ella—. Una amiga me pasó tu perfil hace meses. Hoy parecía el día perfecto para comprobar si las reseñas mentían.
—Nunca mienten —contestó Marcos.
—Eso lo decidiremos nosotras —cortó Eva, sin perder la sonrisa.
Las tres se rieron, y en ese momento la sala se quedó a oscuras. Empezaron los tráilers, demasiado altos, y la pantalla bañó la fila de un parpadeo azulado. Lorena, la homenajeada, se inclinó hacia su oído.
—La película dura dos horas —le dijo en voz baja—. No quiero verte la cara hasta que termine. Vas a comerme el coño hasta que me olvide de cómo me llamo. Empieza por mí.
***
Marcos se deslizó al suelo, entre el estrecho hueco que dejaban las butacas. El espacio era incómodo, las rodillas contra el cemento frío, pero la incomodidad formaba parte del juego y a esas alturas él ya no la sentía. Se acomodó frente a Lorena, que con la falda corta le facilitaba el camino.
Le subió la tela hasta la cintura, despacio, con la calma del que sabe que la prisa lo arruina todo. Apoyó las manos en sus muslos y esperó un segundo, solo un segundo, hasta notar cómo ella separaba las piernas por su cuenta. Debajo llevaba unas bragas de encaje negro, ya empapadas, con la tela pegada a los labios del coño de tal forma que se le dibujaba entero el pliegue. Marcos enganchó el elástico con dos dedos y se las bajó hasta las rodillas.
El olor le llegó de golpe, denso, cálido, ese olor a mujer caliente que a él le ponía la polla dura en cuestión de segundos. Se acercó y sopló, apenas un hilo de aire, y vio cómo el coño de Lorena se contraía como una boquita hambrienta. Recorrió la cara interna de los muslos con los labios, sin tocar todavía donde ella quería, dejando que la anticipación hiciera el trabajo previo. Lorena contuvo el aire. Sus dedos buscaron el respaldo de la butaca y se aferraron a él.
Cuando por fin la lamió donde importaba, lo hizo apenas, rozando, midiendo cada reacción. Un lametón largo, plano, desde la entrada del coño hasta el clítoris, saboreándole el flujo espeso que ya le corría por los labios. Repitió el gesto una y otra vez, como bebiéndosela, mientras Lorena echaba la cabeza atrás y aplastaba la nuca contra el respaldo. Después subió la presión: le abrió los labios mayores con los pulgares, dejó el coño enteramente expuesto, y se concentró en el clítoris con la punta de la lengua, dibujando círculos rápidos, alternando con chupetones cortos que le arrancaban a ella un temblor eléctrico en los muslos.
—Así —susurró ella, más para sí misma que para él—. Justo así, no pares. Métemela, métemela dentro, joder.
Marcos le hundió la lengua entera en el coño, todo lo que pudo, follándoselo con la boca mientras le apretaba el clítoris con la nariz. Sacaba y metía la lengua, la enroscaba, chupaba, y notaba cómo Lorena empezaba a mover las caderas contra su cara buscando más. Le añadió dos dedos, se los introdujo hasta el nudillo y curvó las puntas contra ese punto esponjoso de dentro, sin dejar de chuparle el clítoris. La sintió inflarse, cerrarse en torno a sus dedos como un puño.
—Me corro, me corro —jadeó ella, y no le dio tiempo a decir nada más.
Lorena le sujetó la cabeza con una mano, se la aplastó contra el coño, y se mordió el dorso de la otra para no gritar. El estallido de la banda sonora tapó cualquier sonido que se le escapara. El coño le chorreó sobre la lengua de Marcos en oleadas, un flujo caliente que él se tragó sin apartarse, aguantándole las embestidas de cadera mientras ella se corría a lengüetazos. Tembló un buen rato, y cuando lo soltó, lo hizo con una caricia casi agradecida en la nuca.
—Madre mía —jadeó—. Las chicas no me creyeron cuando dije que quería esto. Ya pueden ir aprendiendo.
***
Le tocó el turno a Patricia. Con los vaqueros tan ajustados, Marcos tuvo que pelear un poco para abrirle paso, y ella se rió de su esfuerzo en voz baja, divertida por verlo trabajar. Le desabrochó el botón, le bajó la cremallera con los dientes, y tiró de la tela hasta dejársela enrollada en los tobillos. Debajo no llevaba nada. Cuando al fin lo logró, no perdió tiempo.
Patricia tenía un coño carnoso, de labios gruesos, brillante ya de deseo, con una mata de vello recortada y oscura. Se lo abrió con los dedos y se lo enseñó a Marcos como quien presenta un plato. Patricia era directa, sin la timidez de Lorena. Le marcaba el ritmo con las caderas, le indicaba con medias palabras qué quería, y Marcos la siguió sin discutir. Llevaba el tiempo suficiente en esto como para saber que cada mujer es un idioma distinto, y a Patricia le gustaba sentirse al mando.
—Más despacio —le ordenó—. Que dure. La noche es larga. Chúpamelo bien, no tengas prisa.
Él obedeció. Le pasó la lengua por toda la vulva con una lentitud casi cruel, deteniéndose en cada pliegue, chupándole los labios uno a uno como si fueran fruta. Cada tanto le rodeaba el clítoris con la lengua, muy suave, y volvía a bajar hasta la entrada del coño, empujando apenas la punta, sin llegar a metérsela. Patricia se retorcía sobre la butaca, apretaba los muslos contra las orejas de Marcos, se los abría de nuevo, y cada vez que él pasaba cerca del clítoris ella soltaba un jadeo grueso, gutural, que le nacía del pecho.
—Los dedos —le pidió al cabo—. Fóllame con los dedos mientras me la comes.
Marcos le metió tres de golpe. El coño de Patricia estaba tan mojado que se los tragó enteros, y él empezó a sacárselos y a metérselos rápido, con un chasquido húmedo que la propia película tapaba justo a tiempo. Con la otra mano le humedeció el pulgar en su flujo y lo empujó, muy despacio, contra el ano. Patricia gruñó.
—Eso, eso también, hijo de puta —masculló—, méteme ahí, méteme.
El pulgar le entró hasta la mitad, y Patricia se abrió al doble contacto como una flor. Marcos ajustó los ritmos: dedos entrando y saliendo del coño, pulgar quieto en el culo, lengua enloquecida contra el clítoris. Bajó el ritmo hasta volverlo casi insoportable, hasta que ella le clavó las uñas en el hombro pidiendo lo contrario. Entonces apretó, aceleró todo a la vez, y Patricia tuvo que taparse la boca con el antebrazo para que su placer no llegara a las filas de delante.
Se corrió con un estremecimiento largo, mordiéndose los labios, contrayéndose en torno a los dedos de Marcos con un ritmo que a él le dejó la mano casi entumecida. El coño le empapó la muñeca, la barbilla, el cuello de la camisa. Tardó en recuperarse. Cuando lo hizo, le acercó la boca al oído.
—Las reseñas se quedaban cortas —admitió—. Ahora arregla a esa de ahí, que lleva un rato mirándonos con envidia.
***
Eva era la que menos había hablado y la que más impaciente estaba. Su vestido rojo, largo y entallado, era el verdadero obstáculo de la noche: no había manera de subirlo sin riesgo de romperlo. Lo recogió como pudo, pliegue a pliegue, hasta dejarle libre el regazo.
El cuerpo de Eva parecía sacado de una revista. Cintura estrecha, piernas interminables, una elegancia que no perdía ni en la penumbra de un cine de barrio. Debajo del vestido no había bragas: se las había quitado a mitad de sesión, sin decir nada, con una discreción que a Marcos casi le arrancó una carcajada. El coño de Eva estaba depilado del todo, rosado, tan mojado que le brillaba entre las piernas como si acabara de salir del agua. Llevaba un buen rato esperando su turno, mirando a sus dos amigas deshacerse una tras otra, y esa espera la había puesto al límite antes incluso de que Marcos la tocara.
—No hace falta que te esmeres tanto —murmuró ella—. Estoy a punto desde que entramos. Chúpame un poco y me corro. Te lo juro.
—Razón de más para tomarme mi tiempo —respondió él.
Y se lo tomó. Empezó por besarle el interior de los muslos, dejándole marcas rojas con los labios, mordiéndole la piel fina de la ingle hasta hacerle soltar un gemido ronco. Le sopló sobre el clítoris hinchado, se lo rozó apenas con la punta de la nariz, y Eva ya soltó un espasmo entero solo con eso. Marcos alargó la agonía. Le pasaba la lengua muy lenta, arriba y abajo, se detenía justo antes del clítoris, la miraba desde abajo con la cara pegada al coño, y esperaba a que ella le suplicara.
—Cómemelo bien, hijo de puta, no me hagas rogar —jadeó al fin Eva, con la voz rota.
Entonces sí. Marcos le cerró los labios en torno al clítoris y lo chupó con fuerza, con succiones firmes, como si quisiera arrancárselo. Le hundió dos dedos en el coño y se puso a buscarle el punto de dentro con la yema, presionando y soltando al ritmo de la lengua. La trabajó con una mezcla de paciencia y firmeza, alternando la calma con momentos de intensidad repentina que la hacían contener un grito. Eva se aferró a los reposabrazos de las dos butacas vecinas, una mano en cada uno, y echó la cabeza hacia atrás.
—Mi marido lleva semanas sin acercarse —confesó, entre jadeos—. Ni me toca. Ni me la mete. Se me había olvidado lo que era esto.
—Pues recuérdalo bien —dijo Marcos, antes de volver a su tarea.
La chupó, la mamó, se la comió sin pausa. El coño de Eva empezó a temblarle en la boca antes de lo previsto, mucho antes, con una contracción rápida y furiosa que a él le llenó la lengua de su corrida. Eva llegó al final con un alarido que la película devoró justo a tiempo, en una escena de explosiones. Se corrió tan fuerte que a Marcos le chorreó por el mentón hasta el cuello, y aun así ella siguió apretándole la cabeza contra su coño una decena de segundos más, hasta que las últimas oleadas se le fueron apagando. Se quedó sin fuerzas, derretida contra la butaca, riéndose sola de su propia falta de aliento.
***
La película todavía no había terminado, así que hubo una segunda ronda. Marcos volvió a recorrer a las tres, esta vez más despacio, sin la urgencia del primer turno, dejando que se entregaran a su antojo. Para entonces ya conocía el idioma de cada una, y ellas, libres de la timidez inicial, se dejaron llevar sin disimulo. Se tocaban entre ellas, se buscaban las tetas por debajo de la ropa, se metían las manos unas a otras en el coño mientras Marcos les repartía la boca de una a otra.
Empezó otra vez por Lorena. Esta vez le arrancó las bragas de un tirón, se las metió a ella misma en la boca para que no gritara, y le hundió la lengua tan a fondo que Lorena tuvo que abrirse de piernas del todo, apoyando un pie en el respaldo de la butaca de delante. Patricia le agarraba una teta por debajo de la blusa, se la amasaba, le retorcía el pezón entre los dedos. Lorena se corrió una segunda vez con la mano de Patricia entrelazada con la suya y con la de Eva palpándole el coño por encima del pubis, empujando la lengua de Marcos aún más adentro.
Eva apenas necesitó unos minutos. Estaba tan sensibilizada de la primera vuelta que se le corrió a Marcos en la boca casi de inmediato, con una sacudida silenciosa y larga, mordiéndose el puño.
Patricia, la más exigente, fue también la que más tardó. Le pidió de todo: la lengua, los dedos, el pulgar en el culo otra vez, y al final se sentó en el borde de la butaca, se separó los labios del coño con las dos manos, y le dijo a Marcos al oído que no parara hasta que ella le tirara del pelo. Él aguantó. Le mamó el clítoris con constancia mientras le follaba el coño con tres dedos y le mantenía el pulgar dentro del ano, y Patricia llegó al final con un ahogo ronco y una sonrisa de oreja a oreja que se adivinaba incluso en la oscuridad.
Cuando los créditos empezaron a subir por la pantalla y las primeras luces de cortesía se encendieron, las tres ya se habían recompuesto la ropa y se peinaban con los dedos como si nada. Marcos se incorporó del suelo con las piernas entumecidas, la boca ardiendo, la barbilla brillante de flujos ajenos que se secó con un pañuelo, y se sentó por fin en su butaca, agotado de una manera que pocas veces estaba. Tenía la polla tan dura dentro del pantalón que le dolía, pero eso no formaba parte del trato, y él ya había aprendido a resolverlo en casa.
—Toma —dijo Lorena, deslizándole un sobre en el bolsillo del traje—. Y una propina. Te la has ganado.
—Volveremos a llamarte —añadió Patricia—. Y la próxima, en un sitio con más espacio. Con cama. Y con tu polla dentro, no solo la lengua.
Eva no dijo nada. Solo le dedicó una última mirada, esa misma que le había lanzado en la entrada, y salió de la sala con la elegancia intacta.
***
Marcos se quedó unos minutos más en la butaca, dejando que la sala se vaciara. No siempre el trabajo se parecía tanto a una buena historia para contar, pensó. Le ardían los labios de tanto contacto, tenía las rodillas marcadas y al día siguiente le esperaba una mandíbula dolorida que tardaría en olvidar el esfuerzo.
Pero al salir a la calle, con el aire fresco de la madrugada y el sobre pesando en el bolsillo, no pudo evitar sonreír. Tres desconocidas, una despedida de soltera y la última fila de un cine. De todas las noches raras que su oficio le había regalado, esa iba directa al primer puesto. Y algo le decía que, tal como habían prometido, no sería la última.





