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Relatos Ardientes

Lo que empezó frente a la cámara terminó en su coche

Me desperté más inquieta de lo normal. La noche anterior me había quedado despierta hasta tarde, chateando en una de esas webs de vídeos para adultos donde, desde hace meses, subo material mío de forma anónima. Nunca aparece mi cara. Esa es la única regla que no rompo.

El vídeo que más reproducciones tiene es sencillo. Se ve primero un consolador negro con ventosa, pegado al borde de una mesa. Luego entro yo en plano, sin que se me reconozca, con un body morado abierto en la entrepierna. Me siento despacio, me muevo, dejo que la cámara haga el resto. No hace falta más. La idea de que cientos de hombres lo miren sin saber quién soy me caldea por dentro de una forma que me cuesta explicar.

Ese vídeo no vive solo en la web. También se lo mando a hombres que conozco por aplicaciones de contactos y salas de chat. Siempre con el anonimato por delante, siempre escondida detrás de la pantalla. Me excita ser vista por desconocidos. Me excita ser un cuerpo sin nombre que aparece en el móvil de alguien a las dos de la mañana.

Hay una emoción difícil de describir en ese instante en que pulsas «enviar» y el vídeo viaja hacia un hombre que jamás verás. Imagino su cara, imagino lo que hace mientras lo mira, imagino que durante esos minutos soy lo único en lo que piensa. Esa idea me ha tenido despierta noches enteras, con el móvil caliente entre las manos y el corazón acelerado, leyendo mensajes de tres o cuatro desconocidos a la vez.

Pero todo escala. Eso es lo que nadie te cuenta cuando empiezas con estos juegos. Primero te conformas con que se corran mirándote por la cámara. Después con las conversaciones sucias por teléfono, con la voz ronca de un tipo que no verás nunca. Y un día descubres que ya no es suficiente. Que necesitas algo más concreto, más caliente, más real. Necesitas tocar. Y así, sin darme cuenta, llegué hasta donde llegué.

***

Fue un sábado por la noche. Entré en el chat de siempre, ese de fantasías y morbo, dando por hecho que casi todos los que me escribían ya habían visto mi vídeo. Hablé con varios a la vez, como hago siempre, leyendo conversaciones cruzadas, eligiendo. Y entonces apareció uno que encajaba justo con lo que me apetecía esa noche.

Era de mi misma ciudad. Bueno, a unos veinte minutos en coche, lo justo para no sentirme demasiado cerca de casa. Tenía sesenta años, lo decía sin rodeos, y escribía con una calma que me gustó desde el primer mensaje. Nada de prisas, nada de groserías torpes. Solo un hombre que sabía lo que quería y me lo contaba con detalle. Me confesó que mi vídeo le había gustado mucho, que lo había visto más de una vez. Eso siempre me derrite un poco.

—¿Y si dejamos de escribir y nos vemos? —tecleó él, sin presionar.

Por privacidad jamás doy mi dirección. Eso no lo negocio. Pero hay algo en quedar en un coche, o en un sitio apartado, que me pone más cachonda que cualquier cama. La incomodidad, el riesgo de que alguien pase cerca, la sensación de estar haciendo algo que no debería. Después de un rato comprobando que la conversación fluía y que compartíamos las mismas perversiones, acordamos vernos en un lugar tranquilo, lejos del centro.

Nos describimos. Yo le dije cómo iría vestida; él, qué coche conducía y de qué color. Le bauticé mentalmente Tomás, aunque su nombre real nunca lo supe del todo. Me citó en un aparcamiento retirado, casi vacío a esas horas, y aparcó en una esquina donde apenas llegaba la luz de una farola lejana.

***

Al principio no hablábamos bien. Estábamos los dos nerviosos, aunque ya nos habíamos enseñado de todo por el móvil: vídeos de mis pechos, el mismo clip de la web, mensajes que harían sonrojar a cualquiera. Es curioso cómo el cuerpo se vuelve tímido cuando la pantalla deja de protegerte. Me senté en el asiento del copiloto, cerré la puerta, y el silencio se volvió denso.

Fue él quien rompió el hielo. Posó una mano en mi pecho, por encima de la sudadera, y empezó a apretar despacio. Tengo el pecho grande y eso siempre vuelve locos a los hombres maduros; les brillan los ojos como a un crío delante de un escaparate. Me dejé hacer. Me gusta dejarme tocar, sentir cómo unas manos desconocidas reconocen mi cuerpo por primera vez.

—Me pone mucho que me las toques —susurré, mirándolo.

—Son enormes —dijo él, casi sin aliento—. Llevo todo el día pensando en esto.

Me subí la sudadera. Debajo llevaba una camiseta fina de licra, sin sujetador, y mis pezones ya marcaban la tela. Tiré también de la camiseta hacia arriba y dejé el pecho al descubierto en mitad de aquel coche oscuro. El aire frío me erizó la piel.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté—. No pares.

No paró. Me apretaba, me pellizcaba los pezones, se inclinaba para lamerlos y mordisquearlos con una mezcla de hambre y cuidado. Cada pellizco me subía un escalón más. Y cuando ya no aguantaba la quietud, bajé la mano hasta su entrepierna y noté, por encima del pantalón, que él también estaba listo.

Se desabrochó el cinturón y los botones con torpeza. En cuanto pudo, metí la mano dentro y la saqué de la ropa interior. No era grande, pero tenía algo que me gustó al instante, una forma que pedía boca. Empecé a acariciarla muy despacio, casi con pereza, mirándolo a los ojos con esa cara de vicio que sé que delata todo lo que siento. Él seguía con mis pechos, repartido entre ellos y la respiración entrecortada.

***

Aparté sus manos. Quería hacer lo que llevaba semanas echando de menos, lo que ningún chat ni ninguna cámara me daban. Me incliné sobre su regazo y la tomé entre los labios.

La punta ya estaba húmeda. La limpié con el filo de la lengua, muy lento, sujetándola con la mano mientras notaba cómo mi propia entrepierna empezaba a mojarse. Le di unos lametones suaves, jugando con la lengua en la punta, alargando el momento. No tenía prisa. Llevaba demasiado tiempo deseando exactamente esto como para acabarlo rápido.

Él reclinó la cabeza contra el reposacabezas y se dejó ir, relajado, abandonado a lo que yo le hacía. Entre lametón y lametón le apretaba con los labios y volvía a empezar. Cuando me puso una mano en la nuca y empujó con suavidad, sin forzar, dejé que entrara entera hasta el fondo. Y entonces sí, perdí el control. Empecé a chupar más rápido, con pequeñas pausas para mirarlo y disfrutar de su cara, mientras él seguía pellizcándome los pezones con dedos temblorosos.

No paré. Estaba ida, completamente entregada a la situación, al frío del coche, a la luz tenue de la farola, a la idea de que cualquiera podría aparecer. Él murmuró que iba a correrse y yo no me aparté. Seguí hasta que sentí el calor en la boca. Lo escupí sobre mi propio pecho, lo miré, y le pedí lo único que me faltaba.

—Tócame —le supliqué—. Métete algo, lo que sea.

Me bajé las mallas y las bragas hasta las rodillas y me arrodillé en el asiento, inclinada hacia el reposacabezas para ofrecerle mi cuerpo entero. Él me acarició despacio, me dio un azote que retumbó en el habitáculo, y empezó a juguetear con los dedos. Lo hacía con un ritmo que me volvía loca, sin tregua, mientras yo me agarraba al asiento y me mordía el labio para no gritar.

Pero eso ya es otra historia, una que os contaré en otro relato. No quiero darlo todo de golpe. Una confesión, como un buen juego, se disfruta más cuando se reserva algo para la próxima vez.

***

A veces me pregunto cómo llegué hasta aquí. Hace dos años jamás habría imaginado que sería capaz de quedar con un desconocido en un aparcamiento a oscuras. Yo era la chica discreta, la que se sonrojaba con un comentario subido de tono. Y mírame ahora, contándolo sin vergüenza, todavía caliente con el recuerdo.

No me arrepiento de nada. Esa es la verdad incómoda que muchos prefieren no decir en voz alta. Hay un placer enorme en ser deseada por alguien que no sabe tu nombre, en convertirte por una noche en pura fantasía, en un cuerpo sin pasado ni futuro. La cámara me enseñó a mirarme; los desconocidos me enseñaron a desearme.

Hay quien lee esto y piensa que estoy perdida, que busco algo que me falta. Quizá tengan razón en parte. Pero también hay una libertad enorme en aceptar lo que una desea sin pedir perdón por ello. Durante años escondí esta parte de mí, la guardé bajo llave por miedo a lo que dirían. Y el día que dejé de esconderla, empecé a dormir mejor, a reírme más, a caminar por la calle sintiendo que tenía un secreto delicioso que nadie más conocía.

Aún sigo subiendo vídeos. Aún sigo entrando en el chat algunas noches, leyendo mensajes, eligiendo. Y de vez en cuando, cuando el cuerpo me lo pide con demasiada fuerza, vuelvo a quedar. Cada encuentro es distinto, cada hombre una historia nueva, y yo siempre la misma: anónima, atrevida y muerta de ganas.

Espero que hayáis disfrutado leyéndome tanto como yo disfruté aquella noche. Porque escribirlo, lo confieso, también me ha puesto un poco.

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Comentarios(6)

Lula_87

Dios mio que morbo!!! me quede sin aliento al final

RocioLeer

No puede quedar asi, tiene que haber una segunda parte por favor. Quiero saber todo lo que paso despues de esa noche

Mati_Rosales

Que valentia contar algo tan personal. Eso es lo que tiene esta categoria, que uno siente que es verdad de verdad. Muy bien narrado

Maxi_Ofi

Increible el arranque con lo del video, te engancha de entrada

Clara_Rosas

me recordó a algo similar que viví hace unos años, esa adrenalina de lo desconocido es incomparable jaja. Muy bueno!

NocheDeRelatos

cortito pero potente, perfecto para leer a esta hora jaja

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