Lo que mi novia hizo en aquel estacionamiento vacío
Esto pasó hace ya unos años, una noche de septiembre, en un pueblo costero del suroeste de Francia llamado Lacanau. Habíamos viajado con Mariana, mi novia de entonces, para estirar el verano un fin de semana largo antes de que el frío nos lo arruinara todo. Lo cuento ahora porque es uno de esos recuerdos que vuelven solos, en cualquier momento del día, y me dejan con una sonrisa que no puedo explicarle a nadie.
Nos quedamos en el departamento prestado de unos amigos, a un par de calles de la playa. Habíamos llegado en tren, así que no teníamos auto y todo lo hacíamos caminando. A mí esa parte siempre me gustó: caminar mucho, perderse, no tener horarios ni un coche esperando.
Estábamos en el primer año de convivencia y todo era todavía nuevo. Andábamos calientes a toda hora, buscándonos por cualquier excusa, a veces dos o tres veces en el mismo día. Era esa etapa en la que el deseo no se cansa nunca, en la que un roce en la cocina ya es una promesa.
La primera noche cogimos apenas entramos al cuarto, casi sin desvestirnos del todo, como para marcar territorio en una cama que no era nuestra. A la mañana siguiente repetimos al despertar, con esa pereza tibia de las sábanas, y bajamos a la playa con cara de bobos felices. Fue un día largo, de mucho sol, y a la noche caímos rendidos sin tocarnos siquiera.
El segundo día amaneció lloviendo. En vez de pelearnos con el clima, decidimos salir a recorrer el pueblo a pie, paraguas en mano. Salimos cerca de las diez y media y encaramos hacia el centro.
***
Almorzamos en un sitio pequeño, de manteles a cuadros, y después seguimos caminando toda la tarde. La lluvia paró a media tarde y la caminata se volvió mucho más agradable, con ese olor a tierra mojada y a mar mezclados. Llegamos hasta las afueras del pueblo y dimos con un café simpático, de los que tienen la vitrina llena de cosas dulces.
Nos quedamos ahí casi dos horas, conversando de todo y de nada, comiendo unas viennoiseries que se deshacían en la boca y tomando té caliente mientras afuera goteaban los toldos. Era una de esas tardes que uno no quiere que terminen.
Al salir retomamos camino hacia el centro, esta vez con hambre y con ganas de cenar bien. Casi de casualidad nos topamos con una brasserie típica de la región, de esas oscuras y cálidas, con olor a manteca y a leña. Pedimos un confit de pato con papas a la crema que estaba para llorar, y bajamos todo con una botella entera de vino tinto.
Para cerrar, los dos nos mandamos un par de chupitos de un licor de manzana de la zona, fuerte y dulce, que a mí me encantaba. Salimos del lugar bastante alegres, como se imaginarán, riéndonos de cualquier tontería y caminando un poco torcidos por las calles vacías.
A las pocas cuadras empezamos a besarnos. Besos tranquilos al principio, esos que se dan caminando, frenando un segundo en cada esquina. Después fueron chupones más largos, y al rato ya eran besos profundos, con la lengua entera, de los que no admiten interrupción.
***
La calentura nos subió a los dos a una velocidad que ninguno controlaba. Nos apoyamos contra una pared cualquiera, en una calle iluminada apenas por unos faroles amarillos, y ya no nos pudimos separar. Yo le tocaba el culo sin disimulo, por encima del pantalón primero, hundiendo los dedos después.
Tengo que decirlo, porque es parte de la historia: Mariana tenía un trasero de los que se recuerdan. Firme, redondo, la piel suave, y ella lo sabía y lo llevaba con una naturalidad que mataba. Era más bien menuda, de pechos discretos, pero ese culo equilibraba la balanza con creces.
Ella sentía mi erección apretándola en la entrepierna y en vez de aflojar se pegaba más a mi cuerpo, como si quisiera meterse adentro de mi ropa. En los pocos segundos que despegábamos las bocas, dejaba escapar un suspiro entrecortado que me volvía loco.
Estaba clarísimo que no podíamos seguir así mucho rato. Mariana me agarró por encima del pantalón, apretó, y volvió a besarme con la lengua mientras me masajeaba. Yo le metí la mano por detrás, peleando contra la cintura del jean, hasta llegar a tocarla por debajo de la ropa interior.
Apenas la rocé donde ya estaba húmeda, se estremeció entera y soltó un gemido corto contra mi boca. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás, y se quedó un instante así, respirando fuerte. Cuando volvió a mirarme, me clavó los ojos y me dijo, con una voz que no le conocía:
—Te quiero hacer una mamada ahora mismo.
El corazón se me disparó. Retiré la mano despacio y, sin pensarlo ni un segundo, le contesté:
—Sí, mi amor. Pero acá no.
***
En esos momentos uno no piensa con la cabeza de arriba, pero algo de cordura me quedaba. Estábamos en una vereda alumbrada, y aunque casi no pasaban autos, era una locura quedarnos ahí, tan expuestos. La frené justo cuando ya tenía las manos en mi cinturón.
—Caminemos un poco —le dije al oído—. Busquemos un lugar más tranquilo.
Serían las once y media de la noche. Apuramos el paso, riéndonos como dos adolescentes que se escapan de algo, y a unos ciento cincuenta metros vimos del otro lado de la calle un terreno que parecía un estacionamiento de barrio. De esos sin barrera, sin cabina, sin nadie. Cambiamos una mirada y cruzamos sin decir una palabra.
Apenas pisamos la penumbra del predio retomamos los besos. Había poca luz, apenas el reflejo de un farol lejano, y eso nos dio el coraje que nos faltaba. Ella me desabrochó el pantalón con una destreza que no le conocía y me lo bajó casi de un tirón.
Al levantar la vista noté que varios departamentos daban a ese estacionamiento, y que en algunos había luces encendidas detrás de las cortinas. La sola idea de que alguien pudiera estar mirando desde una ventana me encendió de una manera que no esperaba. El corazón me latía en la garganta.
Y justo en ese instante Mariana se arrodilló en la oscuridad y me tomó en su boca de una sola vez, sin preámbulos, sin caricias previas. Directo, hasta el fondo, como si llevara toda la noche esperando ese momento.
***
Yo flotaba. La situación entera me tenía al borde de algo: la calle, el riesgo, las ventanas iluminadas, el vino todavía caliente en la sangre. Veía su cabeza moverse despacio en la penumbra y no terminaba de creer la suerte que tenía.
Cada tanto ella levantaba la vista y me buscaba los ojos sin dejar lo que estaba haciendo. No decía nada, pero esa mirada lo decía todo: deseo puro, ganas de más, una entrega que me desarmaba. Cada vez que lo hacía, yo sentía que me faltaba el aire.
Mariana se conocía mis tiempos de memoria. Sabía exactamente cuándo presionar con los labios y cuándo aflojar, cómo llevarme al límite y frenar un segundo antes para estirar el momento. Era como si hubiéramos ensayado eso mil veces, aunque cada vez se sentía la primera.
En un momento se detuvo, me miró desde abajo con una sonrisa torcida y me susurró:
—No te aguantes. Quiero todo.
No alcancé a contestarle. Volvió a lo suyo con más intensidad, y sentí que el final ya no se podía posponer. Se me erizó la piel de los brazos, las piernas me temblaron, y todo el cuerpo se me tensó como una cuerda a punto de cortarse.
El orgasmo me sacudió de arriba abajo. Solté un gemido ronco que traté de tragarme para no despertar a medio barrio, y me sostuve de su hombro para no perder el equilibrio. Ella no aflojó ni un segundo; al contrario, siguió hasta el final, asegurándose de no dejar escapar nada, alargando ese vértigo hasta que ya no me quedaron fuerzas.
***
Cuando por fin se separó, me dio un par de besos suaves, se incorporó despacio y me buscó la boca. Me besó con lengua, sin pudor, y me dijo al oído con una sonrisa:
—Qué rico.
Yo, todavía con el pulso desbocado, le correspondí ese beso y me sentí el hombre más afortunado del planeta. Me acomodé la ropa como pude, todavía riéndome de la situación, y la abracé fuerte ahí en medio de aquel estacionamiento desierto.
Salimos del predio mirando para todos lados, muertos de risa, convencidos de que en cualquier momento se iba a encender una luz y alguien iba a gritarnos algo desde una ventana. No pasó nada. La calle seguía vacía, los faroles seguían amarillos, y el pueblo entero parecía dormido salvo nosotros dos.
Retomamos la caminata hacia el departamento abrazados, sin hablar mucho, todavía dentro de esa burbuja. El aire estaba tibio para ser septiembre y olía a sal. Cada tanto nos mirábamos y nos reíamos otra vez, como si compartiéramos un secreto que el resto del mundo jamás iba a conocer.
Al llegar al cuarto no la dejé descansar. Le devolví el favor con creces, despacio, durante un largo rato, hasta que fue ella la que tuvo que morderse el dorso de la mano para no despertar a los vecinos del piso de abajo. Después cogimos como animales para cerrar la noche, y nos quedamos dormidos enredados, sudados, sin fuerzas para nada más.
***
Volvimos a Lacanau alguna vez, años más tarde, ya cada uno por su lado y con otras personas. Mariana y yo terminamos bien, sin dramas, simplemente porque la vida nos llevó por caminos distintos. No nos quedó rencor, solo un puñado de recuerdos como este.
Y de todos los que tengo de aquella época, este es el que más vuelve. No por el sexo en sí, que en un año de convivencia sobraba, sino por todo lo que lo rodeó: el vino, la lluvia que paró justo a tiempo, las calles vacías, esa mirada suya desde la penumbra y la certeza de estar haciendo algo prohibido a la vista de cualquiera.
A veces pienso que lo mejor de esa noche no fue el placer, sino el atrevimiento. La sensación de que éramos invencibles, de que el mundo era nuestro y nadie nos podía tocar. Tenía treinta y pocos años, estaba enamorado, y una mujer increíble me había mirado a los ojos en plena calle para decirme exactamente lo que quería.
No todos los días la vida te regala una noche así. Por eso la escribo, para no perderla del todo. Y si alguna vez ella llega a leer esto y se reconoce, espero que sonría como sonrío yo cada vez que paso por una calle vacía un poco alegre, con alguien de la mano, y me acuerdo de aquel estacionamiento de Lacanau.





