Salí de cacería a la disco y terminé siendo la presa
Voy a contarles algo que me pasó hace un par de años, una de esas noches que uno cree tener planeadas al milímetro y que terminan dándote vuelta como un guante. Tengo cuarenta y dos ahora; entonces andaba por los treinta y nueve, recién salida de una relación larga y con unas ganas tremendas de recuperar el tiempo perdido.
Para los que no me conocen, me llamo Mariela. Trabajo como agente de ventas para una empresa de cosméticos, viajo bastante por la región y eso me da una libertad que aprendí a disfrutar. No soy ninguna modelo, pero me cuido: mido un metro sesenta y cinco, delgada, y si me decido a llamar la atención de alguien, casi siempre lo consigo. Lo mío son las piernas, y esa noche las puse a trabajar.
Durante mi relación había dejado de salir. Nada de discotecas, nada de copas con amigas, nada de bailar hasta que me dolieran los pies. Cuando todo terminó, fue como abrir una ventana en una casa cerrada por años. Empecé a salir de nuevo, casi siempre sola, en parte por seguridad y en parte para no darles tema a mis amigas, que me tienen catalogada como una mojigata. Nunca les cuento nada. Prefiero inventarles cualquier cosa.
Aquel sábado salí del trabajo a media mañana con un vestido negro, tacones y la idea fija de ir a cazar. Así de claro lo tenía. Elegí una discoteca lejos de las que solía frecuentar, un lugar más joven y movido, de esos donde se celebran cumpleaños y la gente va a pasarla bien sin complicaciones. Llegué cerca de las ocho, pedí algo de tomar y me senté a observar.
Un par de chicos se acercaron a invitarme un trago. A todos les dije lo mismo: que esperaba a mi pareja. No era verdad, claro. Estaba esperando, sí, pero no sabía a quién. Buscaba algo que todavía no había aparecido.
Apareció pasada una hora, cuando ya empezaba a pensar en irme. Llegó un grupo de cuatro a mi mesa, todos universitarios celebrando vaya a saber qué. Entre ellos había uno que destacaba: más suelto, más conversador, con una sonrisa que sabía exactamente lo que hacía. Se presentó como Damián. Me pidieron permiso para sentarse porque no quedaba ninguna mesa libre, y yo, fiel a mi cuento, les dije que esperaba a mi novio pero que se quedaran hasta que llegara.
Nunca llegó nadie, por supuesto. Y ellos lo sabían tan bien como yo.
Empezamos a bailar. Primero con uno, después con otro, hasta que la cosa se fue calentando y entre risas me decían que mi novio me había dejado plantada. Yo les seguía el juego: si me plantaban, salía ganando, porque tenía cuatro hombres para entretenerme. Pero la verdad es que mi atención se había ido toda hacia Damián.
Bailaba bien, hablaba mejor, y tenía una mirada que no disimulaba nada. No es que los demás fueran tímidos; era que él tenía algo. Y mientras bailábamos, me vinieron a la cabeza historias de amigas, comentarios sueltos, esas cosas que una escucha y archiva sin querer. Empecé a imaginar, y la imaginación es lo peor que le puede pasar a una mujer con ganas.
***
En una de esas vueltas en la pista, sentí su cuerpo contra el mío. No fue un manotazo ni una grosería; fue un roce, lento, calculado. Sentí su cadera contra la mía y, más precisamente, sentí el bulto de su verga marcándose contra mi vientre a través del pantalón. Duro, grueso, insinuando un tamaño que me hizo apretar los muslos ahí mismo, en la pista. Todo lo que vino después en mi cabeza fue cuesta abajo.
—¿Qué vas a hacer cuando salgas de acá? —me preguntó al oído, sin dejar de moverse, restregándome esa dureza como quien firma un contrato.
—La verdad, estoy molesta. No contigo, con el fantasma que me dejó esperando —le contesté, riéndome de mi propia mentira.
—Yo te puedo ayudar a olvidarlo —dijo—. Y de paso, te vengás. ¿Qué decís?
—Qué atrevido —le respondí, aunque ya estaba perdida, con el coño empapándome la tanga.
—Es solo una propuesta. Pensala. Los dos la pasaríamos bien. Te voy a coger hasta que te olvides cómo te llamás.
Me hice la difícil un rato más, pero los dos sabíamos hacia dónde iba esto. Le confesé que tenía curiosidad por él, por todo lo que había escuchado de hombres como él. Se rió.
—¿Y por qué no lo comprobás vos misma? —dijo, y en ese momento entendí que había pasado de cazadora a presa sin darme cuenta.
Yo, que siempre llevaba el control, que decidía con quién y cuándo, estaba ahí, en una pista oscura, dejándome arrastrar por la curiosidad y por un desconocido diez años menor que me había leído como un libro abierto.
Se despidió de sus amigos con dos palabras. Yo fui al baño, y cuando salí ya me esperaba solo, con las llaves del auto en la mano.
—¿Ya se fueron tus amigos? —pregunté.
—Les dije que te llevaba a tu casa —contestó, con la misma sonrisa de toda la noche.
A mi casa, claro.
***
El motel quedaba a unos minutos. Apenas hablamos en el camino; yo iba con el corazón a mil, el coño palpitando y la cabeza hecha un desastre, anticipando todo lo que no había pasado todavía. No era la primera vez que me iba con un desconocido, pero siempre fui cuidadosa, siempre evalué con quién me metía. Esa noche tenía la certeza de saber lo que hacía, y aun así nada me preparó para lo que vino.
Entramos a la habitación y no hubo preámbulos. Los dos íbamos encendidos. Me tumbó en la cama antes de que pudiera quitarme los tacones, y tuve que sacármelos con la ayuda del otro pie mientras su boca buscaba la mía. Damián no era de perder el tiempo.
El beso fue largo, profundo, de esos que te dejan sin aire, con la lengua metida hasta el fondo y los dientes mordiéndome el labio. Mientras me besaba, su mano bajó directo, sin pedir permiso, me levantó el vestido de un tirón y sus dedos se metieron por debajo de la tanga. Cuando encontró el coño ya estaba chorreando. Se rió contra mi boca.
—Mirá cómo estás, puta. Estás empapada.
—Callate y seguí —le contesté, empujando la cadera contra su mano.
Dos dedos entraron de una, y me arrancaron un gemido ronco. Los movió despacio adentro, curvándolos, buscando ese punto que a mí siempre me cuesta que encuentren. Damián lo encontró en menos de un minuto, y me lo hizo saber apretando el pulgar contra el clítoris al mismo tiempo. Se me nubló la vista.
Ahí terminé de entender lo que decía antes: la cazadora había sido cazada. Fui por lana y salí trasquilada. El simple hecho de imaginar lo que me esperaba me había puesto en una posición que no acostumbro: la de la que cede el control. Y me dejé.
Le pedí que me sacara la ropa. Me quitó el vestido despacio, después el corpiño, tirándolo al piso, y por último la tanga, que ya estaba hecha una porquería. Se quedó él en bóxer, y la tela apenas aguantaba el bulto de la verga tensándose contra la costura. Estiré la mano y lo apreté por encima. Era grueso, largo, palpitante. Me relamí sin querer.
—¿Te gusta lo que tocás? —me preguntó al oído.
—Me estás volviendo loca. Sacátelo, dejame verla.
Se bajó el bóxer y la polla saltó dura, apuntándome a la cara. Gruesa en la base, la punta hinchada y brillante, ya con una gota transparente. Me incorporé sin pensarlo, la agarré con la mano y me la metí en la boca de una. La chupé entera, dejando que me llegara a la garganta, y él soltó un gruñido que me hizo apretar los muslos. Le pasé la lengua por toda la extensión, jugué con la punta, se la mamé con ganas, embadurnándola de saliva, escuchando cómo su respiración se aceleraba.
—Así, puta, mamámela toda —dijo, agarrándome del pelo y marcando el ritmo.
Me la hundió hasta el fondo un par de veces, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas, y después me tiró contra la cama de espaldas. Me abrió las piernas de un tirón, se metió entre ellas y volvió a besarme mientras su mano seguía trabajándome el coño. Llegué la primera vez casi sin darme cuenta, con las caderas moviéndose solas, apretándole los dedos con las paredes internas, mordiéndole el hombro para no gritar.
—Todavía no —me dijo, cuando le rogué que me la metiera—. Dejate llevar. Todavía falta mucho.
***
Damián tenía paciencia, y la usaba en mi contra. Bajó por mi cuerpo besándome el cuello, las tetas —chupándome los pezones hasta dejármelos duros y sensibles, mordiéndolos justo hasta el borde del dolor—, el vientre, el pubis. Abrió mis piernas del todo, las apoyó sobre sus hombros y clavó la boca en el coño.
Y ahí me perdí. La lengua era ancha, plana, y me lamió de abajo hacia arriba con una calma que me hizo aullar. Después se concentró en el clítoris, chupándolo, envolviéndolo con los labios, alternando con toques rápidos de la punta de la lengua. Metió dos dedos otra vez, y siguió trabajándome el clítoris con la boca. Yo me arqueaba, le clavaba los talones en la espalda como espoleándolo, le agarraba el pelo con las dos manos, restregándole la concha en la cara sin ningún pudor.
—No pares, no pares, no pares —repetía, ya sin voz.
Él seguía a su ritmo, sin apurarse, alternando entre lamer, chupar y meter la lengua adentro, hasta que exploté una segunda vez, con las piernas temblando y un chorro caliente resbalándome hasta el culo. Se apartó apenas, con la cara brillándole de mis jugos, sonriendo como un perro.
—Le pedí, sin un gramo de vergüenza, que terminara con la tortura—: Cogeme ya, por favor, metémela, no aguanto más.
—¿Y qué vas a hacer si lo hago? —me provocó, agarrándose la polla y pasándome la punta por los labios del coño, sin entrar todavía.
—Lo que quieras —le dije—. Esta noche soy lo que vos quieras que sea. Tu puta, lo que sea. Pero metémela ya.
No sé en qué momento me convertí en esa mujer. Yo, que llego a todos lados con un cálculo en la cabeza, estaba ahí suplicando, entregada, hipnotizada por un desconocido en una habitación de motel. Y lo más increíble es que lo disfrutaba como hacía años no disfrutaba nada.
Cuando por fin se apiadó de mí, lo hizo despacio, hundiéndose de a poco, y cada centímetro me arrancaba un gemido. Sentí cómo la verga me abría, cómo el coño se estiraba para recibirla, cómo llegaba a un fondo que yo no sabía que tenía. Se quedó un segundo adentro, quieto, dejando que me acostumbrara al tamaño.
—Estás bien apretada, puta —me dijo al oído—. Se te siente todo.
Después empezó a moverse. Salidas largas, casi hasta afuera, y entradas hasta el fondo, chocándome el hueso, haciéndome ver estrellas. Llegué de nuevo casi enseguida, temblando, apretándolo con las piernas mientras él seguía cogiéndome sin cambiar el ritmo. Escuchaba el ruido del coño mojado tragándose la polla, el golpe de sus huevos contra el culo, mis propios gemidos que ya no controlaba.
Me agarró las dos manos, me las clavó contra el colchón por encima de la cabeza, y aceleró. Me la metía de arriba, apoyando todo el peso, dándome estocadas secas que me hacían rebotar en la cama. Cerré los ojos y me dejé llevar por completo, perdida en lo que me estaba haciendo.
—Dejame montarte —le pedí en algún momento, recuperando un poco de iniciativa.
Cambiamos de posición. Él se acostó y yo quedé arriba, dueña del ritmo por primera vez en toda la noche. Me la clavé de una, sentándome hasta el fondo, y solté un gemido largo cuando la sentí tocarme por dentro en un ángulo distinto. Me apoyé sobre su pecho, lo besé, dejé que mis caderas hicieran todo el trabajo, subiendo y bajando, después moviéndome en círculos, después restregándome el clítoris contra su hueso pelviano.
—Te movés muy bien —me respondió, agarrándome las tetas con las dos manos, apretándolas, pellizcándome los pezones.
—Hacés que me derrita —le dije, y no exageraba.
Me enderecé, apoyé las manos en sus muslos por detrás y empecé a rebotar más fuerte, mostrándole todo, dándome un espectáculo yo misma en el espejo del techo. Ver mi propio cuerpo cogiéndoselo, con las tetas saltando y la boca abierta, me terminó de romper. Acabé otra vez, gritando, echándole encima el coño chorreando.
Él me dio vuelta sin sacarla, quedé en cuatro, y me la volvió a meter por detrás. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza para atrás, y me cogió como si me odiara. La palma abierta contra el culo, un chirlo que sonó en toda la habitación, y otro, y otro más, mientras me clavaba la verga hasta el fondo.
—Decime que sos mía —me exigió, cogiéndome más fuerte.
—Soy tuya, soy tu puta, cogeme, no pares.
Me hizo acabar tantas veces que perdí la cuenta. Yo, que siempre llevo un registro mental de estas cosas, de cuánto me satisfacen y cómo, esa noche tiré la cuenta por la ventana. Damián, en cambio, se aguantaba, y cada vez que yo creía que ya no podía más, encontraba la manera de empezar de nuevo. Terminó la primera ronda acabándome adentro, llenándome de un chorro caliente que sentí subir hasta la panza, mientras me sostenía las caderas y gruñía como un animal.
***
Después de un descanso, un baño y un rato de tonta charla mirando la tele —los dos desnudos, él acariciándome distraído entre las piernas—, volvimos a empezar. Esta vez fui yo la que tomó las riendas. Me acerqué despacio, lo acaricié, lo besé sin prisa, bajé por el cuello, por el pecho, le mordí las tetillas, seguí bajando por el vientre, y me la agarré de nuevo con la mano.
Ya estaba semi dura, y en dos caricias volvió a pararse toda. Me la metí en la boca con calma, esta vez sin apuro, saboreándola. Le pasé la lengua por los huevos, se los chupé uno por uno, subí de nuevo por el tronco, y le hice una mamada de las que me salen bien: profunda, con saliva, mirándolo a los ojos. Le agarré la base con la mano y se la giré mientras la punta iba entrando y saliendo de mi boca. Siempre me gustó esa parte, la de provocar, la de tener el control de la respuesta del otro.
Lo escuché perder la compostura por primera vez en toda la noche, gemir mi nombre, empujar la cadera para arriba buscando el fondo de mi garganta. Y eso fue una pequeña victoria. Me la hundí hasta las bolas un par de veces, ahogándome, y cuando lo sentí a punto la saqué de golpe y le apreté la base para no dejarlo acabar.
—Todavía no —le dije, devolviéndole la frase de la primera vez—. Me toca.
Me acosté boca arriba, abrí las piernas, y le pedí que me la clavara de misionero, pero lento, mirándome. Me obedeció, y esta vez fue distinto: fue más largo, más pegado, con los cuerpos sudando, la boca contra la boca, y me acabé despacio, apretándolo con las piernas alrededor de la cintura, sintiendo cómo él por fin se soltaba y se descargaba adentro por segunda vez, tembloroso, con la cara enterrada en mi cuello.
Porque al final, aunque la noche había empezado conmigo de cazadora y había seguido conmigo de presa, terminamos en una especie de empate donde los dos ganábamos.
Lo demás no hace falta que lo cuente con tanto detalle. Fue, de lejos, la noche más larga que pasé en un lugar así. Pagamos dos veces para extender el tiempo, y yo aproveché cada minuto. Hubo una tercera vez, y una cuarta, en el baño contra el lavabo, con él detrás mirándome en el espejo mientras me la metía viendo cómo se me deformaba la cara de gusto. No me dejó descansar más de lo necesario, y reconozco que tampoco yo se lo pedí: cada vez que recuperaba un poco de aire, ya estaba buscándole la verga otra vez.
Cuando por fin decidimos irnos, pasamos a desayunar algo para reponer fuerzas. Él me dejó en la terminal de buses que me llevaba de regreso. Me dormí en todo el viaje, agotada, con el coño ardiendo, las piernas todavía temblando y una sonrisa que no me podía sacar de la cara.
Llegué a casa cerca de las ocho y media de la mañana. Le dije a mi madre que venía cansada porque había tenido mucho trabajo. «Descansá», me dijo, sin sospechar nada. Me di un baño largo, me lavé bien —todavía me salía semen de adentro— y me tiré en la cama a recuperar lo que ya no tenía.
Había sido una noche intensa: horas de baile y toda la madrugada de algo mucho mejor. Había salido a cazar y había terminado siendo la presa, y la verdad es que no me arrepiento ni un poco. A veces la mejor manera de recuperar el control de tu vida es perderlo del todo, aunque sea por una noche, con la persona indicada y en el lugar equivocado.
¿Si volvería a hacerlo? No lo sé. Pero cada tanto, cuando me acuerdo de esa madrugada, cuando me toco pensando en cómo me la metía y en cómo le supliqué que no parara, entiendo perfectamente por qué dejé de ser una mojigata. Algunas curiosidades hay que sacárselas. Esta me la saqué con creces.





