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Relatos Ardientes

Lo que mi vecina hizo para pagar el alquiler

Llevo veintitrés años detrás del mostrador de esta finca y, si hay algo que sé hacer, es mirar. La gente entra, sale, me saluda, me deja un paquete, me suelta una queja sobre el ascensor y cree que ahí se acaba todo. No sabe que el conserje guarda cada cara, cada horario, cada discusión que se cuela por el hueco de la escalera. Yo lo recuerdo todo.

Lo que ninguno de mis vecinos imagina es que tampoco soy lo que aparento. Una herencia que llegó cuando menos la esperaba me dejó dinero suficiente, y a medida que los pisos del edificio salían a la venta, los fui comprando. Hoy soy dueño de cinco viviendas y de la propia portería. Seguí con la bata gris y las llaves colgando del cinturón porque me convenía. El que parece no tener nada pasa desapercibido, y el que pasa desapercibido se entera de todo.

En cuatro de mis pisos instalé cámaras diminutas cuando los amueblé. No lo hice por seguridad. Lo hice porque me entretiene. Por la noche, en mi cuartito de la planta baja, repaso los vídeos del día. Conozco las infidelidades, las deudas y los secretos de medio bloque mejor que ellos mismos. Es mi vicio privado, y nunca le ha hecho daño a nadie. Hasta que llegaron Carla y Diego.

Ella tendría treinta y tres años. Recién casada, pelo negro hasta media espalda, no muy alta, de pecho pequeño y unas caderas que llenaban el vestido de una manera que me obligaba a apartar la vista cuando me entregaba el correo. Al principio era pura sonrisa. Con los meses, esa sonrisa se fue apagando, y empecé a recibirla con la boca apretada y los ojos cansados.

Por las cámaras supe la razón antes que nadie. El matrimonio se caía a pedazos. Llevaban dos meses sin pagar el alquiler, él se gastaba el sueldo fuera de casa y ella se había acostumbrado a masturbarse sola en el salón mientras él fingía dormir. Una noche pegué la oreja al patio interior y escuché la pelea entera.

—Si este mes no pagamos, nos echan —decía ella—. Y ya me dirás adónde vamos.

—No empieces.

—No empiezo nada. O te gastas la paga en el bar, o en otras cosas, porque no me vas a hacer creer que en tu trabajo no te pagan.

—Esta semana lo arreglo.

—Eso dices siempre. Como sigamos así, voy a tener que ponerme a hacer la calle.

—Tú, ja. Para eso tampoco sirves.

Escuché el silencio que vino después y supe que aquella frase le había hecho más daño que cualquier deuda. Ahí tienes tu oportunidad, viejo, pensé. Solo hay que tener paciencia.

***

A la mañana siguiente le tendí el correo con mi mejor cara de hombre inofensivo.

—No la veo de buen humor últimamente, Carla. Si en algo puedo ayudarla, entre vecinos hay que echarse una mano.

—No es nada, Aurelio. La vida está cara y una tiene sus líos.

—No hay lío que no tenga arreglo. Y yo soy muy discreto, ya lo sabe.

Se rió sin ganas y me dijo que lo único que faltaba en su casa era dinero, y que en eso yo no podía ayudarla. Le pregunté, sin levantar la voz, cuánto necesitaba. Me miró como si no hubiera entendido, balbuceó un agradecimiento y se marchó. Pero la semilla ya estaba plantada, y yo sabía esperar.

Esa misma noche, por las cámaras, la vi contárselo a Diego entre risas crueles. Él se burló del conserje muerto de hambre que pretendía dárselas de prestamista. Ella le respondió que peor estaban ellos. Y entonces él, para herirla, le soltó que si tantas ganas tenía, le pidiera al viejo que la pusiera de puta, a ver qué le sacaba. Ella le contestó que se separaría de él. No era la primera vez que lo amenazaba sin cumplirlo.

Dejé pasar dos días. Al tercero, cuando me entregó un paquete para firmar, fue ella quien sacó el tema.

—Aurelio, lo que me ofreció el otro día… ¿lo decía en serio?

—Yo nunca digo lo que no pienso.

—Necesitaríamos seis mil euros para ponernos al día. Se los devolvería poco a poco, se lo juro.

Bajé la voz, como quien comparte un secreto vergonzoso, y le dije lo que llevaba ensayando desde hacía días. Que el dinero lo tenía. Que no era un hombre guapo, ni alto, ni joven, pero que ella me gustaba desde el día que se mudó. Que si no le importaba acostarse con alguien como yo, podíamos arreglarlo poco a poco, encuentro a encuentro, y yo le iría descontando de la deuda.

Esperaba un bofetón. Lo que vi en su cara fue otra cosa: sorpresa, sí, pero también el cálculo rápido de quien lleva semanas contra la pared.

—Me deja sin palabras —dijo al fin.

—No me conteste ahora. Piénselo. Y tranquila, mi discreción es absoluta.

***

Lo pensó un día entero. Lo sé porque la vi discutirlo con su marido aquella noche, los dos en la cocina, él riéndose otra vez, retándola a que aceptara, convencido de que yo era un farol y de que un hombre de mi edad no aguantaría ni un asalto. Ella le devolvió el reto. Acabaron pactando un precio como quien regatea en un mercado, sin saber que yo lo escuchaba todo.

A la mañana siguiente bajó decidida.

—He pensado lo suyo. Acepto.

—Le pondré doscientos por encuentro —respondí—. Le sale a cuenta. Pero pongo una condición: su marido tiene que estar presente.

—¿Mi marido? ¿Para qué?

—No me gusta poner cuernos a nadie a escondidas. Si él lo ve, si él lo consiente, entonces no es un engaño. Es un trato entre adultos. Además —añadí—, así no habrá malentendidos después.

Le costó tragarlo, pero al final dijo que él no se opondría, que para él ella ya no servía ni de eso. Quedamos esa misma noche. Le anuncié que subiría con los seis mil euros en la mano.

Lo que ninguno de los dos sabía era cómo soy debajo de la bata. A mis cincuenta y ocho años sigo entrenando cada mañana en el cuartito de las máquinas que monté abajo. Cuerpo enjuto, fibroso, y una entrepierna que siempre ha sido mi mejor secreto. La calvicie y el uniforme me hacían parecer un don nadie. Esa noche pensaba enseñarles la verdad.

***

Diego me abrió la puerta con una sonrisa de suficiencia, ya borracho de su propia chulería. Me hizo pasar entre carcajadas, convencido de que iba a presenciar el ridículo de un viejo. Dejé los billetes sobre la mesa y dije, mirándolo a los ojos, que ese dinero era para ella y que lo recogería ella.

Carla apareció en camisón. Estaba nerviosa, se mordía el labio, evitaba la mirada de su marido.

—El trato es que tú te quedes —le dije a Diego—. Sentado, mirando, sin tocar. Eso es todo.

—Me parto —contestó él—. El viejo quiere mirones. Pues vale, a ver qué eres capaz de hacerle.

Me quité la ropa sin prisa. Disfruté del momento exacto en que la sonrisa de Diego se congeló y la respiración de Carla se cortó. Ninguno de los dos esperaba lo que vieron.

—Madre mía —murmuró ella—. ¿Eso va a caber?

—Sabré ocuparme de que sí.

Empecé despacio, por el cuello, con besos suaves detrás de la oreja, las manos planas sobre su espalda. No tenía prisa. Quería que su cuerpo me reclamara antes de darle nada. Fui bajando, descubriéndole los pechos pequeños, deteniéndome en el ombligo, donde noté que se estremecía de una manera distinta. Ahí me quedé más tiempo del necesario, hasta que se le aflojaron las piernas y se agarró a mis hombros.

—Hacía mucho que nadie me tocaba así —susurró.

La tumbé y le separé los muslos. Cuando mi boca encontró su clítoris, ella se mordió la mano para no gritar delante de su marido. No le sirvió de nada. El primer orgasmo le llegó pronto, largo, sacudiéndola entera, y volví entonces al ombligo, porque ya había entendido que era su punto débil.

—Joder —jadeó—. Hacía años que no me corría así.

Diego, en el sillón, había dejado de reírse. Lo miré de reojo: tenía las manos crispadas sobre las rodillas y, debajo del pantalón, un bulto que lo traicionaba.

—De mí no hables —escupió cuando se vio observado.

—No he dicho nada. Es tu cuerpo el que habla por ti.

***

La puse de rodillas y dejé que me la chupara mientras yo le acariciaba el pelo. Lo hacía con un hambre que no parecía la de una mujer obligada, sino la de una mujer que llevaba mucho tiempo sin sentirse deseada. Cuando estuvo lista, la coloqué a cuatro patas, de cara a su marido, para que él la viera disfrutar de lo que él ya no sabía darle.

Entré despacio, dejando que se acostumbrara, y luego fui marcando un ritmo firme. Ella enterró la cara en la almohada y dejó de fingir pudor. Los gemidos llenaron el dormitorio. Le agarré las caderas y la embestí hasta que un segundo orgasmo la dobló sobre sí misma, temblando, repitiendo mi nombre como si fuera lo único que recordaba decir.

—No pares —imploró—. Por favor, no pares.

La giré, le levanté las piernas y volví a buscar ese ombligo que la enloquecía mientras la penetraba en otro ángulo. Diego ya no protestaba. Se había levantado a medias del sillón, atrapado entre la rabia y el deseo, incapaz de irse y incapaz de mirar a otra parte. Esa imagen, la de un marido humillado por su propia excitación, me llevó al borde.

Me corrí dentro de ella con un gemido ronco. Carla se quedó tendida, sin fuerzas, con una sonrisa de satisfacción que no había tenido en meses. Y antes de irme, me incliné y la besé despacio en la boca, un beso largo, de los que no se le dan a una puta sino a una amante. Sentí que ella respondía con la misma intensidad, y supe, por la cara desencajada de su marido, que aquel beso le dolió más que todo lo anterior.

—Ya está pagado —masculló Diego desde el umbral—. Vete.

—Me voy cuando ella me lo pida —respondí sin levantar la voz.

Ella no me lo pidió.

***

A la mañana siguiente, Carla bajó a la portería distinta. Se había pintado los labios, llevaba un vestido que no le conocía y caminaba con la espalda recta. Pagó el alquiler atrasado el mismo día. Cuando me dio las gracias, no hablaba solo del dinero.

—Pensé que iba a ser un trago amargo —me confesó en voz baja, apoyada en el mostrador—. Y resultó que hacía años que no disfrutaba tanto. Nunca había tenido un orgasmo así con él.

—Me alegra que un viejo como yo le haya servido de algo.

—¿Viejo? —se rió, y por primera vez fue una risa de verdad—. Muchos más jóvenes querrían estar como tú. Y, oye… —bajó aún más la voz—. Cuando quieras cobrarte lo que te debo, aquí estoy.

Le sonreí y le dije lo que llevaba esperando decirle desde el principio: que la discreción era lo primero, que su secreto estaría siempre a salvo conmigo, y que el viernes, si quería, podíamos seguir saldando la cuenta.

—Se me va a hacer eterno hasta el viernes —murmuró.

La vi entrar al ascensor con otro paso, otra cara, otra mujer. Volví a mi cuartito, encendí la pantalla de las cámaras y la observé sonreír a solas frente al espejo del salón. Diego dormía en el sofá, de espaldas, derrotado.

Llevo veintitrés años detrás de este mostrador, mirándolo todo sin que nadie lo sepa. Y por fin había encontrado un vídeo que no necesitaba grabar para no olvidarlo nunca.

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Comentarios (4)

NachoBuenosAires

que relato!! me tuvo pegado desde la primera linea. Sigan publicando cosas asi

Rodrigo_nc

La perspectiva del narrador está muy bien lograda. Se nota que es alguien que observa antes de actuar, eso le da mucha credibilidad a la historia.

LenaCDMX

y hay segunda parte??? necesito saber como sigue esto jaja, no me dejen asi

Marinela_77

Me gusto muchisimo, se siente que pasó de verdad. Eso es exactamente lo que hace buenos a los relatos de confesiones, esa autenticidad.

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