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Relatos Ardientes

Toqué su puerta en el campus y no pensaba irme sola

El cuarto de Iván en la residencia olía a libros usados, a café de máquina y a esa tensión que se acumula cuando dos personas llevan semanas rozándose en los pasillos sin atreverse a cruzar la línea. Era viernes por la noche. Las luces del corredor ya estaban apagadas y de su habitación solo escapaba el resplandor azulado de la pantalla del portátil. Lo sé porque me quedé un momento frente a su puerta, escuchando mi propia respiración, antes de levantar la mano.

Toqué tres veces, suave. No esperé a que contestara.

Soy Mara, y aquella noche había decidido dejar de fingir. Llevábamos casi un mes así: él y yo coincidiendo en la biblioteca, en la cola del comedor, en el mismo grupo de estudio que nadie había pedido. Una mano que rozaba la otra al pasar un libro. Una mirada que duraba un segundo de más. Yo volvía a mi cuarto cada noche y me quedaba mirando el techo, repitiendo en la cabeza lo que no me había atrevido a hacer. Hasta que me cansé de repetirlo.

Llevaba una sudadera holgada que apenas me tapaba los muslos, unos leggings y el pelo suelto cayéndome en ondas sobre los hombros. Tenía las mejillas ardiendo y un calor incómodo entre las piernas que me había acompañado todo el camino desde mi residencia hasta la suya. Entré, cerré la puerta con el talón y eché el pestillo.

Iván se giró en la silla. Me miró como quien no termina de creerse lo que tiene delante.

—Mara… —empezó.

No lo dejé seguir. Me quité la sudadera por la cabeza en un solo movimiento. No llevaba nada debajo. Vi cómo se le cortaba la frase a medio camino, cómo sus ojos bajaban despacio y volvían a subir.

—Llevo toda la semana pensando en esto —dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. No vengo a hablar.

Me bajé los leggings de un tirón y los dejé tirados junto a una pila de apuntes. Me quedé completamente desnuda en medio de su cuarto, con la luz fría del monitor recortándome la silueta. Él seguía sentado, agarrado a los reposabrazos como si le faltara el aire.

Que no se arrepienta ahora, pensé. Que no diga nada sensato.

No lo dijo. Se levantó despacio y se quitó la camiseta. Tenía el cuerpo delgado y trabajado de pasarse las tardes muertas en el gimnasio del campus en lugar de estudiar. Cuando se desabrochó los vaqueros y se los bajó, ya estaba duro. Me acerqué, lo rodeé con la mano y lo sentí latir contra mi palma, caliente y firme. Él soltó el aire entre los dientes.

—¿Estás segura? —alcanzó a preguntar.

—Más que de nada en mi vida —contesté.

***

Lo empujé de vuelta a la silla. Se dejó caer con las piernas abiertas, mirándome desde abajo con una mezcla de hambre y asombro que me encendió todavía más. Me arrodillé un segundo entre sus rodillas, no por sumisión sino por puro deseo de tomarme mi tiempo. Lo recorrí con la lengua, despacio, desde la base, escuchando cómo se le escapaba un sonido grave que intentó tragarse. Le gustó que jugara, que me detuviera, que volviera a empezar. Cuando noté que sus dedos se enredaban en mi pelo, me incorporé.

—Quieta —le dije, sonriendo—. Mando yo.

Me subí encima, una rodilla a cada lado de sus caderas. La silla crujió. Apoyé las manos en sus hombros y fui bajando centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, cómo cedía mi cuerpo a algo que llevaba semanas imaginando en la cama de mi cuarto. Cerré los ojos. Me mordí el labio. Bajé hasta el fondo y me quedé quieta, respirando contra su frente, dejando que las dos nos acostumbráramos.

—Joder, Mara —murmuró él contra mi cuello.

Empecé a moverme. Primero lento, un balanceo corto que me hacía temblar las piernas. Después más rápido, encontrando un ritmo propio, marcando yo cada subida y cada bajada. Él me agarró de las caderas, no para guiarme, sino para sostenerse. El golpe de piel contra piel llenó la habitación pequeña, y no me importó si alguien pasaba por el pasillo y lo oía.

—Más —le pedí.

Me apretó con fuerza, hundió los dedos en mi cadera y empujó hacia arriba al mismo tiempo que yo bajaba. El choque me arrancó un grito corto. Lo repitió. Y otra vez. Cada embate me golpeaba justo donde lo necesitaba, en ese punto profundo que me nublaba la cabeza. Cabalgaba sin control, con los muslos ardiendo y la respiración rota.

El primer orgasmo me llegó pronto, como un latigazo que no esperaba todavía. Me contraje entera, le clavé las uñas en los hombros y seguí moviéndome a pesar del temblor, alargándolo hasta que las piernas dejaron de sostenerme.

No paré ahí. Cambié el ángulo, me eché un poco hacia atrás apoyándome en sus rodillas para que el roce fuera directo donde más lo sentía. El segundo me alcanzó más hondo, más largo. Me arqueé, dejé caer la cabeza y me corrí otra vez, empapándolo, empapando la silla, sin pudor.

—Estás temblando —dijo él, con la voz tomada.

—Tú aguanta —contesté entre jadeos.

***

Me levantó en brazos sin salir de mí, con una fuerza que no le suponía, y me llevó dos pasos hasta el borde de la cama. Me sentó, me empujó con suavidad hasta tumbarme y me abrió las piernas apoyándolas sobre sus hombros. Se quedó un instante mirándome, de rodillas en el colchón, y esa pausa fue casi tan buena como lo que vino después.

Entró de nuevo de un solo empuje y ahora el ritmo lo puso él. Embestidas largas, lentas al principio, saliendo casi del todo para volver a hundirse entero. Se inclinó sobre mí, doblándome casi en dos, y me besó. Fue un beso desordenado, con la lengua y los dientes, mientras seguía moviéndose sin pausa. Gemí dentro de su boca.

—¿Te gusta? —preguntó contra mis labios, sin dejar de empujar.

—Sí… —apenas podía hablar—. No pares.

—¿Alguien te ha tocado así? —gruñó junto a mi oído.

—Nadie —dije, y era verdad—. Quiero esto cada vez que me apetezca. Cada vez.

El tercer orgasmo me atravesó como una corriente. Cerré las piernas alrededor de su cintura, le marqué la espalda con las uñas y dejé de controlar los sonidos que salían de mi garganta. El cuerpo entero me tembló mientras él seguía moviéndose, prolongando la sacudida hasta que pensé que no quedaba nada más.

Pero quedaba.

Salió de golpe, se incorporó de rodillas y se sujetó con la mano, agitado. Yo me incorporé un poco, lo miré a los ojos y entendí lo que ninguno de los dos necesitaba decir. Acerqué la boca. Lo recibí lento, saboreando la mezcla de los dos, sintiendo cómo se tensaba bajo mi lengua. Sus caderas se contrajeron, soltó un sonido ahogado y se dejó ir. Yo no aparté la cara. Lo apuré despacio, sin dejar de mirarlo, hasta que se quedó sin fuerzas y se desplomó a mi lado en el colchón.

***

Nos quedamos así un rato largo, respirando entrecortado, con el sudor enfriándose en la piel y la pantalla del portátil iluminando el techo de azul. Él me buscó la mano. Se la dejé. Después se giró y me besó otra vez, ahora despacio, sin urgencia, probándose a sí mismo en mi boca y sonriendo a medias.

—Pensaba que nunca te ibas a decidir —dijo.

—Y yo pensaba que tú nunca lo harías —respondí—. Menos mal que alguien tuvo que ser valiente.

Estuvimos un rato acariciándonos sin prisa, hablando de tonterías, riéndonos de las semanas que habíamos perdido fingiendo que no pasaba nada cada vez que coincidíamos en la biblioteca. Pero el cuerpo no había terminado, y los dos lo sabíamos. Cuando su mano empezó a recorrerme la espalda baja con intención, me giré boca abajo y me apoyé en las rodillas.

Volvió a entrar desde atrás, esta vez con calma, disfrutando de lo sensible que estaba todavía después de tantas veces. Sus manos me recorrían la espalda, los costados, la cadera. Cada embate era hondo y pausado, como si quisiera grabarse cada centímetro. Yo empujaba hacia atrás, buscando su ritmo, y el sonido húmedo de los dos chocando me parecía obsceno y perfecto a la vez.

—Me encanta cómo te abres para mí —susurró.

Me corrí otra vez, casi sin esperarlo, solo por la sensación de estar tan llena y tan expuesta. Perdí la cuenta de cuántas iban. No me importaba.

Cambiamos una última vez. Me tumbé de espaldas, lo atraje hacia mí y le pasé las piernas por la cintura. Él se hundió hasta el fondo y se quedó pegado a mi boca mientras se movía, mezclando los gemidos. Lo sentí crecer, lo sentí acelerar.

—Voy a… —empezó.

—Quédate —le dije—. Quédate dentro.

Con un último empuje profundo se dejó ir y yo lo alcancé al mismo tiempo, un clímax lento y espeso que me dejó temblando bajo su peso. Nos quedamos abrazados, su frente contra la mía, todavía unidos, mientras el corazón se nos iba calmando poco a poco.

—Esto no va a ser la última vez —murmuró contra mis labios.

Sonreí y lo apreté una última vez con todo el cuerpo.

—Cada vez que me apetezca —contesté—, vas a estar aquí.

Y por la cara que puso, supe que cumpliría.

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Comentarios (4)

NochedeVerano

tremendo relato!!! me encantó cada parte

PaulaM_93

necesito la segunda parte ya, esto terminó demasiado pronto

LucaRD

me acordé de algo parecido que viví en la facultad jaja, ese nervio antes de dar el primer paso es inconfundible

NachoCorrientes

muy buen relato, se siente real. Esperando mas!

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