Lo que pasó con el sobrino de mi marido esos días
El bar del hotel tenía esa penumbra justa que vuelve cómplice a cualquiera. La música se deslizaba por debajo de las conversaciones y el aire olía a madera y a licor caro. Elena entró sin prisa, dejando que el vestido color vino se ajustara a sus caderas con cada paso. Sabía que la miraban. Le gustaba que la miraran.
Marcos la esperaba en una mesa junto a la barra, con un whisky en la mano. En cuanto la vio acercarse se enderezó, y una sonrisa apareció en la comisura de sus labios. No era una sonrisa cualquiera: era la que reservaba solo para ella.
—Perdón la demora —murmuró ella al sentarse, inclinándose lo justo para que su perfume llegara antes que sus palabras.
—Siempre vale la pena esperar —respondió él, sin apartar la vista.
Elena cruzó las piernas con una lentitud calculada y dejó que la tela revelara un destello de muslo. Llevaban quince años juntos y todavía jugaban a este juego: provocar, contenerse, mirar cómo el deseo crecía en silencio. Esa noche, mientras él deslizaba un dedo por su brazo desnudo, ninguno sospechaba que el juego estaba a punto de cambiar de jugadores.
***
El sobrino llegó un martes por la tarde. Era el hijo de un primo de Marcos, un chico de provincia que venía a recorrer universidades antes de decidir dónde estudiar. Se quedaría una semana, quizás algo más.
—Elena, te presento a Tomás —dijo Marcos en la puerta—. Se queda con nosotros mientras visita los campus.
—Bienvenido, Tomás —dijo ella, extendiendo la mano.
El muchacho se la estrechó con torpeza educada. Era alto, de hombros anchos todavía sin terminar de llenar, con esa belleza descuidada de quien aún no sabe lo que tiene. Elena notó dos cosas a la vez: que él la miraba un instante de más, y que enseguida apartaba los ojos, como si temiera que lo descubrieran.
Curioso, pensó ella, y no le dio más vuelta. Esa noche, al menos.
La cena transcurrió entre risas y preguntas. Tomás era reservado, pero el vino fue soltándole la lengua. Marcos contaba anécdotas viejas y Elena escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, consciente de que la mirada del joven volvía a ella cada vez que creía que nadie lo notaba.
Cuando Tomás se retiró a su cuarto, Marcos esperó a oír la puerta cerrarse antes de hablar.
—Te mira —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de molestia.
—Es un chico —contestó ella, quitándose un pendiente.
—Un chico que no te quita los ojos de encima. —Se acercó por detrás y le rozó el cuello con los labios—. No me molesta. Al contrario.
Elena se encontró con su reflejo en el espejo del tocador. Tenía las mejillas encendidas, y no era por el vino.
***
A la mañana siguiente bajó a la cocina en bata. Encontró a Tomás sentado a la mesa, hojeando el celular con una taza de café entre las manos. Al verla entrar se enderezó de golpe.
—Buenos días —dijo él, y su voz se quebró apenas en la segunda sílaba.
Elena fue hasta la alacena a buscar el azúcar. Tuvo que ponerse de puntillas, y supo, sin necesidad de mirar, que la bata se le había abierto un poco al estirar el brazo. Oyó cómo el muchacho desviaba la vista hacia la ventana con una rigidez que lo delataba.
—¿Dormiste bien? —preguntó ella, volviéndose con naturalidad.
—Sí, muy bien, gracias.
Cuando pasó junto a él para alcanzar la cafetera, su aroma lo envolvió. Vio cómo el chico cerraba los dedos sobre la taza, como si necesitara aferrarse a algo. Es demasiado fácil, pensó. Pero no se detuvo.
***
El sábado fueron los tres a recorrer una de las universidades. Marcos manejaba, Elena de copiloto y Tomás atrás, mirando el paisaje. En un cruce, ella estiró el brazo para señalar algo y su mano rozó la rodilla del muchacho, apenas un instante. En el retrovisor, Marcos captó la mirada de Tomás bajar al lugar del roce y subir enseguida, avergonzado.
Caminaron por el campus entre edificios de ladrillo y jardines cuidados. Elena llevaba unos jeans que se ceñían a sus caderas y una blusa de cuello en V, y notó las miradas de los estudiantes al pasar. Tomás caminaba a su lado, y cada vez que alguien la observaba demasiado, el chico erguía un poco la espalda, como si la presencia de ella le perteneciera de algún modo.
En la oficina de admisiones, una empleada los recibió con una sonrisa torpe.
—¿Y la señora viene como acompañante del joven? ¿Su madre, quizás?
Antes de que Elena pudiera responder, Tomás tomó la palabra con una seguridad que la sorprendió.
—¿Mi madre? No. Ella se ve mucho más joven que cualquiera que tengan por aquí.
La empleada rió, incómoda. Elena le clavó al muchacho una mirada de advertencia, pero por dentro algo le ronroneó. Cuando salieron, lo miró de reojo.
—Eres un caso perdido.
—Y tú eres increíble —respondió él, sin rastro de broma—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Dependería de qué tan bien puedas justificarla.
Tomás la miró con una intensidad que decía mucho más de lo que se atrevía a poner en palabras. No preguntó nada. No hizo falta.
***
Esa noche, Marcos puso música después de la cena. Era jazz lento, de ese que pide cuerpos cerca. Sirvió tres copas y, con una sonrisa, empujó suavemente a su sobrino hacia el centro de la sala.
—Elena baila como nadie. Deberías aprender antes de irte a la ciudad. Allá te van a hacer falta esas cosas.
—No sé bailar —protestó el muchacho, rojo hasta las orejas.
—Por eso —dijo ella, dejando la copa y tendiéndole la mano.
Tomás se levantó como quien camina hacia algo inevitable. Elena le tomó una mano y se la llevó a la cintura. Sintió cómo el chico contenía la respiración al notar la curva bajo la tela.
—Tranquilo —susurró ella—. Solo tienes que seguir el momento. Confía.
Se movieron despacio. Al principio Tomás mantenía la distancia de un caballero asustado, pero la música y el roce fueron limando esa cautela. Sus manos se acomodaron con más firmeza en la cintura de ella, y Elena dejó que la distancia entre sus cuerpos se acortara centímetro a centímetro.
Marcos los observaba desde el sillón, la copa apoyada en la rodilla y una calma extraña en el rostro. No había celos en su mirada. Había algo más oscuro y más excitante: deseo de ver.
La mano del muchacho subió apenas, deteniéndose en el límite donde la tela cedía a la piel de la espalda. Elena sintió el calor de esa palma y supo que ya no era un baile.
—Aprendes rápido —murmuró, dejando que sus labios rozaran la oreja de él.
Tomás giró el rostro. Por un instante quedaron a milímetros, respirando el mismo aire. Y entonces ocurrió sin premeditación, sin dudas: un beso, tímido al inicio, como una pregunta. Ella respondió con suavidad, y la pregunta se volvió certeza.
Cuando se separaron, Elena buscó los ojos de su marido. Marcos no se había movido. Solo inclinó la cabeza, despacio, una sola vez. Permiso concedido.
***
Lo llevó de la mano por el pasillo. Tomás temblaba un poco, no de miedo sino de pura anticipación contenida.
—Siéntate —susurró ella al entrar al cuarto de huéspedes, señalando la cama.
El muchacho obedeció. Elena se quedó de pie frente a él y se desabotonó la blusa sin prisa, disfrutando de cómo los ojos de él seguían cada movimiento de sus dedos. Cuando la tela cayó al suelo, lo oyó tragar saliva.
—¿Habías hecho esto antes? —preguntó, acercándose hasta quedar entre sus rodillas.
—No así —admitió él, con la voz ronca.
—Entonces presta atención.
Le tomó las manos y las guió hasta su cintura. La piel de él ardía. Tomás recorrió la curva de su espalda con la reverencia de quien descubre algo nuevo, midiendo cada centímetro como si quisiera memorizarlo. Elena se inclinó y volvió a besarlo, esta vez sin la timidez de la sala, abriéndole los labios, enseñándole el ritmo.
Lo empujó con suavidad hasta tenderlo sobre la cama y se subió a horcajadas. Le quitó la camiseta de un tirón y deslizó las manos por el pecho firme, joven, que subía y bajaba con la respiración entrecortada. Un susurro escapó de los labios del muchacho cuando ella movió las caderas contra él, despacio, dejándole sentir el calor a través de la ropa.
—No tengas prisa —le dijo al oído, mordiéndole apenas el lóbulo—. Lo bueno es lo que tarda.
Pero Tomás ya no aguantaba la calma. Sus manos se volvieron más atrevidas, recorriéndole los muslos, la cintura, subiendo hasta abarcarle los pechos con una mezcla de hambre y asombro. Elena lo dejó hacer, guiándolo cuando dudaba, premiándolo con un gemido bajo cuando acertaba. Se desprendió del resto de la ropa y le ayudó a él a quitarse la suya, y por fin no hubo nada entre los dos cuerpos salvo el calor.
Cuando se unieron, ella marcó el ritmo. Lo cabalgó despacio al principio, observando cómo el placer descomponía la cara del muchacho, cómo apretaba las sábanas con los puños para no terminar demasiado pronto. Elena se inclinó sobre él, dejando que sus labios le rozaran la mandíbula, el cuello, mientras aceleraba.
—Así —jadeó ella—. Mírame. Quiero que me mires.
Tomás abrió los ojos y la miró como si fuera lo único real en el mundo. Esa mirada, más que el cuerpo, fue lo que la llevó al borde. El placer la recorrió en una ola larga y profunda, y un instante después el muchacho la siguió, temblando entero, aferrado a su cintura como a un naufragio.
Se quedaron quietos, recuperando el aliento, su piel pegada a la de él por el sudor. Elena le apartó un mechón de la frente y sonrió.
—Eres buen alumno —murmuró.
***
Tomás se fue dos días después. Recogió sus pocas cosas temprano por la mañana y bajó con la mochila al hombro. Marcos lo abrazó en la puerta.
—Aquí tienes tu casa. Siempre será un placer recibirte —dijo, con un brillo cómplice en los ojos.
El muchacho asintió. Luego se volvió hacia Elena. Por un segundo pareció a punto de decir algo demasiado grande para esa hora de la mañana, pero solo le apretó el hombro.
—Gracias por todo —dijo, y la última palabra cargaba mucho más de lo que sonaba.
—Cuídate, Tomás —respondió ella—. Y aprende a bailar mejor.
Él rió, lanzó una última mirada juguetona y salió hacia el auto que lo esperaba. Cuando el motor se perdió calle abajo, Marcos rodeó la cintura de su esposa por detrás.
—¿Y bien? —preguntó.
Elena se recostó contra él, mirando la calle vacía con una sonrisa difícil de descifrar.
—Aprendí algo —dijo—. Que el juego es más interesante cuando hay alguien nuevo a quien enseñarle las reglas.
Marcos la besó en la sien. Quedaba entre ellos, como todo lo que de verdad importaba.