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Relatos Ardientes

Una partida de verdad o reto que no debió pasar

Mariana y Tomás llevaban cuatro años juntos. Eran de esas parejas que en la cama hablaban sin filtro de lo que les gustaría probar algún día, aunque puertas afuera nunca habían tocado a nadie más. Tenían treinta y un años, un departamento con terraza en un piso alto y la costumbre de fantasear en voz alta mientras se acariciaban. Daniela, la mejor amiga de Mariana desde la facultad, aparecía en esas charlas más seguido de lo que cualquiera admitiría.

Mariana sabía que Tomás se ponía nervioso cuando Daniela andaba cerca. Le gustaba su cuerpo delgado y firme, el pelo rubio cortado a la altura de la mandíbula, esa piel tan clara que se le encendía de rojo apenas alguien le decía algo subido de tono. Lejos de molestarle, a Mariana la idea la calentaba. Más de una vez, con la verga de Tomás enterrada hasta el fondo de su coño, había imaginado a los tres en la misma cama, a Daniela mamándole las tetas mientras él la seguía cogiendo por detrás.

Lo que Mariana no terminaba de medir era hasta dónde llegaba lo de Daniela. Su amiga era lesbiana y, desde hacía años, callaba algo que nunca se había animado a poner en palabras. Mariana, morena, de curvas amplias y una manera de reírse que llenaba cualquier habitación, era exactamente lo que a Daniela le quitaba el sueño. Cuántas noches se había masturbado pensando en ese culo grande, en esas tetas pesadas, en meterle la lengua hasta el fondo del coño. Pero Mariana estaba con Tomás, y Daniela había aprendido a guardarse el deseo como quien guarda una carta que no piensa jugar nunca.

Esa noche de febrero el aire no se movía. Los tres estaban en la terraza, con cervezas que sudaban sobre la mesa de madera y un porro que iba y venía entre risas flojas. Hablaban de relaciones viejas, de las que terminan mal y de las que ni siquiera empiezan. Mariana llevaba un vestido liviano que el calor le pegaba al cuerpo y dejaba ver que no tenía corpiño. Tomás, en pantalón corto, no disimulaba del todo las miradas al escote de Daniela ni el bulto que se le empezaba a marcar.

—Propongo algo para sacudir un poco la noche —dijo Tomás, la voz ronca por el humo—. Verdad o reto. Pero del de verdad. Nada de mentiras.

Mariana sonrió hacia su vaso. Lo habían hablado en la cama esa misma semana: tirar la línea con cuidado y ver si Daniela la cruzaba. Si decía que no, ahí quedaba todo, sin dramas. Pero si decía que sí, la noche tomaba otro rumbo.

Daniela se rió, ya un poco floja por la cerveza.

—Está bien. Pero arranquen suave, ¿eh?

Empezaron por lo fácil. Verdades sobre ex que dejaron heridas, retos de tomar un trago al seco o confesar alguna tontería de la adolescencia. El porro fue aflojando los hombros y las risas se volvieron más largas. Hasta que le tocó preguntar a Tomás.

—Daniela. Verdad o reto.

—Reto —contestó ella, con un tono desafiante que escondía mal el corazón golpeándole en el pecho. Miró a Mariana de reojo, como hacía siempre.

Tomás demoró la sonrisa.

—Te reto a que beses a Mariana. Un beso de verdad. Nada de roce y listo.

Daniela se quedó quieta un segundo entero. El rubor le subió desde el cuello. Mariana la miró con los ojos oscuros, tranquilos, y asintió apenas.

—Solo si querés —le dijo en voz baja—. Podemos cortar acá y seguimos con otra cosa.

Pero Daniela quería. Hacía años que quería. Se levantó, cruzó los dos pasos que la separaban del sillón y se inclinó sobre ella. El primer contacto fue suave, casi una pregunta. Después Mariana abrió los labios y el beso dejó de ser una pregunta. Las lenguas se buscaron, se enredaron, Daniela chupó la de Mariana como si llevara años ensayando ese movimiento. Las manos de Mariana subieron a la nuca de Daniela para acercarla más, y una de las manos de Daniela terminó en la teta de Mariana, apretándola por encima de la tela fina del vestido. El pezón se le puso duro en el acto. Duró lo que dura una decisión que ya no tiene vuelta atrás.

Cuando se separaron, las dos respiraban distinto. Tomás las miraba sin decir nada, con la boca un poco abierta y la mano acomodándose el bulto en el pantalón corto.

—Siempre quise hacer eso —murmuró Daniela, los ojos todavía cerca de los de Mariana.

—Yo también lo pensé alguna vez —respondió ella, sincera—. ¿Seguimos?

El juego cambió de temperatura sin que nadie lo anunciara. Le tocó a Daniela, que retó a Tomás a sacarse la remera. Él lo hizo, y Mariana aprovechó para besarle el cuello mientras le pasaba una mano por el pecho y le bajaba directo al pantalón, agarrándole la polla por encima de la tela. Ya la tenía dura. Después Mariana retó a Daniela a sacarse el top, y Daniela dudó apenas un instante antes de obedecer, porque el beso le había prendido algo que ya no quería apagar. Las tetas chicas y firmes le quedaron al descubierto, los pezones rosados ya erectos.

Mariana no esperó a que fuera su turno. Se inclinó y le chupó un pezón, despacio, con la calma de quien por fin alcanza algo que esperó demasiado. Lo mordió apenas y Daniela pegó un gemido corto. Después le pasó la lengua entera al otro pezón, se lo metió a la boca, tiró. Daniela arqueó la espalda y enredó los dedos en el pelo de su amiga.

—Dios, Mariana... —dejó escapar—. No sabés hace cuánto quiero esto.

Tomás se acercó al borde del sillón. Se había bajado el pantalón corto y tenía la polla afuera, gruesa, palpitando, agarrada con la mano.

—¿Estás cómoda con esto? —preguntó, y lo decía en serio—. Si en cualquier momento querés parar, paramos.

Daniela negó con la cabeza. La voz le temblaba, pero las palabras no.

—No. Quiero más. Por ella... acepto lo que venga.

***

Lo que siguió ya no necesitó la excusa del juego. Mariana se levantó el vestido hasta la cintura, se sacó la bombacha de un tirón y se abrió de piernas en el sillón. Tenía el coño ya empapado, la carne hinchada y brillante. Daniela bajó la mano entre esas piernas con un cuidado que contradecía las ganas y le pasó dos dedos por la raja entera, de abajo hacia arriba, recogiendo la humedad. Después los volvió a bajar y le metió los dos de una, hasta el fondo. Mariana movió las caderas contra esos dedos, buscándolos, pidiéndolos sin hablar.

—Así —murmuró—. Despacio... y después no tan despacio. Cogeme con los dedos, dale.

Daniela empezó a bombearla, primero con dos dedos y después con tres, torciéndolos adentro, buscándole el punto. Con el pulgar le frotaba el clítoris hinchado. Mariana echó la cabeza hacia atrás y se apretó las tetas por encima del vestido. Tomás se sacó el pantalón del todo y se sentó al lado, la polla en la mano, sin apuro, mirando cómo su amiga cogía a su mujer con la mano. Dejaba que ellas marcaran el ritmo.

—Chupale el coño —le dijo Tomás a Daniela, con la voz rota—. Mostrale para qué le gustan a las tías.

Daniela ni contestó. Se tiró al piso de rodillas, agarró a Mariana por los muslos y la arrastró al borde del sillón. Le abrió los labios del coño con los dedos y le hundió la lengua directo adentro. Mariana pegó un gemido largo, agudo, y le agarró la cabeza para pegársela más. Daniela chupaba, lamía, le pasaba la lengua entera por el clítoris y volvía a meterla adentro, comiéndoselo con hambre atrasada de años. Tenía la barbilla brillando, empapada. Le metió los dedos otra vez mientras le chupaba el clítoris, y Mariana empezó a mover las caderas contra esa boca sin control.

—Dios, Dani, no pares, así, así, chupámelo así...

Tomás se levantó, se acercó por detrás de Daniela, le bajó el pantaloncito corto que le quedaba y le vio el culo blanco al aire. Se agachó, le pasó la mano entre las piernas y la encontró chorreando también. Daniela dio un respingo sin sacar la boca del coño de Mariana.

—¿Puedo? —preguntó él.

Daniela levantó apenas la cara.

—Metémela. Por ella, todo.

Tomás se acomodó detrás, se pasó la punta de la polla por la raja de Daniela para mojársela y se la metió despacio. Daniela apretó los ojos, se le escapó un gemido ahogado y volvió a hundir la boca en el coño de Mariana. Tomás empezó a moverse con un ritmo profundo y parejo, agarrándola de las caderas. Cada empuje le clavaba la cara a Daniela contra el coño de Mariana, que temblaba entera.

—Mirala cómo me la chupa —jadeaba Mariana, agarrándose las tetas—. Cogéla fuerte, dale, más fuerte, para que no pare.

Tomás obedeció. Empezó a embestirla con fuerza, la piel contra piel sonando en la terraza vacía. Daniela gemía con la boca llena de coño y Mariana sentía cada uno de esos gemidos vibrarle en el clítoris. La terraza se llenó de sonidos que ninguno de los tres intentó callar: el chapoteo, los golpes de las caderas, los gemidos superpuestos.

Daniela levantó la cara, con los labios brillando de saliva y flujo, y miró a Tomás por encima del hombro.

—Vení acá arriba —le dijo a Mariana, y se levantó del piso—. Quiero comerte de vuelta pero con él cogiéndome mientras.

Se acomodaron en el sillón grande. Mariana se recostó de espaldas, abierta de piernas, y Daniela se puso en cuatro entre ellas, con la cabeza otra vez metida en el coño de su amiga. Tomás se ubicó detrás de Daniela y le volvió a meter la polla de una, sin cuidado esta vez, hasta el fondo. Daniela pegó un grito ahogado contra la carne de Mariana.

—Rompela —le pidió Mariana a Tomás—. Cogéla como me cogés a mí.

Tomás la agarró del pelo rubio, se lo enrolló en la mano y empezó a embestirla con todo. Cada estocada le hacía chocar el culo contra las caderas de él con un ruido seco. Daniela lamía y chupaba el coño de Mariana entre gemidos que ya no controlaba, la baba corriéndole por la barbilla, mezclándose con la humedad de Mariana.

—Más fuerte, Daniela —pidió Mariana, agitada, tironeándole del pelo también—. No pares. Metémela hasta la garganta.

Daniela le hundió la lengua todo lo profundo que pudo y le chupó el clítoris con succión. Tomás la seguía cogiendo por detrás sin bajar el ritmo, resoplando, mordiéndose los labios para aguantar. Le clavó una nalgada seca en el culo blanco y Daniela gimió más fuerte.

Se vino primero Daniela. El cuerpo entero se le sacudió sobre la polla de Tomás, el coño apretándose alrededor de él en espasmos. El grito quedó ahogado contra la piel de Mariana, que sintió esa vibración como un empujón y se dejó ir también, corriéndose contra la boca de su amiga, apretándole la cabeza entre los muslos, mojándole toda la cara. Las dos al mismo tiempo, agarradas una de la otra. Tomás aguantó unos segundos más, sacándola y volviendo a metérsela con embestidas más cortas, hasta que el ritmo se le rompió.

—Me voy a venir —avisó, entrecortado—. ¿Dónde?

—Adentro —dijo Daniela, sorprendida ella misma de la respuesta—. Vení adentro. Por ella.

Tomás se hundió hasta el fondo y descargó adentro, agarrándole las caderas con las dos manos, la polla latiendo dentro del coño de Daniela mientras le llenaba con chorros que Daniela sintió calientes contra el fondo. Se quedó ahí, quieto, y después salió despacio, viendo cómo su semen empezaba a escurrir por los muslos de Daniela. Los tres se desplomaron sobre el sillón, los cuerpos pegajosos de sudor y de verano, sin un solo lugar del que avergonzarse.

Mariana giró la cabeza y besó a Daniela en la frente, después en la boca, sintiendo su propio sabor mezclado con el de ella.

—Fue increíble —dijo.

Daniela sonrió, con los ojos todavía húmedos y la cara todavía brillante, y por primera vez en años no sintió que tenía que esconder nada.

—Por vos, lo repetiría —contestó.

Tomás las rodeó a las dos con los brazos.

—Solo si las dos quieren —dijo, y lo dijo en serio, igual que todo lo demás esa noche.

La terraza siguió quieta, el calor seguía sin moverse, pero algo entre los tres había cambiado de lugar para siempre. No hubo culpa ni resaca emocional al día siguiente. Hubo, eso sí, una conversación larga y honesta, de esas que casi nunca se tienen, sobre lo que cada uno había sentido y hasta dónde estaba dispuesto a llegar. El juego había sido la excusa. Lo que vino después lo habían elegido los tres, con todas las palabras puestas sobre la mesa. Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que lo volvió perfecto.

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Comentarios(9)

RosaVila

Que relato tan lindo, muy natural y sin exagerar. Se lee de un tiron. Sigue escribiendo!

LuciaAndina

Por favor continua!! quede con muchas ganas de saber que paso despues de esa noche

MarianoB

El verdad o reto siempre saca lo que uno calla jajaja. Me recordo una situacion parecida con un grupo de amigos, esa tension que no sabe como salir...

SofiaK

Dios mio, anos callando algo y de repente un juego de una sola palabra te da la excusa. Que real

GabrielCordo

buenisimo!! una segunda parte por favor, asi no se puede dejar

PatriciaRN

Me encanto como contaste esa tension entre las dos. Se nota que fue real, no inventado. Muy buen relato

Meli_BA

jajaja la excusa del reto, tan clasica!! pero siempre funciona no? muy bueno

PabloSur_99

Corto pero potente. Esperando la continuacion con ansias

CortijeroFan

Confesiones como esta me gustan, sin vulgaridades pero con tension de verdad. Excelente

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