La desconocida del ascensor que se quedó a oscuras
Viajaba a Valencia por trabajo, igual que cada dos o tres meses. Dejé el coche en el aparcamiento del hotel, agarré la maleta de cabina y subí a recepción a hacer el registro. Delante de mí, una mujer terminaba el mismo trámite, y bastó una mirada para que me olvidara del cansancio del viaje.
Tenía una melena negra que le caía sobre los hombros, la piel morena del que vive cerca del mar y un vestido oscuro y ceñido que no dejaba nada a la imaginación. Botas altas, un escote que prometía demasiado y una manera de apoyarse en el mostrador que era pura confianza. La miré más de lo que debía.
Ella firmó, recogió su tarjeta y se apartó. Yo pasé a registrarme. Iba de traje, en pleno julio valenciano, asfixiándome de calor, y lo único que quería era llegar a la habitación y arrancarme aquella ropa que se me pegaba a la espalda como una segunda piel.
Terminé el papeleo y me dirigí al ascensor. Cuando llegué, ella estaba allí, esperando, con el bolso colgado del hombro y la vista clavada en los números que bajaban. El calor era insoportable, pero mirarla disimuladamente me distraía del sufrimiento.
Las puertas se abrieron por fin. Ella entró y se giró hacia el panel. Yo entré detrás y saludé.
—Buenas tardes —dije.
—Buenas tardes —respondió, con una sonrisa breve.
Me coloqué detrás de ella. El ascensor empezó a subir despacio y, sin ningún aviso, se detuvo en seco entre dos plantas. La luz parpadeó una vez y se apagó del todo. Nos quedamos a oscuras.
Ella pulsó los botones, uno tras otro, sin respuesta. Buscó a tientas el timbre de emergencia y lo apretó. Pasaron unos segundos largos hasta que se oyó una voz lejana, de una recepcionista, que nos pidió calma: se había ido la luz en todo el barrio y tardarían un rato en sacarnos.
—Bueno —dije, intentando sonar tranquilo—, habrá que esperar. Me llamo Daniel.
—Lorena —contestó.
—Un placer.
—El placer es mío.
Al poco se encendieron las luces de emergencia, una iluminación tenue y amarillenta que dibujaba sombras en su cara. Su tardanza me hizo desconfiar de lo eficaz que sería el servicio del hotel. Estábamos solos, atrapados, y empezaba a hacer un calor de horno.
Los dos caminábamos de un lado a otro del habitáculo como leones enjaulados. Por suerte, el ascensor era amplio, de esos pensados para maletas y carritos, y eso nos daba algo de espacio para no rozarnos a cada paso.
Pasó una hora entera y nada cambió. Yo ya no aguantaba más con la chaqueta encima, así que me la quité junto con la corbata y las dejé dobladas sobre la maleta. Seguimos dando vueltas, soltando algún comentario sobre lo mal organizado que estaba todo y lo absurdo de la situación.
Entonces noté que Lorena hacía una mueca de dolor cada vez que apoyaba el pie. Las botas la estaban matando. Tumbé la maleta en el suelo y extendí mi chaqueta por encima.
—Lorena, siéntate aquí —le ofrecí—. Así descansas los pies.
—No hace falta, de verdad —dijo.
—Es posible que estemos horas metidos aquí. Vas a estar más cómoda sentada que de pie.
Me miró con desconfianza, como midiéndome, pero al final se sentó sobre la maleta con la espalda apoyada en la pared. Soltó un suspiro de alivio que delataba lo mucho que le pesaban esas botas.
El calor seguía subiendo. Lorena se quitó las botas y las dejó a un lado. Llevaba unos calcetines blancos cortos y, sin querer, mi mirada subió por sus piernas hasta que me obligué a apartarla. No era momento ni lugar para eso, me repetía, aunque el cuerpo opinaba otra cosa.
Las horas pasaban y los dos sudábamos sin disimulo. Ella se removió incómoda, se abanicó con la mano y me miró.
—Si no te importa, me voy a quitar el vestido —dijo—. Debajo llevo el bikini, venía de pasar el día fuera.
—Claro, claro —respondí, tragando saliva—. Lo que necesites para estar más cómoda.
Se quitó los calcetines primero, luego se levantó apenas lo justo y se sacó el vestido por la cabeza. Lo dobló con cuidado y lo dejó sobre las botas. Yo la miré de reojo y vi aquel cuerpo apenas cubierto por dos triángulos de tela, y el calor que sentía dejó de tener que ver con el verano.
No mires, Daniel. No mires.
—Tú también vas a derretirte con esa camisa empapada —dijo, señalándome—. ¿Por qué no te la quitas? Pones la ropa en el suelo y te sientas encima. Total, aquí no nos ve nadie.
—Es que no llevo bañador —dije, medio en broma.
—Pero llevas calzoncillo, ¿no? Es prácticamente lo mismo.
Tenía su lógica, o yo quise que la tuviera. Me quité los zapatos, el pantalón y la camisa, y me quedé en calzoncillos y calcetines. Extendí la ropa en el suelo y me senté a su lado, intentando mantener una distancia que ya empezaba a parecerme imposible.
—Los calcetines deberías quitártelos también —dijo, conteniendo la risa—. Calzoncillos y calcetines no es la mejor combinación que he visto.
—Si quieres me quito también los calzoncillos —solté, siguiéndole el juego.
—Por mí no te cortes —contestó, y se rio con ganas.
Me quité los calcetines y los dejé en un montón. Empezamos a hablar de cosas sueltas para matar el rato. Ella me contó que había quedado con un hombre en el hotel para pasar el día en la playa, pero que la cosa no había salido como esperaba. Yo le conté que venía de Sevilla, que el trabajo me obligaba a vivir medio año en hoteles y que ya no recordaba la última vez que había estado tan incómodo y tan a gusto a la vez.
***
Mientras charlábamos, yo trataba de no mirarla demasiado. Pero entonces, casi sin que me diera cuenta, empezó a rozar mi pie con el suyo. Lo hacía como si nada, mientras me contaba una anécdota de aquel día frustrado, hablando con naturalidad. Yo apenas escuchaba. Solo notaba los dedos de su pie acariciando el mío, lentos, deliberados.
Ella seguía hablando y yo miraba al frente, fingiendo interés, hasta que sentí cómo se marcaba en mis calzoncillos una erección que ya no había manera de esconder. Lorena lo notó, bajó la vista y se rio. Yo le pedí disculpas, muerto de vergüenza.
—Tranquilo —dijo, acercándose un poco más—. Es algo natural.
Y mientras lo decía, posó la mano sobre mi entrepierna, por encima de la tela, y empezó a acariciarme despacio. Me quedé sin respiración.
—Vaya sorpresa escondías ahí —murmuró, con la boca muy cerca de mi oído.
Se inclinó hacia delante y me pidió que le desabrochara el sujetador del bikini. Lo hice con los dedos torpes por los nervios. Ella se deshizo de la parte de arriba y, ante mí, aparecieron dos pechos perfectos, redondos, con los pezones oscuros y duros por el calor. Solo verlos me puso a mil.
Metió la mano dentro de mis calzoncillos y la sentí recorrerme la piel directamente, sin tela de por medio. Con cuidado, me liberó, se incorporó y se colocó de rodillas entre mis piernas. Me miró a los ojos un segundo antes de inclinarse y empezar a chupármela.
Notaba sus pechos aplastados contra mis muslos mientras su boca subía y bajaba con una destreza que no esperaba. La lamía, la besaba, se la metía entera hasta el fondo de la garganta. Yo estaba en otro mundo, con la cabeza apoyada en la pared del ascensor y los ojos cerrados, dejándome llevar por una situación que ninguna mente cuerda habría planeado.
Con una mano me sujetaba la base y con la otra se acariciaba a sí misma entre las piernas. La oía gemir bajito, y aquel sonido me encendía todavía más.
Después se levantó, se acercó y, apartando con la mano la tela del bikini, se sentó sobre mí y me guio hacia dentro. Estaba empapada. Se acomodó a horcajadas, con los pechos pegados a mi pecho, y empezó a moverse despacio, marcando un ritmo lento que me volvía loco.
La sujeté por la cintura. Sentía cómo me entraba hasta el fondo y volvía a salir, mientras ella subía y bajaba restregándose contra mí. En un impulso me levanté con ella encima, agarrándola con los dos brazos, y la apoyé contra la pared del ascensor para tenerla suspendida en el aire.
Sus gemidos, cada vez más fuertes, me empujaban a moverme con más ganas. Me clavó las uñas en los hombros, escondió la cara en mi cuello y, entre temblores, acabó corriéndose con un grito que se ahogó contra mi piel.
La dejé de nuevo en el suelo, todavía agitada. La giré, la puse de pie contra la pared y, con su consentimiento susurrado, la penetré por detrás. La sentí apretarse alrededor de mí mientras entraba y salía. Ella se acariciaba con la mano derecha, marcando su propio ritmo, y los dos nos perdimos en aquello como si el mundo de afuera hubiera dejado de existir.
Justo cuando los dos estábamos a punto de terminar, en el momento exacto en que el placer nos hacía olvidar dónde estábamos, oí un chirrido metálico. Las puertas del ascensor empezaron a abrirse desde arriba. Los bomberos habían llegado.
Nos pillaron a los dos desnudos, sudados y enredados contra la pared, sin tiempo para nada. La cara del bombero asomando por el hueco lo decía todo. Lorena soltó una carcajada nerviosa mientras intentaba alcanzar su vestido, y yo me cubrí como pude, deseando que la tierra me tragara.
Nunca volví a verla. No intercambiamos teléfonos ni apellidos, ni falta que hacía. Aquellas horas atrapados a oscuras fueron exactamente lo que tenían que ser: un encuentro imposible entre dos desconocidos que el azar, y un apagón, decidieron juntar. Todavía hoy, cada vez que entro en un ascensor de hotel y se demora un segundo de más, no puedo evitar acordarme de Lorena.