Lo que pasó en el ascensor mientras mi familia dormía
Volvíamos del cine caminando hacia casa de mis padres, donde Adrián se quedaba esos días. Era una de esas madrugadas de principios de invierno en las que el barrio entero parece haberse rendido al sueño. Las calles estaban vacías, y el eco de mis tacones rebotaba contra las fachadas con una nitidez que me incomodaba. Cada paso sonaba a confesión.
El frío nos había obligado a subirnos los cuellos de los abrigos hasta las orejas, y al respirar dejábamos pequeñas nubes de vaho que se deshacían entre los dos. Pero por debajo de toda esa escarcha llevábamos un buen rato calentándonos por dentro. En la sala oscura del cine, su mano había estado sobre mi muslo durante media película, quieta, pesada, prometiendo más de lo que se atrevía a hacer delante de la gente. Yo no había seguido el argumento ni un solo minuto. Me había pasado las dos horas pendiente del calor de esa mano, de la forma en que sus dedos subían un par de centímetros cada vez que la trama bajaba la guardia, y de las ganas crecientes de girarme y morderle el cuello en mitad de la fila.
—¿Tienes frío? —me preguntó, aunque sabía perfectamente que no era frío lo que me hacía temblar.
—No —respondí, y no dije nada más.
Nos detuvimos frente al portal. A oscuras y con dedos torpes, rebusqué la llave en el bolso rezando por no hacer ruido. Empujamos la puerta y nos colamos en el edificio dejando atrás el chasquido sordo de la cerradura, envueltos de golpe en la penumbra tibia del recibidor. Si algo bueno tenía vivir esos meses bajo el techo de mis padres, era no tener que cruzar media ciudad sola de madrugada. Lo malo era el silencio: en esa casa, el silencio nocturno era una regla que nadie discutía.
Llamé al ascensor. Las puertas se abrieron con un silbido metálico y nos tragó la luz amarilla de la cabina.
Entramos. Apreté el botón del tercer piso, pero antes de que las planchas de metal volvieran a unirse, Adrián se abalanzó sobre mí. Nos devoramos la boca con una intensidad que se saltaba cualquier preámbulo, cualquier acercamiento educado. Los dos sabíamos que al cruzar la puerta de casa tendríamos que fingir un «buenas noches» insípido y meternos en habitaciones separadas, como si entre nosotros no existiera nada.
Me sujetó por la cintura y me aplastó contra él. Nuestras lenguas se buscaban con una urgencia casi rabiosa, y dentro de aquel cubículo rodeado de espejos el invierno desapareció de un plumazo. Esto es una locura, pensé, y no hice absolutamente nada por evitarlo.
Sentí la presión inconfundible de su erección despuntando contra mi cadera, separada de mí apenas por dos capas de tela. Me apreté más fuerte, buscando empaparme de su calor mientras la saliva volvía nuestros besos ruidosos, descarados, obscenos. Y entonces un pitido electrónico nos arrancó de golpe de aquel paréntesis.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron en el tercero, dejando a la vista la puerta de casa a escasos metros. Nos quedamos paralizados, con las respiraciones agitadas chocando en el palmo de aire que nos separaba. Ninguno de los dos dio un paso hacia el descansillo.
Lo miré. Él me miró. Bastó eso.
Antes de que las hojas metálicas empezaran a cerrarse solas, me giré hacia el panel y, en un arrebato de pura adrenalina, pulsé el cero. Volví a estampar mis labios contra los suyos mientras el aparato asimilaba la nueva orden y empezaba a descender despacio.
—¿Estás loca? —murmuró contra mi boca, aunque su sonrisa decía justo lo contrario.
—Calla —le contesté.
Sin romper el beso, bajé una mano hasta el bulto endurecido de su pantalón. Con la otra empecé a pelear a ciegas con los botones de sus vaqueros. Él separó un poco las piernas para facilitarme la tarea y dejé caer la tela lo justo, lo necesario para abrirme paso hasta su ropa interior. Mis dedos seguían helados de la calle; los suyos eran un horno.
Cuando rodeé su erección con firmeza y mis dedos congelados se cerraron contra su piel ardiente, el contraste de temperaturas le arrancó un gemido sordo que tuvo que tragarse a medias. El ascensor llegó a la planta baja. Si algún vecino insomne hubiera estado esperando a esas horas, se habría encontrado de frente con una escena imposible de justificar. Por suerte no había nadie. Sin soltarlo, estiré el brazo, apreté el botón del séptimo piso y no esperé a que el metal nos encerrara otra vez para volcar en él toda mi atención.
Le abracé el sexo con la mano y apreté con la fuerza justa para hacerlo estremecer. Inicié un vaivén lento y denso, retrayendo la piel hasta descubrir la punta, que ya brillaba húmeda con las primeras gotas. Notaba su pulso latiendo contra mi palma, y cada latido me devolvía exactamente cuánto le estaba costando quedarse callado.
—Vas a despertar a todo el edificio —le susurré al oído, con una calma que no sentía.
Él soltó algo entre risa y queja, y echó la cabeza hacia atrás contra el espejo.
Llegamos al último piso. Tiré de él sin soltar mi agarre, obligándolo a caminar a trompicones con los pantalones a media pierna, y lo guie fuera de la cabina hacia el tramo de escaleras. Subimos a oscuras los últimos peldaños de cemento hasta toparnos con la pesada puerta metálica que daba a la azotea. Estaba cerrada con llave. No me importó. Lo empujé contra ella.
Su espalda chocó contra el metal frío y por fin dejó caer los vaqueros y la ropa interior hasta los tobillos. Abajo, las puertas del ascensor se cerraron con un golpe amortiguado y nos dejaron sumidos en una penumbra que solo rompía la luz pálida de una farola, colándose por el ventanal de la escalera.
***
Me situé dos escalones por debajo de él. Con el oído atento al menor crujido en el hueco de la escalera, pero con una lentitud deliberada, casi cruel, reanudé el castigo. Adrián entrecerraba los ojos, rendido, aunque se obligaba a abrirlos para no perderse nada de lo que yo le estaba haciendo. Yo iba alternando la mirada entre su cara descompuesta y el modo en que él se mordía el labio para no gemir. La sensación de riesgo me estaba poniendo tan al límite como a él.
Marqué un ritmo irregular a propósito. A veces bajaba muy despacio, recreándome en la tensión de su piel; otras aceleraba de golpe, sujetándole la base con firmeza para que no se me escapara. Recogí una gota nueva con la yema del pulgar y la extendí por la punta, deslizándome con una suavidad que lo hizo encogerse. Sentí cómo se le rompía la respiración. Lo estaba llevando directo y sin frenos hacia el borde.
—Aquí no —jadeó, sin demasiada convicción—. Si nos pillan…
—Nadie nos va a pillar —mentí, porque en el fondo esa posibilidad era justo lo que me encendía.
Noté la primera contracción endurecerlo bajo mis dedos y aumenté apenas la fricción. Coloqué la mano izquierda en forma de cuenco, justo por debajo, a modo de bandeja, mientras con la derecha aceleraba por última vez, exprimiendo su límite. Sus rodillas temblaban contra el canto de los escalones.
El orgasmo lo atravesó sin remedio. Apretó los dientes para no gritar y dejó escapar solo un gruñido largo y ahogado mientras se vaciaba a sacudidas calientes sobre mi mano. Yo acompañaba con los dedos cada espasmo, atrapando lo que podía en el cuenco de mi palma. Una descarga, otra, y otra más, hasta que se quedó colgado de mí, sin fuerzas, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración hecha pedazos.
Nos quedamos un instante así, en silencio absoluto, escuchando solo el zumbido lejano del ascensor en algún punto del edificio y nuestros propios corazones desbocados. La azotea cerrada a nuestra espalda, la ciudad dormida bajo la farola, y nosotros dos enredados en algo que no deberíamos haber hecho y que volveríamos a hacer sin pensarlo.
Me limpié la mano como pude con un pañuelo arrugado del bolso. Subí los dos peldaños que nos separaban y volví a besarlo, despacio esta vez, con sabor a invierno y a peligro superado. Él se recompuso la ropa a toda prisa, todavía temblando un poco, y me apartó un mechón de la cara con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—Estás como una cabra —dijo.
—Tú me sigues —respondí.
Bajamos juntos los siete pisos por la escalera, sin atrevernos a usar el ascensor de nuevo, conteniendo la risa en cada rellano como dos adolescentes. Al llegar al tercero abrí la puerta de casa con el mismo cuidado quirúrgico de siempre. Dentro, la calefacción y la oscuridad lo envolvían todo. Mis padres dormían al fondo del pasillo, ajenos por completo a la madrugada que acabábamos de robarnos.
—Buenas noches —dije en voz muy baja, igual que cualquier otra noche.
—Buenas noches —contestó él, y se metió en su habitación.
Yo me quedé un momento en el pasillo, en mitad del silencio de esa casa, mordiéndome el labio para no sonreír como una tonta. Todavía tenía las manos frías. El resto de mí ardía. Y ya estaba pensando, lo confieso, en cuándo volveríamos a tomar el último ascensor de la noche.