Bajé al vestuario a consolar a los que perdieron
Por si alguien no me recuerda de la última vez, me presento otra vez. Tengo treinta años, mido poco más de metro setenta y soy de esas mujeres a las que la ropa nunca termina de quedarle discreta. Caderas anchas, cintura marcada, pecho grande y pesado, un culo alto que se mueve solo cuando camino con leggings. Pelo negro hasta media espalda que huele a vainilla, ojos castaños y unos labios que pinto de rojo cuando quiero que un hombre se quede sin saber qué decir. No lo cuento para presumir. Lo cuento porque hace falta para entender lo que pasó aquella tarde.
Desde una noche en un local del centro, el sexo con Diego dejó de ser educado. Ahora me agarra distinto, me habla sucio cuando me corro, y a mí me gusta. Pero yo sigo queriendo más. Quiero que me usen, que descarguen en mí lo que no pueden descargar en otro lado. Y un sábado de torneo amateur de fútbol sala se alinearon todas las piezas.
Diego me había avisado por la mañana, mientras se ataba las zapatillas.
—Vente a la semifinal, anda. Si perdemos, al menos me consuelas después.
Me reí mientras me servía el café.
—Tranquilo, que yo consuelo muy bien.
Me vestí pensando justo en eso. Leggings negros que marcaban cada curva, un top deportivo blanco de tirantes finos que me subía el pecho hasta dejar un escote indecente, coleta alta con algunos mechones sueltos y la boca pintada de rojo mate. Me miré en el espejo del recibidor y pensé: hoy animo y, si se tercia, hago algo más que animar.
Llegué al polideportivo sobre las cuatro. Hacía calor, las gradas estaban llenas y el suelo de la pista brillaba bajo los focos. Me senté al lado de Noelia, la pareja de Rubén, que jugaba con Diego. Noelia es morena, un par de años mayor que yo, con cara dulce y un cuerpo que ella siempre intenta tapar aunque no haya manera. Nos saludamos con dos besos.
—Hola, guapa. Qué bien te veo. ¿Vienes a animar a Diego?
—A animar y a ver si por una vez ganan. ¿Tú también estás nerviosa?
Noelia sonrió, tímida como siempre.
—Mucho. Rubén se pone de un humor horrible cuando pierde. Luego le doy un refresco bien frío y se le pasa.
Nos reímos. Durante el partido las dos gritábamos como si nos fuera la vida. Pero perdieron en la prórroga, por un gol tonto en el último minuto. Diego salió de la pista con la cara roja de rabia.
—Joder, qué partido más malo.
Rubén lo seguía en silencio, apretando la mandíbula.
—Nos han robado, eso ha sido falta clarísima…
Bajamos hasta la valla a recibirlos. Abracé a Diego y noté su cuerpo ardiendo y sudado contra el mío.
—Me debes un consuelo —me susurró al oído.
Noelia abrazaba a Rubén por su lado.
—Tranquilo, amor, voy a por algo de beber y enseguida vuelvo.
Diego, todavía con la voz ronca por los gritos, miró hacia el pasillo de los vestuarios.
—Necesitamos una ducha y soltar toda esta mala leche. Vente al vestuario, que hay zona mixta. Así me consuelas un rato.
Lo dijo medio en broma, con esa media sonrisa que pone cuando en realidad va en serio. Noelia se rio, sin entender nada.
—Id yendo vosotros, que yo voy a las máquinas. Ahora os llevo algo frío para que os calméis.
Yo le sostuve la mirada a Diego un segundo de más.
—Vale —dije—. Pero mi consuelo es bastante más efectivo que un refresco.
***
Noelia se alejó hacia la zona de las máquinas. Yo esperé cinco minutos largos, apoyada en la pared del pasillo, escuchando el eco de las duchas. Desde dentro me llegaban sus voces.
—Qué rabia, tío, lo teníamos —decía Diego.
—Estoy que echo humo —contestaba Rubén.
Entonces hice algo que llevaba pensando desde la grada. Me quité el top despacio, ahí mismo, en el pasillo desierto. Después bajé los leggings y los dejé doblados sobre un banco, junto a mis zapatillas. Me quedé solo con un tanga negro de encaje que ya estaba húmedo de pura anticipación. El aire frío del pasillo me erizó la piel. Empujé la puerta del vestuario y entré sin hacer ruido.
Dentro todo era vapor. Bancos de madera, taquillas metálicas, duchas abiertas separadas por mamparas bajas de plástico translúcido. Olía a jabón barato y a sudor de hombre. Ellos estaban de espaldas, bajo el agua caliente, dejando que les cayera por los hombros. Me metí entre los dos sin que se dieran cuenta, y el chorro empezó a resbalarme por el pecho, por la cintura, por la espalda. Acerqué el cuerpo hasta rozar la espalda de Diego con el pezón.
Se giró de golpe.
—¿Carla? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
Tenía los ojos enormes, recorriéndome de arriba abajo bajo el agua. La excitación le subió a la vista, sin disimulo posible.
Rubén se volvió más lento, y cuando me vio se quedó congelado.
—Hostia… Carla… Joder.
Se tapó por instinto con la mano, rojo hasta las orejas, mirando al suelo de azulejos.
—No… no puedo… está Noelia… esto no está bien…
Sonreí despacio, con el agua corriéndome por la cara y los labios.
—Habéis venido a soltar la rabia, ¿no? Pues yo he venido a consolaros. Los dos. Esta tarde soy vuestra. Usadme.
Diego soltó una risa ronca, todavía sin creérselo.
—Joder, no pensé que vinieras de verdad… pero mírate. Estás para comerte.
Miró a Rubén, que seguía tapándose.
—Venga, tío, no seas mojigato. Noelia no se entera. Por hoy te olvidas de que tienes novia. Suelta aquí lo que no pudiste meter en la pista.
Rubén tragó saliva. La mano le fue bajando sola.
—No sé… es tu chica… y yo tengo a Noelia…
Diego se me acercó, me cogió un pecho con la mano abierta y se lo dijo mirándole a los ojos.
—Mírala bien, Rubén. ¿De verdad vas a dejar pasar esto? Hazlo como si hoy no tuvieras a nadie esperándote. Yo te doy permiso.
Rubén respiró hondo. Y entonces dejó de taparse. Se le había puesto dura del todo, larga y pesada.
—Joder… vale. Pero solo hoy.
***
Me arrodillé despacio bajo el chorro caliente. El agua me pegaba el pelo a la espalda y me caía por los hombros. Cogí la polla de Rubén con las dos manos, tirando hacia atrás de la piel, viendo cómo se hinchaba y goteaba. Lo miré desde abajo.
—Mírala… perfecta para desahogarse.
La lamí desde la base hasta la punta, con la lengua plana, saboreando la mezcla de jabón y sal. Después abrí la boca y me la metí entera, hasta el fondo. Se oían los sonidos húmedos rebotando contra los azulejos, mi propia saliva cayéndome por la barbilla hasta el pecho. Rubén me agarró el pelo mojado, todavía con cuidado.
—Joder… qué boca…
Diego, detrás de mí, no tuvo paciencia.
—Más fuerte, Rubén. No seas niño. Agárrala bien.
Rubén obedeció. Empujó más hondo, sujetándome la cabeza con las dos manos.
—Chupa fuerte… estoy tan cabreado…
Yo asentí con la boca llena, vibrando contra él, animándolo a descargar todo lo que traía dentro.
Diego me levantó por las caderas y me puso de pie contra una mampara. Me penetró por detrás, despacio al principio, abriéndose paso, y luego empezó a embestir agarrándome de la cintura.
—Hemos perdido por mi culpa —gruñó—. Pero ahora te uso como te mereces.
Rubén, ya soltado del todo, me dio la vuelta.
—Ponte a cuatro patas. Quiero ese culo.
Me apoyé contra la pared fría y mojada. Él escupió en la mano y me preparó despacio, con paciencia, hasta que dejé de tensarme. Después empezó a entrar.
—Voy a descargar aquí todo, ¿lista?
—Entra —jadeé, empujando hacia atrás—. Todo. Para eso he venido.
El primer momento fue un pinchazo agudo que se transformó enseguida en algo profundo y oscuro que me encendió entera. Empecé a moverme hacia atrás contra él, marcando yo el ritmo, mientras Diego volvía a ponerse delante de mi boca.
—Más fuerte —les pedí entre embestidas—. Soltadlo todo. Como dos perdedores con ganas de venganza.
Rubén me clavó los dedos en las nalgas y empezó a embestir sin freno.
—Por cada gol que nos metieron —gruñía—. Toma.
Yo iba de uno a otro, la boca llena de Diego y el resto del cuerpo a merced de Rubén, con el agua cayéndonos a los tres encima y el vapor tapándolo todo. Estaba completamente fuera de mí.
Rubén fue el primero. Lo noté tensarse de golpe.
—Me corro —jadeó con la voz rota—. Joder…
Se vació dentro con un gruñido largo, agarrado a mis caderas como si le fuera la vida, y después se quedó un segundo quieto, respirando contra mi espalda.
—Madre mía… qué a gusto me he quedado.
Diego me agarró la cara con las dos manos.
—Ahora yo. Abre.
Terminó en mi boca y sobre el pecho, en chorros calientes que el agua de la ducha enseguida arrastró. Y fue verlo a él acabar lo que me hizo saltar a mí. Me corrí apoyada contra la pared, con las piernas temblando, mordiéndome el labio para no gritar demasiado alto y que medio polideportivo me oyera.
***
Salimos de las duchas empapados y sin aire, los tres. Diego me besó todavía aturdido, como si no terminara de creerse lo que acababa de pasar.
—No me lo esperaba… pero joder, gracias. Eres increíble.
Rubén, ahora que se le había pasado la calentura, había vuelto a ponerse rojo. No sabía dónde meterse.
—No sé ni cómo voy a mirarte a la cara la próxima vez… pero gracias. De verdad.
Me vestí deprisa en el pasillo, con la ropa pegándose a la piel mojada, y volví a recogerme la coleta. Cuando salimos a la zona común, Noelia venía de frente con tres latas frías en las manos y una sonrisa enorme, sin sospechar nada.
—¡Aquí están las bebidas! ¿Veis? Ya os veo más relajados a los dos.
Rubén bajó la vista. Diego le pasó el brazo por encima y se rio.
—Sí, mucho mejor. Carla nos ha dado una buena charla de ánimo.
Cogí mi lata, le di un trago largo y le sostuve la mirada a Noelia por encima del aluminio.
—Ya te lo dije —le solté—. Mi consuelo es más efectivo que un refresco.
Ella se rio, sin entender el chiste. Y yo no se lo expliqué.