La mujer en la que me convertí después de Nadia
Durante años fui una mujer segura de mí misma. Firme en mis convicciones, imposible de doblegar, dura hasta el punto de ser cruel cuando los negocios lo exigían. Era capaz de llegar a donde me propusiera, y casi siempre llegaba.
No siempre había sido así. De niña fui el patito feo de la clase, la pelirroja con gafas y pecas a la que todos elegían como blanco fácil en el instituto. Aprendí a mirar al suelo antes de aprender a mirar de frente. Por eso, cuando crecí y descubrí que despertaba tantas pasiones como envidias, no me dolió. Al contrario: me gustaba ser yo la que ahora podía mirar a los demás por encima del hombro.
Mi pelo era de un cobrizo natural que la gente pagaba fortunas por imitar. Tenía los ojos color miel, las pestañas largas y rizadas, la boca pequeña pero carnosa, y un cuerpo trabajado a base de horas de gimnasio y pilates. Sabía el efecto que provocaba al entrar en una sala, y lo usaba sin pedir perdón.
Era bisexual, apasionada, profundamente sexual. Nunca me importó que se supiera, porque me sentía por encima de las opiniones ajenas. Había tenido muchas parejas, hombres y mujeres, y sabía disfrutar y hacer disfrutar. Me encantaba mamar una polla hasta el fondo de la garganta igual que me encantaba hundir la lengua en el coño mojado de otra mujer. Mi único defecto era que me cansaba rápido. El deseo se me apagaba apenas conquistaba lo que quería.
Pero todos tenemos un talón de Aquiles, y el mío tenía nombre: Nadia.
***
Nadia era preciosa. Tan guapa que dolía mirarla demasiado tiempo. También era insegura, celosa, manipuladora y agresiva. Con cualquier otra mujer yo habría puesto distancia en una semana, pero con ella perdía toda mi personalidad, todo aquel «poder» que había construido con tanto esfuerzo. Me volvía sumisa a su deseo de una forma que ni yo misma reconocía.
Y ella lo aprovechaba.
En la intimidad de nuestra casa me maltrataba y me humillaba. Más de una vez terminé en urgencias inventando excusas torpes para las enfermeras: que me había caído, que me había dado contra una puerta, que era torpe. Llegué a ingresar en el hospital. Y aun así volvía con ella cada vez que me lo pedía.
Los seis años que pasé a su lado me hicieron tocar fondo. Terminé creyéndome cada uno de sus insultos. Me decía que era una ninfómana, que me acostaba con cualquiera con tal de tener sexo, que era peor que las putas porque seguro que también cobraba. Que le daba asco lo que yo era.
Después, como buena manipuladora, se hacía la víctima. Lloraba, me echaba a mí la culpa de sus propios golpes, juraba que no volvería a ocurrir. Y yo, que había aprendido a negociar con tiburones, perdonaba a la única persona que no merecía mi perdón.
Nadia me dejó por otra mujer. Cuando apareció una nueva víctima a la que cazar, no tardó ni una semana en abandonarme. Debería haberlo celebrado. En cambio, me quedé rota, partida en dos: entre la mujer que había sido antes de ella y la mujer en la que ella me había convencido de que me había convertido.
***
Una noche, intentando reconstruirme a base de copas, conocí a un italiano en un bar del centro de Valencia. Era un negociador importante de una marca de coches de alta gama. Me di cuenta enseguida de que se había fijado en mí; se acercó, tomamos algo, terminamos cenando juntos.
No era el hombre más atractivo del mundo, pero tenía algo magnético. La conexión fue inmediata. Me reí de verdad, sin actuar, por primera vez en mucho tiempo. No recordaba una cita tan divertida.
—¿Te apetece subir a un buen sitio? —me dijo al final, con ese acento que arrastraba las erres—. Conozco un hotel cerca.
Acepté.
La habitación era de cinco estrellas. Él se desnudó primero. Delgado, de pelo negro y un bigote fino, brazos largos a juego con sus piernas. Nada en su cuerpo era espectacular salvo la polla: gruesa, larga, ya medio dura colgándole entre las piernas, con la punta brillante de una gota de líquido preseminal. Ese imán suyo seguía funcionando. Me coloqué frente a él, me quité los zapatos, dejé caer el vestido y me deshice de la ropa interior despacio, mirándolo a los ojos.
Vi cómo se le cortaba la respiración y cómo la verga se le empinaba del todo, tensa contra su vientre. Yo sabía lo que tenía delante: piernas fuertes, muslos torneados, el vientre plano, los pechos firmes y redondos, los pezones ya endurecidos, y entre las piernas un coño depilado y húmedo que llevaba semanas sin que nadie se lo comiera bien.
Se me acercó casi sin pensar y me besó en la boca con ansia, chupándome la lengua mientras me apretaba las tetas con las dos manos, pellizcándome los pezones hasta arrancarme un gemido. Me empujó sobre la cama boca arriba y me abrió las piernas de un tirón.
—Qué coño más rico tienes —murmuró en italiano, relamiéndose—. Voy a comértelo entero.
Y se hundió allí abajo. Me lamió despacio, de abajo arriba, recogiendo mi humedad con la lengua plana. Luego me abrió los labios con los dedos y clavó la boca en mi clítoris, chupándomelo con una insistencia que me hizo arquear la espalda. Introdujo dos dedos, después tres, moviéndolos dentro de mí mientras seguía comiéndome el coño con hambre. Yo le agarré del pelo negro, se lo apreté contra mi sexo, cabalgándole la cara sin vergüenza.
—Sigue, no pares, cómemelo así —jadeé—. Méteme los dedos más fuerte, joder.
Me corrí en su boca con un espasmo largo, empapándole el bigote de flujo. Él se levantó chorreando y sonriendo, con la polla latiéndole entre las piernas.
—Ahora tú —dijo, y se puso de rodillas junto a mi cara.
Le agarré la verga con las dos manos, la sopesé, me la llevé a la boca. Empecé lamiendo la punta, saboreando el sabor salado del prescamen, y después me la tragué entera, hasta que noté la cabeza rozarme el fondo de la garganta. Se la mamé con ganas, subiendo y bajando, escupiendo saliva sobre el glande para que resbalara mejor, chupándole los huevos entre lametón y lametón. Él me agarraba la cabeza y empujaba las caderas contra mi cara, follándome la boca sin miramientos.
—Puttana, che bocca —gruñía—. Chúpamela, chúpamela toda.
Cuando notó que estaba a punto de correrse me apartó de un tirón, me tumbó de espaldas otra vez, se colocó entre mis piernas y me penetró de una sola embestida. La verga me entró hasta el fondo y solté un grito ronco. Empezó a follarme con un frenesí casi salvaje, embistiendo con una violencia que, lejos de asustarme, me encendía más. Cada estocada me sacudía las tetas contra la cara. Me agarraba las caderas y me clavaba la polla hasta la raíz, saliendo casi entera para volver a metérmela de golpe.
—Más fuerte —le pedí, mordiéndole el labio—. Fóllame más fuerte, cabrón, rómpeme el coño.
Me contagié de aquel ímpetu. Lo empujé, lo tiré de espaldas y me senté encima de él como si montara a un semental, con la verga clavada dentro de mí hasta el fondo. Empecé a moverme sobre sus caderas, subiendo y bajando, mi coño chupándole la polla en cada envite, mis tetas botándole delante de la cara. Él me las agarró, me chupó los pezones uno por uno, mordiéndolos hasta hacerme aullar.
Me di vuelta sin sacármela, cabalgándolo ahora de espaldas para que me viera el culo abrirse cada vez que bajaba sobre él. Me metí un dedo en la boca, lo ensalivé, y me lo hundí en el ojete mientras seguía montándolo.
—Así, cerda, así —jadeaba él debajo de mí—. Métete el dedo en el culo, quiero verlo.
Me giré otra vez de frente y me clavé sobre su verga con toda mi fuerza, apretándole el coño alrededor. Él aguantó lo que pudo, agarrándome de las caderas, hasta que echó la cabeza atrás y se corrió con un grito ahogado, llenándome por dentro con chorro tras chorro de semen caliente. Yo me corrí encima, mordiéndome los labios, sintiendo cómo su corrida me chorreaba entre las piernas cuando me la saqué.
Quedó agotado, sin aliento, con la polla brillante de mis flujos y su propia leche. Para mí fue el mejor sexo en años. No recordaba una noche así.
***
Amanecí sola en la cama. Sobre la mesita de noche había un sobre.
Sonreí. Pensé que habría tenido que salir temprano a trabajar y que me dejaba una carta por la noche que habíamos pasado, quizá su número, una excusa para volver a vernos. Lo abrí con la ilusión tonta de una adolescente.
Dentro había diez mil euros en billetes y un papel pequeño, doblado. Tres palabras escritas a mano.
«Espero sea suficiente».
Ahí terminé de hundirme. En mi cabeza resonaron, una a una, todas las palabras de Nadia. Que era peor que las putas. Que seguro que cobraba. Que le daba asco lo que yo era. El italiano no lo sabía, pero acababa de firmar la sentencia que ella había dictado seis años atrás.
No grité. No lloré. Cogí el dinero, me vestí y salí de aquel hotel convertida en otra persona.
***
A partir de esa mañana empecé una doble vida. De día era una empresaria de prestigio, brillante, calculadora y sin alma. De noche era una mujer ardiente que buscaba cualquier tipo de sexo que la llenara, gratis o por dinero, daba igual. Chupaba pollas en baños de hoteles, dejaba que desconocidos me follaran contra la pared, me abría de piernas en habitaciones que nunca volvería a pisar. Me dejé arrastrar por la idea que Nadia había sembrado en mí, como si darle la razón fuera la única forma de seguir respirando.
Hasta que el destino decidió devolverme algo.
Una mañana, en una reunión con un grupo de empresarios italianos, apareció él. El hombre de los diez mil euros. Había cambiado de empresa: ahora era el negociador de una compañía turística italiana, y resulta que yo era la responsable de esa cuenta en España. Lo tenía sentado al otro lado de la mesa, con su café y su sonrisa de quien no recuerda a cuántas mujeres ha humillado.
Pero yo sí lo recordaba.
La reunión fue tensa. Cuando terminó, me acerqué a él con un capuchino en la mano y se lo ofrecí con toda la dulzura del mundo. Debajo de la taza había un papel doblado: la dirección de un hotel y una sola frase.
«Tráete otros diez mil euros».
Me había dado cuenta de algo. Su posición era tan vulnerable como la mía. Un escándalo lo hundiría igual que a mí. Y por una vez en mucho tiempo, sentí que volvía a tener el control.
***
Esa misma noche me preparé con cuidado. Me puse las lentillas, me pinté un lunar falso sobre el labio superior, reservé la habitación con un nombre inventado. Quería ser otra. Quería ser la mujer que mandaba.
Entré, me desnudé y me dejé solo un liguero y unas medias de rejilla. Me tumbé en el centro de la cama, con las piernas cruzadas y los brazos abiertos, esperando, con el coño ya húmedo de sólo pensar en la venganza. Oí la tarjeta deslizarse en la cerradura. La puerta se abrió.
Y entró él. Pero no venía solo.
Lo acompañaban un compañero suyo y dos subalternos míos. Cuatro hombres mirándome, desnuda, con las tetas al aire y el coño abierto en aquella cama.
El pánico me cerró la garganta. Me sentí vejada, humillada de una forma que ni Nadia había logrado. Como pude, salté de la cama, recogí la ropa a manotazos y corrí hacia la puerta tal y como estaba, sin importarme nada más que escapar.
Él me detuvo con el brazo, sin dejar de sonreír.
—Tenemos los diez mil euros —dijo despacio—. Si hace falta más, tenemos más. Somos cuatro pollas, guapa. Hay para todos.
—Por favor, déjame marcharme —supliqué, con la voz rota—. No me importa el dinero. Solo quiero irme.
Se rieron. Los cuatro. Y entonces, casi por aburrimiento, apartó el brazo y me dejó pasar.
***
Nunca volví a aquella empresa. Renuncié al día siguiente sin dar explicaciones y desaparecí de la ciudad antes de que nadie pudiera preguntarme nada.
A veces pienso en aquella mujer segura de sí misma que fui antes de Nadia, y me cuesta reconocerla. Otras veces pienso que esa mujer nunca existió del todo, que solo era una coraza sobre la niña pelirroja a la que enseñaron demasiado pronto que el desprecio de los demás podía convertirse en la voz de tu propia cabeza.
Tardé años en entender que el problema nunca fueron mi cuerpo ni mi deseo. El problema fue creer a quienes me dijeron que merecía aquello. Hoy, por fin, ya no lo creo. Y por eso puedo contarlo.





