Lo que pasó con el tío de mi novio mientras él dormía
El olor a pintura fresca del piso nuevo había quedado sepultado bajo el aroma de la cena. Sergio, empeñado en demostrar que ya era un hombre con propiedades, había montado una mesa impropia de un martes cualquiera: mantel blanco de hilo, copas de cristal y una fuente enorme de marisco que le había costado media nómina de becario. Cigalas, gambones y un buey de mar presidían el comedor como si esperáramos a un ministro.
Yo llevaba un vestido negro de tirantes, sencillo, fingiendo normalidad. Pero bajo la tela mi piel todavía recordaba lo que su tío me había hecho semanas atrás, sobre el somier desnudo de ese mismo dormitorio. Cada vez que miraba la cama, ahora vestida con sábanas limpias, sentía un escalofrío bajarme directo al vientre.
El timbre sonó con una estridencia que hizo saltar a mi novio.
—¡Ya está aquí el tío! —anunció, corriendo hacia la puerta con la servilleta en la mano.
Ramón entró llenando el recibidor entero. Venía directo de descargar en el mercado central, con los mismos vaqueros grasientos y una camisa de cuadros abierta casi hasta el ombligo, mostrando una selva de vello canoso empapado en sudor. Olía a gasóleo, a colonia barata y a algo ácido que reconocí al instante: deseo y dominio.
—¡Hombre, el señorito con piso! —bramó, dándole a su sobrino una palmada que casi lo estampa contra el zapatero—. Vaya banquete. Pareces un diputado.
En la mano izquierda no traía vino, sino una garrafa de plástico opaco de cinco litros, sin etiqueta, llena de un líquido amarillento y turbio.
—Te dije que no trajeras nada, tío —rió Sergio, nervioso—. ¿Qué es eso?
—Agua bendita del norte, chaval. Orujo casero. Me lo pasa un colega de la ruta. Esto destapa cañerías y hace hombres a los niños.
Ramón cruzó el pasillo y clavó sus ojos oscuros en mí. Me repasó de arriba abajo con un descaro insultante, deteniéndose en el escote y en la forma en que cruzaba las piernas.
—Hola, guapa —gruñó a modo de saludo, con una sonrisa torcida—. Te veo buena cara. Se nota que en este piso se duerme bien… y profundo.
Tragué saliva y asentí, incapaz de sostenerle la mirada.
***
La cena fue un espectáculo grotesco. Mientras Sergio quebraba las patas de las nécoras con una delicadeza casi quirúrgica, su tío comía como un animal hambriento. Rompía los caparazones con las manos desnudas, chupaba las cabezas de los gambones con un ruido de succión obsceno y se limpiaba la grasa en los pantalones o en el mantel de hilo, ignorando las miradas de pánico de su sobrino.
—A mí la comida me gusta chuparla bien, hasta sacarle el último jugo —decía con la boca llena, mirándome fijamente—. Si no te manchas las manos y la cara, es que no estás disfrutando de la carne. ¿A que sí, niña?
Yo picoteaba una cigala y asentía en silencio. El aire estaba denso. Sergio, ajeno por completo a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa por encima de los platos, reía las gracias de su tío.
Cuando terminamos el marisco, Ramón apartó su plato de un manotazo y subió la garrafa a la mesa.
—Bueno, menos cháchara y más mojar el gaznate. Trae vasos. De los grandes, no me jodas con esas copitas de señorona.
Sergio trajo vasos de tamaño digno. Su tío los llenó hasta el borde. El líquido olía a alcohol de quemar y a hierbas pasadas.
—Por el piso nuevo. Y por los que saben cómo estrenarlo —brindó Ramón, levantando el vaso y mirándome a mí.
Bebió la mitad de un trago. Sergio, queriendo estar a la altura, imitó el gesto. Tosió, se puso rojo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquel orujo era dinamita pura.
—¡Joder, tío, esto raspa! —jadeó mi novio, golpeándose el pecho.
—Raspa a los flojos —se burló Ramón, llenándole el vaso otra vez—. Venga, a ver si tienes lo que hay que tener para seguirme el ritmo.
Fue una masacre. En menos de tres cuartos de hora, Ramón obligó a su sobrino a beberse cuatro vasos enteros. Sergio, que apenas toleraba un par de cervezas, entró en una espiral de borrachera rápida y patética. Primero rió sin control, luego balbuceó algo sobre la hipoteca y, al final, la cabeza empezó a caérsele sobre el pecho.
Entre vaso y vaso, su tío fue deslizando insinuaciones sobre lo nuestro, dardos envenenados que dejaba caer delante de las narices de Sergio. Mi novio, nublado por el alcohol o por pura inocencia, era incapaz de captar los dobles sentidos. Yo, en cambio, entendía cada uno, y me removía en la silla mientras un rubor delator me encendía las mejillas.
—Creo que… voy a ir al baño —logró articular Sergio, levantándose con torpeza.
Dio tres pasos, tropezó con la alfombra y se desplomó de bruces sobre el sofá. Lo intentó una vez más, gimió y, en cuestión de segundos, un ronquido gutural anunció que el dueño de la casa había caído en coma etílico.
El salón se quedó en silencio, roto solo por el zumbido de la nevera y por aquellos ronquidos. Estaba sola con él. Y él estaba muy borracho.
***
Ramón se repantigó en la silla, abriendo las piernas al máximo. Tenía la cara congestionada, surcada de sudor, los ojos vidriosos e inyectados en sangre. Se desabrochó el cinturón y se bajó un poco la cremallera para darle aire a la barriga inflada de marisco y alcohol. Sacó un cigarrillo arrugado del bolsillo de la camisa, lo encendió y exhaló el humo en mi dirección, una columna gris y espesa que se enroscó en el aire caliente.
—Míralo. El hijo de mi hermana no tiene ni media hostia —masculló, arrastrando las erres, señalando con la cabeza el bulto inerte del sofá—. Se ha bebido dos dedales y ya está roncando. Tu novio es un eunuco, rubia.
No contesté. El miedo empezaba a ganarle terreno a todo lo demás. Ramón borracho no era el depredador calculador de la mudanza; era una mole irracional, torpe y peligrosa.
—Ven aquí —ordenó, con voz pastosa.
Negué con la cabeza, pegándome al respaldo de la silla.
—Que vengas, hostia —rugió, dando un puñetazo en la mesa que hizo saltar los vasos y las cáscaras.
Me levanté temblando. Rodeé la mesa llena de restos y me planté frente a él. Me agarró por la cintura del vestido con una mano ruda y pegajosa, tirando de mí hasta hacerme chocar contra sus rodillas abiertas.
—La cena ha estado bien —dijo, mirándome desde abajo, con el aliento apestando a orujo y tabaco—. Pero yo he venido a cobrar la mudanza. Y el tirillas ese todavía no me ha pagado el peaje.
Me atrajo de un tirón seco, obligándome a sentarme a horcajadas sobre sus muslos. Sin mediar palabra, metió los dedos bajo el escote y forzó la tela hacia abajo hasta dejarme los pechos al descubierto, pálidos bajo la luz amarillenta.
—Mira qué par de piezas —gruñó, con una risa ronca que le vibró en el pecho—. Tan blancas que parecen de mármol, pero bien calentitas. Menudo postre me tenías guardado.
No esperó más. Se abalanzó sobre mis pechos con la urgencia de quien reclama algo suyo. El roce de su barba cana era una lija constante mientras su lengua, caliente y áspera, recorría cada contorno. Alternaba lametones con mordiscos cortos que me dejaban marcas rosadas. Atrapó un pezón entre los dientes y tiró de él con una presión que oscilaba entre el placer y el dolor.
Con la mano libre alcanzó el vaso de orujo que seguía en la mesa. Sin apartar la vista de mis ojos asustados, ladeó el cristal y dejó caer un chorro de licor sobre mi pecho. El frío me hizo estremecer, resbalando por mis curvas hasta empapar la tela. Él no desperdició una gota: se lanzó a chuparlo con un hambre renovada, mezclando el sabor del aguardiente con el de mi piel.
Mis manos se posaron sobre sus hombros macizos, no para apartarlo, sino para no desplomarme. El olor a tabaco y sudor rancio era un muro que me rodeaba, anulando cualquier otro pensamiento. No deberías estar disfrutando esto. Pero lo disfrutaba, y eso me daba más miedo que él.
Una de sus manos se perdió bajo el dobladillo del vestido, buscando entre mis piernas con dedos posesivos. La otra me agarró de la nuca y me obligó a bajar la cabeza para sellarme en un beso bruto, viril, cargado de ese olor que ahora lo inundaba todo. Era un beso que no pedía permiso.
—Mírame —ordenó, separándose apenas unos milímetros—. Mírame y dime quién manda aquí.
Abrí los ojos, empañados por una mezcla de humillación y una chispa de fuego que empezaba a prender en mi vientre. No fui capaz de articular palabra.
***
Entonces me obligó a levantarme. Sin miramientos, me subió el vestido de un tirón hasta la cintura, dejándome en bragas frente a él.
—Ponte de rodillas.
Obedecí, bajando despacio hasta tocar la tarima, justo entre sus botas de trabajo. Estaba a dos metros del sofá donde Sergio roncaba plácidamente. Ramón apagó el cigarro en un plato sucio, se terminó de bajar la cremallera y sacó el miembro.
Noté algo raro de inmediato. La bestia estaba dormida. Aquello que yo recordaba como una barra de acero imponente colgaba ahora flácido, pesado, grueso pero sin vida. El exceso de alcohol y la digestión le habían pasado factura al cuerpo curtido del camionero. Era una masa de carne oscura y venosa, impresionante por su grosor incluso en reposo, pero blanda. Tragué saliva, sintiendo a la vez un alivio temporal y un terror profundo, porque sabía lo que eso significaba para el ego de un hombre como él.
—Venga, chúpala —exigió, impaciente, echando la cabeza atrás—. Despiértala, que ha sido un día largo.
Abrí la boca y tomé el miembro blando. La carne me llenaba por volumen, pero no había tensión. Intenté usar la lengua, masajear la base, succionar con fuerza, todas las técnicas que otras veces lo habían vuelto loco. Pasaron dos, tres minutos interminables. Se oía el sonido de la succión y, de fondo, los ronquidos de mi novio. Pero no reaccionaba. Apenas se hinchaba un poco para volver a desinflarse a los pocos segundos.
Ramón empezó a impacientarse. Se inclinó hacia delante y me agarró del pelo con violencia.
—¿Qué coño haces? —gruñó, tirando de mí hacia atrás. Yo tenía lágrimas en los ojos por el dolor—. ¡Estás rozando con los dientes, inútil!
—Ramón… no despierta —balbuceé, aterrorizada—. Has bebido mucho.
La frase fue un error letal. Su orgullo, bañado en alcohol, estalló como una bomba.
—¿Qué has dicho? —rugió en un susurro furioso, acercando su cara roja a la mía—. ¿Que yo no funciono? ¡El problema eres tú, que no vales ni para esto!
Yo no había pretendido herirlo, ni por asomo. En el fondo me parecía casi una proeza que, después de ocho horas de carretera y una noche de excesos, todavía conservara el vigor para exigirme de ese modo. No hacía falta más que mirar al sofá para confirmar la diferencia: allí yacía Sergio, treinta años más joven, fulminado por el alcohol, convertido en un bulto incapaz de seguirle el ritmo a su tío.
Pero Ramón no lo entendió así. El alcohol había borrado cualquier rastro de control, y proyectó toda la frustración de su impotencia sobre mí.
—Mi ex me la ponía dura solo con mirarme, y tú, que eres una cría, no sabes ni hacer una paja en condiciones —me escupió—. Eres igual de inútil que tu novio. Una pareja de flojos.
Yo lloraba en silencio. Me soltó del pelo y me dio un empujón que me tiró de espaldas contra el suelo.
—Te vas a enterar. Quítate las bragas —ordenó.
***
Paralizada por el terror, obedecí mecánicamente. Ramón se dejó caer hacia delante, más un desplome que un movimiento, y se sentó pesadamente sobre mi vientre, atrapándome contra el suelo frío justo al lado del sofá. Ni siquiera se molestó en desvestirse: los pantalones mal bajados apenas le cubrían las pantorrillas.
—No sabes calentar a un hombre de verdad —masculló, manoseándome los pechos con brusquedad, pellizcándome los pezones—. Estás acostumbrada a la caridad de ese parguela. Voy a tener que arreglarlo yo.
Se frotó el miembro flácido con su propia mano ancha, gruñendo de rabia contra sí mismo y contra mí. Entendí que mi única salida era complacer a aquel animal herido antes de que la furia lo llevara a hacerme daño de verdad. Reuní fuerzas y le di un empujón seco a la barriga para que entendiera que sus casi cien kilos me estaban asfixiando.
Reaccionó con un gruñido de oso despertado a la fuerza y empezó a ponerse de pie con una lentitud exasperante, trastabillando. Sin esperar a que recuperara el equilibrio, volví a lanzarme sobre su entrepierna. Esta vez no hubo técnica: hubo desesperación. Rodeé con las dos manos aquel tronco masivo, amasé la base con fiereza y me lo metí hasta el fondo de la garganta, atragantándome a propósito, dejando que mis lágrimas cayeran sobre sus muslos.
Mi sumisión absoluta y llorosa fue el lubricante que la bestia necesitaba. Verme arrastrada por el suelo, ahogándome de desesperación mientras Sergio dormía a medio metro, hizo clic en algún rincón primitivo de su cerebro. El poder absoluto sobre mí rompió la barrera del alcohol.
Lo noté en mi boca. Primero un latido sordo. Luego la carne empezó a endurecerse, lenta pero inexorablemente, llenándome las manos, creciendo hasta recuperar su intimidante tamaño. Ramón cerró los ojos y soltó un rugido bajo y áspero. El gigante había despertado de su letargo, y ahora estaba enfurecido.
—Ahí está… —gruñó, agarrándome del cuello—. Ahora vas a saber lo que es de verdad.
***
Me levantó en vilo con una fuerza bruta, como si no pesara nada, y me arrojó boca abajo sobre la alfombra, a escasos centímetros del sofá donde Sergio seguía sumido en su coma.
—Te vas a tragar hasta la última gota de mi mala leche —gruñó. Su voz era un trueno sordo, denso por el alcohol.
Posicionó la punta del miembro entre mis labios, pero la borrachera le había mermado la precisión. Al empujar, su cuerpo se balanceó hacia un lado y la punta se desvió apenas unos centímetros, encontrando una resistencia distinta. Sin detenerse, empujó.
—¡Aaah! ¡No, Ramón! ¡Espera! —Mi grito cortó el aire, agudo y cargado de un dolor súbito.
Sentí una punzada lacerante y seca cuando solo la cabeza forzó la entrada equivocada. Mi cuerpo se tensó como un arco, las manos buscando sus hombros para frenar el avance.
—¡Por ahí no! ¡Me haces daño, para! —insistí, empujándolo con todas mis fuerzas.
Solo entonces las palabras atravesaron la niebla de su cabeza. Se detuvo en seco, parpadeando con lentitud, como si tratara de recordar dónde estaba. Retiró el cuerpo con un movimiento desmañado y, entre balbuceos, se reubicó, apuntando bien esta vez.
No hubo preparación, ni caricias, ni el menor intento de delicadeza. Dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre mi espalda y entonces me embistió. Fue una entrada brutal, seca, devastadora. Tuve que morderme el antebrazo para no gritar. Él no buscaba placer; buscaba castigarme, marcarme, reclamar lo que consideraba suyo por pura fuerza, obligándome a encajar cada centímetro.
—¡Ahí lo tienes! —rugió pegando la boca a mi oreja, asfixiándome con su aliento a tabaco y aguardiente—. ¿Querías a un hombre de verdad? ¡Pues toma!
El ritmo fue frenético, implacable, la furia ciega de un animal desbocado. Su barriga peluda aplastaba mi espalda mientras chocaba contra mí con un sonido húmedo y obsceno que resonaba en todo el salón. La tarima crujía bajo el peso de los dos.
Yo no podía hacer otra cosa que encajar cada envite. Las lágrimas de dolor y de humillación se mezclaban con el sudor. Pero en el rincón más oscuro de mi mente, el veneno de la sumisión empezaba a hacer efecto. Me estaba destrozando una bestia borracha en el suelo de mi propia casa recién estrenada, mientras mi novio yacía a un palmo, inútil, incapaz de defender su territorio. Y una parte de mí quería exactamente eso.
Ramón me agarró del pelo y me tiró de la cabeza hacia atrás, obligándome a girar el cuello hasta que mis ojos empañados se encontraron con los suyos.
—Mira al gilipollas de tu novio —ordenó, marcando cada sílaba con una estocada profunda—. Mientras él duerme la mona, yo te estoy partiendo en dos. Yo soy el dueño de esta casa ahora. ¿Me oyes? ¡Dilo!
—¡Sí… sí, Ramón! —sollocé, incapaz de resistirme—. ¡Eres el dueño…!
—Más alto. Que se entere el bloque entero de quién es el que manda aquí.
***
En un momento dado, Sergio se removió en el sofá. Soltó un gruñido confuso, movió un brazo y estuvo a punto de abrir los ojos. El corazón se me paró. Dejé de respirar, aterrorizada de que despertara y viera la escena: su tío, sudoroso y desabrochado, montándome entre los restos de la mariscada.
Pero Ramón ni se inmutó. Al contrario: la inminencia del peligro disparó su sadismo. Sonrió mostrando los dientes y, en lugar de aflojar, hundió el miembro hasta el fondo y se quedó allí, clavado, en un desafío mudo. Sergio murmuró algo ininteligible, se dio la vuelta dándonos la espalda y volvió a sus ronquidos espesos.
Ramón soltó una carcajada sorda que recorrió mi cuerpo desde dentro.
—Ya falta poco —avisó, tensando todos los músculos—. Prepárate.
Apreté los párpados. Y entonces, a pesar del pánico, una traición biológica se gestó en lo más hondo de mi vientre. La humillación de ser poseída así, con el sobrino a unos metros y el olor a marisco y alcohol flotando en el aire, se mezcló con la brutalidad de un hombre que parecía inagotable. Contra toda lógica, el dolor se transformó en un espasmo eléctrico que me recorrió la columna. Ahogué un grito contra mi propio hombro mientras mi cuerpo se arqueaba, rindiéndose a un orgasmo violento y amargo que me dejó temblando, odiándome por sentir placer en mitad de aquel desastre.
Ramón sintió el espasmo recorrerle el miembro y una satisfacción más potente que el orujo le inundó el pecho. Verme derrotada por mi propio cuerpo fue el bálsamo definitivo para su orgullo herido. Se irguió, hinchando el torso con la suficiencia de quien acaba de ganar.
—Eres una guarra… ¿Ves cómo al final te gusta que te traten con mano dura? —soltó con sorna—. Tanto remilgo con que si he bebido o estoy cansado, y te has corrido antes que yo.
Las últimas embestidas fueron erráticas, puramente animales. Gruñendo como un jabalí, me machacó sin piedad hasta que, con un rugido que no pudo contener, se vació dentro de mí. Fue una descarga violenta e interminable que desbordó y manchó mis muslos y las fibras de la alfombra nueva que Sergio había comprado con tanta ilusión.
Se quedó desplomado sobre mí durante varios minutos, aplastándome, respirando con dificultad. Luego la niebla del alcohol pareció despejarse, dejando paso a la saciedad de un depredador que acaba de devorar a su presa. Se retiró despacio, con un sonido húmedo, y se dejó caer sentado en el suelo, apoyando la espalda contra el reposabrazos del sofá donde su sobrino seguía durmiendo.
Ni siquiera me miró. Rebuscó en el bolsillo de la camisa, sacó otro cigarrillo y lo encendió. La llama iluminó su rostro curtido y soberbio en la penumbra del salón impregnado de sexo.
—Límpiate, guapa —dijo por fin, soltando el humo por la nariz y dándome un empujoncito en el muslo con la bota—. Y dale un fregoteo a la alfombra. O mejor déjala, así el subnormal de tu novio se preguntará de dónde sale ese olor cuando despierte con la resaca.
Se subió la cremallera, se abrochó el cinturón sin molestarse con los botones de la camisa y agarró la garrafa casi vacía por el asa. No hubo besos de despedida ni miradas de complicidad. Caminó hacia la puerta arrastrando las botas y salió cerrando de un portazo que hizo vibrar todo el recibidor.
Sola, con el olor penetrante a tabaco, a alcohol de quemar y a sexo crudo, cerré los ojos y me abracé las rodillas. Escuché el ronquido rítmico y pacífico de Sergio sobre mí, sabiendo con una certeza aterradora que la bestia me había vuelto a marcar, y que ya no había vuelta atrás. Porque, una vez más y de un modo que todavía no logro explicarme, lo había disfrutado.