Lo que pasó con el tío de mi novio mientras él dormía
El olor a pintura fresca del piso nuevo había quedado sepultado bajo el aroma de la cena. Sergio, empeñado en demostrar que ya era un hombre con propiedades, había montado una mesa impropia de un martes cualquiera: mantel blanco de hilo, copas de cristal y una fuente enorme de marisco que le había costado media nómina de becario. Cigalas, gambones y un buey de mar presidían el comedor como si esperáramos a un ministro.
Yo llevaba un vestido negro de tirantes, sencillo, fingiendo normalidad. Pero bajo la tela mi piel todavía recordaba lo que su tío me había hecho semanas atrás, sobre el somier desnudo de ese mismo dormitorio. Cada vez que miraba la cama, ahora vestida con sábanas limpias, sentía un escalofrío bajarme directo al vientre, y el coño se me humedecía sin permiso al recordar la polla gruesa del camionero abriéndome en dos mientras yo mordía el colchón para no gritar.
El timbre sonó con una estridencia que hizo saltar a mi novio.
—¡Ya está aquí el tío! —anunció, corriendo hacia la puerta con la servilleta en la mano.
Ramón entró llenando el recibidor entero. Venía directo de descargar en el mercado central, con los mismos vaqueros grasientos y una camisa de cuadros abierta casi hasta el ombligo, mostrando una selva de vello canoso empapado en sudor. Olía a gasóleo, a colonia barata y a algo ácido que reconocí al instante: deseo y dominio.
—¡Hombre, el señorito con piso! —bramó, dándole a su sobrino una palmada que casi lo estampa contra el zapatero—. Vaya banquete. Pareces un diputado.
En la mano izquierda no traía vino, sino una garrafa de plástico opaco de cinco litros, sin etiqueta, llena de un líquido amarillento y turbio.
—Te dije que no trajeras nada, tío —rió Sergio, nervioso—. ¿Qué es eso?
—Agua bendita del norte, chaval. Orujo casero. Me lo pasa un colega de la ruta. Esto destapa cañerías y hace hombres a los niños.
Ramón cruzó el pasillo y clavó sus ojos oscuros en mí. Me repasó de arriba abajo con un descaro insultante, deteniéndose en el escote y en la forma en que cruzaba las piernas. Instintivamente apreté los muslos, porque supe que él sabía que estaba sin bragas debajo del vestido.
—Hola, guapa —gruñó a modo de saludo, con una sonrisa torcida—. Te veo buena cara. Se nota que en este piso se duerme bien… y profundo. Aunque a ti seguro que te gusta más despierta y con las piernas abiertas, ¿eh?
Sergio soltó una risa nerviosa, sin captar nada. Tragué saliva y asentí, incapaz de sostenerle la mirada.
***
La cena fue un espectáculo grotesco. Mientras Sergio quebraba las patas de las nécoras con una delicadeza casi quirúrgica, su tío comía como un animal hambriento. Rompía los caparazones con las manos desnudas, chupaba las cabezas de los gambones con un ruido de succión obsceno y se limpiaba la grasa en los pantalones o en el mantel de hilo, ignorando las miradas de pánico de su sobrino.
—A mí la comida me gusta chuparla bien, hasta sacarle el último jugo —decía con la boca llena, mirándome fijamente mientras succionaba una cabeza de gambón con un ruido que me atravesó el vientre—. Si no te manchas las manos y la cara, es que no estás disfrutando de la carne. ¿A que sí, niña? Igualito que otras cosas que hay que chupar hasta el fondo.
Yo picoteaba una cigala y asentía en silencio. El aire estaba denso. Sergio, ajeno por completo a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa por encima de los platos, reía las gracias de su tío. Bajo el mantel, la bota de Ramón se había deslizado hasta rozarme el tobillo y ascendía milímetro a milímetro por la pantorrilla, dejándome el sexo palpitando contra la silla.
Cuando terminamos el marisco, Ramón apartó su plato de un manotazo y subió la garrafa a la mesa.
—Bueno, menos cháchara y más mojar el gaznate. Trae vasos. De los grandes, no me jodas con esas copitas de señorona.
Sergio trajo vasos de tamaño digno. Su tío los llenó hasta el borde. El líquido olía a alcohol de quemar y a hierbas pasadas.
—Por el piso nuevo. Y por los que saben cómo estrenarlo —brindó Ramón, levantando el vaso y mirándome a mí—. Que un piso no es piso hasta que no se folla bien en cada habitación.
Bebió la mitad de un trago. Sergio, queriendo estar a la altura, imitó el gesto. Tosió, se puso rojo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquel orujo era dinamita pura.
—¡Joder, tío, esto raspa! —jadeó mi novio, golpeándose el pecho.
—Raspa a los flojos —se burló Ramón, llenándole el vaso otra vez—. Venga, a ver si tienes lo que hay que tener para seguirme el ritmo.
Fue una masacre. En menos de tres cuartos de hora, Ramón obligó a su sobrino a beberse cuatro vasos enteros. Sergio, que apenas toleraba un par de cervezas, entró en una espiral de borrachera rápida y patética. Primero rió sin control, luego balbuceó algo sobre la hipoteca y, al final, la cabeza empezó a caérsele sobre el pecho.
Entre vaso y vaso, su tío fue deslizando insinuaciones sobre lo nuestro, dardos envenenados que dejaba caer delante de las narices de Sergio. Mi novio, nublado por el alcohol o por pura inocencia, era incapaz de captar los dobles sentidos. Yo, en cambio, entendía cada uno, y me removía en la silla mientras un rubor delator me encendía las mejillas y una humedad pegajosa me empapaba los muslos.
—Creo que… voy a ir al baño —logró articular Sergio, levantándose con torpeza.
Dio tres pasos, tropezó con la alfombra y se desplomó de bruces sobre el sofá. Lo intentó una vez más, gimió y, en cuestión de segundos, un ronquido gutural anunció que el dueño de la casa había caído en coma etílico.
El salón se quedó en silencio, roto solo por el zumbido de la nevera y por aquellos ronquidos. Estaba sola con él. Y él estaba muy borracho.
***
Ramón se repantigó en la silla, abriendo las piernas al máximo. Tenía la cara congestionada, surcada de sudor, los ojos vidriosos e inyectados en sangre. Se desabrochó el cinturón y se bajó un poco la cremallera para darle aire a la barriga inflada de marisco y alcohol. Sacó un cigarrillo arrugado del bolsillo de la camisa, lo encendió y exhaló el humo en mi dirección, una columna gris y espesa que se enroscó en el aire caliente.
—Míralo. El hijo de mi hermana no tiene ni media hostia —masculló, arrastrando las erres, señalando con la cabeza el bulto inerte del sofá—. Se ha bebido dos dedales y ya está roncando. Tu novio es un eunuco, rubia. Seguro que ni te sabe encontrar el clítoris.
No contesté. El miedo empezaba a ganarle terreno a todo lo demás. Ramón borracho no era el depredador calculador de la mudanza; era una mole irracional, torpe y peligrosa.
—Ven aquí —ordenó, con voz pastosa.
Negué con la cabeza, pegándome al respaldo de la silla.
—Que vengas, hostia —rugió, dando un puñetazo en la mesa que hizo saltar los vasos y las cáscaras.
Me levanté temblando. Rodeé la mesa llena de restos y me planté frente a él. Me agarró por la cintura del vestido con una mano ruda y pegajosa, tirando de mí hasta hacerme chocar contra sus rodillas abiertas.
—La cena ha estado bien —dijo, mirándome desde abajo, con el aliento apestando a orujo y tabaco—. Pero yo he venido a cobrar la mudanza. Y el tirillas ese todavía no me ha pagado el peaje.
Me atrajo de un tirón seco, obligándome a sentarme a horcajadas sobre sus muslos. Sin mediar palabra, metió los dedos bajo el escote y forzó la tela hacia abajo hasta dejarme las tetas al descubierto, pálidas bajo la luz amarillenta, con los pezones tiesos delatándome sin remedio.
—Mira qué par de piezas —gruñó, con una risa ronca que le vibró en el pecho—. Tan blancas que parecen de mármol, pero bien calentitas. Y los pezones duros como piedras. Menudo postre me tenías guardado, guarra.
No esperó más. Se abalanzó sobre mis tetas con la urgencia de quien reclama algo suyo. El roce de su barba cana era una lija constante mientras su lengua, caliente y áspera, recorría cada contorno. Alternaba lametones con mordiscos cortos que me dejaban marcas rosadas. Atrapó un pezón entre los dientes y tiró de él con una presión que oscilaba entre el placer y el dolor, hasta arrancarme un gemido ahogado. Luego pasó al otro pezón y lo martirizó con la misma saña, chupándolo entero dentro de su boca y soltándolo con un chasquido húmedo.
Con la mano libre alcanzó el vaso de orujo que seguía en la mesa. Sin apartar la vista de mis ojos asustados, ladeó el cristal y dejó caer un chorro de licor sobre mi pecho. El frío me hizo estremecer, resbalando por mis curvas hasta empapar la tela. Él no desperdició una gota: se lanzó a chuparlo con un hambre renovada, mezclando el sabor del aguardiente con el de mi piel. Su lengua bajó por el esternón, chupando el reguero de orujo, hundiéndose entre mis tetas y volviendo a subir para morderme el cuello.
Mis manos se posaron sobre sus hombros macizos, no para apartarlo, sino para no desplomarme. El olor a tabaco y sudor rancio era un muro que me rodeaba, anulando cualquier otro pensamiento. No deberías estar disfrutando esto. Pero lo disfrutaba, y eso me daba más miedo que él. Notaba mi coño empapado apretándose contra el bulto que empezaba a hincharse bajo la bragueta abierta.
Una de sus manos se perdió bajo el dobladillo del vestido, buscando entre mis piernas con dedos posesivos. Cuando descubrió que no llevaba bragas y palpó la humedad viscosa que me chorreaba por los muslos, soltó una carcajada gutural que me erizó la piel.
—Pero mira esto… la niña bien viene sin bragas a cenar con el tío del novio. Si estás chorreando, guarra. Se te podría beber el coño como una sopa.
Sus dedos gruesos, ásperos de cargar cajas todo el día, se abrieron paso entre mis labios mayores. Dos de golpe, sin preparación, hundiéndose hasta los nudillos. Me arqueé sobre él con un grito ahogado. Empezó a bombear con la muñeca, sacando y metiendo aquellos dedos como salchichas, chapoteando en mis jugos, mientras con el pulgar me apretaba el clítoris haciendo círculos brutos. El sonido húmedo del coño empapado tragándose sus dedos llenaba el salón por encima de los ronquidos de Sergio.
—Así te gusta, ¿eh? Bien follada por dentro. Mira cómo te chupa los dedos el coño, como si tuviera hambre.
La otra mano me agarró de la nuca y me obligó a bajar la cabeza para sellarme en un beso bruto, viril, cargado de ese olor que ahora lo inundaba todo. Era un beso que no pedía permiso: su lengua invadía mi boca, me buscaba el paladar, y a la vez sus dedos seguían martillándome el coño con un ritmo cada vez más rápido. Sentí un espasmo previo, un aviso de que si seguía diez segundos más iba a correrme sobre su mano.
—Mírame —ordenó, separándose apenas unos milímetros—. Mírame y dime quién manda aquí.
Abrí los ojos, empañados por una mezcla de humillación y una chispa de fuego que empezaba a prender en mi vientre. No fui capaz de articular palabra. Él sonrió, sacó los dedos de un tirón que me arrancó un gemido de vacío, y me los pasó por los labios, empapándomelos de mis propios jugos.
—Chupa. Prueba a qué sabe una guarra caliente.
Abrí la boca y él me metió los dos dedos hasta el fondo de la garganta. Tuve que chuparlos limpios, sintiendo mi propio sabor salado y espeso mientras él me miraba con una sonrisa de triunfo.
***
Entonces me obligó a levantarme. Sin miramientos, me subió el vestido de un tirón hasta la cintura, dejándome desnuda de cintura para abajo frente a él, con el coño empapado a la altura de su cara. Se relamió los labios y me dio un lengüetazo largo desde la entrada hasta el clítoris que me hizo doblar las rodillas.
—Otro día te desayuno bien —gruñó, apartando la boca con esfuerzo—. Ahora ponte de rodillas.
Obedecí, bajando despacio hasta tocar la tarima, justo entre sus botas de trabajo. Estaba a dos metros del sofá donde Sergio roncaba plácidamente. Ramón apagó el cigarro en un plato sucio, se terminó de bajar la cremallera y sacó la polla.
Noté algo raro de inmediato. La bestia estaba dormida. Aquello que yo recordaba como una barra de acero imponente colgaba ahora flácida, pesada, gruesa pero sin vida. El exceso de alcohol y la digestión le habían pasado factura al cuerpo curtido del camionero. Era una masa de carne oscura y venosa, impresionante por su grosor incluso en reposo, con un glande morado semiescondido bajo un prepucio grueso y un par de cojones enormes que colgaban dentro de una bolsa arrugada y peluda. Impresionante, pero blanda. Tragué saliva, sintiendo a la vez un alivio temporal y un terror profundo, porque sabía lo que eso significaba para el ego de un hombre como él.
—Venga, chúpala —exigió, impaciente, echando la cabeza atrás—. Despiértala, que ha sido un día largo.
Abrí la boca y tomé la polla blanda. La carne me llenaba por volumen, pero no había tensión. Le lamí primero toda la extensión, desde los cojones hasta la punta, arrastrando la lengua plana por la cara inferior donde late la vena gruesa. Chupé cada testículo entero, metiéndomelos en la boca de uno en uno, mimándolos con la lengua mientras notaba cómo se le pegaban al cuerpo. Volví al tronco y me lo tragué entero, sin dientes, empujándomelo hasta la garganta. Con la otra mano le masajeé la base y le sopesé los huevos, apretándoselos con suavidad. Intenté usar todos los trucos: succión larga con las mejillas hundidas, la punta de la lengua dando latigazos al frenillo, tragar saliva con la polla dentro para provocarle esa presión que otras veces lo había vuelto loco. Pasaron dos, tres minutos interminables. Se oía el sonido de la succión húmeda y, de fondo, los ronquidos de mi novio. Pero no reaccionaba. Apenas se hinchaba un poco para volver a desinflarse a los pocos segundos.
Ramón empezó a impacientarse. Se inclinó hacia delante y me agarró del pelo con violencia.
—¿Qué coño haces? —gruñó, tirando de mí hacia atrás. Yo tenía lágrimas en los ojos por el dolor—. ¡Estás rozando con los dientes, inútil!
—Ramón… no despierta —balbuceé, aterrorizada, con hilos de saliva colgándome de la barbilla—. Has bebido mucho.
La frase fue un error letal. Su orgullo, bañado en alcohol, estalló como una bomba.
—¿Qué has dicho? —rugió en un susurro furioso, acercando su cara roja a la mía—. ¿Que yo no funciono? ¡El problema eres tú, que no vales ni para esto!
Yo no había pretendido herirlo, ni por asomo. En el fondo me parecía casi una proeza que, después de ocho horas de carretera y una noche de excesos, todavía conservara el vigor para exigirme de ese modo. No hacía falta más que mirar al sofá para confirmar la diferencia: allí yacía Sergio, treinta años más joven, fulminado por el alcohol, convertido en un bulto incapaz de seguirle el ritmo a su tío.
Pero Ramón no lo entendió así. El alcohol había borrado cualquier rastro de control, y proyectó toda la frustración de su impotencia sobre mí.
—Mi ex me la ponía dura solo con mirarme, y tú, que eres una cría, no sabes ni hacer una paja en condiciones —me escupió—. Eres igual de inútil que tu novio. Una pareja de flojos.
Yo lloraba en silencio. Me soltó del pelo y me dio un empujón que me tiró de espaldas contra el suelo.
—Te vas a enterar. Abre las piernas —ordenó.
***
Paralizada por el terror, obedecí mecánicamente. Ramón se dejó caer hacia delante, más un desplome que un movimiento, y se sentó pesadamente sobre mi vientre, atrapándome contra el suelo frío justo al lado del sofá. Ni siquiera se molestó en desvestirse: los pantalones mal bajados apenas le cubrían las pantorrillas.
—No sabes calentar a un hombre de verdad —masculló, manoseándome las tetas con brusquedad, pellizcándome los pezones hasta que grité contra el dorso de mi mano—. Estás acostumbrada a la caridad de ese parguela. Voy a tener que arreglarlo yo.
Se frotó la polla flácida con su propia mano ancha, sacudiéndosela con rabia contra sí mismo y contra mí, restregándomela por la cara, por los labios, por las tetas, dejándome regueros de baba y de sudor. Entendí que mi única salida era complacer a aquel animal herido antes de que la furia lo llevara a hacerme daño de verdad. Reuní fuerzas y le di un empujón seco a la barriga para que entendiera que sus casi cien kilos me estaban asfixiando.
Reaccionó con un gruñido de oso despertado a la fuerza y empezó a ponerse de pie con una lentitud exasperante, trastabillando. Sin esperar a que recuperara el equilibrio, volví a lanzarme sobre su entrepierna. Esta vez no hubo técnica: hubo desesperación. Rodeé con las dos manos aquel tronco masivo, amasé la base con fiereza y me lo metí hasta el fondo de la garganta, atragantándome a propósito, dejando que mis lágrimas cayeran sobre sus muslos. Tragué una y otra vez con la polla clavada en el gaznate, forzando arcadas que hacían vibrar mi garganta contra el glande. Saqué la polla un instante, respiré ruidosamente y me tragué los huevos enteros, chupándoselos con voracidad mientras con una mano le pajeaba el tronco con giros de muñeca y con la otra le acariciaba el perineo, buscando ese punto detrás de los cojones que enloquece a los hombres.
—Así… así, guarra… traga la verga entera… —empezó a jadear él, con la voz cada vez menos pastosa.
Mi sumisión absoluta y llorosa fue el lubricante que la bestia necesitaba. Verme arrastrada por el suelo, ahogándome de desesperación con su polla en la garganta mientras Sergio dormía a medio metro, hizo clic en algún rincón primitivo de su cerebro. El poder absoluto sobre mí rompió la barrera del alcohol.
Lo noté en mi boca. Primero un latido sordo. Luego la carne empezó a endurecerse, lenta pero inexorablemente, llenándome las manos, creciendo hasta recuperar su intimidante tamaño, empujando contra el paladar, tensándose contra mi lengua como una barra de hierro forrada de piel caliente. El glande, ahora descapullado por completo, brillaba morado e hinchado, con la gota espesa del predejaculado colgando de la punta. Ramón cerró los ojos y soltó un rugido bajo y áspero. El gigante había despertado de su letargo, y ahora estaba enfurecido.
—Ahí está… —gruñó, agarrándome del cuello y follándome la boca con embestidas cortas, haciéndome tragar toda esa carne una y otra vez—. Ahora vas a saber lo que es de verdad. Ahora te vas a acordar de por qué viniste a suplicar a la cama de tu tío.
***
Me levantó en vilo con una fuerza bruta, como si no pesara nada, y me arrojó boca abajo sobre la alfombra, a escasos centímetros del sofá donde Sergio seguía sumido en su coma. Me colocó en cuatro patas, con el culo en pompa, y me dio dos palmadas secas en las nalgas que resonaron en el salón. La piel me ardió y noté cómo el coño se me contraía, humedecido de nuevo por el bofetón.
—Te vas a tragar hasta la última gota de mi mala leche —gruñó. Su voz era un trueno sordo, denso por el alcohol.
Se puso de rodillas detrás de mí y me abrió las nalgas con sus manazas, exponiéndome entera. Escupió con fuerza sobre mi coño empapado, y luego una segunda vez sobre el ojete cerrado. Posicionó la punta de la polla entre mis labios, restregándola de arriba abajo, mojando el glande con mis jugos, pero la borrachera le había mermado la precisión. Al empujar, su cuerpo se balanceó hacia un lado y la punta se desvió apenas unos centímetros, encontrando una resistencia distinta, un anillo tenso que no cedía. Sin detenerse, empujó.
—¡Aaah! ¡No, Ramón! ¡Espera! —Mi grito cortó el aire, agudo y cargado de un dolor súbito.
Sentí una punzada lacerante y seca cuando solo la cabeza forzó la entrada equivocada, abriéndome el ano por primera vez con esa polla gigantesca. Mi cuerpo se tensó como un arco, las manos buscando hacia atrás para frenar el avance.
—¡Por ahí no! ¡Me haces daño, para! —insistí, empujándolo con todas mis fuerzas.
Solo entonces las palabras atravesaron la niebla de su cabeza. Se detuvo en seco, parpadeando con lentitud, como si tratara de recordar dónde estaba. Retiró el cuerpo con un movimiento desmañado que me arrancó otro gemido y, entre balbuceos, se reubicó, apuntando bien esta vez, encajando la cabeza gruesa contra la entrada empapada del coño.
—Algún día te lo meto por ahí también, no te creas que te libras —masculló, riéndose.
No hubo preparación, ni caricias, ni el menor intento de delicadeza. Dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre mi espalda y entonces me embistió. Fue una entrada brutal, seca, devastadora. La polla entera me entró de un solo golpe hasta chocarle los cojones contra el clítoris. Tuve que morderme el antebrazo para no gritar, sintiendo cómo el coño se estiraba al máximo para acomodar aquel tronco palpitante. Él no buscaba placer; buscaba castigarme, marcarme, reclamar lo que consideraba suyo por pura fuerza, obligándome a encajar cada centímetro contra el cuello del útero.
—¡Ahí lo tienes! —rugió pegando la boca a mi oreja, asfixiándome con su aliento a tabaco y aguardiente—. ¿Querías a un hombre de verdad? ¡Pues toma! ¡Toma polla de camionero, guarra!
El ritmo fue frenético, implacable, la furia ciega de un animal desbocado. Me embestía sacando la polla casi entera y clavándomela hasta el fondo, cada estocada un mazazo que me empujaba hacia delante y me obligaba a apoyarme contra el sofá para no estamparme la cabeza. Su barriga peluda aplastaba mi espalda mientras chocaba contra mí con un sonido húmedo y obsceno de carne contra carne, chapoteo de mis jugos y palmadas de sus cojones contra mi clítoris que resonaba en todo el salón. La tarima crujía bajo el peso de los dos, y la alfombra se arrugaba con cada envite.
Me metió una mano por debajo, buscó una teta y la ordeñó con brusquedad, tirando del pezón hacia atrás como de una rienda. La otra mano me agarró de la cadera con los cinco dedos clavados en la carne, dejándome moretones, guiándome contra su polla para que la recibiera hasta la base.
Yo no podía hacer otra cosa que encajar cada envite. Las lágrimas de dolor y de humillación se mezclaban con el sudor. Pero en el rincón más oscuro de mi mente, el veneno de la sumisión empezaba a hacer efecto. Me estaba destrozando una bestia borracha en el suelo de mi propia casa recién estrenada, mientras mi novio yacía a un palmo, inútil, incapaz de defender su territorio. Y una parte de mí quería exactamente eso. Empecé a mover el culo hacia atrás para salir a buscar cada estocada, sintiendo cómo el coño se rendía a la polla del tío, cómo se abría, cómo lo mamaba con sus paredes.
Ramón me agarró del pelo y me tiró de la cabeza hacia atrás, obligándome a girar el cuello hasta que mis ojos empañados se encontraron con los suyos.
—Mira al gilipollas de tu novio —ordenó, marcando cada sílaba con una estocada profunda que me hacía chillar—. Mientras él duerme la mona, yo te estoy partiendo el coño en dos. Yo soy el dueño de esta casa ahora, y el dueño de este coño también. ¿Me oyes? ¡Dilo!
—¡Sí… sí, Ramón! —sollocé, incapaz de resistirme—. ¡Eres el dueño…! ¡Eres el dueño de mi coño…!
—Más alto. Que se entere el bloque entero de quién es el que manda aquí.
—¡Eres el dueño! ¡Fóllame, tío, fóllame fuerte! —gemí, ya sin resistencia, arqueando la espalda para ofrecerle el culo—. ¡Rómpeme el coño, dámelo todo!
Sacó la polla entera de golpe, brillante de mis jugos, y la sostuvo apuntándome, jadeando. Me contempló abierta, dilatada, empapada.
—Date la vuelta. Quiero verte la cara de guarra cuando te reviente por dentro.
Me volteó él mismo con un manotazo, me tumbó de espaldas contra la alfombra y me plegó las piernas contra el pecho, sujetándome los tobillos con una sola mano. Se colocó la polla en la entrada y me penetró de nuevo, esta vez despacio, milímetro a milímetro, mirándome a los ojos mientras me la iba metiendo hasta el fondo. Cuando llegó al tope, se quedó quieto, apretando los dientes.
—Notas eso, ¿eh? Todo dentro. Hasta los huevos.
Empezó a moverse otra vez, ahora con estocadas largas y profundas, apoyándose con las dos manos a los lados de mi cabeza. La barriga peluda me golpeaba el bajo vientre y sus cojones me palmeaban el culo desde debajo. Con esta postura la polla me tocaba un punto por dentro que me hacía ver estrellas, y noté cómo un temblor se me instalaba en los muslos.
—Mírame la polla. Mírame cómo entra y sale de tu coño de guarra.
Bajé la vista y me vi. El tronco reluciente entraba y salía brillando por el chorreo de mis flujos, con espuma blanca acumulada en la base, arrastrando mis labios menores hacia dentro cada vez que penetraba. La visión, cruda, obscena, me hizo apretar el coño alrededor de él con un espasmo involuntario.
—¡Ah! Así, apriétame la polla con ese coño, apriétamela fuerte —jadeó él.
***
En un momento dado, Sergio se removió en el sofá. Soltó un gruñido confuso, movió un brazo y estuvo a punto de abrir los ojos. El corazón se me paró. Dejé de respirar, aterrorizada de que despertara y viera la escena: su tío, sudoroso y desabrochado, follándome con la polla al aire entre los restos de la mariscada, la sobrina de su hermana con las piernas abiertas de par en par en la alfombra nueva.
Pero Ramón ni se inmutó. Al contrario: la inminencia del peligro disparó su sadismo. Sonrió mostrando los dientes y, en lugar de aflojar, hundió la polla hasta el fondo y se quedó allí, clavado, en un desafío mudo, moliendo la cadera en círculos lentos para que el glande me removiera las entrañas. Sergio murmuró algo ininteligible, se dio la vuelta dándonos la espalda y volvió a sus ronquidos espesos.
Ramón soltó una carcajada sorda que recorrió mi cuerpo desde dentro, transmitiéndose por la polla clavada en mi coño.
—Casi nos ve el pobre diablo. Se hubiera muerto de vergüenza al descubrir que la novia se lo monta con el tío en el salón —susurró—. Ya falta poco. Prepárate, que te voy a inundar el coño.
Cambió el ritmo. Se puso a martillearme con estocadas cortas y salvajes, apretando los dientes, el sudor cayéndole de la frente sobre mis tetas. Sus cojones chocaban contra el pliegue de mi culo con un chasquido rítmico. Me soltó los tobillos y me clavó el pulgar en el clítoris, frotándomelo en círculos rápidos mientras seguía taladrándome.
Apreté los párpados. Y entonces, a pesar del pánico, una traición biológica se gestó en lo más hondo de mi vientre. La humillación de ser poseída así, con el sobrino a unos metros y el olor a marisco y alcohol flotando en el aire, se mezcló con la brutalidad de un hombre que parecía inagotable. Contra toda lógica, el dolor se transformó en un espasmo eléctrico que me recorrió la columna. Ahogué un grito contra mi propio hombro mientras mi cuerpo se arqueaba, rindiéndose a un orgasmo violento y amargo que me dejó temblando, con el coño convulsionando alrededor de la polla del tío en oleadas incontrolables, empapándonos a los dos, odiándome por sentir placer en mitad de aquel desastre.
Ramón sintió el espasmo recorrerle la polla, notó cómo mis paredes le apretaban y lo ordeñaban, y una satisfacción más potente que el orujo le inundó el pecho. Verme derrotada por mi propio cuerpo fue el bálsamo definitivo para su orgullo herido. Se irguió, hinchando el torso con la suficiencia de quien acaba de ganar.
—Eres una guarra… ¿Ves cómo al final te gusta que te traten con mano dura? —soltó con sorna—. Tanto remilgo con que si he bebido o estoy cansado, y te has corrido antes que yo, empapándome los huevos.
Las últimas embestidas fueron erráticas, puramente animales. Gruñendo como un jabalí, me machacó sin piedad, con la polla cada vez más hinchada, más gruesa dentro de mí, hasta que, con un rugido que no pudo contener, se vació dentro de mí. Fue una descarga violenta e interminable, chorro tras chorro de semen espeso y ardiente vaciándose contra el cuello del útero. Sentí cada latigazo caliente, cada pulsación de la polla clavada hasta la base, mientras él seguía empujando para meterme la última gota. Cuando por fin sacó la polla goteando semen y jugos, la corrida rebosó del coño desbordado y me chorreó por el pliegue del culo, formando un charco espeso que manchó los muslos y las fibras de la alfombra nueva que Sergio había comprado con tanta ilusión.
Se quedó desplomado sobre mí durante varios minutos, aplastándome, respirando con dificultad, con la polla medio blanda todavía apoyada en mi vientre. Luego la niebla del alcohol pareció despejarse, dejando paso a la saciedad de un depredador que acaba de devorar a su presa. Se retiró despacio, con un sonido húmedo, y se dejó caer sentado en el suelo, apoyando la espalda contra el reposabrazos del sofá donde su sobrino seguía durmiendo.
Ni siquiera me miró. Rebuscó en el bolsillo de la camisa, sacó otro cigarrillo y lo encendió. La llama iluminó su rostro curtido y soberbio en la penumbra del salón impregnado de sexo, sudor y semen.
—Límpiate, guapa —dijo por fin, soltando el humo por la nariz y dándome un empujoncito en el muslo con la bota—. Y dale un fregoteo a la alfombra. O mejor déjala, así el subnormal de tu novio se preguntará de dónde sale ese olor a coño follado cuando despierte con la resaca.
Se subió la cremallera embadurnada de mis flujos, se abrochó el cinturón sin molestarse con los botones de la camisa y agarró la garrafa casi vacía por el asa. No hubo besos de despedida ni miradas de complicidad. Caminó hacia la puerta arrastrando las botas y salió cerrando de un portazo que hizo vibrar todo el recibidor.
Sola, con el olor penetrante a tabaco, a alcohol de quemar y a sexo crudo, con el semen del tío chorreándome todavía por el interior de los muslos, cerré los ojos y me abracé las rodillas. Escuché el ronquido rítmico y pacífico de Sergio sobre mí, sabiendo con una certeza aterradora que la bestia me había vuelto a marcar, y que ya no había vuelta atrás. Porque, una vez más y de un modo que todavía no logro explicarme, lo había disfrutado.





